Volver al resumen

Muerte perpetua de yo mismo

El Despertar de la Décima Sefira

El aroma a sopa de miso y pan de soja recién horneado llenaba la residencia Itsuka, creando una burbuja de normalidad que contrastaba violentamente con los restos calcinados de la Academia Raizen. Sin embargo, para Shido, el silencio de la casa era engañoso. Aunque X había sido desintegrado y el Shido Primero había encontrado su paz, una extraña sensación de hormigueo persistía en la base de su cráneo, como una radio mal sintonizada que captaba estática de un lugar muy lejano.

—¡Shido! ¡La carne se va a quemar si sigues mirando al vacío! —la voz de Kotori lo sacó de su trance.

Su hermana menor estaba sentada a la mesa del comedor, ya sin sus cintas negras de comandante, sustituidas por las blancas de su "modo hermana". A su lado, Tohka devoraba su tercer tazón de arroz con una energía que desafiaba las leyes de la biología, mientras Yoshino intentaba, con poco éxito, que Yoshinon no se manchara con la salsa.

—Lo siento, Kotori — Shido sacudió la cabeza y retiró la sartén del fuego—. Estaba pensando en lo que dijo el Shido Primero. Sobre el equilibrio y las realidades.

—No deberías darle tantas vueltas —dijo Kotori, aunque sus ojos mostraban que ella también había estado analizando los datos del Fraxinus hasta el cansancio—. X era una anomalía. Con su desaparición, el nexo dimensional se ha sellado. Estamos a salvo.

Shido asintió, pero en su interior sabía que algo no encajaba. La luz dorada que había emanado de su cuerpo durante el choque final no se sentía como el poder de los espíritus que ya conocía. Era algo más denso, más antiguo.

De repente, un estruendo sordo sacudió la casa. No fue un terremoto físico, sino una fluctuación de la presión espiritual tan potente que Tohka dejó caer sus palillos y Yoshino se encogió en su silla.

—¿Otra vez? —Tohka se puso en pie, su vestido astral manifestándose parcialmente en un destello púrpura—. Shido, esa presencia... no es como la de X. Es... es como si el aire mismo estuviera llorando.

Shido corrió hacia la ventana. En el centro de la ciudad de Tengu, una columna de luz blanca, similar a la que se llevó al Shido Primero, se alzaba hacia el cielo nocturno. Pero esta luz no era cálida; era errática, parpadeando con una frecuencia que hería la vista.

—¡Kotori, informe! —gritó Shido, olvidando el papel de hermano mayor y entrando en modo de combate.

Kotori ya estaba presionando su auricular, su rostro volviéndose pálido bajo la luz de la luna.

—¡Maldita sea! ¡Reine dice que los niveles de Reiryoku en el centro de la ciudad están colapsando! No es una intrusión externa, Shido. Es una fuga. ¡Es como si el mundo estuviera intentando escupir algo que no puede digerir!

—Tengo que ir —dijo Shido, tomando su chaqueta.

—¡Voy contigo! —exclamó Tohka, ya con Sandalphon materializándose en su mano.

—No —la detuvo Shido con una firmeza que la sorprendió—. Esta vez es diferente. Siento que... es algo que me llama a mí. Si algo sale mal, protejan a los civiles.

Sin esperar respuesta, Shido salió corriendo. Gracias al poder de las gemelas Yamai, sus pasos eran ligeros y veloces, permitiéndole cruzar las calles en minutos. A medida que se acercaba al epicentro, el aire se volvía más denso, cargado de una melancolía que le apretaba el pecho.

Al llegar a la plaza central, Shido se detuvo en seco. En medio de la columna de luz, no había un monstruo ni un clon oscuro. Había una niña.

No aparentaba más de diez años. Su cabello era de un blanco tan puro que parecía brillar con luz propia, y vestía un traje andrajoso que recordaba a los antiguos uniformes de laboratorio de DEM. Lo más impactante eran sus ojos: uno era de un azul cristalino, como el de Yoshino, y el otro era de un ámbar intenso, idéntico al de X.

