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Momentos entre la tortuga y el zorro

Ecos de Sangre y Perlas de Cristal

El silencio en el jardín privado de la mansión Henituse era solo interrumpido por el suave crujido de las hojas secas bajo los pies de Cale. Deruth observaba desde el balcón, con el corazón encogido, mientras Ron caminaba a un paso de distancia del niño de trece años. Habían pasado semanas desde que el mayordomo intensificara su presencia, y los resultados eran, por decir lo menos, milagrosos.

Ron no forzaba a Cale a hablar. En lugar de eso, le enseñaba cosas prácticas: cómo identificar una planta venenosa, cómo pelar una fruta con un movimiento fluido, o simplemente cómo sentarse en silencio sin que el vacío lo consumiera. Gracias a la mediación de Ron, Deruth finalmente había podido compartir una cena con su hijo sin que Cale se retirara a los cinco minutos. Habían hablado del clima, de los estudios y, por primera vez, Cale le había dedicado una pequeña y casi imperceptible sonrisa antes de dormir.

—Lo ha logrado, Ron —susurró Deruth para sí mismo, sintiendo que la presión en su pecho se aliviaba.

Pero esa paz tenía un precio: la creciente e inquietante atención del mayordomo hacia su propia persona.

Esa noche, el Conde se encontraba en su despacho privado, revisando unos informes sobre los movimientos de los nobles de los territorios vecinos. La puerta se abrió sin un solo ruido, una habilidad que Deruth sabía que ningún sirviente común poseía. Ron entró portando una bandeja con el acostumbrado té de limón, pero esta vez no se limitó a dejarlo sobre la mesa.

Ron cerró la puerta con llave. El clic metálico resonó en la habitación como el amartillar de una ballesta.

—Conde-nim —dijo Ron, su voz era una seda fría que erizó los vellos de la nuca de Deruth—. Creo que hemos llegado a un punto en nuestra relación donde las máscaras empiezan a estorbar.

Deruth dejó la pluma y levantó la vista. Sus ojos marrones, siempre al borde de la humedad emocional, se encontraron con la mirada gélida y afilada del asesino. Las lágrimas, como perlas de ámbar, comenzaron a acumularse de inmediato ante la tensión, dándole ese aspecto vulnerable y "bonito" que tanto fascinaba a Ron.

—¿A qué te refieres, Ron? —preguntó Deruth, manteniendo la voz firme a pesar del temblor de sus pestañas.

—Usted me mira con cuidado —dijo Ron, acercándose al escritorio hasta que sus manos enguantadas se apoyaron sobre la madera—. No me mira como a un mayordomo. Me mira como a un depredador que ha decidido dormir a los pies de su cama. Dígame, mi señor, ¿qué es lo que sabe realmente sobre este viejo sirviente?

Deruth suspiró. Una de las lágrimas acumuladas vaciló, pero él se negó a dejarla caer.

—Sé que el apellido Molan no es común en el Reino de Roan —respondió el Conde con una calma política—. Sé que en el continente oriental existía una familia que gobernaba las sombras con una lealtad inquebrantable hacia los suyos. Y sé que, tras una tragedia sangrienta, los supervivientes buscaron refugio donde nadie pensaría en buscar asesinos: en el territorio más pacífico y aburrido del oeste.

Ron entrecerró los ojos. La presión asesina en la habitación aumentó drásticamente, pero Deruth no retrocedió.

—¿Y aun así me permitió cuidar de su único hijo? —La voz de Ron era un susurro peligroso.

—Precisamente por eso —respondió Deruth, y por primera vez, una chispa de la astucia del gobernante brilló a través del llanto contenido—. Los Molan son famosos por dos cosas: su letalidad y su lealtad absoluta hacia quienes consideran sus señores. Si yo te daba un hogar, una identidad y protección para Beacrox, sabía que Cale tendría el escudo más impenetrable del mundo. No eres una amenaza, Ron. Eres mi mejor inversión.

Ron sintió una sacudida de sorpresa. El hombre frente a él, que parecía tan frágil que podría romperse con un grito, lo había estado utilizando con una frialdad magistral. Esa combinación de apariencia delicada y mente calculadora encendió algo oscuro y posesivo en el pecho del asesino.

—Una inversión —repitió Ron, inclinándose sobre el escritorio hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros del de Deruth—. Entonces, mi señor... ¿no le gustaría una muestra de lealtad que no consista solo en servir té? Un contrato de este calibre debería sellarse con algo más que palabras.

Deruth sintió el aliento de Ron en su mejilla. El aroma a limón y acero lo envolvía. Sus ojos brillaban, cargados de esas lágrimas que lo hacían ver tan etéreo, pero su voz fue gélida cuando respondió.

—Hay un vizconde en la frontera sur, la familia Venion. Han estado interceptando nuestros cargamentos de mármol y, lo que es peor, sus mercenarios han asustado a los plebeyos cerca de las granjas donde Cale suele pasear. Son una molestia que la diplomacia no ha podido erradicar.

Deruth levantó una mano y, con un dedo tembloroso pero decidido, rozó la solapa del traje de Ron.

—Elimina la amenaza. No dejes rastro que vincule a los Henituse, pero asegúrate de que no vuelvan a respirar el aire de mi territorio.

Ron sonrió. No fue su sonrisa de mayordomo, sino la mueca depredadora de un hombre que acababa de encontrar una razón para disfrutar de su trabajo.

