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Mi idolo

Ecos de Shanghái y Celos de Plástico

El hotel en Shanghái era mucho más lujoso que el de Shenzhen, un edificio de cristal que parecía perforar las nubes y ofrecía una vista panorámica de los rascacielos iluminados y el río Huangpu. Dentro de la habitación, sin embargo, el mundo se reducía a dos camas, una montaña de cubos de diferentes marcas y el brillo azulado de una tablet.

Isaac estaba desparramado sobre la colcha, con sus largas piernas colgando por el borde. Su cabello negro, cortado en esas capas onduladas que siempre parecían a punto de cubrirle la vista, estaba más despeinado que de costumbre. A su lado, Yiheng Wang estaba sentado con la espalda apoyada en el cabecero, sosteniendo la tablet con una mano y un cubo Gan con la otra, girándolo de forma ausente.

—Oye, niño chino —dijo Isaac, estirando los brazos hasta que sus articulaciones crujieron—, deja de entrenar un momento. Llevamos tres horas viendo algoritmos. Mi cerebro va a explotar y todavía tengo que ganarte en la exhibición de mañana.

Yiheng dejó el cubo sobre la mesita de noche y soltó un suspiro, aunque sus ojos brillaban con esa chispa competitiva que tanto le gustaba a Isaac.

—Tú fuiste el que dijo que el 3,27 fue suerte —replicó Yiheng en su inglés fluido, salpicado de algunas palabras en español que Isaac le había enseñado—. Si quieres mantener tu dignidad frente a las cámaras de Shanghái, necesitas repasar los casos de G-Perm.

—Mi dignidad está intacta —rio Isaac, incorporándose un poco para quedar hombro con hombro con el chico más bajo—. Mejor veamos qué dice el Internet de nosotros. Mi maestra dice que las redes sociales en Bolivia están explotando porque me quedé un mes más.

Yiheng desbloqueó la tablet y entró en una de las plataformas donde la comunidad de speedcubing era más activa. No les tomó mucho tiempo encontrar lo que buscaban. El hashtag con sus nombres era una cascada interminable de fotos, ediciones de video y, para sorpresa de ambos, historias escritas por los fans.

—Mira este fan art —señaló Isaac, acercando la cara a la pantalla—. Nos dibujaron en el podio de la última competición, pero... ¿por qué me pusieron flores en el pelo? Y tú pareces un guardaespaldas de película de acción.

—Bueno —murmuró Yiheng, recordando el incidente del fan en la calle—, a veces hay que actuar como uno.

Siguieron navegando, riéndose de las ediciones de video que ponían música romántica de fondo cuando sus manos se rozaban accidentalmente al intercambiarse un cubo. Era extraño y divertido verse a sí mismos como protagonistas de una narrativa que ellos no habían escrito.

—¡Mira, un fanfic! —exclamó Isaac, arrebatándole la tablet—. Dice: "El secreto detrás del cronómetro". A ver... "Isaac miró a Yiheng mientras el temporizador Stackmat marcaba los segundos. No era solo la velocidad lo que le quitaba el aliento, sino la forma en que los ojos de Yiheng se iluminaban al terminar un solve...".

Isaac no pudo terminar la frase porque estalló en una carcajada tan fuerte que tuvo que taparse la boca con la almohada. Yiheng, aunque intentaba mantener su fachada de seriedad, terminó riendo también, empujando a Isaac con el hombro.

—¡Eso es ridículo! —dijo Yiheng—. Mis ojos se iluminan porque estoy calculando el promedio, no por otra cosa.

—Espera, espera, hay comentarios en este post —continuó Isaac, recuperando el aliento. Sus ojos negros, grandes y redondos como frutos de guapurú, se fijaron en la pantalla mientras hacía scroll—. "Son la pareja perfecta", "Miren la diferencia de altura, es tan tierno"... y... ¿eh?

La risa de Isaac se apagó un poco y Yiheng notó el cambio de inmediato. Se inclinó para leer lo que Isaac estaba viendo.

En los comentarios de una de las fotos virales de la semana anterior —aquella donde Isaac aparecía sonriendo mientras un fan le sujetaba las manos para que le firmara un cubo—, había empezado a surgir una corriente de opinión diferente.

—"Honestamente, Isaac y el chico de la sudadera amarilla se veían muy bien juntos" —leyó Yiheng en voz alta, y su voz se volvió repentinamente fría—. "Ese fan tenía una mirada de adoración total. Yiheng parecía un tercero sobrando en esa foto".

Isaac sintió un escalofrío. Miró a Yiheng de reojo y vio cómo la mandíbula del chico chino se tensaba. El ambiente en la habitación, que hacía un momento era ligero y lleno de bromas, se volvió pesado, como si el aire se hubiera cargado de electricidad estática.

—La gente escribe cualquier cosa, Yiheng —dijo Isaac, tratando de sonar casual—. Solo fue un fan emocionado. Ni siquiera recuerdo su nombre.

