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Momentos entre la tortuga y el zorro

Ecos de Familia y el Tercer Par de Perlas

El invierno en el territorio Henituse siempre había sido una estación de quietud, pero aquel año trajo consigo algo más que nieve. Ron Molan caminaba por los límites del bosque cercano a la mansión, supervisando las trampas de caza junto a Beacrox, cuando el instinto de asesino, ese que nunca dormía, lo puso en alerta. Entre los arbustos, acurrucado bajo una capa raída que apenas lo protegía del frío, se encontraba un niño.

No parecía tener más de seis o siete años. Tenía el cabello oscuro y una expresión de cansancio existencial que no pertenecía a su edad. Pero lo que detuvo el corazón de Ron por un segundo fue el rostro del pequeño. No era una copia exacta, pero había una elegancia en sus rasgos, una forma en sus ojos que recordaba dolorosamente a la nobleza de los Henituse.

—Padre —susurró Beacrox, con la mano ya en el mango de su cuchillo—, ¿es un hijo ilegítimo?

Ron entrecerró los ojos. No sentía el aura de Deruth en el niño, pero el parecido era suficiente para causar un escándalo que desestabilizaría el territorio.

—No lo sé, hijo. Pero si los rumores empiezan a correr antes de que lleguemos a la mansión, el Conde tendrá problemas que no podrá resolver solo con lágrimas. Llevémoslo.

El niño, que se presentó con el extraño nombre de Kim Rok Soo, no opuso resistencia. De hecho, parecía demasiado perezoso para huir. Mientras Ron lo cargaba, Rok Soo pensaba con desesperación: "Esto no es como en la novela. Se supone que yo aparezco mucho después como Cale, no como un niño perdido frente a los Molan. ¿Qué demonios ha pasado con la línea temporal?".

Cuando llegaron a la mansión, el encuentro fue inevitable. Deruth estaba en el salón principal junto a Cale cuando Ron entró con el pequeño intruso.

—¿Ron? ¿Quién es este niño? —preguntó Deruth, acercándose. Al ver el rostro de Rok Soo, el Conde parpadeó, y como era costumbre, sus ojos se llenaron de esas perlas de cristal líquido que tanto fascinaban a Ron—. Se parece... se parece un poco a nosotros, Cale.

Cale, con catorce años y una curiosidad creciente, se acercó al pequeño. Rok Soo lo miró con ojos apagados, como un gatito uraño que solo quería una manta y dormir diez años seguidos.

—Parece un cachorro abandonado —comentó Cale, extendiendo una mano para tocar el cabello del niño—. Padre, ¿podemos quedarnos con él?

—No podemos dejarlo en el frío —respondió Deruth, secándose los ojos con un pañuelo—. Ron, prepárale una habitación cerca de la de Cale. Investigaremos su origen, pero por ahora, será un invitado de la familia.

A partir de ese día, la mansión Henituse cambió. Ahora no solo había un par de ojos bonitos y brillantes, sino tres. Deruth con su vulnerabilidad noble, Cale con su naciente elegancia, y Rok Soo, que a pesar de sus intentos de pasar desapercibido, poseía una mirada profunda y melancólica que hacía que todos quisieran mimarlo.

Sin embargo, Rok Soo estaba confundido. Observaba a Ron servir el té a Deruth con una devoción que rozaba lo obsesivo, y veía cómo el Conde miraba al mayordomo con una confianza que no estaba en los registros de "El Nacimiento de un Héroe".

—Esto es definitivamente un fanfiction —murmuró Rok Soo para sí mismo mientras masticaba un trozo de pastel que Beacrox le había preparado especialmente—. El asesino está enamorado del Conde. Mi vida de holgazán está en peligro si el drama romántico estalla.

Una tarde, mientras la nieve caía con fuerza fuera, Ron se encontraba a solas con Deruth en el despacho. El mayordomo, incapaz de contener su curiosidad por más tiempo, se acercó al Conde mientras este revisaba unos mapas.

