Muerte perpetua de yo mismo
La Danza de las Sombras Líquidas
El cielo de la línea temporal número treinta no era púrpura ni azul; era de un color gris ceniza, un firmamento que parecía haber olvidado el concepto de la luz solar. En el centro de lo que alguna vez fue el próspero distrito de Tengu, el paisaje se reducía a una arquitectura de pesadilla: edificios retorcidos como huesos rotos y calles cubiertas por un lodo negro que burbujeaba con una energía malévola.
En medio de una plaza circular, el Shido Itsuka de esta realidad yacía boca abajo, hundido en el fango asfáltico. Su armadura de Astral Dress, una amalgama de poderes que solía hacerlo invencible en su mundo, estaba hecha añicos. Los fragmentos de Sandalphon estaban esparcidos a su alrededor como juguetes rotos, perdiendo su brillo dorado ante la presión de una oscuridad que devoraba la luz.
Sobre su espalda, sentado con una elegancia pavorosa y una despreocupación insultante, se encontraba un ser que desafiaba toda lógica visual. No vestía una armadura ni un uniforme; su cuerpo estaba envuelto en lo que parecía ser oscuridad líquida, una sustancia que fluía y goteaba constantemente, pero que nunca terminaba de desprenderse de su piel.
La figura sostenía entre sus dedos largos y pálidos un cristal Sephira. Era el cristal de la Tohka de ese mundo, una gema de un violeta intenso que vibraba con un gemido agónico.
—¿Esto es todo? —preguntó el ser, su voz era un susurro que parecía nacer desde el fondo de un pozo—. ¿Esta es la resistencia del "Salvador de los Espíritus" de la trigésima iteración? Qué decepción más profunda.
Con una presión lenta y deliberada, el extraño cerró el puño. El sonido del cristal rompiéndose fue como el de un rayo golpeando un espejo. Los fragmentos de la Sefira se deshicieron en una arena grisácea que el ser dejó caer sobre la nuca de Shido, ensuciando su cabello azulado.
—¡No...! —Shido 30 dejó escapar un gemido ronco, intentando inútilmente levantar un brazo—. Tohka... las demás...
—Están muertas, pequeño héroe —dijo el intruso, tomando otro cristal, esta vez uno de color carmesí perteneciente a Kotori—. O mejor dicho, han dejado de ser estorbos en el tejido de la realidad. Mírate. Eres tan patético que ni siquiera puedes sostener el peso de mi presencia. X era un carnicero, un Shido resentido con delirios de grandeza... pero yo soy algo que ni siquiera podrías soñar en tus peores fiebres.
El ser se puso de pie, dejando que Shido se hundiera un poco más en el lodo. Caminó a su alrededor con la gracia de un depredador que ya ha terminado su cacería y ahora solo juega con los restos. La oscuridad líquida de su ropa dejaba rastros en el suelo que corroían la piedra instantáneamente.
—¿Quién... quién eres? —logró preguntar Shido 30, tosiendo una mezcla de sangre y sombras—. No eres un Shido... no hueles como nosotros. Eres... vacío puro.
El ser se detuvo y ladeó la cabeza. Su rostro, parcialmente cubierto por una máscara de fluido negro, reveló un único ojo que brillaba con una luz blanca, fría y carente de pupila.
—¿Quién soy? —rio el ser, un sonido seco que hizo que las pocas estructuras en pie vibraran—. Las sombras tienen muchos nombres, pero en la jerarquía de lo que está por venir, se me conoce como el número uno. El primogénito de la nada.
Se inclinó sobre Shido, agarrándolo del cabello para obligarlo a mirar la devastación de su mundo.
—Soy Dark Zalko —sentenció—. Soy la primera de las Sombras, el heraldo que ha venido a limpiar el desorden que dejaron los Shidos y sus mascotas. X buscaba evolucionar, buscaba ser un dios. Yo no busco nada, porque ya lo soy todo en el vacío que queda cuando la existencia se apaga.
Shido 30 intentó invocar las llamas de Camael para quemar la mano que lo sostenía, pero el fuego ni siquiera llegó a manifestarse. La oscuridad de Dark Zalko absorbió el calor antes de que la chispa pudiera nacer.
—Tu poder se basa en vínculos, en amor, en esa cursilería de la conexión —dijo Dark Zalko, rompiendo el cristal carmesí con un chasquido de sus dedos—. Pero el amor es una fluctuación eléctrica en un cuerpo de carne. La sombra, en cambio, es eterna. No necesita ser alimentada, no necesita ser sellada.
—¿Por qué... haces esto? —susurró Shido, sintiendo cómo su vida se escapaba—. Si no quieres el poder de las Sefiras... ¿por qué las destruyes?
Dark Zalko soltó su cabello y dejó que su cabeza golpeara el suelo. Comenzó a caminar hacia una grieta dimensional que se abría en el centro de la plaza, una herida en el espacio que supuraba la misma sustancia líquida que su ropa.
—Las destruyo porque son ruido —respondió Dark Zalko sin mirar atrás—. Cada línea temporal es una nota desafinada en una canción que debería ser silencio absoluto. X era un error del sistema, pero yo soy el sistema corrigiéndose a sí mismo. He rastreado la firma de energía que acabó con X en la línea nueve. Ese Shido... ese "vínculo" que cree haber ganado... es la nota más alta de todas. Y por eso, será la próxima en ser silenciada.
