Mi idolo
Entre Banderas y Latidos de Guapurú
El aire de Santa Cruz de la Sierra era pesado y húmedo, cargado con ese aroma a tierra mojada y vegetación que Isaac siempre asociaba con el hogar. Sin embargo, después de haber pasado semanas en la pulcritud tecnológica de China, su departamento se sentía extrañamente grande y silencioso. Su maestra, ya en las últimas semanas de su embarazo, lo visitaba a diario, trayéndole cuñapés calientes y obligándolo a despegar la vista del cronómetro.
—Has estado muy callado desde que volviste, Isaac —dijo ella una tarde, acomodándose en el sofá mientras observaba al chico manipular su cubo con una velocidad que el ojo humano apenas podía seguir—. Tu padre me preguntó si necesitabas más dinero para otro viaje, pero le dije que lo que necesitas es dormir.
Isaac detuvo sus manos. El cubo quedó resuelto en un chasquido seco.
—Estoy bien, tía —respondió él, aunque sus ojos negros, grandes y profundos, delataban una melancolía que no podía ocultar con algoritmos—. Solo que... es diferente practicar aquí. Allá siempre había alguien retándome. Aquí solo soy yo contra el Stackmat.
—O contra el "niño chino", como tú le dices —bromeó ella con una sonrisa cómplice—. No creas que no veo tus redes sociales. Esa foto en Shanghái todavía tiene a medio Bolivia hablando.
Isaac sintió que las mejillas se le teñían de rojo. Se apartó el cabello ondulado de la cara, ese flequillo rebelde que siempre volvía a caer sobre sus ojos.
—Es solo un amigo, tía. El mejor rival que he tenido, nada más.
Pero la verdad era que los mensajes de texto no se detenían. Yiheng le enviaba fotos de sus nuevos récords personales, bromas sobre su estatura y, de vez en cuando, preguntas sutiles sobre cuándo volverían a verse. La respuesta llegó más rápido de lo esperado: un torneo internacional Open en Bolivia, con sede en La Paz y Santa Cruz. La noticia de que Yiheng Wang viajaría a Sudamérica para competir hizo que el mundo del speedcubing se detuviera.
El día del torneo en Santa Cruz, el coliseo estaba a reventar. Isaac sentía la presión de ser el héroe local, el prodigio que había puesto a Bolivia en el mapa digital. Pero cuando vio a Yiheng entrar al área de calentamiento, escoltado por su equipo y con esa mirada seria que solo cambiaba cuando estaba con él, el ruido de la multitud desapareció.
Yiheng se veía un poco cansado por el viaje, pero en cuanto sus ojos se encontraron con los de Isaac, una sonrisa diminuta y triunfal apareció en su rostro. Se acercó a él, ignorando a los fotógrafos.
—Te dije que volvería a ganarte en tu propia casa, boliviano —dijo Yiheng, su inglés sonando más seguro que la última vez.
—Ya quisieras, niño chino —replicó Isaac, sintiendo que el corazón le daba un vuelco—. Aquí el oxígeno es diferente, y mi gente grita más fuerte. Prepárate para quedar segundo.
La competencia fue feroz. En las rondas clasificatorias, Isaac se mantuvo a la cabeza con un promedio de 4,10 segundos. Yiheng lo seguía de cerca, observando cada movimiento de Isaac con una intensidad que rozaba lo magnético. La tensión en la mesa de los finalistas era palpable. El público boliviano coreaba el nombre de Isaac, pero también aplaudía con respeto ante la destreza casi sobrehumana del chico chino.
En la gran final, el silencio fue absoluto. Isaac hizo su primer solve: 3,45. Un tiempo increíble. Yiheng respondió con un 3,38. En el segundo intento, Isaac bajó a 3,32, rozando su mejor marca personal. Pero Yiheng estaba en trance. Sus manos se movían con una fluidez que parecía seda deslizándose sobre hielo.
El último solve de Yiheng detuvo el cronómetro en 3,25 segundos.
