Volver al resumen

multiverso reacciona multiverso

El Ocaso de los Ídolos: El Precio de la Divinidad Química

La sala del multiverso se sumió en una penumbra violeta, un tono que evocaba tanto el lujo decadente como la moreatón de un golpe mal recibido. En la pantalla, el logo de Vought International parpadeó una última vez antes de ser reemplazado por imágenes de una mansión aislada, rodeada de seguridad privada y excesos que desafiaban cualquier código moral.

—¿Herogasm? —repitió Steve Rogers, cuya mandíbula estaba tan apretada que parecía hecha de granito—. El nombre ya sugiere una falta total de respeto por la dignidad que debería acompañar a su cargo.

—Oh, Capipaleta, no tienes ni idea —masulló Tony Stark, aunque sus ojos no se apartaban de la pantalla—. He visto fiestas salvajes, pero esto... esto es lo que sucede cuando le das poder absoluto a personas con la madurez emocional de un tenedor.

La Voz del Multiverso resonó, más grave que de costumbre.

—Lo que están a punto de presenciar no es solo una exhibición de depravación. Es el momento en que la humanidad de los "héroes" desaparece por completo, dejando solo el hambre de sus vicios. Pero también es el escenario donde la balanza comienza a equilibrarse.

En la pantalla, la cámara se filtró en la mansión. Los héroes de diversos mundos observaron con una mezcla de asco y fascinación mórbida. Superhumanos usando sus dones para actos triviales y degradantes, ignorando por completo el mundo que ardía afuera tras la masacre de Homelander en el mitin.

—Es una bacanal de monstruos —sentenció Diana de Temiscira, apartando la mirada cuando un "héroe" menor usaba su superfuerza para una exhibición grotesca—. ¿Cómo pueden llamarse protectores? No son más que parásitos alimentándose de la admiración que no merecen.

—Es el resultado lógico —intervino el Doctor Strange, cruzando los brazos sobre su túnica—. Sin una guía espiritual o un código ético, el poder solo amplifica los deseos más bajos. No están celebrando su heroísmo; están celebrando su impunidad.

De repente, la música rítmica de la fiesta en pantalla fue interrumpida por un estruendo. Una pared de la mansión voló en pedazos. De entre el polvo y los escombros, aparecieron tres figuras que hicieron que la sala se tensara.

Billy Butcher, Hughie Campbell y, para sorpresa de muchos, Soldier Boy.

—¿Ese es el Capitán América de ese mundo? —preguntó Peter Parker, señalando al hombre del escudo de metal desgastado y barba descuidada—. Se ve... diferente a como lo describieron en los archivos históricos de Vought.

—Es el original —respondió la Voz—. El predecesor de Homelander. Traicionado por su propio equipo y congelado por décadas. Ahora, busca venganza.

—Y mira sus ojos —señaló Bruce Wayne (Batman), fijándose en Butcher y Hughie—. No son ojos humanos normales. Están brillando. Ese es el V24. Han cruzado la línea definitiva.

En la pantalla, la confrontación comenzó. Homelander aterrizó en el patio trasero, su capa ondeando con una majestuosidad que ahora resultaba insultante. Se detuvo en seco al ver a Soldier Boy. Por primera vez en toda la proyección, el rostro de Homelander no mostraba arrogancia, sino una confusión infantil, casi vulnerable.

—¿Papá? —susurró Homelander en la pantalla, una palabra que resonó en la sala del multiverso con el peso de una tragedia griega.

—¡Por los dioses! —exclamó Thor—. ¿Es su progenitor? ¿El monstruo nació de otro monstruo?

—No nació, Thor —dijo Tony Stark—. Fue cultivado. Soldier Boy es la fuente genética. Homelander es el intento de Vought de mejorar la receta original. Es un complejo de Edipo con armas nucleares incorporadas.

La batalla estalló con una violencia que hizo que las gradas vibraran. Homelander y Soldier Boy chocaron en el aire, creando ondas de choque que destrozaron los ventanales de la mansión. Pero lo que realmente dejó a la sala en silencio fue ver a Butcher intervenir.

Butcher se lanzó hacia adelante, sus ojos emitiendo un fulgor amarillo abrasador. De sus pupilas brotaron dos haces de energía que impactaron directamente en el pecho de Homelander, lanzándolo contra una pared de piedra.

—¡Lo ha herido! —gritó Izuku Midoriya, saltando de su asiento—. ¡Un humano le ha hecho sangrar!

—No es un humano ahora —dijo Vegeta, con una sonrisa sombría—. Es un guerrero que ha aceptado el precio del poder para matar a su enemigo. Ese hombre de la gabardina... tiene el espíritu de un Saiyajin, aunque su cuerpo sea de barro.

La pelea era sucia. No había coreografías elegantes ni discursos sobre la justicia. Era una pelea de bar amplificada por mil. Soldier Boy golpeaba a Homelander con su escudo, cada impacto sonando como una campana de iglesia doblando por un muerto. Butcher lo agarraba por el cuello, golpeándolo con una furia acumulada durante años de odio.

Y entonces ocurrió lo impensable. Homelander, el ser más poderoso de su planeta, el dios dorado de Vought, empezó a retroceder. Sus ojos buscaban una salida. Estaba siendo superado.

—Mirad su rostro —dijo Superman, con una voz cargada de una tristeza profunda—. No es el rostro de un guerrero siendo derrotado. Es el rostro de un niño que se da cuenta de que no es especial. Está sintiendo miedo. El miedo a la mortalidad.

