Momentos entre la tortuga y el zorro
Lágrimas de plata y el filo de la posesión
El tiempo en el territorio Henituse fluía con la parsimonia del mármol siendo esculpido; lento, pero transformando la piedra bruta en algo digno de admiración. Cale, ahora con catorce años, ya no era la sombra quebradiza que evitaba los pasillos. Gracias a la silenciosa y a veces aterradora guía de Ron, y a la paciencia infinita de un Deruth que había aprendido a escuchar los silencios de su hijo, la relación entre ambos florecía.
—Padre —dijo Cale una mañana, mientras compartían el desayuno en el jardín acristalado—, Ron dice que mis notas en historia han mejorado lo suficiente como para pedir un aumento en mi asignación para libros.
Deruth levantó la vista de sus documentos, sus ojos marrones brillando con esa calidez húmeda que siempre lo caracterizaba.
—Si Ron lo dice, confío en su juicio. Me alegra que encuentres consuelo en la lectura, Cale.
A unos pasos de distancia, Ron Molan observaba la escena con una sonrisa que, para el ojo inexperto, era puramente profesional. Sin embargo, sus ojos no se apartaban de la nuca de Deruth, donde el cabello castaño se ondulaba suavemente. Había algo en la paz de ese cuadro familiar que alimentaba el hambre del asesino, un hambre que ya no se saciaba solo con sangre, sino con la presencia constante del Conde.
Sin embargo, la paz del territorio Henituse no era compartida por el resto del Reino de Roan. La posición de Deruth como un viudo joven, inmensamente rico y políticamente astuto, lo había convertido en la presa más codiciada de las altas esferas.
Esa tarde, el despacho de Deruth estaba inundado de sobres con sellos de cera de colores vibrantes. Rosas, dorados y púrpuras.
—Propuestas de matrimonio —murmuró Deruth, frotándose las sienes. El brillo de las lágrimas acumuladas regresó a sus ojos, esta vez por el puro agotamiento de la presión social—. Otra vez.
Ron, que acababa de entrar con el té de la tarde, dejó la bandeja con un golpe ligeramente más seco de lo habitual. Sus ojos recorrieron las cartas como si fueran objetivos de eliminación.
—Parece que la nobleza del reino tiene una memoria corta, mi señor —dijo Ron, su voz bajando un octavo de tono, volviéndose peligrosamente melosa—. Apenas ha pasado el tiempo suficiente desde la partida de la Condesa Jour, y ya intentan llenar su vacío con ambición.
—Es política, Ron —suspiró Deruth, sin notar la tensión en los hombros del mayordomo—. Dicen que un Conde necesita una Condesa para mantener la estabilidad, y que Cale necesita una madre.
—El joven maestro no necesita a nadie más que a quienes ya estamos aquí —sentenció Ron. Se acercó al escritorio, invadiendo el espacio personal de Deruth con una audacia que había crecido en los últimos meses—. Especialmente no a esas mujeres que solo ven en usted un cofre de oro y un título.
Ron tomó una de las cartas, una de la hija de un Marqués, y la apretó ligeramente entre sus dedos.
—Esta, por ejemplo... —Ron se inclinó sobre Deruth, rodeándolo con su aroma a té y peligro—. Es conocida por su temperamento voluble. No permitiré que alguien así perturbe la paz de esta casa. Ni la de usted.
Deruth sintió el calor del cuerpo de Ron detrás de él. Durante meses, había permitido este coqueteo sombrío, este juego de poder donde Ron se volvía cada vez más posesivo. Pero hoy, el peso de las propuestas y la actitud dominante del mayordomo le resultaron sofocantes.
El Conde se puso de pie bruscamente, obligando a Ron a retroceder un paso. Deruth lo miró directamente a los ojos, y aunque sus pestañas temblaban bajo el peso de las lágrimas acumuladas, su voz fue un látigo de autoridad.
—Suficiente, Ron.
El mayordomo parpadeó, sorprendido por el tono.
—Mi señor...
—He sido muy paciente contigo —continuó Deruth, dando un paso hacia adelante, recuperando su terreno—. He permitido que cruces líneas que ningún otro sirviente se atrevería a mirar. He aceptado tu protección, tus consejos y tus... atenciones. Pero no te equivoques. Yo soy el Conde Henituse. Mi futuro y el de mi hijo son decisiones mías, no tuyas.
Deruth señaló las cartas con un gesto imperioso.
—Tus celos están empezando a nublar tu juicio profesional. No eres mi dueño, Ron Molan. Eres mi mayordomo. Y si no puedes controlar esa actitud posesiva, tendré que recordarte cuál es tu lugar de una forma que no te gustará.
Ron guardó silencio. Su corazón, ese órgano frío que rara vez reaccionaba a algo que no fuera el instinto de supervivencia, dio un vuelco violento. Ver a Deruth así, con los ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer por puro orgullo, mientras le imponía su voluntad con esa ferocidad noble, fue la experiencia más excitante que Ron había tenido en décadas.
La dominancia de Deruth no era física, era la de un hombre que sabía que tenía el poder absoluto sobre la lealtad de un monstruo. Y a Ron le encantó.
—Mis disculpas, mi señor —dijo Ron, pero su sonrisa era ahora depredadora y genuina. Se arrodilló lentamente, bajando la cabeza en una muestra de sumisión que ocultaba un deseo ardiente—. He sobrepasado mis límites. La belleza de su autoridad es... abrumadora.
Deruth exhaló, la tensión abandonando su cuerpo, pero no su firmeza.