—¿Quién eres? —preguntó Shido, acercándose con cautela, manteniendo las manos a la vista para demostrar que no era una amenaza.

La niña levantó la cabeza. Al ver a Shido, sus ojos se llenaron de lágrimas y un grito desgarrador escapó de sus labios, provocando una onda de choque que destrozó los cristales de los edificios circundantes.

—¡Padre! —gritó la niña, lanzándose hacia él.

Shido, por puro instinto, abrió los brazos. El impacto lo lanzó varios metros hacia atrás, pero logró mantenerse en pie. La niña se aferró a su pecho, sollozando con una fuerza que hacía vibrar sus propios huesos.

—¡No dejes que me lleven otra vez! ¡El vacío... el hombre de negro me dijo que tú me salvarías! —sollozaba ella contra su uniforme.

—Tranquila, tranquila —susurró Shido, acariciando su cabello mientras intentaba procesar lo que estaba ocurriendo—. Estás a salvo. ¿De qué hombre de negro hablas? ¿Se refiere a X?

—Él... él me creó —dijo la niña, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. X no solo robaba Sefiras. Él intentó crear una nueva. Una que pudiera contener todas las realidades sin romperse. Yo soy... el número Diez. El receptáculo final.

Shido sintió un escalofrío. X no solo había sido un destructor, sino un alquimista de la desesperación. Había intentado fabricar un espíritu que fuera la clave para su divinidad, una "Décima Sefira" que unificara el poder de todos los mundos que había devastado.

—Cuando lo derrotaste —continuó la niña, su voz volviéndose extrañamente madura—, el nexo que me mantenía en su línea temporal se rompió. Fui arrastrada por la luz del Shido Primero hasta aquí. Pero no pertenezco a este mundo, Shido. Mi existencia es una paradoja. Si me quedo, tu realidad comenzará a desmoronarse para compensar mi masa espiritual.

—Tiene razón, Shido —la voz de Reine Murasame resonó en su comunicador, más grave de lo habitual—. El Fraxinus detecta una erosión en el tejido del espacio-tiempo alrededor de esa niña. Es una singularidad. Si no se estabiliza, Tengu desaparecerá en una hora.

Shido miró a la pequeña, que ahora lo observaba con una mezcla de esperanza y resignación.

—¿Hay alguna forma de salvarla? —preguntó Shido al aire, esperando que Ratatoskr tuviera una respuesta milagrosa.

—Solo hay una —respondió Reine tras una pausa eterna—. Debes sellarla. Pero no es como con los otros espíritus. No puedes sellar su poder en ti, porque ella ya es una amalgama de poderes que tú posees. Debes... compartir tu existencia con ella. Convertirla en parte de tu propia alma, de forma permanente.

—¿Y qué significa eso para ella? —preguntó Shido, apretando los puños.

—Significa que dejará de ser una entidad física independiente —dijo Kotori, interviniendo en la línea—. Vivirá dentro de ti, como una conciencia compartida. Será tu sombra y tu luz. Pero perderá su forma, su capacidad de tocar este mundo directamente.

Shido miró a la niña. Ella parecía haber escuchado todo, pues asintió con una madurez triste.

—Prefiero estar contigo, en tu corazón, que desaparecer en el vacío —dijo ella, extendiendo su pequeña mano—. X me hablaba de ti mientras me formaba. Decía que eras el "Shido que no pudo ser". Yo quiero ver el mundo a través de tus ojos. Quiero saber qué es el amor del que tanto hablaba el Shido Primero.

Shido se arrodilló para estar a su altura. La responsabilidad pesaba sobre él, pero no podía dejar que una niña, por muy artificial que fuera su origen, sufriera el destino de ser borrada de la existencia.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó con dulzura.

—No tengo nombre. X me llamaba "Proyecto Decem".

—Eso no es un nombre — Shido sonrió y tomó su mano—. Te llamarás Rinne. Como el ciclo de la vida que el Shido Primero quería proteger.