—Le tocaste las manos —dijo Yiheng, y esta vez no era una broma. Se giró para mirar a Isaac directamente, y el boliviano pudo ver el destello de unos celos puramente territoriales en sus ojos—. Le dejaste que te sujetara las manos durante casi un minuto. A nosotros nos tomó semanas tener esa confianza.

Isaac parpadeó, sorprendido por la honestidad del ataque.

—Él me las agarró, Yiheng. Yo solo estaba siendo amable. Sabes que me cuesta decir que no cuando alguien me pide una firma, especialmente aquí, donde todos son tan apasionados.

—Pues no me gusta —sentenció Yiheng, cruzándose de brazos y volviendo a sentarse en el suelo, lejos de la cama—. Y no me gusta que digan que yo "sobraba". Yo gané el promedio global ese día. Yo soy el que está aquí contigo en esta habitación, no ese chico de la sudadera amarilla que probablemente ni siquiera sabe hacer un sub-15.

Isaac no pudo evitarlo; una sonrisa pequeña y traviesa apareció en su rostro pálido. Se deslizó fuera de la cama y se sentó en el suelo, justo frente a Yiheng, invadiendo su espacio personal.

—¿Estás celoso de un fan anónimo, niño chino? —preguntó Isaac, inclinando la cabeza para que su cabello rozara el hombro de Yiheng.

—No estoy celoso —mintió Yiheng, aunque no se alejó—. Solo digo que los fans no tienen buen gusto. Ese chico era... ordinario.

—Bueno, tú no eres ordinario —susurró Isaac, y por un momento, el ruido de la ciudad de Shanghái desapareció—. Eres el mejor speedcuber del mundo. Y eres el único que tiene mi número de teléfono y el que me obliga a comer dulces de sésamo que odio.

Yiheng finalmente lo miró. La rigidez de sus hombros desapareció y una sonrisa renuente asomó en sus labios.

—Te gustan los dulces de sésamo, no mientas.

—Los tolero porque me los das tú —admitió Isaac con un encogimiento de hombros—. Anda, olvida los comentarios. Mañana tenemos que dar un espectáculo. Si los fans nos ven ganando juntos, se olvidarán de cualquier chico de sudadera amarilla.

Yiheng suspiró y asintió, aunque en su mente ya estaba planeando cómo, en la exhibición del día siguiente, se aseguraría de estar lo suficientemente cerca de Isaac como para que nadie tuviera dudas de quién era el que realmente estaba al lado del prodigio boliviano.

Pasaron el resto de la noche viendo una película de acción china que Isaac no entendía del todo, pero que Yiheng se encargaba de traducirle con comentarios sarcásticos sobre las escenas de lucha. El cansancio finalmente empezó a hacer mella en ellos.

—Mañana es el gran día —dijo Isaac, acomodándose en su cama y mirando al techo—. A veces no puedo creer que esté aquí. En Shanghái, contigo. Mi padre todavía cree que esto es un pasatiempo que se me va a pasar en un año.

—Tu padre no ha visto cómo mueves los dedos, Isaac —dijo Yiheng desde la otra cama—. O quizás tiene miedo de que te vuelvas tan bueno que ya no necesites volver a Bolivia.

Isaac se quedó pensativo.

—A veces yo también tengo ese miedo. Pero luego recuerdo que mi maestra está por tener al bebé y que ella es mi verdadera familia allá. Pero aquí... aquí me siento como si estuviera en el lugar correcto.

—Te quedarás un mes más —recordó Yiheng—. Y después de eso, buscaremos otra excusa. Siempre hay un torneo, Isaac. Siempre hay una razón para no despedirse.

Al día siguiente, el centro de convenciones de Shanghái estaba a reventar. Las marcas de cubos habían montado escenarios impresionantes con luces robóticas y pantallas gigantes. Isaac y Yiheng aparecieron juntos, vistiendo las chaquetas oficiales de sus respectivos patrocinadores.

La química entre ellos era innegable. Cada vez que resolvían un cubo, el público contenía el aliento. Isaac logró un 3,56 impresionante en una de las rondas, y Yiheng le respondió con un 3,40 que hizo que la multitud estallara en vítores.

—Nada mal, Méndez —dijo Yiheng mientras caminaban hacia la zona de descanso después de la primera ronda de exhibición.

—Podría haberlo hecho mejor si no hubieras estado tratando de distraerme con tus miradas —bromeó Isaac.

—¿Yo? Yo solo estaba observando tu técnica de Finger Tricks. Es... interesante.

De repente, una empleada de la organización se acercó a ellos con un ramo de flores y un pequeño regalo.

—Isaac, Yiheng, hay un grupo de fans afuera que ha estado esperando desde las cinco de la mañana. ¿Podrían salir un momento a saludar antes de la final?

Ambos aceptaron. Al salir a la zona vallada, los gritos fueron ensordecedores. Isaac empezó a firmar autógrafos con su habitual paciencia, dejando que su cabello le cubriera un poco los ojos mientras se concentraba en no arruinar el plástico de los cubos con el marcador.

—¡Isaac! ¡Aquí! —gritó alguien.