El coliseo estalló. Yiheng Wang había recuperado el trono. Había vuelto a ser el número uno, y lo había hecho en la tierra de su mayor rival.
Isaac se quedó mirando el cronómetro, asombrado. No sentía rabia; sentía una admiración profunda que le llenaba el pecho. Se levantó de su silla, listo para felicitar a su amigo, pero Yiheng fue más rápido.
—¡Isaac! —exclamó Yiheng, con la adrenalina todavía a flor de piel.
El chico chino buscó entre sus pertenencias y sacó su bandera roja con estrellas amarillas. Luego, con un gesto que recordó exactamente a lo que Isaac había hecho meses atrás en China, le hizo una seña con la mano para que se acercara al centro del escenario, frente a todas las cámaras.
Isaac caminó hacia él, algo tímido por la atención, pero Yiheng no le dio espacio para la duda. Envolvió a Isaac con su bandera, pasando su brazo derecho alrededor de los hombros del boliviano más alto, obligándolo a inclinarse un poco hacia él.
—Ahora es mi turno de protegerte —susurró Yiheng, lo suficientemente bajo para que solo Isaac lo oyera.
La foto fue icónica. Yiheng, con una sonrisa de victoria absoluta, y Isaac, con su piel pálida resaltando bajo las luces y sus ojos negros brillando de emoción, ambos envueltos en la seda roja. La diferencia de estatura, esos diez centímetros que Isaac solía usar para bromear, ahora servían para que Yiheng se viera como el pilar central de la imagen, reclamando su lugar no solo en el ranking, sino al lado de Isaac.
Después de la ceremonia de premiación, lograron escabullirse a una sala trasera del coliseo para evitar el acoso de los fans y la prensa.
—Lo hiciste a propósito —dijo Isaac, dejándose caer en una silla de plástico, todavía con la respiración algo agitada—. Lo de la bandera.
—Me debías una, boliviano —respondió Yiheng, sentándose frente a él, girando su cubo de oro de primer lugar—. Además, los fans en las redes estaban diciendo que habías perdido tu "chispa" desde que volviste. Tenía que demostrarles que solo yo puedo hacerte brillar así.
Isaac sintió ese calor conocido subiendo por su cuello.
—Eres un presumido, niño chino. Pero admito que ese 3,25 fue... perfecto. Casi tan perfecto como los dumplings que comimos en Shanghái.
Yiheng dejó el cubo y lo miró con una seriedad que hizo que Isaac se enderezara.
—Isaac, he estado practicando mucho. No solo por el récord. Quería asegurarme de tener una excusa para que mi patrocinador me trajera hasta aquí. Bolivia está muy lejos de casa.
—Pero viniste —dijo Isaac suavemente.
—Vine —confirmó Yiheng—. Y ahora que estoy aquí, no pienso pasarme todo el tiempo en el hotel. Mañana me llevarás a comer ese helado de canela del que tanto hablas. Y no aceptaré que me pagues tú.
—En Bolivia, el invitado no paga, Wang. Son las reglas.
—Pues yo soy el campeón, y el campeón dicta las reglas hoy.
Al día siguiente, Santa Cruz parecía conspirar a favor de ellos. El sol no era tan inclemente y una brisa suave refrescaba las calles. Isaac llevó a Yiheng al centro, caminando entre los edificios coloniales y las palmeras de la plaza principal. A pesar de sus intentos por pasar desapercibidos, la gente los reconocía.
—¡Miren, son ellos! —susurró un grupo de adolescentes—. ¡Isaac y el chico chino!
Yiheng, que ya estaba acostumbrado, simplemente se acercó más a Isaac, rozando su hombro con el del boliviano.
—Parece que nuestro "ship" ha cruzado el océano —comentó Yiheng con una risita, viendo cómo unas chicas les tomaban fotos a lo lejos.
—Es culpa de tu foto de ayer con la bandera —dijo Isaac, aunque no se alejó—. La gente en Facebook dice que parecemos una pareja de película. Mi maestra incluso me preguntó si debía preparar un cuarto extra para ti en su casa.
