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Muerte perpetua de yo mismo

El Trono de las Almas Fragmentadas

La atmósfera sobre la Academia Raizen se había vuelto densa, casi sólida. La presión espiritual de X no era simplemente una fuerza física; era una marea de desesperación que asfixiaba los sentidos. El aire sabía a ozono y a cenizas, y el cielo, antes un lienzo de atardecer, ahora era una herida abierta de color púrpura y negro.

Shido se mantuvo en pie, aunque sus piernas temblaban bajo el peso de la presencia de su otro yo. A su lado, Tohka empuñaba a Sandalphon con ambas manos, su armadura de Astral Dress destellando intermitentemente mientras luchaba por no colapsar ante la magnitud del poder que emanaba de X.

—Shido... este hombre... —Tohka jadeó, apretando los dientes—. Su olor es el tuyo, pero su corazón es un abismo. No hay nada en él, ni siquiera tristeza.

X, suspendido en el aire con sus diez alas de colores distorsionados batiendo lentamente, observó la escena con una indiferencia divina.

—Es inútil que intentes analizarme, Tohka Yatogami —dijo X, su voz proyectándose directamente en sus mentes—. Lo que ves no es maldad, es el resultado lógico de la supervivencia. En tu mundo, Shido es el centro de un jardín de flores. En el mío, yo fui el único que quedó para recoger los pétalos marchitos.

Con un movimiento perezoso de su mano, X lanzó una ráfaga de energía oscura. No era un ataque directo, sino una onda expansiva que buscaba doblegar su voluntad. Shido reaccionó instintivamente, invocando el poder de Yuzuru y Kaguya.

—¡Raphael! —gritó Shido.

Un torbellino de viento rodeó a la pareja, desviando la energía oscura hacia los lados, donde los restos del tanque de agua volaron en mil pedazos. Sin embargo, el esfuerzo hizo que Shido vomitara una bocanada de sangre. El uso de los poderes de los espíritus estaba empezando a desgarrar su cuerpo, que no estaba diseñado para soportar la tensión de un combate contra un ser que ya había asimilado ocho realidades.

—¡Shido! —Tohka intentó sostenerlo, pero él la apartó suavemente.

—Estoy bien... —mintió Shido, limpiándose la boca—. Kotori, ¿puedes oírme? ¡Necesito el apoyo del Fraxinus!

En el puente de mando de la nave flotante, la situación era caótica. Las alarmas gritaban en una cacofonía de advertencias rojas. Kotori Itsuka, con su cinta de color negro apretada con fuerza, golpeó la consola de mando.

—¡Maldita sea! —exclamó Kotori—. ¡Los niveles de Reiryoku de ese sujeto están fuera de las gráficas! ¡Es como si estuviéramos tratando de escanear un agujero negro! Reine, ¿cuánto falta para que el cañón Mystletainn esté cargado?

—Tres minutos, Comandante —respondió Reine Murasame con su habitual voz monótona, aunque sus ojos reflejaban una preocupación inusual—. Pero disparar a esa altitud podría vaporizar a Shido y a Tohka junto con el objetivo. Además... su firma de energía es idéntica a la de Shido. El sistema de puntería está confundido.

De vuelta en la azotea, X pareció aburrirse de la resistencia.

—Basta de juegos —sentenció el invasor—. Si no vienes a mí voluntariamente, entonces tomaré lo que necesito de tus restos.

X desapareció en un parpadeo de velocidad pura. Shido apenas tuvo tiempo de levantar a Sandalphon antes de que un puñetazo envuelto en llamas carmesí —el poder de Camael— impactara contra el plano de la espada. El impacto fue tan violento que Shido salió disparado, atravesando la pared de la caseta de la escalera y rodando por el suelo del pasillo del último piso.

—¡Shido! —Tohka se lanzó al ataque, descargando un tajo masivo de energía púrpura—. ¡Aléjate de él!

X ni siquiera miró hacia atrás. Extendió su mano izquierda y una barrera de hielo cristalino, idéntica a la de Zadkiel, se materializó para bloquear el ataque de Tohka. El choque de energías provocó una explosión que sacudió los cimientos de la academia.

—Zadkiel es para proteger, no para destruir —comentó X con frialdad mientras caminaba hacia el agujero donde Shido intentaba levantarse—. Pero cuando has matado al conejo y a la niña, el hielo se vuelve mucho más afilado.

X entró en el pasillo oscuro de la escuela. Sus pasos resonaban con un eco metálico. Shido estaba apoyado contra un casillero, su uniforme desgarrado y su respiración errática.

—¿Por qué? —preguntó Shido, mirando a su doble—. Si realmente pasaste por lo mismo que yo... si realmente las amaste... ¿cómo puedes hablar de matarlas como si fuera un invento necesario?

X se detuvo a pocos metros. La luz de los incendios en el exterior iluminaba su rostro, revelando una cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo, una marca que el Shido de esta línea temporal no poseía.

