Mi idolo
Entre algoritmos y suspiros en el Jardín de Verano
La luz de la mañana en Beijing tenía un matiz distinto a la de Santa Cruz. Mientras que en su departamento de Bolivia el sol entraba de golpe, iluminando el polvo y el silencio de una relación rota con su padre, aquí el sol se filtraba entre los edificios modernos y los árboles antiguos con una calidez que Isaac empezaba a sentir como propia. Se miró al espejo, acomodándose los mechones negros que, cortados en capas, caían con rebeldía sobre sus ojos grandes. Su piel pálida parecía brillar bajo la luz fluorescente del baño del hotel.
—Isaac, apúrate, que el transporte de la marca MoYu llega en diez minutos —gritó su maestra desde la habitación contigua.
Isaac sonrió. Ella, con su vientre ya prominente y su esposo siempre atento a su lado, era lo más parecido a una madre que había tenido desde que la suya falleció. Su padre enviaba dinero, sí, pero ella enviaba amor y estabilidad.
—¡Ya voy, tía! —respondió él, usando ese término de cariño tan boliviano—. Solo me aseguro de que el "niño chino" no me gane en estilo hoy.
Al bajar al lobby, la escena era casi predecible. Yiheng Wang estaba allí, rodeado de cubos desordenados sobre una mesa de café, con esa expresión de concentración intensa que solo desaparecía cuando Isaac estaba cerca. Yiheng, a pesar de ser un año mayor, se veía más pequeño, con su estatura rondando los 158 centímetros frente a los 168 de Isaac. Pero en cuanto a velocidad, eran dos titanes.
—Has tardado tres segundos más que ayer en bajar —dijo Yiheng sin levantar la vista del cubo que resolvía—. Estás perdiendo eficiencia, Isaac Méndez.
—Y tú estás perdiendo el tiempo contando mis segundos, niño chino —replicó Isaac, sentándose a su lado y dándole un empujón amistoso en el hombro—. ¿Listo para la sesión de fotos de hoy? Dicen que las nuevas cajas de los cubos llevarán nuestras caras en la edición especial.
Yiheng dejó el cubo a un lado y lo miró. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo necesario en el flequillo de Isaac.
—La gente en redes sociales no deja de hablar de la foto de ayer —comentó Yiheng, intentando sonar casual—. Dicen que parecemos... ¿cómo es la palabra? Ah, sí, "pareja de anime".
Isaac sintió un calor súbito en las mejillas.
—La gente tiene mucha imaginación, ya te lo dije. Pero bueno, mientras compren cubos, que digan lo que quieran.
La jornada fue intensa. Entre sesiones de fotos para marcas de cubos y pequeñas exhibiciones de velocidad, ambos prodigios apenas tuvieron tiempo para respirar. Sin embargo, Isaac notaba algo diferente en Yiheng. El chico chino estaba más atento, más... protector. Cada vez que un miembro del staff o un fan se acercaba demasiado a Isaac, Yiheng aparecía de la nada, colocándose a su lado, a veces rozando su brazo o simplemente marcando presencia.
Al final de la tarde, decidieron escapar del bullicio publicitario. Yiheng, que conocía la ciudad mejor que nadie, guio a Isaac hacia una zona menos concurrida, cerca de un parque tradicional.
—Espera aquí, Isaac —dijo Yiheng, señalando un pequeño banco de piedra—. Voy a comprar unos dulces que solo venden en este puesto. Son de sésamo y miel. Tienes que probarlos si quieres que tu cerebro funcione a 10 giros por segundo.
Isaac se sentó, dejando escapar un suspiro de cansancio. Se quitó la chaqueta y dejó que el aire fresco le rozara los brazos. No pasaron ni dos minutos cuando un chico, aproximadamente de su misma edad, se acercó tímidamente. Llevaba una camiseta con el logotipo de una competencia local de speedcubing.
—¿Eres... eres Isaac? —preguntó el chico en un inglés algo tropezado—. ¿El prodigio de Bolivia?
Isaac levantó la vista y sonrió, esa sonrisa suave que hacía que sus ojos de guapurú se iluminaran.
—Sí, soy yo. Hola.