Yiheng se detuvo en seco, mirando a Isaac con los ojos muy abiertos.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que roncabas mucho, así que mejor no —bromeó Isaac, echándose a correr antes de que Yiheng pudiera alcanzarlo.
—¡Miro! ¡Yo no ronco, Méndez! —gritó Yiheng, persiguiéndolo entre la gente.
Terminaron en una pequeña heladería artesanal. Isaac pidió su helado de canela y Yiheng, después de mucho dudar, pidió uno de achachairú. Se sentaron en un banco de madera bajo la sombra de un tajibo en flor.
—Esto está... realmente bueno —admitió Yiheng, probando la fruta ácida y dulce—. Es diferente a todo lo que he probado en China.
—Es como nosotros —dijo Isaac, mirando su propio helado—. Diferentes, pero funcionamos bien juntos.
Yiheng guardó silencio un momento, observando el perfil de Isaac. La luz del sol se filtraba entre las ramas, creando sombras sobre su piel pálida y resaltando la suavidad de sus rasgos. A pesar de ser un año menor, Isaac tenía una madurez silenciosa que Yiheng admiraba profundamente.
—Isaac —dijo Yiheng, dejando el vaso de helado a un lado—, las redes sociales dicen muchas cosas. Dicen que somos rivales, que somos amigos, que somos algo más. A veces me confundo.
Isaac sintió que el pulso se le aceleraba. Dejó de jugar con su cuchara y miró a Yiheng a los ojos. Esos ojos oscuros que solían estar llenos de algoritmos ahora estaban llenos de una vulnerabilidad que lo desarmaba.
—Yo también me confundo —confesó Isaac en voz baja—. En Bolivia, no tengo a nadie que me entienda como tú. Mi padre solo ve números, y mis amigos del colegio no saben qué es un PLL. Tú eres el único que ve quién soy realmente.
Yiheng extendió la mano y, con una lentitud inusual en él, cubrió la mano de Isaac con la suya. Sus dedos eran más cortos, pero su agarre era firme y cálido.
—Entonces no nos confundamos más —dijo Yiheng—. No me importa lo que digan las redes, pero me importa lo que pienses tú. Me quedaré una semana más en Santa Cruz. Mi equipo ya lo sabe.
Isaac sintió que una carga inmensa se levantaba de sus hombros.
—Una semana es mucho tiempo para practicar —dijo Isaac, tratando de recuperar su tono bromista para ocultar la emoción.
—No vamos a practicar todo el tiempo —replicó Yiheng, apretando un poco más su mano—. Quiero que me enseñes a ser un boliviano. Y quizás, quiero que me enseñes por qué tus ojos brillan tanto cuando hablas de este lugar.
Esa tarde, una nueva foto se volvió viral. No era una foto de prensa, ni una de un torneo. Era una imagen borrosa tomada por un fan desde lejos: dos chicos sentados en un banco, uno más alto que el otro, con las manos entrelazadas y las cabezas inclinadas la una hacia la otra, rodeados por las flores rosadas del tajibo.
Los comentarios no se hicieron esperar. "El amor no tiene fronteras, ni algoritmos", "Miren cómo Yiheng lo mira, ya no es solo por el cubo", "Isaac encontró su hogar en alguien que vive al otro lado del mundo".
Dos días después, Isaac invitó a Yiheng a su departamento para una tarde de juegos de mesa, tal como lo habían hecho en China. Su maestra estaba allí, preparando unas empanadas de queso que llenaban el lugar con un olor delicioso.
—Así que tú eres el famoso Yiheng —dijo ella, saludándolo con un abrazo cálido que dejó al chico chino un poco desconcertado pero sonriente.
—Es un honor, señora —dijo Yiheng con una inclinación de cabeza—. Isaac me ha hablado mucho de usted. Dice que es la mejor maestra y la mejor madre.
La mujer se emocionó, limpiándose una lágrima furtiva.
