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multiverso reacciona multiverso

Cenizas de un Sueño Americano: El Colapso de la Torre

La atmósfera en la sala del multiverso se había vuelto tan densa que algunos de los héroes más jóvenes, como Peter Parker o Izuku Midoriya, sentían que el aire les quemaba los pulmones. No era calor físico, sino la presión psicológica de presenciar la desintegración total de un orden social. En la pantalla, la Torre Vought ya no lucía como un faro de esperanza tecnológica, sino como un monolito de arrogancia herido, recortado contra un cielo de tormenta que parecía sangrar electricidad.

—Mirad esa estructura —comentó Magneto, rompiendo el silencio con su voz profunda y aterciopelada—. Es el símbolo perfecto de la humanidad: construyen hacia el cielo para esconder la podredumbre que han enterrado en los cimientos. El Compuesto V no fue el cimiento, fue la grieta.

—No es solo una grieta, Erik —replicó Charles Xavier desde su silla, con una expresión de profunda tristeza—. Es un espejo. Lo que estamos viendo es lo que sucede cuando el poder se divorcia de la empatía. Vought no creó héroes; creó celebridades con el poder de borrar naciones. Y ahora, el producto ha decidido que no quiere dueños.

En la pantalla, la imagen se filtró al interior del ático de la torre. Homelander estaba de pie frente a la inmensa cristalera que dominaba Nueva York. No llevaba su capa. Su traje, generalmente impecable, estaba arrugado. Se pasaba la mano por el cabello, una y otra vez, en un gesto obsesivo que denotaba una psique fragmentada.

—¿Por qué no me aman? —susurró el Homelander de la pantalla, su voz amplificada por los altavoces de la sala—. Les di todo. Les di el espectáculo. Les di la seguridad de que alguien más fuerte que ellos velaba por su sueño. Y a la primera señal de que soy... real, me dan la espalda.

—Porque nunca te amaron a ti, John —dijo una voz desde las sombras de la oficina.

Era Queen Maeve. Estaba apoyada contra el marco de la puerta, con una botella de vodka en la mano y una mirada que mezclaba el agotamiento crónico con una chispa de rebelión final.

—Amaban la idea de ti —continuó Maeve, dando un trago largo—. Amaban el póster, el anuncio de colonia y la película de acción. Pero nadie puede amar a un agujero negro, John. Solo pueden temerle. Y el miedo se agota.

—¡Tú no sabes nada! —rugió Homelander, girándose con una velocidad que hizo que los espectadores en la sala dieran un respingo—. ¡Soy el único que importa! ¡Soy el único que puede salvar este estercolero de mundo!

—¡No eres un salvador! —exclamó Diana de Temiscira desde su asiento, su voz resonando con una autoridad divina—. ¡Eres un parásito que se alimenta de la validación de aquellos a quienes desprecias!

—Es fascinante —murmuró Orochimaru, tomando notas mentales—. Su inestabilidad es proporcional a su potencia. Es un sistema de retroalimentación positiva que solo puede terminar en una explosión catastrófica. Me pregunto si el Compuesto V afecta el lóbulo frontal de manera irreversible o si es simplemente el aislamiento social.

La pantalla cambió bruscamente. Ya no era una conversación privada. Era el caos en las calles. Los partidarios de Homelander, armados y frenéticos, se enfrentaban a los manifestantes que exigían la prohibición del Compuesto V. La policía estaba desbordada. Era una guerra civil en miniatura, alimentada por la retórica de un hombre que se creía un dios.

—Esto es lo que pasa cuando dejas que un individuo sea más grande que la ley —sentenció Batman—. La ley es un contrato social. Homelander rompió el contrato el día que nació en ese laboratorio, porque Vought le dijo que él estaba por encima de la página.

De repente, la pantalla mostró un movimiento coordinado. Un grupo de furgonetas negras, sin identificación, se detuvo frente a la entrada principal de la Torre Vought. De ellas bajaron Butcher, Frenchie, Kimiko y MM. No llevaban uniformes brillantes. Llevaban armas modificadas, explosivos de grado militar y una determinación que helaba la sangre.

