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multiverso reacciona multiverso

La Caída del Falso Dios y el Lazo de la Verdad

El aire en la sala de cine se volvió irrespirable. No era solo el calor residual de la Princesa Flama, sino una presión estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. En el centro de la estancia, el espacio se rasgó con un sonido similar al de un trueno seco. De la grieta de energía azulada emergió él.

Homelander no entró caminando; aterrizó con un impacto que agrietó el suelo reforzado, levantando una nube de polvo y esquirlas. Su capa, aunque reparada por la magia de la sala, vibraba con su furia. Sus ojos no eran azules, eran dos carbones al rojo vivo, inyectados en sangre, fijos en la pantalla que acababa de mostrar su humillación a manos de Tony Stark.

—¿Quién... quién se cree que es? —Su voz no era el barítono calmado de los anuncios de Vought. Era un siseo animal, cargado de una inestabilidad que rozaba la psicosis—. ¿Un hombre en una lata? ¿Un juguete de hojalata me golpea y vosotros... vosotros os atrevéis a mirar?

Se giró hacia la audiencia, sus ojos barriendo las filas de héroes y villanos. Cuando su mirada se cruzó con la de los Siete, Profundo se encogió tanto que casi desapareció en su asiento.

—¡Tú! —rugió Homelander, señalando a una temblorosa Starlight—. Te vi sonreír. Vi cómo mirabas a ese... ese fraude de Stark. ¡Os gusta, ¿verdad?! ¡Os gusta ver cómo vuestro rey es insultado por un payaso con tecnología!

—John, cálmate —dijo Queen Maeve, aunque su mano buscaba instintivamente la empuñadura de su espada—. Estamos en un lugar que no controlas. Mira a tu alrededor.

—¡Yo lo controlo todo! —gritó él, y un estallido de energía roja brotó de sus ojos, impactando contra una de las columnas de la sala. La columna ni siquiera se inmutó, absorbiendo el impacto con una vibración sorda—. ¡Soy Homelander! ¡Puedo hacer lo que me dé la p... gana! ¡Voy a quemar este cine, voy a quemar a ese Stark y luego voy a encontrar el universo de esa cerilla naranja y voy a mear sobre sus cenizas!

—Tu arrogancia es tan grande como tu ignorancia, pequeño hombre —Una voz melodiosa pero firme como el acero resonó desde la primera fila.

Diana de Themyscira, la Mujer Maravilla, se puso en pie con una elegancia que hizo que la rabia de Homelander se detuviera por un segundo, confundida por la falta de miedo en la mujer. Diana no llevaba su armadura de batalla completa, pero el aura de una guerrera milenaria emanaba de ella como un perfume embriagador y peligroso.

—¿Y tú quién eres? —Homelander aterrizó pesadamente, caminando hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa sonrisa depredadora que usaba para intimidar a los políticos—. ¿Otra "heroína" con disfraz de gimnasio? Tienes un aspecto increíble, nena, pero si no quieres que te parta por la mitad como a un tronco, te sugiero que te sientes y cierres la boca.

—He enfrentado a dioses de verdad, no a niños mimados con esteroides en la sangre —respondió Diana, sosteniéndole la mirada. Sus ojos oscuros estaban tranquilos, casi tristes—. Veo tu alma, John. Está vacía. Es un pozo de necesidad y odio. No eres un héroe. Ni siquiera eres un guerrero. Eres un accidente que nunca fue corregido.

Homelander soltó una carcajada estridente, una risa que terminó en un gruñido.

—¿Un accidente? —Se acercó tanto que sus rostros casi se tocaban. El brillo rojo de sus ojos iluminaba la piel de mármol de Diana—. Soy lo mejor que este mundo ha producido. Soy el pináculo. Y voy a demostrarte lo que un "accidente" puede hacerle a una princesa de cuento de hadas.

Sin previo aviso, Homelander lanzó un puñetazo directo al rostro de Diana. Fue un golpe que habría decapitado a un elefante, una explosión de fuerza bruta. Pero no conectó.

