Momentos entre la tortuga y el zorro
Sombras de Pasión y el Juramento de la Sangre
El despacho del Conde estaba sumido en una penumbra que solo la chimenea se atrevía a desafiar. Sobre el escritorio de mármol, los informes estatales habían sido desplazados por un mapa humano de jade y acero. Deruth Henituse, con la camisa de seda desabrochada y el cabello castaño enredado entre los dedos de Ron, jadeaba con una intensidad que nada tenía que ver con sus habituales preocupaciones políticas.
—Ron... —susurró Deruth, su voz quebrándose mientras las perlas de cristal líquido finalmente rodaban por sus mejillas, no por tristeza, sino por el abrumador placer de sentir las manos expertas del asesino recorriendo su piel—. Ah... más...
Ron Molan no era un hombre de medias tintas. En la cama, como en la caza, era preciso y voraz. Sus labios atraparon una de las lágrimas de Deruth antes de descender hacia su cuello, marcando el territorio que ya le pertenecía por derecho de lealtad y deseo. La fuerza del agarre de Ron en las caderas del Conde era un recordatorio constante de su naturaleza depredadora, una que Deruth aceptaba y provocaba con cada gemido.
—Es usted tan hermoso cuando se rinde, mi señor —gruñó Ron contra su oído, su voz una vibración que recorrió la columna de Deruth—. Tan noble, tan suyo... y sin embargo, tan mío.
El encuentro fue un torbellino de seda desechada y respiraciones entrecortadas, una danza donde el poder fluctuaba entre el mando del Conde y la ejecución del asesino. Cuando el clímax finalmente los alcanzó, Deruth se aferró a la espalda de Ron, dejando marcas que sanarían, pero que por ahora eran el sello de su unión.
Minutos después, envueltos en el silencio cálido de la post-pasión, ambos descansaban sobre la alfombra de piel frente al fuego. Deruth apoyaba la cabeza en el pecho de Ron, observando cómo las llamas danzaban en los ojos del mayordomo.
—Jour solía decir que el fuego tiene memoria —murmuró Deruth, rompiendo el silencio con una suavidad melancólica—. Ella era como una llama, Ron. Brillante, cálida... pero se consumió demasiado pronto.
Ron acarició el hombro de su amante. No había celos en su toque, solo un respeto profundo por la mujer que había dado vida a Cale y que había sido el pilar de Deruth.
—La Condesa Jour era una mujer excepcional, mi señor. Su sabiduría permitió que este territorio floreciera incluso en las sombras.
—¿Y ella? —preguntó Deruth, refiriéndose a la madre de Beacrox—. Nunca hablas de la mujer que te acompañó en el Este.
Ron miró hacia las brasas, su expresión volviéndose distante pero no amarga.
—Ella era una Molan por derecho propio. Una asesina cuya hoja era tan fría como el hielo de las montañas. No nos unió el amor de los poetas, sino el deber de la sangre. Nos casamos para asegurar que el linaje de los Molan continuara, para que Beacrox naciera con el acero en las venas. La respetaba como guerrera y como madre. Su muerte en la masacre fue una pérdida de un activo valioso y de una compañera de armas.
Deruth asintió, comprendiendo. Eran dos hombres que habían amado y respetado a mujeres fuertes, cada uno a su manera, y esas sombras del pasado no hacían más que fortalecer el vínculo presente.
—Ambas estarían sorprendidas de vernos ahora —dijo Deruth con una pequeña sonrisa húmeda.
—O quizás —respondió Ron, besando la coronilla del Conde—, estarían satisfechas de saber que sus hombres no están solos en este mundo cruel.
Mientras tanto, en la cocina, tres figuras compartían un té nocturno en un silencio cargado de significado.
—Mi padre está tardando más de lo habitual en "revisar las cuentas" —comentó Beacrox, limpiando un vaso con una eficiencia mecánica. Su rostro no mostraba emoción, pero sus ojos delataban una aceptación resignada—. Al menos el Conde parece haber recuperado el apetito últimamente. Supongo que tener a alguien que cuide su espalda le sienta bien.
Cale, que ahora lucía una elegancia más madura, suspiró mientras miraba el fondo de su taza.