Isaac levantó la vista y, para su sorpresa (y para el horror interno de Yiheng), era el mismo chico de la sudadera amarilla de la semana pasada. Esta vez traía un cartel que decía: "Isaac, Bolivia te ama, ¡pero Shanghái te ama más!".

—¡Hola de nuevo! —dijo el chico, extendiendo una mano para estrechar la de Isaac—. ¿Te acuerdas de mí?

—Ah... sí, hola —respondió Isaac, sintiendo la mirada de Yiheng clavada en su nuca como un rayo láser.

El fan, envalentonado, volvió a tomar la mano de Isaac, pero esta vez fue más allá y le dio un pequeño apretón entusiasta.

—Estuviste increíble hoy. De verdad, creo que eres el más rápido de todos.

Antes de que Isaac pudiera responder algo educado, sintió una presencia firme a su lado. Yiheng no solo se había acercado, sino que se había colocado prácticamente entre Isaac y el fan. Con una maniobra que parecía ensayada, Yiheng pasó su brazo por la cintura de Isaac y lo atrajo hacia sí, obligando al boliviano a dar un paso lateral que rompió el contacto con el fan.

—Gracias por venir —dijo Yiheng en un tono que no admitía réplicas, mientras su mano se cerraba con firmeza sobre la cadera de Isaac—. Isaac tiene que ir a calentar para la final ahora. Las manos de un velocista son sagradas, ¿sabes? No podemos arriesgarnos a que se cansen antes de tiempo.

El chico de la sudadera amarilla se quedó con la palabra en la boca, parpadeando ante la actitud territorial del campeón chino.

—¡Una foto! ¡Solo una foto más! —pidió el fan, sacando su teléfono.

Yiheng no soltó a Isaac. Se pegó aún más a él, a pesar de que la diferencia de altura hacía que su cabeza quedara a la altura del hombro de Isaac. Miró a la cámara con una expresión de suficiencia, manteniendo su mano en la cintura de Isaac de forma que fuera imposible no verla en el encuadre.

Cuando terminaron y volvieron al interior del recinto, Isaac no pudo contener la risa.

—¡Yiheng! ¡Eso fue tan obvio! —exclamó Isaac, dejándose caer en una silla en la zona VIP—. El pobre chico casi se hace pis encima.

—Estaba siendo molesto —se limitó a decir Yiheng, aunque no parecía arrepentido en absoluto—. Y ya te lo dije, no me gusta que la gente piense que puede tocarte así. Eres un prodigio, Isaac Méndez. Tienes que tener estándares.

—Mis estándares están bastante altos, considerando que mi mejor amigo es un campeón mundial celoso —replicó Isaac, guiñándole un ojo.

La final fue un duelo de titanes. El cronómetro parecía detenerse cada vez que sus manos tocaban el Stackmat. Al final, Isaac se llevó la victoria por apenas unas centésimas. Al terminar, en lugar de la habitual frialdad de los competidores, Isaac buscó a Yiheng y lo rodeó con un abrazo genuino. Yiheng, olvidando por un momento sus celos y su orgullo, le devolvió el abrazo, escondiendo el rostro en el hombro del chico más alto.

Esa noche, mientras las redes sociales volvían a arder con la foto de "la mano en la cintura 2.0", Isaac y Yiheng estaban de vuelta en el hotel, compartiendo una bolsa de dulces chinos que Yiheng había comprado como "premio de consolación" para sí mismo.

—¿Sabes qué es lo más gracioso? —dijo Isaac, mirando su teléfono—. El chico de la sudadera amarilla comentó la foto nueva.

—¿Ah, sí? ¿Qué dijo? —preguntó Yiheng, con un tono de sospecha.

—Puso: "Definitivamente, no tengo ninguna oportunidad. Yiheng da miedo cuando protege lo suyo".

Yiheng se quedó callado un momento, procesando el comentario. Luego, una sonrisa lenta y satisfecha apareció en su rostro.

—Bueno —dijo Yiheng, recostándose en su cama—, al menos ese fan es inteligente.

—Eres imposible, niño chino —suspiró Isaac, aunque su sonrisa decía lo contrario.

—Y tú eres demasiado alto, boliviano. Pero supongo que puedo vivir con eso un mes más.

Se quedaron en silencio, escuchando el murmullo lejano de Shanghái. Isaac pensó en su madre y en cómo ella siempre le decía que encontraría su lugar en el mundo. Miró a Yiheng, que ya estaba empezando a quedarse dormido con un cubo 2x2 todavía en la mano, y supo que su lugar no era una ciudad o un país, sino ese espacio compartido entre algoritmos, risas y una amistad que estaba empezando a transformarse en algo mucho más profundo y duradero que cualquier récord mundial.

—Buenas noches, Yiheng —susurró Isaac.

—Buenas noches, Isaac —respondió el otro, casi en sueños—. Y no te olvides... mañana practicamos OH. No quiero que ese 3,27 se oxide.

Isaac sonrió, cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, durmió sin soñar con cronómetros, sino con el próximo dulce de sésamo que compartiría con el chico que, a pesar de los miles de kilómetros de distancia, se había convertido en su hogar.

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