—Porque la esperanza es la mentira más cruel de este universo, Shido —respondió X—. En mi línea temporal, confié. Sellé sus poderes. Creamos un hogar. Y luego... Isaac Westcott regresó. DEM atacó con una fuerza que no pudimos prever. Vi a Tohka ser atravesada por una lanza de luz mientras intentaba protegerme porque ya no tenía sus poderes para defenderse. Vi a las gemelas ser desmembradas en el aire. Vi a Kotori arder hasta quedar en cenizas.

X apretó el puño, y el espacio a su alrededor comenzó a distorsionarse por la rabia contenida.

—Tú las mantienes como mascotas indefensas, sellando su única forma de protección —continuó X—. Yo las he hecho inmortales dentro de mí. Ahora, su poder es absoluto. Nadie podrá volver a lastimarlas porque yo soy el único que queda.

—¡Eso no es protegerlas! —gritó Shido, poniéndose de pie con un grito de agonía—. ¡Eso es convertirlas en herramientas! Ellas no son solo cristales Sephira, son personas. ¡Tienen sueños, tienen hambre, ríen y lloran! ¡Si las absorbes, las matas de la peor forma posible: borrando su existencia!

—Una distinción semántica que no me interesa —X levantó su mano, y una lanza de sombras —el poder de Kurumi Tokisaki— se materializó en el aire—. Zafkiel me ha mostrado infinitos futuros, y en ninguno de ellos hay paz para los espíritus mientras existan por separado. Yo soy la única constante.

La lanza salió disparada. Shido cerró los ojos, esperando el impacto, pero un destello verde se interpuso.

—¡Haniel! —una voz familiar resonó en el pasillo.

Natsumi apareció de la nada, transformando la lanza de sombras en un inofensivo ramo de flores marchitas que cayeron al suelo. A su lado, Yoshino, montada en su enorme conejo de hielo, creó una ráfaga de nieve que obligó a X a retroceder unos pasos.

—¡Shido-san! —gritó Yoshino, con lágrimas en los ojos—. ¡No dejaremos que te lleve!

—Vaya... más fragmentos para mi colección —dijo X, sin mostrar sorpresa—. La novena línea es realmente persistente.

—¡No somos fragmentos! —Kaguya y Yuzuru aparecieron por las ventanas rotas, rodeando el edificio con sus lanzas de viento—. ¡Somos las tormentas que te enviarán de regreso a tu agujero!

X soltó una carcajada que heló la sangre de todos los presentes. Era una risa carente de humor, un sonido que parecía provenir de una tumba abierta.

—¿Creen que el número hace la diferencia? —X extendió sus alas por completo, destruyendo las paredes del pasillo y quedando expuesto al cielo abierto una vez más—. He luchado contra ejércitos de espíritus. He devorado mundos donde Origami Tobiichi era una diosa de la destrucción y la reduje a nada.

X elevó su poder. Una corona de luz negra apareció sobre su cabeza.

—¡Kerubiel! —invocó X.

Una criatura de pesadilla, una amalgama de ángeles, se manifestó detrás de él. No era la versión blanca y pura que Shido conocía, sino una masa de carne mecánica y ojos brillantes que emitía un lamento ensordecedor.

—¡Todas, atrás! —ordenó Shido, dándose cuenta de que X estaba dejando de contenerse.

El combate se trasladó al cielo sobre la ciudad de Tengu. Las chicas atacaron en unísono. Tohka lanzó tajos de energía, las Yamai crearon tornados de presión extrema, y Origami, que acababa de llegar en su forma de espíritu, desató una lluvia de pilares de luz.

X se movía entre los ataques como un fantasma. Usaba el poder de Kurumi para acelerar su propio tiempo, haciendo que los ataques de las chicas parecieran ir en cámara lenta. Con una eficiencia aterradora, comenzó a contraatacar.

Golpeó a Kaguya en el estómago con una fuerza que la dejó inconsciente al instante. Atrapó la pierna de Yuzuru y la lanzó contra un edificio cercano. Cuando Origami intentó cegarlo con su luz, X simplemente absorbió el brillo con una esfera de vacío, devolviéndole el ataque con el doble de potencia.

—¡Basta! —rugió Shido, volando hacia él gracias a las alas de fuego de Camael—. ¡Tu pelea es conmigo!

—Tienes razón —dijo X, apareciendo frente a Shido y sujetándolo por el rostro—. Es hora de que el original reclame lo que es suyo.

X comenzó el proceso de absorción. Una luz cegadora envolvió a ambos Shidos. El Shido de la línea nueve sintió cómo su conciencia se fragmentaba. Podía ver los recuerdos de X: escenas de desolación, un mundo cubierto de nieve negra donde X caminaba solo entre las ruinas de la ciudad de Tengu, sosteniendo los cristales Sephira de sus amigas muertas mientras lloraba lágrimas de sangre.

