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multiverso reacciona multiverso

El Rugido del Átomo y el Puño del Mañana

El silencio que siguió a la caída de Homelander fue medicinal. En la penumbra de la sala de cine, el cuerpo del "héroe" de Vought yacía como un fetiche roto al fondo, custodiado por la indiferencia de los dioses verdaderos. Sin embargo, la entidad que regía el multiverso no permitía el descanso prolongado. La pantalla, una ventana a realidades que desafiaban la cordura, vibró con una frecuencia que hizo que los dientes de Tony Stark castañetearan.

—¿Sientes eso, Bruce? —preguntó Tony, ajustando sus sensores—. La lectura de energía gamma acaba de saltar de la escala. Y no viene de nuestra sección.

Bruce Banner, que se frotaba las sienes con evidente malestar, asintió con la respiración entrecortada.

—Es... es como un terremoto en la sangre, Tony. Algo está despertando.

En la pantalla, la imagen de los laboratorios nazis se disolvió en un estallido de estática verde y blanca. Dos mundos, dos realidades diametralmente opuestas, comenzaron a superponerse. A la izquierda, un desierto baldío en Nuevo México, donde una figura colosal de piel esmeralda rugía hacia un cielo tormentoso. A la derecha, una ciudad futurista y genérica, Ciudad Z, donde un hombre calvo con un traje amarillo barato y una capa blanca que parecía comprada en una liquidación caminaba con una bolsa de supermercado en la mano.

—¿Ese es el siguiente oponente? —preguntó Vegeta, cruzándose de brazos con una mueca de desprecio—. Un gigante musculoso sin cerebro y un... ¿oficinista calvo? Este multiverso se está volviendo una broma de mal gusto.

—No te fíes de las apariencias, príncipe —advirtió Batman, cuyos ojos analizaban los patrones de movimiento del hombre calvo—. El gigante es una fuerza de la naturaleza. Pero el otro... el otro camina como si nada en la existencia pudiera herirlo.

De repente, la pantalla se unificó. El desierto y la ciudad se fundieron en un plano astral de combate puro. Hulk, el Gigante Esmeralda, emergió de una grieta dimensional, aplastando el pavimento de Ciudad Z. Sus ojos eran pozos de furia radiactiva, y cada exhalación liberaba una nube de vapor tóxico.

—¡HULK ES EL MÁS FUERTE QUE HAY! —rugió la bestia, golpeando el suelo con tal fuerza que los rascacielos circundantes oscilaron como juncos al viento.

Frente a él, a unos diez metros, Saitama se detuvo. Miró al monstruo verde, luego miró su bolsa de compras, y finalmente suspiró con una desgana que resultó casi insultante para la audiencia.

—Oye, tú —dijo Saitama, su voz plana y carente de emoción—. Estás pisando las ofertas del sábado. Si rompes los huevos que acabo de comprar, te vas a arrepentir.

La sala de cine estalló en murmullos.

—¿Está loco? —exclamó A-Train, que aún se recuperaba del susto de Homelander—. Ese bicho verde parece que podría masticar un tanque y escupir balines. ¡Y el calvo está preocupado por los huevos!

—Hulk no conoce ofertas —gruñó la bestia, lanzándose hacia adelante como un meteorito verde—. ¡HULK APLASTA CALVO!

El primer golpe de Hulk fue una masa de nudillos del tamaño de un coche compacto. El impacto generó una onda de choque que pulverizó las ventanas de tres manzanas a la redonda. El polvo se asentó, y la audiencia contuvo el aliento. Saitama no se había movido. Había levantado su brazo libre y, con la palma de la mano, había detenido el puño de Hulk.

El suelo bajo los pies de Saitama se hundió en un cráter perfecto de diez metros de profundidad, pero él seguía allí, con la misma expresión de aburrimiento existencial.

—Buen golpe —comentó Saitama—. Tienes mucha energía. ¿Eres un nuevo tipo de monstruo de la Asociación? ¿O quizás un experimento fallido de esos de la Casa de la Evolución?

Hulk parpadeó, confundido por primera vez en su vida. Nadie sobrevivía a un golpe directo. Nadie se quedaba quieto. La confusión, sin embargo, solo alimentó su ira. Y como todos sabían, cuanto más se enfurecía Hulk, más fuerte se volvía.

—¡HULK... MÁS... FUERTE! —Sus músculos se hincharon, las venas de su cuello parecían cables de acero a punto de estallar.

—¡Oh, no! —exclamó Peter Parker, agarrándose a su asiento—. Bruce, ¿qué está pasando? Sus niveles gamma están subiendo exponencialmente.

—Está entrando en el estado de 'Worldbreaker' —susurró Banner, con horror en los ojos—. Si no lo detienen, va a resquebrajar el planeta entero.

En la pantalla, Hulk comenzó a emitir un resplandor verde cegador. Cada paso que daba fundía el pavimento. Lanzó una ráfaga de golpes, una sinfonía de destrucción que habría reducido a cenizas a cualquier héroe de Vought en milisegundos. Cada impacto contra Saitama sonaba como el choque de dos lunas.