Con un movimiento fluido, Diana ladeó la cabeza, dejando que el puño pasara a milímetros de su oreja. Antes de que Homelander pudiera reaccionar, ella atrapó su muñeca. La fuerza del agarre fue tal que el Súper sintió, por segunda vez en su vida, que sus huesos crujían bajo una presión superior a la suya.

—¿Qué...? —balbuceó él, intentando zafarse.

—Te falta disciplina —dijo Diana.

Con un giro de cadera, lo lanzó por encima de su hombro. Homelander voló por el aire y se estrelló contra la pantalla, rebotando y cayendo al suelo de forma poco ceremoniosa. Se levantó de inmediato, el rostro desencajado por la humillación. Sus ojos brillaron con una intensidad cegadora.

—¡TE VOY A MATAR! —chilló, disparando sus rayos láser con toda su potencia.

Diana no se movió. Cruzó sus brazaletes frente a su rostro. El impacto de los láseres contra el metal amazónico creó una onda de choque que hizo que las palomitas de los asientos traseros salieran volando. La energía roja fue dispersada hacia los lados, sin causarle ni un rasguño.

—¿Eso es todo? —preguntó ella, bajando los brazos—. Mi escudo ha soportado el fuego de Ares y la furia de Doomsday. Tu luz es... tibia.

Homelander cargó de nuevo, volando a supervelocidad. Pero Diana era una maestra del combate. Se agachó, barrió sus piernas con un movimiento preciso y, mientras él caía, le propinó un rodillazo en el plexo solar que le sacó todo el aire de los pulmones. Homelander se dobló, tosiendo, sus ojos lagrimeando por el impacto.

—¡Basta! —rugió él, intentando recomponerse—. ¡Soy el hombre más poderoso del mundo!

—En tu mundo, quizás —dijo Diana. De su cinturón descolgó el Lazo de la Verdad. La cuerda dorada brilló con una luz divina que pareció limpiar la oscuridad de la sala—. Aquí, solo eres un hombre que necesita una lección de humildad.

El lazo voló como una serpiente de luz. Homelander intentó atraparlo, pero la cuerda se enroscó en su torso con una voluntad propia. En el momento en que el oro tocó su piel, Homelander soltó un alarido. No era un grito de dolor físico, sino algo mucho más profundo.

El Lazo de la Verdad no solo apresaba el cuerpo; obligaba al alma a enfrentarse a sí misma.

—¡Quítamelo! —suplicó Homelander, cayendo de rodillas. Su rostro empezó a transformarse, perdiendo la máscara de arrogancia y revelando a un niño aterrorizado—. ¡Duele! ¡La luz duele!

—Dime, John —dijo Diana, tirando del lazo para obligarlo a mirarla a los ojos—, ¿quién eres cuando no hay cámaras? ¿Quién eres cuando no tienes a nadie a quien aterrorizar?

—¡No soy nada! —gritó él, las palabras saliendo de su boca contra su voluntad—. ¡Soy un experimento! ¡Tengo miedo! ¡Tengo tanto miedo de que se den cuenta de que soy un fraude! ¡Solo quiero que me quieran, pero odio a todos porque no son como yo! ¡SOY UN MONSTRUO!

La audiencia guardó un silencio sepulcral. Los Siete miraban a su líder, reducido a un montón de nervios rotos y confesiones patéticas, llorando en el suelo bajo la mirada serena de la Mujer Maravilla.

—Lo ves —dijo Diana, suavizando su expresión—. Tu poder es una mentira que te cuentas a ti mismo para no sentir el vacío. Pero la verdad es que eres pequeño, John. Muy pequeño.

Homelander, abrumado por la revelación forzada de su propia miseria y el agotamiento mental de luchar contra la magia del lazo, empezó a hiperventilar. Su cuerpo, incapaz de procesar la carga emocional y el esfuerzo físico de la pelea, comenzó a fallar.

—Ya es suficiente —murmuró Diana.