Shido 30 sintió un terror que superaba su propio dolor físico. Si este ser llegaba a la línea nueve, donde la paz apenas comenzaba a florecer, no habría esperanza. X era un hombre roto, pero Dark Zalko era una fuerza de la naturaleza.
—No... no te dejaré... —Shido intentó levantarse, sus dedos arañando el lodo.
Dark Zalko se detuvo justo antes de entrar en la grieta. Giró levemente la cabeza, mostrando una sonrisa cruel que se dibujó en su máscara de sombras.
—Quédate ahí, Shido treinta. Muere con la tranquilidad de saber que no serás el último. El Shido de la línea nueve verá cómo rompo a su preciada Rinne, cómo convierto sus sueños en cenizas líquidas. Y cuando termine con él, no quedará ni un solo eco de ustedes en el multiverso.
Con un movimiento fluido, Dark Zalko entró en la grieta. La estructura de la realidad en la línea treinta comenzó a colapsar sobre sí misma, como un edificio de papel siendo devorado por las llamas. El cielo se cerró, el suelo desapareció y, en pocos segundos, no quedó nada más que el vacío.
***
En la línea temporal número nueve, Shido despertó de golpe en su habitación. El sudor frío le empapaba la frente y su corazón martilleaba contra sus costillas como un animal enjaulado.
—¿Shido? ¿Qué pasa? —la voz de Rinne resonó en su mente, llena de una preocupación inmediata.
—Un sueño... o una visión —dijo Shido, sentándose en la cama y tratando de normalizar su respiración—. Vi a alguien. Alguien que no era X. Alguien que no buscaba absorbernos... sino borrarnos.
—Siento una perturbación —dijo Rinne, su voz temblando ligeramente—. La barrera que el Shido Primero dejó para protegernos... algo la está tocando. No es una presión fuerte, es como si algo estuviera... goteando sobre ella.
Shido se levantó y caminó hacia la ventana. La ciudad de Tengu dormía bajo una luna tranquila, pero en el horizonte, justo donde el mar se encontraba con el cielo, una pequeña mancha negra, casi imperceptible, comenzó a expandirse.
—Kotori —dijo Shido por el comunicador que siempre tenía en la mesilla—. Despierta a las demás. Llama a Ratatoskr.
—¿Shido? Son las tres de la mañana, ¿de qué hablas? —la voz de su hermana sonaba somnolienta y molesta.
—X era solo el principio, Kotori —dijo Shido, sus ojos fijos en la mancha negra que crecía—. Algo viene. Algo que no tiene nombre, pero que se hace llamar Dark Zalko. Y esta vez, no viene a luchar por un trono. Viene a apagar las luces.
En ese momento, una gota de un líquido negro y viscoso cayó del techo de su habitación, justo frente a sus ojos. Al tocar el suelo, la alfombra se desintegró en un silencio absoluto. Shido miró hacia arriba y vio cómo una grieta de oscuridad líquida comenzaba a abrirse en el centro de su propio santuario.
—Ya estoy aquí, número nueve —susurró una voz que parecía venir de todas las sombras de la habitación al mismo tiempo—. Espero que tu música sea tan dulce como dicen, antes de que te convierta en silencio.
Shido invocó a Sandalphon instantáneamente, el brillo dorado de la espada iluminando la habitación y revelando la figura de Dark Zalko emergiendo del techo. El choque entre la luz del espíritu y la oscuridad líquida de la Sombra hizo que el aire crujiera con una estática mortal.
—¡Rinne, ahora! —gritó Shido.
En su interior, la Décima Sefira despertó, envolviendo el cuerpo de Shido en una armadura de luz blanca que luchaba por repeler las gotas de sombra que caían sobre él.
Dark Zalko aterrizó en el suelo con la ligereza de una pluma, observando a Shido con ese único ojo blanco lleno de un desprecio milenario.
—Interesante —dijo la Sombra, extendiendo una mano de la cual brotaron hilos de oscuridad que se enredaron en las paredes—. Tienes a la pequeña anomalía contigo. Ella será un postre exquisito después de que te rompa la voluntad.
—Este mundo no es como los otros —dijo Shido, apretando el mango de su espada—. Aquí no solo hay poder. Hay personas que no permitirán que nos borres.
—He escuchado ese discurso en treinta mundos diferentes, Shido Itsuka —Dark Zalko dio un paso adelante, y la habitación comenzó a disolverse en un vacío líquido—. Y en los treinta mundos, las últimas palabras de esas personas fueron gritos que nadie escuchó. Empecemos la sinfonía del final.
La batalla por la línea nueve no había terminado con la caída de X; apenas estaba entrando en su fase más oscura. Dark Zalko, el número uno de las Sombras, había llegado, y con él, la promesa de una extinción que no dejaba cicatrices, solo un vacío eterno donde antes hubo vida. Shido, con Rinne pulsando en su corazón, se lanzó hacia adelante, sabiendo que esta vez, el enemigo no era un reflejo de sí mismo, sino la ausencia total de todo lo que alguna vez amó.