—Mi señor —comenzó Ron, su voz suave y peligrosa—, he notado algo durante todo este tiempo.

Deruth levantó la vista, sus pestañas temblando.

—¿Qué ocurre, Ron?

—Usted lagrimea con una facilidad asombrosa —dijo Ron, extendiendo un dedo para rozar el borde del ojo de Deruth—. He matado a hombres que lloraban por sus vidas y no se veían ni la mitad de hermosos que usted cuando simplemente está cansado. ¿Es su corazón tan sensible, o hay algo más que no me ha dicho?

Deruth soltó una pequeña risa, una que hizo que sus ojos soltaran un par de perlas que rodaron por sus mejillas.

—Oh, Ron. No es que sea un hombre excesivamente sentimental —explicó el Conde, dejando que el mayordomo le secara el rostro—. Es un problema médico, en realidad. Mis ojos son extremadamente sensibles a los cambios de luz, al polvo y al frío. Mis pestañas son tan largas y densas que atrapan la humedad, haciendo que parezca que siempre estoy a punto de romper a llorar. Es un rasgo de familia, aunque el mío es más severo.

En el pasillo, Cale, que iba a preguntar algo sobre Rok Soo, se detuvo en seco al escuchar las palabras de su padre a través de la puerta entreabierta. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿No es un llorón? —susurró Cale para sí mismo—. ¿He pasado años pensando que mi padre era frágil por su dolor, y solo son... ojos sensibles?

El joven maestro se sintió invadido por una oleada de culpa. Recordó todas las veces que había guardado silencio para no "lastimar" a su padre, cuando en realidad Deruth probablemente solo tenía un poco de polvo en el ojo. Durante la semana siguiente, Cale fue excesivamente amable con su padre, llevándole flores y preguntándole por su salud cada cinco minutos, aunque se negaba a admitir su error por pura vergüenza adolescente.

Mientras tanto, Rok Soo se había convertido en la mascota oficial de la mansión. Beacrox, a pesar de su actitud severa, siempre le dejaba las mejores porciones de carne, y Cale lo trataba como a un hermano menor que necesitaba protección.

—Eres muy perezoso, Rok Soo —le dijo Cale un día mientras el niño leía un libro en el sofá—. Pero tienes unos ojos muy bonitos. Te pareces a mi padre cuando estás a punto de dormirte.

—Solo quiero una vida tranquila, hyung —respondió Rok Soo, cerrando los ojos. "Y que el mayordomo deje de mirar al Conde como si quisiera comérselo en medio del pasillo", pensó, aunque se guardó el comentario.

Pero la tranquilidad era un lujo escaso. Una noche, los tres jóvenes —Beacrox, Cale y el pequeño Rok Soo— se encontraban cerca de los aposentos privados del Conde. Habían estado revisando unos documentos antiguos en la biblioteca cercana y regresaban a sus habitaciones.

Al pasar frente a la puerta de Deruth, un sonido extraño los detuvo.

—¡Ah... Ron, detente...! —La voz de Deruth llegó a través de la madera, ahogada y temblorosa.

—No creo que quiera que me detenga, mi señor —respondió la voz de Ron, más profunda y ronca de lo habitual—. Sus ojos están brillando tanto... déjeme ver cuántas perlas más puede derramar esta noche.

—Ron... por favor... es demasiado...

Los tres chicos se quedaron congelados en el pasillo. Beacrox, que sabía perfectamente de qué se trataba, sintió que sus orejas se encendían de un rojo violento. Cale, aunque joven, no era ingenuo, y su rostro pasó por una gama de colores que iba del blanco al carmesí.

Rok Soo, por su parte, se cubrió la cara con las manos. "Sabía que esto era un fanfiction. Dios mío, mis oídos de infante no deberían procesar esto. Mi vida de holgazán se está volviendo demasiado clasificada para mayores de dieciocho".