—¡No lo puedo creer! —el chico estaba visiblemente emocionado—. Te sigo desde tu primer 5.20. Eres una inspiración para todos nosotros. ¿Podrías... podrías firmar mi cubo? Es un regalo para mi hermano, pero ahora que te veo, ¡yo también soy tu fan!
El chico se acercó más de la cuenta y, en un arrebato de entusiasmo, tomó las manos de Isaac entre las suyas.
—¡Tus dedos son tan largos! —exclamó el fan, examinando las manos del boliviano con devoción—. Por eso eres tan bueno en los algoritmos de una mano, ¿verdad?
Isaac se sintió un poco abrumado por el contacto físico repentino.
—Bueno, es práctica y... —empezó a decir, pero se interrumpió al ver una sombra proyectarse sobre ellos.
Yiheng estaba allí. En una mano sostenía la bolsa de dulces y en la otra un té helado, pero su expresión era de todo menos dulce. Sus ojos estaban fijos en las manos del fan que aún sujetaban las de Isaac. Isaac pudo ver cómo la mandíbula de Yiheng se tensaba. Era una punzada de celos tan evidente que hasta el aire pareció volverse más pesado.
—Isaac —dijo Yiheng, su voz sonando más profunda y autoritaria de lo habitual—. Tenemos que irnos. El transporte nos espera.
—Oh, Yiheng, mira, es un fan —dijo Isaac, tratando de aliviar la tensión—. Me estaba pidiendo una firma.
El fan, al reconocer a Yiheng, soltó las manos de Isaac como si quemaran, pero no retrocedió.
—¡Yiheng Wang! ¿Podría tomarme una foto con los dos? ¡Sería el mejor día de mi vida!
Yiheng guardó silencio un segundo, mirando al chico y luego a Isaac. Finalmente, asintió con una rigidez casi cómica.
—Está bien. Una foto. Rápido.
El chico sacó su teléfono y se colocó en medio, pero Yiheng, con un movimiento fluido y decidido, se movió para quedar justo al lado de Isaac. Antes de que el fan disparara la cámara, Yiheng pasó su brazo por la cintura de Isaac, pegándolo a su costado. La diferencia de altura era notable: Isaac, más alto y estilizado, parecía encajar perfectamente bajo el brazo protector de un Yiheng que, aunque más bajo, irradiaba una energía de "él es mío".
Isaac sintió que el corazón le daba un vuelco. La mano de Yiheng en su cintura se sentía firme, cálida y extrañamente reconfortante. Podía oler el aroma a té verde y sésamo que desprendía el otro chico.
—¡Sonrían! —dijo el fan.
Isaac sonrió, pero su mente estaba en cualquier lugar menos en la cámara. Estaba pensando en cómo los dedos de Yiheng se cerraban ligeramente sobre su cadera, marcando territorio de una manera que ningún algoritmo de 3x3 podría explicar.
Una vez que el fan se fue, deshaciéndose en agradecimientos, Yiheng no soltó a Isaac de inmediato. Caminaron unos pasos así, en un silencio cargado de electricidad.
—¿Qué fue eso, niño chino? —preguntó Isaac finalmente, intentando que su voz no temblara—. Casi asustas al pobre chico.
Yiheng se detuvo y lo miró de frente, soltando su cintura pero quedándose muy cerca, invadiendo su espacio personal.
—No me gusta que la gente te toque así —dijo Yiheng con una honestidad brutal—. Eres demasiado amable con todos, Isaac. No todos los que se acercan son solo fans.
Isaac parpadeó, sorprendido por la intensidad en la mirada de Yiheng.
—Solo era un chico emocionado, Yiheng. No es para tanto.
—Para mí lo es —replicó el chino, cruzándose de brazos y desviando la mirada hacia los árboles—. En China, si algo te importa, lo cuidas. Y tú... tú me importas más que romper el récord mundial de 3x3.
El silencio que siguió fue absoluto. Isaac sintió que las palabras de Yiheng se instalaban en su pecho, llenando los huecos que la soledad en Bolivia había dejado. Sin pensarlo mucho, Isaac extendió la mano y revolvió el cabello de Yiheng.
—Eres un caso perdido, Wang. Pero supongo que yo también te cuido a mi manera.
Esa noche, como era de esperar, la foto del fan se volvió viral. Pero no fue por la firma en el cubo, sino por la posición de las manos de Yiheng. Los foros de speedcubing ardían.