—Este niño tiene un corazón de oro, aunque a veces se esconda detrás de ese pelo negro. Cuídalo, Yiheng. A veces se olvida de comer cuando está obsesionado con un solve.
—Lo cuidaré —prometió Yiheng, mirando a Isaac, quien estaba ocupado organizando las fichas del Rummikub.
La tarde pasó entre risas y competencia. Isaac volvió a ganar en la mayoría de los juegos de mesa, recuperando su orgullo después de la derrota en el torneo.
—¡Ja! ¡Te gané en Flip 7! —exclamó Isaac, levantando los brazos en señal de victoria—. Parece que en mi casa las cartas me obedecen a mí.
—Disfrútalo, boliviano —dijo Yiheng, recostándose en la alfombra—. Pero recuerda quién tiene el trofeo de 3x3 en su maleta.
—El trofeo es solo plástico, Wang. Esto —dijo Isaac, señalando el espacio entre ellos— es lo que cuenta.
Yiheng sonrió, una sonrisa de verdad, de esas que no salían en las fotos oficiales. Se incorporó y se acercó a Isaac, quedando a pocos centímetros de su rostro. Isaac podía ver el reflejo de las luces de la ciudad en los ojos de Yiheng.
—Tienes razón —susurró Yiheng—. Esto es lo único que no puedo resolver con un algoritmo.
El resto de la semana fue un sueño de mercados, paseos por el río Piraí y sesiones de práctica nocturnas donde el silencio solo era interrumpido por el chasquido de los cubos y los susurros de dos chicos que estaban descubriendo que el mundo era mucho más pequeño de lo que pensaban.
El día de la partida de Yiheng, el aeropuerto de Viru Viru estaba lleno de fans que querían despedir al campeón. Isaac estaba allí, sintiendo un nudo en la garganta que no lo dejaba hablar.
—No te pongas triste, poste de luz —dijo Yiheng, ajustándose la mochila—. El próximo mes es el Mundial en Corea. Nos veremos allí.
—Lo sé —respondió Isaac, intentando sonreír—. Pero Corea no es Santa Cruz. No habrá helado de canela.
Yiheng se acercó y, ante la mirada atónita de los fans y las cámaras de los celulares, abrazó a Isaac con fuerza. No fue un abrazo de bandera, ni un abrazo para la foto. Fue un abrazo de despedida, largo y lleno de promesas silenciosas.
—Corea tendrá otras cosas —dijo Yiheng contra el pecho de Isaac—. Y mientras estés tú, no me importa dónde sea el torneo.
Yiheng se separó, le guiñó un ojo y caminó hacia la puerta de embarque. Antes de entrar, se giró y gritó:
—¡Practica tu F2L, Isaac! ¡No quiero ganarte tan fácil la próxima vez!
Isaac se rió, limpiándose una lágrima rebelde que se le había escapado.
—¡Vete ya, niño chino! ¡Te estaré esperando en la final!
Mientras veía el avión despegar, Isaac sacó su teléfono. Tenía una nueva notificación de Instagram. Yiheng había publicado la foto de la bandera en Bolivia, pero con una descripción diferente a la que todos esperaban.
"A veces pierdes un récord, pero ganas algo mucho más rápido y duradero. Gracias, Bolivia. Gracias, Isaac. Nos vemos en el próximo giro".
Isaac guardó el teléfono y caminó hacia la salida. Sabía que su relación con su padre seguía siendo difícil, y que su vida en Santa Cruz seguía teniendo sus sombras, pero ahora, cada vez que miraba sus manos moviéndose sobre el cubo, ya no veía solo algoritmos. Veía el puente que lo unía a alguien que estaba a miles de kilómetros, pero que se sentía más cerca que nadie.
Porque al final, el speedcubing no se trataba de quién terminaba primero, sino de quién estaba allí para sostener la bandera contigo cuando el cronómetro finalmente se detenía. Y Isaac Méndez, el prodigio de los ojos de guapurú, sabía que su mejor solve apenas estaba comenzando.