—Como desee, mi señor. Pero pediré un favor adicional —dijo Ron, bajando la voz—. Deje que Beacrox me acompañe. Mi hijo necesita... practicar sus habilidades culinarias con ingredientes más resistentes.

—Concedido —sentenció Deruth.

Tres días después, Ron regresó al despacho del Conde en mitad de la noche. Deruth estaba solo, envuelto en una bata de seda, leyendo bajo la luz de una única vela. Cuando Ron entró, el aire traía consigo un aroma sutil pero inconfundible: hierro y ceniza.

Ron caminó hacia él y depositó un pequeño objeto envuelto en terciopelo negro sobre la mesa. Al abrirlo, Deruth vio un anillo de sello, el símbolo de la familia Venion, manchado con una gota de sangre seca.

—La molestia ha sido erradicada por completo, Conde-nim —informó Ron. Su ropa estaba impecable, pero sus ojos tenían un brillo de euforia contenida—. Beacrox se encargó de la limpieza. No quedarán ni las cenizas.

Deruth observó el anillo. No mostró horror, ni asco, ni arrepentimiento. Simplemente asintió con una frialdad pragmática que hizo que Ron sintiera una punzada de excitación en el bajo vientre. Ver al hombre "bonito" y de pestañas húmedas aceptar la muerte de sus enemigos con esa indiferencia aristocrática era una visión más embriagadora que cualquier vino.

—Buen trabajo, Ron —dijo Deruth, levantando la mirada. Las lágrimas habituales estaban allí, provocadas por el cansancio de la vigilia, brillando como diamantes bajo la luz de la vela—. Ahora, por favor, tráeme un poco de ese té. Me cuesta conciliar el sueño.

Ron se acercó, pero esta vez no respetó la distancia. Tomó el mentón de Deruth entre sus dedos fríos, obligándolo a mantener el contacto visual.

—Es usted un hombre fascinante, mi señor —susurró Ron—. Tan delicado por fuera, tan implacable por dentro. Me pregunto qué pasaría si dejara que esas perlas cayeran de sus ojos mientras yo sostengo su cuello.

Deruth no se apartó. Su corazón latía con fuerza, pero no era solo por miedo. Había una extraña fascinación en ser visto de esa manera por un hombre como Ron.

—Tendrás que seguir sirviéndome para descubrirlo —respondió el Conde, con un desafío silencioso en su mirada humedecida.

Mientras tanto, en otra parte de la mansión, el joven Cale se encontraba en la cocina, observando a Beacrox limpiar sus cuchillos con una meticulosidad aterradora. El niño de trece años no era tonto; sabía que su padre y Ron compartían secretos que iban más allá de la gestión del hogar.

—Beacrox —dijo Cale, rompiendo el silencio.

El joven cocinero se detuvo y miró al niño.

—¿Sí, joven maestro?

—¿Crees que... —Cale dudó, mirando sus propias manos—. ¿Crees que Ron se quedará mucho tiempo? A veces parece que él y mi padre... se entienden demasiado bien.

Beacrox guardó su cuchillo favorito en la funda de cuero. Había visto a su padre mirar al Conde con una intensidad que nunca había mostrado hacia nadie más. También había visto cómo el Conde, a pesar de su dolor, encontraba consuelo en la presencia del mayordomo.

—Mi padre no es alguien que deje ir lo que considera suyo, joven maestro —respondió Beacrox con voz monótona—. Y el Conde parece haber encontrado un uso muy específico para nosotros.

Cale asintió, pensativo.

—Ron me cuida bien. A veces... a veces se siente como si tuviera dos padres, aunque uno me dé miedo y el otro siempre parezca a punto de llorar.

Beacrox sintió una extraña calidez ante las palabras del niño. Miró la figura pequeña de Cale y luego pensó en su propio padre. La idea de que su familia se fusionara con la de los Henituse no le resultaba tan desagradable como habría pensado años atrás.

—Si eso significa que tendré que cocinar para un hermano menor quejica por el resto de mi vida —dijo Beacrox, volviendo a su tarea—, supongo que puedo tolerarlo.

Cale se sonrojó levemente y salió de la cocina sin decir nada más, pero con una pequeña chispa de esperanza en el pecho.

De vuelta en el despacho, Ron finalmente soltó el mentón de Deruth, pero solo para deslizar sus dedos por la mejilla del Conde, recogiendo una de las lágrimas que finalmente se había deslizado. El asesino llevó el dedo a sus labios, probando el rastro salado del dolor y la fuerza de su señor.

—El té de limón estará listo en un momento, mi señor —dijo Ron, recuperando su máscara de servidumbre, aunque sus ojos seguían devorando la figura de Deruth—. Y mañana, quizás podamos invitar al joven maestro a desayunar en el jardín. Me gustaría que viera lo bien que luce usted bajo la luz del sol.

Deruth se recostó en su silla, sintiendo que el frío del invierno ya no calaba tan hondo en sus huesos. Sabía que estaba jugando con fuego al mantener a un asesino tan cerca, pero mientras Ron lo mirara con esa mezcla de adoración y peligro, y mientras Cale siguiera recuperando su sonrisa, el Conde estaba dispuesto a arder.

—Estaré esperando, Ron —murmuró Deruth, cerrando los ojos mientras escuchaba los pasos del hombre alejarse—. No llegues tarde.