—Es extraño, pero reconfortante. Antes, el aire en esta casa olía a polvo y tristeza. Ahora... huele a té de limón y a algo más fuerte. No soy ciego, Beacrox. Sé que Ron es el único que puede calmar a mi padre cuando las perlas empiezan a caer. Mientras sea feliz, no me importa quién sostenga el pañuelo.
Rok Soo, el niño que parecía llevar el cansancio de mil vidas en sus hombros, masticaba una galleta con indiferencia.
—Es una simbiosis perfecta —dijo con su voz infantil pero pragmática—. El Conde tiene el escudo más letal del continente y el mayordomo tiene una razón para no matar a todo el que se cruza en su camino. Es eficiente. Aunque preferiría que no fueran tan ruidosos en los pasillos a medianoche. Algunos intentamos dormir para convertirnos en holgazanes profesionales.
Beacrox y Cale compartieron una mirada, sorprendidos por la franqueza del pequeño.
Días después, la dinámica de poder volvió a su cauce natural. Deruth, sentado tras su escritorio con la elegancia recuperada, llamó a Ron. Sus ojos estaban brillantes, pero su voz era la de un soberano.
—Ron, hay un grupo de mercenarios infiltrándose en las aldeas del norte. Dicen que buscan a alguien, pero están asustando a mi gente. No quiero un juicio público. Solo quiero que desaparezcan.
Deruth se inclinó hacia adelante, sus pestañas haciendo sombra sobre sus mejillas.
—Haz que parezca que nunca existieron. Protege a nuestra familia, Ron. Es una orden.
Ron hizo una reverencia profunda, su sonrisa volviéndose afilada.
—Como desee, mi señor. Limpiaré el jardín de malas hierbas antes del amanecer.
A pesar de la discreción, los rumores en el territorio Henituse empezaron a circular. En el mercado, las lavanderas y los herreros compartían susurros.
—¿Has visto cómo el mayordomo Ron mira al Conde? —decía una mujer mientras colgaba sábanas.
—Sí —respondía el carnicero—, pero ¿has visto lo tranquilo que está el territorio? Desde que ese mayordomo está más cerca del Conde, los bandidos no se atreven ni a mirar nuestras fronteras. Si el Conde quiere compartir su cama con su sombra, que así sea. Mientras haya pan en la mesa y mármol en las canteras, no diremos ni una palabra.
Los años pasaron, y la historia, caprichosa como siempre, empezó a moverse. Pero esta vez, el protagonista no fue el joven maestro Cale. Fue Rok Soo quien, con su conocimiento oculto y su deseo de una vida pacífica, terminó atrayendo a las figuras del destino.
El día que Choi Han llegó a la mansión, Deruth observó al joven de cabello negro con desconfianza.
—Ron —dijo Deruth en privado—, ese chico... tiene ojos de alguien que ha visto el infierno. Vigílalo. Rok Soo parece haberlo tomado bajo su ala, pero no quiero que ninguna amenaza entre en este círculo.
—Ya estoy en ello, mi señor —respondió Ron, quien ya había tenido un encuentro tenso con el coreano—. El pequeño Rok Soo tiene un talento especial para recoger perros callejeros peligrosos. Me aseguraré de que este no muerda la mano que lo alimenta.
Los sucesos de la guerra contra la Alianza Indomable y la organización "Estrella Blanca" comenzaron a desarrollarse. Rok Soo, ahora conocido por muchos como el cerebro detrás de los Henituse, lideraba con una pereza brillante, mientras Cale y Choi Han se convertían en sus espadas.
Sin embargo, llegó el día que Ron tanto había temido y deseado.
—Tengo que irme, Deruth —dijo Ron una noche en el balcón—. Han aparecido rastros de los que destruyeron a mi familia en el Este. Arm —el nombre salió de sus labios como una maldición—. No puedo dejar que sigan respirando.
Deruth apretó los puños, las lágrimas acumulándose por la rabia y el miedo.
—¿Y si no vuelves? ¿Y si me dejas solo con este peso? Eres un egoísta, Ron Molan.
—Volveré —prometió Ron, tomando el rostro de Deruth entre sus manos—. He encontrado un tesoro en este territorio que vale más que cualquier venganza. Pero mi honor me exige cerrar este ciclo.