—Levántate. No quiero que te arrodilles. Quiero que entiendas que no necesito que me reclames como si fuera una posesión.
Ron se puso en pie, pero no se alejó. La distancia entre ellos era casi inexistente.
—No es que lo reclame, mi señor —susurró Ron, su mano moviéndose con la velocidad de una serpiente para acunar la mejilla de Deruth—. Es que no puedo soportar la idea de que alguien más vea lo que yo veo. Esas perlas en sus ojos... solo deberían brillar para mí.
Deruth sintió que el aire se volvía denso. La advertencia había sido dada, el límite trazado, y sin embargo, la atracción era un abismo al que ambos estaban cayendo.
—Eres un hombre imposible —murmuró Deruth. Sus lágrimas finalmente se desbordaron, rodando por sus mejillas como cristales líquidos.
Ron no perdió un segundo. Se inclinó y, en lugar de secarlas con un pañuelo, las capturó con sus labios, antes de presionar su boca contra la de Deruth en un beso que sabía a sal, a té de limón y a una promesa de sangre.
Fue un beso hambriento, cargado de los meses de tensión contenida. Deruth se aferró a los hombros de Ron, respondiendo con una urgencia que lo sorprendió a sí mismo. El asesino y el conde, la sombra y la seda, se entrelazaron en el silencio del despacho.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento.
—Esto... —comenzó Deruth, intentando recuperar su compostura mientras se arreglaba la bata—, esto no cambia mi posición sobre las propuestas. No me casaré con ninguna de ellas, pero nuestra... relación... debe permanecer en las sombras. La nobleza no entendería. Mi familia es lo primero.
Ron asintió, su mirada fija en los labios enrojecidos de su señor.
—Lo entiendo perfectamente. Me basta con saber que, cuando la puerta se cierra, usted es mío. Y yo soy suyo, en todos los sentidos que el término permita.
—Solo la servidumbre de absoluta confianza lo sabrá —añadió Deruth, volviendo a su asiento—. Beacrox, principalmente. No quiero secretos que puedan dañar a Cale.
—Beacrox ya lo sospecha, mi señor. Mi hijo es tan observador como yo.
De hecho, la sospecha no era exclusiva de los Molan. Unas semanas después, Cale entró en la cocina mientras Beacrox afilaba sus cuchillos, una imagen que ya era habitual.
—Beacrox —dijo Cale, con esa voz plana que empezaba a desarrollar—, ¿por qué Ron entra al despacho de mi padre con té y no sale hasta dos horas después? Y por qué mi padre parece estar menos... triste, pero más despeinado.
Beacrox no dejó de afilar.
—El joven maestro Cale es muy inteligente. Debería saber que algunos asuntos de estado requieren una... atención personalizada.
Cale suspiró, sentándose a la mesa.
—Mientras mi padre no se case con una de esas mujeres horribles que envían cartas, supongo que puedo aceptar que Ron sea quien lo cuide. Al menos sé que Ron mataría a cualquiera que intente hacerle daño.
Beacrox hizo una pausa y miró a Cale.
—Lo haría. Y yo también.
Cale asintió, satisfecho. La "confirmación" no necesitaba palabras explícitas. En la casa Henituse, las sombras cuidaban de las luces, y eso era suficiente.
Unos meses más tarde, en una noche de invierno especialmente fría, Deruth y Ron compartían un momento de quietud frente a la chimenea del dormitorio principal. Ron estaba sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en la rodilla de Deruth, mientras el Conde le acariciaba el cabello.
—Ron —dijo Deruth de repente, observando los mechones plateados que brillaban bajo la luz del fuego.
—¿Sí, mi señor?
—Tengo una duda que me asalta desde hace tiempo. Tenemos casi la misma edad, yo tengo treinta y cuatro y tú apenas has pasado los cuarenta. Sin embargo... —Deruth pasó sus dedos por las sienes de Ron—, tienes tantas canas. Tu cabello es casi completamente gris. ¿Es por el estrés de servirme? ¿O es que tu vida anterior fue tan agotadora?
Ron soltó una carcajada suave, un sonido raro y melodioso.
—No es el estrés, mi señor, aunque usted a veces pone a prueba mi corazón. Es la genética de los Molan. Mi padre encaneció a los treinta, y yo sigo el mismo camino. Es nuestro sello familiar.
—¿En serio? —Deruth sonrió, imaginando a un Beacrox mayor—. Me cuesta imaginar a Beacrox con el cabello blanco.
En ese momento, Beacrox, que pasaba por el pasillo con una bandeja de aperitivos nocturnos, escuchó la conversación a través de la puerta entreabierta. Se detuvo en seco, con los ojos abiertos de par en par. Se llevó una mano a su cabello castaño oscuro, sintiendo un repentino e irracional terror.
"¿Blanco? ¿Yo?", pensó el joven cocinero, palideciendo. La idea de perder su apariencia impecable por culpa de la genética Molan era más aterradora que cualquier monstruo que pudiera encontrar en el bosque.
Dentro de la habitación, las risas continuaron. Deruth se inclinó para besar la frente de Ron, sus ojos brillando una vez más, pero esta vez, las lágrimas eran de felicidad.
—No importa el color de tu cabello, Ron —susurró Deruth—. Mientras sigas siendo el hombre que protege mis sueños y el que se queda conmigo cuando las luces se apagan.
Ron cerró los ojos, disfrutando del contacto. El asesino había encontrado su hogar, no en un territorio o en un castillo, sino en el brillo de unas lágrimas de ámbar que ahora, por fin, le pertenecían solo a él.