La niña, ahora Rinne, sonrió, y por un momento la columna de luz blanca se volvió de un color rosado suave, como los cerezos en flor.

—Gracias... Shido —susurró ella.

Shido se acercó y, siguiendo el ritual que tantas veces había realizado para salvar a las chicas, la besó.

No hubo una explosión de energía, sino una implosión silenciosa. El cuerpo de Rinne comenzó a desvanecerse en pétalos de luz que fueron absorbidos por el pecho de Shido. Él sintió un calor inmenso, una expansión de su conciencia que lo hizo caer de rodillas. Por un instante, vio miles de líneas temporales, miles de versiones de sí mismo, y en el centro de todas ellas, un hilo dorado que las unía.

Cuando la luz se disipó, la plaza estaba en silencio. Shido estaba solo, jadeando, con la mano sobre su corazón.

—¿Shido? ¿Estás ahí? —la voz de Kotori estaba cargada de ansiedad.

—Estoy aquí —respondió él, recuperando el aliento—. Y ella también.

Dentro de su mente, una voz suave y pequeña resonó con claridad: —Es... muy cálido aquí, Shido. Gracias por dejarme entrar.

Shido se puso de pie, mirando sus manos. Podía sentir una fuerza nueva fluyendo por sus venas, una estabilidad que nunca antes había experimentado. Ya no era solo el Shido de la novena línea; ahora era el depositario de la esperanza de todas las realidades que X había intentado destruir.

—¡Shido! —el grito de Tohka llegó desde la distancia.

Ella y las demás llegaron corriendo, deteniéndose al ver que la amenaza había desaparecido. Tohka lo examinó de arriba abajo, buscando heridas.

—¿Dónde está la niña? ¿Qué pasó con esa luz? —preguntó Yoshino, abrazando a Yoshinon con fuerza.

Shido les dedicó una sonrisa tranquila, una que reflejaba una paz profunda.

—Está a salvo —dijo él, mirando al cielo estrellado—. Ahora es parte de nosotros.

—No entiendo nada de lo que dices a veces —bufó Kotori, llegando al lugar y cruzándose de brazos, aunque su alivio era evidente—. Pero supongo que mientras no intentes destruir el mundo, podemos dejar las explicaciones para mañana.

—Mañana será un buen día —dijo Shido.

Mientras caminaban de regreso a casa, Shido sintió una presencia constante a su lado, una sombra de luz que caminaba a su ritmo. Sabía que la batalla contra X había sido solo el final de un capítulo oscuro, y que la integración de Rinne era el comienzo de algo mucho más grande.

En algún lugar del multiverso, el eco de la entropía finalmente se había silenciado. El Shido de la novena línea ya no era un simple humano con el poder de sellar espíritus; se había convertido en el ancla de la realidad, el puente entre lo que fue y lo que podría ser.

—Shido —susurró la voz de Rinne en su interior—, ¿podremos comer ese pan de soja mañana?

Shido se rió suavemente, ganándose una mirada curiosa de Tohka.

—Claro que sí, Rinne —respondió él en voz baja—. Todo el que quieras.

La noche en Tengu volvió a ser pacífica. Las luces de los edificios se encendían una a una, y la vida continuaba su curso, ignorante de que el destino de la existencia misma se había decidido en una azotea escolar y una plaza céntrica. Pero para Shido Itsuka, cada paso que daba ahora tenía un peso sagrado. Llevaba consigo las voces de los que cayeron y la esperanza de los que estaban por venir.

Y así, bajo la mirada vigilante de las estrellas, el joven que una vez solo quiso una vida normal aceptó su papel como el guardián del infinito, listo para enfrentar cualquier tormenta que el destino decidiera enviarle, siempre y cuando tuviera a su familia a su lado. El trono de las almas ya no estaba vacío; estaba ocupado por un vínculo indestructible que ni el tiempo ni el espacio podrían volver a romper.