—¡MUERE! ¡MUERE! ¡MUERE! —rugía Hulk, perdiendo toda pizca de humanidad.

Saitama, mientras tanto, esquivaba con movimientos mínimos, casi perezosos. En un momento dado, tuvo que hacer malabarismos con su bolsa de la compra para que un trozo de escombro no golpeara el puerro que asomaba por arriba.

—Ya veo —dijo Saitama, mientras esquivaba un zarpazo que partió un edificio por la mitad detrás de él—. Eres como esos jefes finales de los videojuegos que tienen mucha vida pero un patrón de ataque muy predecible. Es un poco frustrante. Vine hasta aquí pensando que sería un reto.

—¡CÁLLATE! —Hulk juntó sus manos en un aplauso sónico masivo. El impacto fue tan violento que la atmósfera misma se desplazó, creando un vacío momentáneo que succionó el oxígeno de la zona.

Saitama salió volando por la presión, atravesando cinco rascacielos antes de detenerse en seco en el aire. Se sacudió el polvo de la capa y miró hacia abajo, donde Hulk estaba saltando hacia él, preparando un golpe con ambos puños entrelazados.

—Supongo que es mi turno —dijo Saitama. Su expresión cambió. Sus rasgos, antes caricaturescos y simples, se volvieron afilados, definidos por una seriedad divina. El aire a su alrededor dejó de vibrar; se congeló—. Serie Normal: Puñetazo Normal.

No hubo un gran discurso. No hubo una acumulación de energía mágica. Solo un puñetazo directo, lanzado con la técnica de alguien que ha hecho lo mismo diez mil veces cada día.

El puño de Saitama se encontró con los de Hulk en mitad del aire.

Por un segundo, el tiempo se detuvo. Luego, la realidad pareció gemir. Una onda expansiva de color blanco puro barrió el cielo, despejando las nubes en un radio de mil kilómetros. El impacto envió a Hulk de regreso a la tierra como un proyectil balístico. El Gigante Esmeralda se estrelló contra el suelo con tal fuerza que se hundió hasta el manto terrestre, creando un volcán instantáneo de magma y escombros.

En la sala de cine, el silencio era absoluto. Billy Butcher tenía la boca abierta, el cigarrillo olvidado en el suelo. Los Siete estaban pálidos, comprendiendo que lo que acababan de ver no era un superpoder; era una fuerza absoluta que ignoraba las leyes de la naturaleza.

—¿Qué... qué clase de Compuesto V usa ese tipo? —susurró A-Train, temblando.

—Ninguno —respondió Steve Rogers, mirando la pantalla con una mezcla de asombro y respeto—. Ese hombre ha roto su propio limitador. No es un producto, es un milagro de voluntad pura.

Hulk, sin embargo, no estaba derrotado. En el fondo del cráter, la radiación gamma alcanzó niveles críticos. El magma se volvió verde. Una mano gigantesca surgió de la lava. Hulk emergió, pero ya no era solo un gigante. Era una entidad de energía pura, un sol verde que caminaba. Su mera presencia estaba desintegrando la materia a su alrededor.

—¡HULK... NUNCA... PIERDE! —Su voz ya no era humana; era el rugido de una estrella colapsando.

Saitama aterrizó suavemente en el borde del cráter. Miró su guante rojo, que estaba ligeramente chamuscado. Por primera vez en la pelea, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Una sonrisa de alivio.

—Vaya —dijo Saitama—. Eres duro de verdad. He usado un puñetazo normal y sigues en pie. Esto... esto es emocionante.

Hulk cargó. La velocidad era tal que el aire se convirtió en plasma a su paso. Saitama no esquivó esta vez. Se plantó firmemente, flexionando las rodillas.

—Si esto no te detiene —dijo Saitama, y su voz resonó en toda la sala de cine como el juicio final—, nada lo hará. Serie Seria: Puñetazo Serio.

El golpe no fue un impacto físico; fue una reescritura de la física. Cuando el puño de Saitama conectó con el pecho de Hulk, la energía gamma que envolvía al gigante fue simplemente... borrada. No explotó, no se dispersó; dejó de existir. El impulso del golpe fue tan inmenso que la presión del aire detrás de Saitama se convirtió en un túnel de vacío que se extendió hasta el espacio exterior, dividiendo la atmósfera terrestre en dos mitades perfectas.

Hulk salió disparado. Atravesó la corteza terrestre, cruzó el núcleo del planeta y salió por el otro lado, en algún lugar del Océano Pacífico, antes de perder el impulso y quedar flotando en el agua, inconsciente y volviendo lentamente a su forma de Bruce Banner.

En la pantalla, Saitama se quedó de pie en el centro del cráter masivo. El silencio volvió a Ciudad Z. El hombre calvo suspiró, su rostro volviendo a la normalidad, a esa expresión de "no sé qué hacer con mi vida".