—Ahí van mis muchachos —dijo Butcher en la sala, con una sonrisa de lobo—. El equipo de limpieza ha llegado para sacar la basura.

—¿Vas a entrar ahí? —preguntó Steve Rogers, mirando a Butcher con una mezcla de respeto y horror—. Es una misión suicida. Hay cientos de guardias de seguridad y quién sabe cuántos Supes menores leales a Vought.

—Capitán, cuando no tienes nada que perder, cada bala es un boleto de lotería —respondió Butcher—. Y yo tengo el bolsillo lleno de boletos.

En la pantalla, la infiltración fue brutal. Kimiko era un torbellino de violencia, desgarrando a los guardias de seguridad con una eficiencia animal que hizo que incluso Guts asintiera con aprobación silenciosa. Frenchie y MM colocaban cargas en los servidores principales de Vought. No querían solo matar a Homelander; querían borrar la existencia legal de la compañía.

—Están atacando el cerebro de la bestia —observó Tony Stark—. Si destruyen los datos, destruyen la fórmula. Si destruyen la fórmula, el Compuesto V muere con esta generación. Es una táctica de tierra quemada.

—Pero Homelander sigue arriba —señaló Peter Parker, con las manos entrelazadas—. Y él sabe que están ahí.

Efectivamente, en la pantalla, Homelander cerró los ojos y ladeó la cabeza. Su superoído captó el estruendo de las explosiones en los niveles inferiores y el latido frenético de los corazones de "The Boys". Una sonrisa lenta y malévola se dibujó en su rostro.

—Butcher —susurró Homelander.

Despegó, atravesando el techo de la oficina y dejando un rastro de cristales rotos. Bajó por el hueco del ascensor como un proyectil de artillería.

El choque fue inminente. En el piso 40, Butcher se detuvo. Sabía que venía. Sacó un pequeño inhalador de su bolsillo, el V24.

—No lo hagas, Billy —suplicó Hughie en la pantalla, agarrándolo del brazo—. Te está matando. Tu cerebro parece un queso suizo. Una dosis más y...

—Y veré al bastardo en el infierno, Hughie —respondió Butcher, apartándolo con brusquedad—. Ve con los demás. Asegúrate de que los archivos se carguen en la red. Si muero, que al menos el mundo sepa quiénes eran estos "héroes" realmente.

Butcher inhaló el vapor azul. Sus ojos se volvieron eléctricos. Su piel pareció tensarse sobre sus músculos.

—Ese es el precio —dijo Edward Elric—. Está quemando su futuro por un momento de justicia. O de venganza. A veces es difícil notar la diferencia.

—En este caso, no hay diferencia —sentenció Eren Yeager—. La justicia es solo la venganza que la sociedad acepta. Butcher es el único que es honesto consigo mismo.

Homelander aterrizó frente a Butcher, destrozando el suelo de mármol. El polvo se asentó, revelando a los dos archienemigos cara a cara. El dios caído y el hombre convertido en monstruo.

—Sigues intentándolo, William —dijo Homelander, caminando en círculos como un depredador—. Usas mi sangre para intentar pelear conmigo. ¿No ves la ironía? Eres mi mayor fan. No puedes vivir sin mí.

—Tienes razón en algo, John —respondió Butcher, su voz saliendo como un rugido mecánico—. No puedo vivir en un mundo donde tú respires. Así que vamos a solucionar eso.

La pelea que siguió superó en brutalidad a la del Herogasm. Butcher no volaba, pero su superfuerza y su resistencia alimentadas por el odio lo hacían un oponente formidable. Homelander disparó su visión de calor, pero Butcher la esquivó, arrojándole una viga de acero que lo golpeó de lleno en la cara.

—¡Dale! —gritó Naruto, emocionado a pesar de la oscuridad de la situación—. ¡Demuéstrale que la voluntad de un hombre no se puede inyectar!

—No es solo voluntad —observó Vegeta—. Es desesperación. El hombre de la gabardina está luchando como si ya estuviera muerto. Eso lo hace el ser más peligroso de la sala.