—¿Ves? —la voz de X resonaba en la mente de Shido—. Este es el único final posible. Únete a mí y deja de sufrir.

—No... —susurró Shido dentro de la conexión mental—. Esos recuerdos... son tu dolor. Pero no son el destino de este mundo.

Shido se aferró a la imagen de Tohka sonriendo mientras comía pan de soja, a la imagen de Kotori regañándolo por llegar tarde, a la timidez de Yoshino.

—Tú no las estás protegiendo —dijo Shido con una fuerza renovada—. Solo tienes miedo de estar solo. ¡Estás usando su poder para llenar el vacío que tú mismo creaste al rendirte!

Fuera de la conexión mental, el cuerpo de Shido comenzó a emitir una luz dorada pura. No era el poder de un solo espíritu, sino la armonía de todos ellos.

—¿Qué... qué es esto? —X retrocedió, su mano quemándose por la pureza de la energía—. ¡Este nivel de sincronización es imposible! ¡Tus niveles de Reiryoku deberían haberte destruido ya!

—Es porque no estoy solo —dijo Shido, sus ojos brillando con una determinación que superaba a la de X—. Ellas no son herramientas. Son mi fuerza. ¡Y mientras una sola de ellas crea en mí, no podrás tomar nada!

Shido extendió su mano y, por primera vez, Sandalphon cambió de forma. No se convirtió en la espada final, Halvanhelev, sino en algo nuevo: una hoja de luz blanca que vibraba con la frecuencia de todas las almas que Shido había sellado con amor, no con violencia.

X, sintiendo por primera vez una pizca de duda, rugió de rabia.

—¡Soy el Dios de la entropía! ¡No seré derrotado por un niño que juega a la familia!

X cargó todo su poder en un solo ataque. Combinó las diez Sephiras en una esfera de energía inestable que amenazaba con borrar toda la ciudad del mapa.

—¡Muere con tu falsa esperanza! —gritó X, lanzando el ataque.

Shido no esquivó. Levantó su espada de luz y cargó de frente.

—¡Esto es por todas las versiones de ellas que traicionaste! —gritó Shido.

El choque de las dos energías creó una explosión de luz que se vio desde el espacio. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. La oscuridad de X luchó contra la luz de Shido en una danza frenética de existencia contra inexistencia.

Finalmente, la luz blanca penetró la esfera oscura. Shido atravesó la defensa de X, pasando a su lado como un rayo.

X se quedó inmóvil en el aire. Sus diez alas comenzaron a desintegrarse en partículas de luz. La corona sobre su cabeza se rompió.

—¿Cómo...? —susurró X, mirando sus manos, que comenzaban a desvanecerse—. Tenía todo el poder... era perfecto...

—Te faltó lo más importante —dijo Shido, dándole la espalda mientras su propia energía se agotaba y comenzaba a caer hacia el suelo—. Te faltó la voluntad de ellas. No puedes usar un poder que no te ha sido entregado de verdad.

X miró hacia abajo y vio a Tohka, Yoshino, las gemelas y Origami observando desde las ruinas de la academia. A pesar del miedo, a pesar del dolor, todas miraban a Shido con una devoción y un amor que X había olvidado que existía.

Una pequeña lágrima rodó por la mejilla del invasor.

—Ya veo... —murmuró X—. En esta línea... quizás...

Antes de que pudiera terminar la frase, el cuerpo de X estalló en un millón de fragmentos de luz. Pero no fue una explosión violenta. Los cristales Sephira que había robado de otros mundos no se quedaron en la línea nueve; en lugar de eso, se elevaron hacia el cielo, buscando su camino de regreso a través del tejido dimensional, liberados finalmente de su captor.

Shido cayó al vacío, su cuerpo completamente agotado. Antes de tocar el suelo, unos brazos fuertes y cálidos lo atraparon.

—Te tengo, Shido —dijo Tohka, abrazándolo con fuerza mientras descendían lentamente hacia la azotea destruida.

—¿Se... se ha ido? —preguntó Shido con voz débil.

—Sí —respondió Kotori a través del comunicador, su voz quebrada por la emoción—. Su firma de energía ha desaparecido por completo. Lo lograste, hermano tonto.

Shido cerró los ojos, sintiendo el calor de sus amigas rodeándolo. La amenaza de X había pasado, pero las palabras de su otro yo quedaron grabadas en su mente. Sabía que el camino por delante sería difícil y que habría otros que intentarían arrebatarle su felicidad.

Sin embargo, mientras miraba los rostros de las chicas que se acercaban a él, Shido supo que, a diferencia de X, él nunca caminaría solo. Y en ese vínculo, en esa simple y frágil conexión humana, residía el poder más grande de todas las líneas temporales.

El eco de la entropía se había silenciado, reemplazado por el suave latido de un corazón que aún se atrevía a esperar.