—Ah, rayos —dijo Saitama, mirando su bolsa de compras—. Los huevos se rompieron de todas formas. Y el supermercado probablemente ya cerró. Qué día tan terrible.

La pantalla se oscureció.

—Dime que eso fue una simulación —pidió Tony Stark, frotándose los ojos—. Bruce, dime que tu otro yo no acaba de ser lanzado a través del planeta por un tipo que hace 100 flexiones al día.

Bruce Banner, que parecía haber envejecido diez años en diez minutos, negó con la cabeza.

—No fue una simulación, Tony. Hulk es la encarnación de la ira, pero ese hombre... ese hombre es la encarnación de la victoria. No importa cuánta energía acumule Hulk, Saitama es, por definición, un punto por encima de cualquier oponente. Es una paradoja andante.

—Es un insulto a todo lo que sabemos sobre el poder —escuchó decir a Queen Maeve, que miraba sus propias manos con desprecio—. Nosotros nos pavoneamos como si fuéramos importantes porque podemos levantar un autobús. Ese tipo acaba de partir el cielo por la mitad porque perdió una oferta de supermercado.

Billy Butcher se levantó de su asiento, soltando una carcajada seca y amarga.

—¿Lo veis ahora, pedazos de basura? —dijo, señalando a los Siete—. Eso es lo que pasa cuando el poder no tiene una marca detrás. Ese calvo no quiere vuestros contratos, no quiere vuestras películas ni vuestros estúpidos parques temáticos. Solo quiere un buen descuento en la verdulería. Y aun así, podría borrar vuestro mundo entero con un bostezo.

En ese momento, la voz del multiverso volvió a sonar, pero esta vez tenía un matiz de advertencia.

—Habéis presenciado la fuerza sin límite. Habéis visto al hombre que no puede ser medido. Pero el poder no es solo fuerza física. El poder es influencia, es miedo y es la capacidad de corromper desde adentro.

La pantalla volvió a iluminarse, mostrando ahora las oficinas de Vought International. Stan Edgar estaba sentado en su escritorio, mirando un informe sobre la desaparición de Homelander en la sala de cine. No parecía asustado; parecía irritado, como si hubiera perdido un bolígrafo caro.

—"Si el producto es defectuoso, se reemplaza" —decía Edgar en la pantalla—. "Activen el protocolo de contingencia. Traigan al chico de la granja. Si Homelander no puede controlar este multiverso, buscaremos a alguien que sí pueda. Alguien que no tenga sus... debilidades emocionales".

—¿El chico de la granja? —preguntó Clark Kent, entrecerrando los ojos—. ¿De quién están hablando?

—Hablan de una versión de ti que nunca conoció el amor de los Kent, Clark —respondió Batman, con voz sombría—. Hablan de lo que Vought hace mejor: tomar la pureza y convertirla en un arma de destrucción masiva.

De repente, una nueva figura apareció en la pantalla, caminando por los pasillos de Vought. Era un joven, de unos veinte años, con el cabello rubio perfectamente peinado y una sonrisa que recordaba a la de Homelander, pero sin la locura evidente. Era una sonrisa de plástico, corporativa, perfecta. Llevaba un traje que mezclaba el diseño de Superman con la estética de un soldado de élite.

—"Soy Ryan" —dijo el joven a la cámara, con una voz que helaba la sangre por su falta de matices—. "Y estoy aquí para salvaros de vosotros mismos".

—Están usando al hijo —susurró Butcher, y por primera vez, su voz tembló de odio genuino—. Esos hijos de perra están usando al niño.

La Princesa Flama se levantó, sus llamas volviéndose de un azul intenso.

—Ya he visto suficiente —dijo Phoebe—. Este mundo de Vought es una infección. No importa cuántos héroes fuertes veamos, mientras esa corporación exista, el fuego nunca dejará de quemar a los inocentes.

—Tiene razón —dijo Diana, la Mujer Maravilla—. Hemos visto la fuerza de Saitama y la furia de Hulk. Pero la verdadera batalla no es quién golpea más fuerte. Es quién mantiene su humanidad en un mundo que intenta comprarla.

La pantalla mostró una última imagen antes del final del capítulo: Saitama caminando hacia su casa bajo el atardecer, ajeno a que millones de seres en el multiverso lo observaban como a un dios. Y en la sombra de la sala, los ojos de Homelander se abrieron de nuevo. Esta vez, no había rabia. Había un vacío absoluto.

—Próximo capítulo: La Semilla del Mal y el Despertar de la Resistencia —anunció la voz.

—Prepárense —dijo Batman, ajustándose la capa—. Vought acaba de subir la apuesta. Y dudo que un puñetazo, por muy serio que sea, pueda arreglar lo que están a punto de soltar.

La sala se sumergió en una oscuridad total, dejando a los espectadores con el eco del rugido de Hulk y la aterradora calma de Saitama resonando en sus mentes, mientras el destino de múltiples realidades comenzaba a entrelazarse en una guerra que apenas estaba comenzando.