—Deberíamos... irnos —susurró Beacrox, agarrando a Cale y a Rok Soo por el cuello de sus camisas y arrastrándolos lejos de la puerta a una velocidad sobrehumana.

—Mi padre... —balbuceó Cale cuando estuvieron a una distancia segura—, mi padre estaba... ¿estaba llorando de nuevo?

—No eran lágrimas de tristeza, joven maestro —respondió Beacrox, evitando mirar a nadie a los ojos—. Digamos que el Conde y mi padre estaban... fortaleciendo sus lazos de lealtad.

—¡Eso sonó muy sucio, Beacrox-hyung! —exclamó Rok Soo, aunque su voz infantil lo hacía sonar más tierno que escandalizado.

Al día siguiente, el ambiente en el desayuno era tenso. Deruth bajó a la mesa con un cuello alto que cubría más de lo habitual y una sonrisa radiante, sus ojos brillando con una satisfacción que no podía ocultar. Ron caminaba detrás de él, impecable como siempre, pero con un aire de triunfo que hacía que Beacrox quisiera esconderse debajo de la mesa.

—¿Dormisteis bien, niños? —preguntó Deruth, sirviéndose café.

Cale casi se atraganta con su tostada.

—Sí, padre. Muy... tranquilo. Todo estuvo muy silencioso.

—Me alegra oírlo —dijo Ron, inclinándose para servirle más té a Deruth—. Es importante que los jóvenes descansen bien. Especialmente cuando los adultos tienen asuntos importantes que atender durante la noche.

Rok Soo clavó la vista en su plato de avena, pensando que definitivamente este mundo era mucho más peligroso de lo que la novela sugería. No por los dragones o los dioses, sino por un mayordomo asesino y un conde de ojos sensibles que habían decidido convertir la mansión en el escenario de su propio romance prohibido.

—Padre —dijo Cale de repente, tratando de cambiar de tema—, Rok Soo necesita ropa nueva. Y creo que deberíamos llevarlo al pueblo hoy.

Deruth asintió, mirando al pequeño Rok Soo con ternura.

—Es una excelente idea. Ron, prepara el carruaje. Hoy seremos una familia completa disfrutando del mercado.

Ron hizo una reverencia, sus ojos encontrándose con los de Deruth en un intercambio silencioso que hizo que el Conde se sonrojara hasta las orejas.

—Como desee, mi señor. Cuidaré de todos ustedes.

Mientras salían hacia el carruaje, Rok Soo caminaba entre Cale y Beacrox. Miró hacia atrás y vio a Ron ayudando a Deruth a subir, su mano descansando un segundo de más en la cintura del Conde.

"Bueno", pensó Rok Soo, ajustándose su pequeña bufanda, "si esto significa que tendré comida de calidad de Beacrox y la protección de un asesino legendario, supongo que puedo tolerar que mi 'padre' adoptivo sea el interés romántico de su mayordomo. Al menos, las vistas son bonitas".

En el carruaje, Deruth miró por la ventana, viendo a los tres chicos reírse de algo que Rok Soo había dicho. Sus ojos se humedecieron de nuevo, pero esta vez, Ron no esperó a que las lágrimas cayeran. Se acercó y, bajo la sombra de la cabina, entrelazó sus dedos con los del Conde.

—No llore más, mi señor —susurró Ron—. Guarde ese brillo para cuando estemos a solas.

Deruth sonrió, apoyando la cabeza en el hombro de su mayordomo. El territorio Henituse era, de hecho, un lugar lleno de encantos ocultos, y él estaba feliz de haber descubierto el más peligroso y dulce de todos.

Y así, en medio de la nieve y los secretos, la familia Henituse crecía, protegida por las sombras de un pasado oscuro y unida por el brillo de tres pares de ojos que, cada uno a su manera, iluminaban el futuro del reino. Aunque Cale todavía se sintiera avergonzado por el "problema médico" de su padre, y Rok Soo solo quisiera una siesta, todos sabían que en esa mansión, el amor —y el peligro— siempre tendrían un lugar en la mesa.