—Es el momento más honesto de su vida —añadió Batman—. Cuando el matón se encuentra con alguien que puede devolverle el golpe, toda su fachada se desmorona. Sin su invulnerabilidad, Homelander no es nada.

En la pantalla, Homelander logró zafarse, emitiendo un grito sónico que aturdió a sus tres atacantes. Miró a Soldier Boy, luego a Butcher, y finalmente al cielo. Sin decir una palabra, despegó a una velocidad cegadora, huyendo del campo de batalla.

Un silencio sepulcral reinó en la sala del multiverso.

—Ha huido —murmuró Naruto Uzumaki, incrédulo—. Un héroe... un tipo con ese poder... ¿simplemente se escapó?

—No es un héroe, mocoso —dijo Billy Butcher desde su asiento en la sala, rompiendo su silencio—. Es un cobarde con esteroides. La primera vez que alguien lo pone contra las cuerdas, se caga en sus pantalones de colorines y sale volando hacia mamá.

—Pero esto cambia todo —dijo Eren Yeager, con los ojos brillando de una manera inquietante—. El mito de la invencibilidad se ha roto. Ahora el mundo sabe que puede morir. Y una vez que la gente sabe que un dios puede sangrar, deja de adorarlo para empezar a cazarlo.

La pantalla cambió de escena. Mostró las secuelas del "Herogasm". La mansión era un cementerio de escombros y cuerpos. Hughie estaba sentado en el suelo, mirando sus manos, que aún temblaban por el efecto de la droga. Soldier Boy estaba de pie, mirando el horizonte con una expresión de vacío absoluto.

—¿Valió la pena? —preguntó Edward Elric, mirando a Butcher—. Usaste la misma mierda que creó a esos monstruos para combatirlos. Te estás convirtiendo en lo que odias. Intercambio Equivalente, Butcher. ¿Qué parte de tu alma entregaste por esos cinco minutos de gloria?

—Toda —respondió el Butcher de la pantalla, como si hubiera escuchado la pregunta a través de las dimensiones—. Y lo haría de nuevo.

La Voz del Multiverso volvió a hablar, mientras la imagen se centraba en un frasco vacío de V24 tirado en el barro.

—El Compuesto V ha demostrado ser el gran nivelador y el gran corruptor. Pero hay algo que el V no puede dar: el propósito. Butcher tiene uno. Homelander, ahora que su imagen ha sido destruida, ha perdido el suyo.

—¿Qué hará ahora? —preguntó Peter Parker—. Un animal herido es más peligroso que uno sano.

—Ahora —dijo la Voz— verán la respuesta de Homelander a su propia debilidad. Verán cómo un dios decide que, si no puede ser amado, será temido más allá de lo imaginable.

La pantalla mostró un montaje rápido: Homelander en el espejo, arrancándose los cabellos, hablando solo, su cordura deshilachándose como una cuerda bajo demasiada tensión. Y luego, la imagen de un niño. Ryan, el hijo de Homelander.

—Oh, no —susurró Diana—. El niño es su última ancla a la realidad... o su herramienta de destrucción final.

—Es el ciclo que se repite —sentenció el Doctor Strange—. Soldier Boy creó a Homelander a través de su ausencia y su genética. Homelander intentará crear algo a su imagen en ese niño. El poder sin amor es una herencia de cenizas.

En la sala, los héroes de Marvel y DC intercambiaron miradas de preocupación. Habían luchado contra Thanos, contra Darkseid, contra seres de poder cósmico. Pero la amenaza de Homelander era diferente. Era una amenaza humana, pequeña y mezquina, dotada de un poder que no comprendía ni respetaba.

—Es el espejo oscuro de todos nosotros —dijo Superman, rompiendo el silencio—. Es lo que seríamos si olvidáramos que nuestra fuerza no nos hace mejores, sino más responsables ante los que no la tienen.

—Bueno —dijo Tony Stark, tratando de sacudirse la pesadez del ambiente—, al menos ahora sabemos que el bastardo puede sangrar. Eso es un comienzo. En mi mundo, si sangra, podemos matarlo.

—No será tan fácil, Stark —advirtió Batman—. Un dios que ha perdido el miedo a las consecuencias es el ser más peligroso de la existencia. Y Homelander acaba de perder lo último que lo mantenía a raya: su necesidad de ser querido.

La pantalla se volvió negra por un momento antes de mostrar un nuevo título, escrito en letras que parecían chorrear sangre azul: "LA CAÍDA DE LA TORRE: EL ÚLTIMO ACTO DE VOUGHT".

—Prepárense —dijo la Voz—. Porque el final del equipo de los Siete no será en un campo de batalla heroico. Será en el barro, en la traición y en el fuego de una ambición que consumió al mundo que intentaba proteger.

Butcher soltó una carcajada seca y oscura.

—Ya era hora de que el espectáculo se pusiera interesante —dijo, cruzando las piernas—. Pónganse cómodos, héroes. Van a ver cómo se ve realmente el final de un mundo que puso su fe en la farmacia.

La luz de la pantalla volvió a brillar, mostrando la imponente Torre Vought bajo una tormenta eléctrica. En la cima, una figura solitaria esperaba, sus ojos brillando con una luz roja que prometía el fin de una era. La reacción del multiverso apenas estaba comenzando, y la lección sobre el precio del poder estaba a punto de cobrarse su factura más alta.

—¿Están listos para ver cómo muere un dios? —preguntó la Voz.

Nadie respondió. El silencio en la sala era el de los que saben que están a punto de presenciar algo que no podrán olvidar, por mucho que lo intenten. El Compuesto V había sido el milagro de un siglo, pero su legado sería una cicatriz eterna en el tejido de la realidad.