—"¿Vieron cómo Yiheng lo agarra de la cintura?" —leyó Isaac en voz alta mientras estaba tumbado en la cama del hotel, con Yiheng sentado en el suelo, resolviendo un cubo a ciegas—. "Parece que alguien está marcando territorio. Isaac se ve tan pequeño al lado de esa actitud, aunque sea más alto".
Yiheng soltó una risita, sin quitarse la venda de los ojos.
—La gente es muy observadora.
—"El ship es real, señores. Miren la cara de Isaac, está rojo como un tomate" —siguió leyendo Isaac, soltando una carcajada—. ¡Oye! ¡Eso es mentira! La luz del flash me hacía ver así.
—Claro, la luz —dijo Yiheng, quitándose la venda y revelando una sonrisa triunfal—. Admítelo, Isaac. Te gusta que te cuide.
Isaac le lanzó una almohada, que Yiheng atrapó con reflejos de campeón.
—Cállate y ven a jugar Uno. Esta vez no te voy a dejar ganar solo porque me trajiste dulces.
Pasaron las horas entre cartas, risas y retos de cubos. Isaac se sentía inmensamente feliz. Por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en su padre, ni en la presión de ser un niño prodigio, ni en la distancia con su hogar. Estaba allí, en una habitación de hotel en China, con un chico que lo retaba, lo hacía reír y lo protegía con una ferocidad que lo hacía sentir especial.
—Mañana es el último torneo antes de que decidas si te quedas otro mes o no —dijo Yiheng, su tono volviéndose serio de repente—. Las marcas quieren que hagamos una exhibición final juntos.
Isaac dejó las cartas sobre la colcha y miró a Yiheng. El chico chino lo observaba con una mezcla de esperanza y temor a la respuesta.
—Ya hablé con mi maestra —dijo Isaac suavemente—. Ella dice que el aire de China me sienta bien. Y que mi progreso ha sido increíble aquí.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Yiheng, acercándose un poco más al borde de la cama.
Isaac se inclinó hacia adelante, dejando que su cabello cayera sobre sus ojos, pero permitiendo que Yiheng viera la chispa de travesura en su mirada.
—Significa que vas a tener que aguantar al "boliviano presumido" un mes más, niño chino. No puedo irme sin ganarte al menos diez veces más en el promedio de cinco.
Yiheng soltó un suspiro de alivio que pareció una exhalación de toda la tensión del día. Se levantó y, sin previo aviso, le dio un abrazo rápido a Isaac. Fue un gesto torpe, debido a la diferencia de altura y la posición, pero Isaac lo rodeó con sus brazos largos, apoyando la barbilla en el hombro de Yiheng.
—Te voy a ganar en el torneo de mañana —susurró Yiheng al oído de Isaac.
—En tus sueños, Wang. En tus sueños.
Cuando se separaron, la atmósfera en la habitación había cambiado. Ya no eran solo dos competidores, ni solo dos amigos. Eran dos piezas de un mismo rompecabezas que finalmente habían encontrado cómo encajar.
Isaac tomó su teléfono y abrió Instagram. Buscó la foto que el fan había subido y, tras dudar un segundo, le dio "me gusta" y dejó un comentario: *"El mejor guardaespaldas que un speedcuber podría pedir"*.
Minutos después, el teléfono de Yiheng sonó. Isaac vio cómo el chico chino leía el comentario y una sonrisa radiante, genuina y llena de afecto iluminaba su rostro.
—Mañana, después del torneo, vamos a comer hot pot —anunció Yiheng—. Y esta vez, yo te agarraré la mano delante de todos. A ver qué dicen las redes sociales de eso.
Isaac se sonrojó violentamente, pero no protestó.
—Está bien, niño chino. Pero solo si me dejas elegir los ingredientes.
—Hecho.
Mientras Isaac se preparaba para dormir esa noche, miró por la ventana las luces de la ciudad. Bolivia estaba lejos, muy lejos, pero allí, en el corazón de China, rodeado de cubos mágicos y algoritmos complejos, Isaac Méndez había encontrado algo que ningún récord mundial podría superar: un lugar donde pertenecer y alguien por quien valía la pena quedarse un mes, o quizás toda la vida, más.