La discusión fue amarga, llena de silencios cargados y besos desesperados que sabían a despedida. Al final, el Conde dejó que su asesino partiera, sabiendo que no podía enjaular a un lobo.
Meses después, la noticia llegó. Ron había vuelto, pero no ileso.
Deruth corrió hacia la enfermería de la mansión, apartando a los sirvientes. Al entrar, vio a Ron pálido, sudoroso y con un vendaje grueso donde solía estar su brazo izquierdo. El veneno de sirena había hecho estragos en su sistema.
—¡Ron! —Deruth cayó de rodillas junto a la cama, sus lágrimas fluyendo libremente ahora, empapando las sábanas—. Estás vivo... idiota, estás vivo.
Ron abrió los ojos con dificultad, una sonrisa débil apareciendo en su rostro.
—Le dije... que volvería, mi señor. Aunque sea un poco menos... completo.
Gracias al antídoto que Rok Soo y su grupo habían conseguido, Ron empezó a recuperarse. Semanas más tarde, mientras Ron intentaba acostumbrarse a su nueva condición, Deruth entró en la habitación con una bandeja de té.
—Parece que ahora tendré que ser yo quien te sirva a ti —dijo Deruth, con un brillo travieso en sus ojos todavía húmedos—. Aunque, siendo sincero, Ron... te ves un poco desequilibrado sin ese brazo. ¿Cómo piensas pelar mis limones ahora? ¿Con los pies?
Ron lo miró con fingida indignación.
—Se burla de un veterano de guerra, Conde-nim. Qué crueldad.
—Bueno —continuó Deruth, sentándose a su lado—, al menos ahora eres más ligero. Quizás así dejes de moverte tan rápido y te quedes quieto en mi cama por una vez.
—¿Ah, sí? —Ron se incorporó, su único brazo rodeando la cintura de Deruth con una fuerza sorprendente—. Cree que porque me falta un miembro soy menos peligroso. Parece que necesito recordarle quién tiene el control aquí, incluso con una mano atada a la espalda... o inexistente.
Deruth soltó un jadeo cuando Ron lo atrajo hacia sí.
—Ron... todavía estás débil...
—Nunca estoy demasiado débil para castigar a un Conde impertinente —susurró el mayordomo antes de silenciarlo con un beso que prometía una noche larga y reparadora.
Los años de guerra finalmente terminaron. El mundo estaba a salvo gracias a Rok Soo, quien ahora descansaba en una villa construida especialmente para su pereza, rodeado de un grupo de inadaptados que se habían convertido en su nueva familia. Choi Han, los niños gato, el dragón Raon... todos formaban parte del nuevo ecosistema Henituse.
Cale se había convertido en un diplomático respetado, Beacrox seguía siendo el terror de las cocinas y de los enemigos capturados, y Rok Soo... bueno, Rok Soo finalmente lograba dormir doce horas al día.
En la mansión principal, Deruth y Ron observaban el atardecer desde el jardín. Deruth, a sus cuarenta y tantos, seguía siendo el hombre de las perlas en los ojos, pero ahora esas lágrimas solo aparecían por el exceso de risa o por la emoción de ver a sus hijos prosperar.
Ron, con su brazo mecánico diseñado por los mejores ingenieros y magos del grupo de Rok Soo, le servía el té con la misma precisión que el primer día.
—Ha sido un largo camino, ¿verdad? —preguntó Deruth, entrelazando su mano con la mano de metal y cuero de Ron.
—El camino más satisfactorio de mi vida, mi señor —respondió el mayordomo.
Miraron hacia el césped, donde Raon volaba en círculos alrededor de un Rok Soo que intentaba leer un libro, mientras Cale y Choi Han discutían sobre tácticas de defensa. Beacrox salía con una bandeja de postres, regañando a los niños gato para que se lavaran las manos.
Era una familia extraña, nacida de la sangre, el dolor y las segundas oportunidades. Pero mientras el sol se ocultaba sobre el territorio Henituse, Deruth supo que no cambiaría ni una sola de sus lágrimas por nada en el mundo. Porque cada una de ellas lo había llevado allí, a los brazos del asesino que le enseñó que incluso en las sombras, se puede encontrar la luz más brillante.