Mientras ellos peleaban, la pantalla mostró a Hughie y Frenchie en la sala de servidores. Los archivos estaban al 90%. Imágenes de experimentos con bebés, asesinatos encubiertos, sobornos a senadores y la verdad sobre el origen de Soldier Boy estaban a segundos de ser transmitidas a cada dispositivo electrónico del planeta.

—¡Vamos, vamos! —instó Tony Stark, golpeando su rodilla—. ¡Cargad esa maldita información!

De pronto, la puerta de la sala de servidores se abrió. No era un guardia. Era A-Train. Se veía demacrado, su corazón latiendo de forma visible a través de su traje debido al abuso del Compuesto V.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó A-Train, su voz temblorosa—. Si borráis a Vought, yo no soy nada. No tengo medicinas, no tengo dinero... no soy nadie.

—Nunca fuiste nadie, A-Train —dijo Hughie, poniéndose frente al terminal—. Solo eras un anuncio de cereales que corría muy rápido. Déjanos terminar esto. Por Robin.

A-Train dudó. Sus ojos se movieron hacia la pantalla, donde el progreso llegaba al 95%. Podría matarlos en un parpadeo. Podría salvar a la compañía que lo destruyó.

—Haz lo correcto, por una vez en tu miserable vida —suplicó MM, con su arma apuntando al Supe, aunque sabía que no serviría de mucho si él decidía atacar.

A-Train bajó la cabeza. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Me duele el pecho —susurró. Se dio la vuelta y salió de la sala a supervelocidad, dejando tras de sí solo una ráfaga de viento y el sonido de un sollozo.

—Carga completa —anunció la Voz del Multiverso.

En ese instante, en todo el mundo, las pantallas se iluminaron. La verdad sobre Vought International estaba fuera. El mito había muerto.

En el piso 40, Homelander se detuvo. Tenía a Butcher contra las cuerdas, sus manos apretando el cuello del inglés. Pero entonces, su reloj inteligente y las pantallas de televisión en las paredes empezaron a mostrar los documentos filtrados. Vio su propio rostro en los informes de laboratorio. Vio la palabra "FALLIDO" escrita junto a su número de serie original.

—¿Qué... qué es esto? —preguntó Homelander, su agarre aflojándose.

—Es el final del programa, John —dijo Butcher, escupiendo sangre—. Ya no eres una marca. Eres solo un error de laboratorio. Y el mundo acaba de leer tu manual de instrucciones.

Homelander soltó a Butcher y retrocedió, mirando las pantallas con horror. El poder de Homelander siempre había residido en su imagen, en la percepción pública. Sin eso, se sentía desnudo.

—¡No! —gritó, lanzando un rayo de calor a las pantallas—. ¡Soy Homelander! ¡Soy el héroe!

—No —dijo una voz fría desde el pasillo.

Stan Edgar apareció, escoltado por un equipo de fuerzas especiales que llevaban armas que emitían una frecuencia sónica dolorosa. Edgar no parecía perturbado por el colapso de su empresa. Parecía un hombre que simplemente estaba cerrando una sucursal que ya no era rentable.

—Se acabó, John —dijo Edgar—. La junta directiva ha disuelto Vought. Hemos activado los protocolos de contingencia. Ya no tienes apoyo logístico, ni abogados, ni relaciones públicas. Eres un ciudadano privado con habilidades peligrosas. Y el gobierno tiene órdenes de disparar a matar.

—¿Crees que ellos pueden matarme? —rio Homelander, una risa histérica y rota—. ¡Puedo quemar esta ciudad hasta los cimientos!

—Puedes —asintió Edgar—. Pero estarás solo. Sin nadie que te mire. Sin nadie que te aplauda. Serás el rey de las cenizas, y créeme, John, te aburrirás en cinco minutos. Porque sin nosotros, no tienes identidad.

En la sala del multiverso, el silencio era absoluto. Los espectadores veían cómo el ser más poderoso del mundo se derrumbaba, no por un golpe físico, sino por la pérdida de su propósito artificial.

—Es el colapso de un ídolo —dijo Superman—. No tiene una base moral sobre la cual sostenerse. Cuando el mundo deja de creer en él, él deja de creer en sí mismo.