Con un movimiento rápido, soltó el lazo y, antes de que él pudiera caer al suelo, le propinó un golpe seco en la base del cráneo con el canto de su mano. Fue un golpe calculado, con la fuerza justa para desconectar su cerebro de su cuerpo.

Homelander se desplomó. El "dios" de Vought quedó tendido boca abajo, inconsciente, con un hilo de saliva escapando de su boca.

Diana recogió su lazo con calma y regresó a su asiento bajo la mirada atónita de todos.

—Era necesario —dijo ella, mirando a Superman y a Batman—. Estaba a punto de causar un daño innecesario. Necesita descansar... y tal vez, cuando despierte, el silencio le ayude a pensar.

—Eso fue... —Billy Butcher se quitó las gafas de sol, frotándose los ojos— ...lo más hermoso que he visto en toda mi condenada vida. Gracias, preciosa. Te debo una cerveza, o diez.

—No lo hice por ti, Butcher —respondió Diana sin mirarlo—. Lo hice por él. Nadie debería vivir con tanto odio en su corazón sin ser detenido.

Steve Rogers asintió con respeto.

—Has hecho lo que nosotros no podíamos sin destruir la sala, Diana. Le has dado la paz que su propia mente le niega.

En la sección de los Siete, el ambiente era de puro shock. A-Train miraba el cuerpo de Homelander como si fuera un espejismo.

—Lo ha noqueado —susurró el corredor—. Con un solo golpe. Ella... ella lo ha goteado como si no fuera nada.

—Porque para ella, él no es nada —respondió Queen Maeve, sintiendo una mezcla de alivio y una envidia profunda—. Ella es lo que nosotros pretendemos ser. Ella es real.

La pantalla volvió a iluminarse, pero esta vez con una luz más suave. La voz del multiverso regresó, con un tono que casi parecía de aprobación.

—El ídolo ha caído —dijo la voz—. El orden ha sido restaurado por la mano de la justicia genuina. Ahora que el ruido del ego se ha silenciado, podemos proceder con la verdad sin distracciones.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Naruto, que había estado a punto de saltar a la arena para ayudar—. ¿Va a estar bien?

—Estará bien, chico —dijo Tony Stark, ajustándose la corbata—. Bueno, tan bien como puede estar un psicópata narcisista después de que una semidiosa le haya dado la paliza de su vida. Personalmente, voy a disfrutar del silencio.

Dos figuras con túnicas blancas aparecieron de nuevo y, con una facilidad asombrosa, levantaron el cuerpo inerte de Homelander y lo trasladaron a una zona de sombra al fondo de la sala, donde quedó depositado en una camilla flotante.

—Continuemos —dijo Batman, cruzándose de brazos—. Aún no hemos visto el origen de Vought. Y si Homelander es el resultado, el origen debe ser una pesadilla.

La pantalla mostró una nueva imagen. Un despacho oscuro, lleno de humo de cigarrillos. Un hombre de cabello canoso y ojos fríos como el hielo miraba unos documentos con el sello de la Alemania nazi.

—"El Compuesto V es la respuesta, Herr Hitler" —decía una voz en la pantalla—. "No necesitamos un ejército de hombres. Necesitamos un ejército de dioses que sigan órdenes".

La Princesa Flama miró hacia donde yacía Homelander inconsciente y luego hacia la pantalla.

—Crearon un dios para que fuera un esclavo —dijo Phoebe—. Y se sorprenden de que el esclavo se haya convertido en un monstruo.

—Es el ciclo de la arrogancia humana —concluyó Diana, sentándose finalmente—. Pero hoy, ese ciclo se ha detenido por un momento.

La sala de cine se sumergió de nuevo en la penumbra, mientras el multiverso se preparaba para desentrañar los secretos más oscuros de la industria de los héroes, con el cuerpo caído de su máximo exponente sirviendo como mudo testimonio de que, ante la verdadera virtud, el poder fabricado no es más que humo y espejos.