De repente, la Torre Vought tembló. Las cargas de Frenchie y MM habían detonado en los niveles de soporte. El edificio empezó a inclinarse.

—¡Salid de ahí! —gritó Peter Parker, como si pudieran oírlo.

En la pantalla, "The Boys" corrían hacia las salidas de emergencia. Butcher, sin embargo, se quedó atrás, mirando a Homelander, que permanecía de rodillas en medio del mármol roto, rodeado de pantallas que mostraban su caída.

—¿No vienes, Butcher? —preguntó MM desde la puerta.

—Tengo una cita pendiente —respondió Butcher sin mirar atrás.

La pantalla se llenó de estática mientras el edificio comenzaba su descenso final. El estruendo del metal retorciéndose y el cemento pulverizándose llenó la sala del multiverso. Fue un sonido que duró una eternidad.

Cuando el polvo se asentó en la pantalla, la Torre Vought ya no existía. Solo quedaba una montaña de escombros en el corazón de Manhattan. El símbolo del poder corporativo había caído.

—¿Han muerto? —preguntó Steven Universe, con lágrimas en los ojos.

La pantalla mostró un plano general de las ruinas. De entre el humo, una figura emergió gateando. Era Butcher. Estaba cubierto de polvo gris, su ropa hecha jirones, pero seguía respirando. Se puso de pie, tambaleándose, y miró hacia el cielo.

No había rastro de Homelander.

—¿Se escapó? —preguntó Vegeta, decepcionado.

—No —respondió la Voz del Multiverso—. Mirad más de cerca.

En lo alto de una de las vigas retorcidas que aún apuntaba al cielo, Homelander estaba sentado. No estaba peleando. No estaba gritando. Simplemente miraba sus manos. Había perdido su capa. Parecía pequeño, un hombre común atrapado en un cuerpo de titanio.

—El mundo que conocían ha terminado —anunció la Voz—. Vought ha caído, pero el Compuesto V sigue en la sangre de miles. La era de los Siete ha terminado, pero la era del Caos Supe está comenzando.

—Esto no es un final feliz —observó Batman—. Es solo el comienzo de una pesadilla diferente. Una donde no hay reglas y donde cada persona con un frasco azul puede ser el próximo dictador.

—Pero al menos la mentira ha muerto —dijo Butcher desde su asiento en la sala—. Y en mi mundo, eso es lo más parecido a una victoria que vamos a conseguir.

La pantalla comenzó a desvanecerse, mostrando las caras de los supervivientes: Hughie abrazando a Starlight en medio de la calle, Kimiko sonriendo débilmente a Frenchie, y Butcher caminando solo hacia la oscuridad de un callejón.

—Habéis visto la verdad en la sangre —concluyó la Voz—. Habéis visto cómo los ídolos de barro se desmoronan bajo el peso de su propia arrogancia. Que esto sirva de lección para vuestros propios mundos. El poder no es un regalo; es una responsabilidad que la mayoría no está capacitada para cargar.

La sala del multiverso quedó en silencio mientras las luces se encendían gradualmente. Los héroes y villanos se levantaron, algunos pensativos, otros aterrados. Habían presenciado el colapso de un universo que se parecía demasiado al suyo en sus peores aspectos.

—Bueno —dijo Tony Stark, ajustándose la chaqueta mientras caminaba hacia la salida—. Creo que voy a revisar mis protocolos de seguridad... y tal vez donar un poco más de dinero a la caridad. Solo por si acaso.

—Y yo voy a asegurarme de que nadie en mi mundo intente jugar a ser Dios con una jeringuilla —añadió Steve Rogers, mirando a Butcher una última vez con una mezcla de lástima y respeto.

Butcher no dijo nada. Se limitó a encender un cigarrillo imaginario, con la mirada fija en el espacio donde antes estaba la pantalla, sabiendo que, aunque la torre había caído, la guerra contra los "héroes" nunca terminaría realmente. Porque mientras hubiera hombres que desearan ser dioses, habría hombres como él esperando en las sombras para recordarles que son de carne y hueso.