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Multiverso reacciona multiverso

Llamas de Justicia y Sombras de Marketing

El vacío de la sala, que por un momento había recuperado su silencio sepulcral tras la partida de los primeros grupos, volvió a vibrar con una frecuencia ígnea. Un remolino de aire caliente, con olor a azufre y ozono, se materializó en uno de los pasillos laterales. De él surgió una figura que parecía hecha de la esencia misma del sol: la Reina Flama. Sus cabellos, lenguas de fuego viviente que bailaban al ritmo de su respiración, iluminaron las butacas de terciopelo con un fulgor anaranjado.

—¿Qué clase de calabozo es este? —preguntó Phoebe, mirando a su alrededor con desconfianza. Sus pies, que apenas rozaban el suelo, dejaban pequeñas marcas chamuscadas en la alfombra—. ¡Si esto es otra de las pruebas del Rey Helado, juro que voy a derretir su corona hasta que sea un charco de agua sucia!

—Me temo que el viejo Simon no tiene nada que ver con esto, majestad —respondió la voz incorpórea que gobernaba el lugar.

La Reina Flama se puso en guardia, sus manos encendiéndose con una intensidad blanca.

—¡Muéstrate! No soy un juguete que puedas mover a tu antojo. Tengo un reino que gobernar y un equilibrio que mantener.

—Paciencia, portadora del fuego. Estás aquí para observar, para aprender que el poder, incluso el más brillante, puede ser una prisión de mentiras. Siéntate. El espectáculo está por reanudarse.

Casi por instinto, Phoebe se sentó en una de las butacas de la primera fila. Se sorprendió al notar que el material no se quemaba bajo su contacto; la sala estaba protegida por una magia o tecnología que ella no alcanzaba a comprender. A su lado, otras figuras empezaron a reaparecer, arrastradas desde sus respectivos universos por la voluntad del Nexo.

Tony Stark regresó con una taza de café que no recordaba haber pedido, mientras que Superman y Wonder Woman retomaron sus asientos con expresiones sombrías, aún procesando las atrocidades de Homelander.

—Vaya, ahora tenemos una antorcha humana con corona —comentó Stark, echando un vistazo a la Reina Flama—. Espero que tengas seguro contra incendios, niña, porque este lugar ya está lo suficientemente caliente con lo que acabamos de ver.

Phoebe le lanzó una mirada que habría incinerado a un hombre común.

—Cuidado, hombre de metal. Mi fuego no es solo luz, es la verdad de mi núcleo. ¿Quiénes son ustedes?

—Somos los que estamos a punto de tener una crisis existencial —respondió Peter Parker, sentándose un par de filas atrás—. Bienvenida al club de "Héroes que no quieren parecerse a los de la pantalla".

La pantalla colosal se encendió de nuevo. Esta vez, la imagen no mostró sangre de inmediato, sino algo mucho más insidioso: una reunión de marketing en los niveles superiores de la Torre Vought.

—Bien, equipo —decía una mujer de traje impecable, Ashley Barrett, que parecía al borde de un ataque de nervios—. Los niveles de aceptación de Profundo han caído un veinte por ciento tras el incidente del delfín. Necesitamos una campaña de redención. Algo con niños, algo con el océano... ¡y que alguien le diga que deje de mirar a las empleadas de esa forma!

—¿Eso es lo que hacen? —preguntó la Reina Flama, arrugando el entrecejo—. ¿Discuten sus pecados como si fueran errores de contabilidad? En el Reino del Fuego, si alguien actúa sin honor, es desterrado o se enfrenta a un duelo. No se limpia con... ¿qué es esa caja de colores?

—Se llama televisión, su alteza —explicó Batman desde la penumbra—. Y lo que ves es la manufactura de la percepción. En ese mundo, la verdad no importa, solo lo que la gente cree que es verdad.

La escena cambió. Se veía a Starlight (Luz Estelar), la nueva integrante de los Siete, llorando en un baño tras haber sido coaccionada por Profundo. La vulnerabilidad de la joven heroína contrastaba violentamente con los carteles luminosos de la calle que la presentaban como "el nuevo rostro de la pureza".

—Eso es... asqueroso —susurró Sakura Haruno, apretando los dientes—. La están usando. No es una guerrera para ellos, es una muñeca.

—Es una mercancía —corrigió Magneto, que observaba con un interés clínico—. Fíjense en cómo la luz de esa chica es genuina, pero la estructura a su alrededor está diseñada para extinguirla y reemplazarla con un brillo artificial. Es el destino de todo aquel que se somete a un sistema que no puede controlar.

De repente, la pantalla mostró a Homelander volando sobre una multitud. Se veía majestuoso, con su capa ondeando al viento y el sol reflejándose en su traje. aterrizó suavemente frente a un niño con una enfermedad terminal. El público en la sala de cine guardó silencio, esperando el horror.

Homelander se inclinó y le susurró algo al oído al niño. La cámara no captó las palabras, pero la expresión del niño pasó de la admiración al terror más absoluto. Homelander se levantó, sonrió a las cámaras con una calidez fingida y saludó a la multitud.

—Eres el verdadero héroe, pequeño —dijo Homelander para los micrófonos, mientras su mirada, fría como el vacío, escaneaba a la gente buscando cualquier señal de disidencia.

—¡Es un mentiroso! —gritó la Reina Flama, poniéndose en pie. Sus llamas se tornaron azules por la rabia—. ¡Puedo sentir su falta de calor! No hay fuego en él, solo un frío que consume todo a su paso. ¿Cómo pueden esas personas no verlo? ¡Está justo frente a ellos!

—Porque quieren creer, niña —dijo Butcher, apareciendo de nuevo con su habitual aire de cinismo—. Quieren creer que hay alguien allá arriba cuidándolos para no tener que cuidar de sí mismos. Homelander les da seguridad a cambio de su alma, y ellos firman el contrato con gusto.

La pantalla mostró entonces un laboratorio oscuro. Científicos con batas blancas inyectaban un líquido azul brillante, el Compuesto V, en bebés en cunas de hospital.

—Ahí está el secreto de su "divinidad" —dijo Iron Man, analizando los datos que aparecían en la pantalla—. No es evolución, no es magia, ni siquiera es un accidente heroico. Es una fórmula química. Vought crea la demanda y luego fabrica el suministro. Los "superhéroes" son solo el producto final de una línea de montaje.

—Como los monstruos de chicle de la Dulce Princesa —murmuró la Reina Flama, bajando la intensidad de sus llamas, ahora teñidas de una tristeza pensativa—. Ella también creaba vida en laboratorios... pero lo hacía para proteger a su pueblo. Estos humanos lo hacen por... ¿monedas?

—Por poder, Phoebe —dijo Superman, su voz resonando con una gravedad que silenció la sala—. El dinero es solo el medio. El fin es el control total sobre la voluntad humana.

La imagen cambió a una escena de combate. Black Noir perseguía a un sospechoso a través de un edificio. No había diálogos, solo la eficiencia brutal de un asesino silencioso. Noir no rescataba a los rehenes; simplemente eliminaba el problema, dejando un rastro de destrucción que Vought luego atribuiría a "daños colaterales necesarios".

—Ese tipo no tiene pulso —comentó Wolverine, olfateando el aire como si pudiera oler la pantalla—. Es una máquina. He visto armas X con más humanidad que ese sujeto de negro.

—Lo que me molesta —intervino Naruto, que había estado inusualmente callado— es que todos ellos están solos. Incluso cuando están juntos en esa mesa redonda, se odian. Se traicionan. No hay "camino del ninja" ahí, no hay lealtad. Solo miedo. Homelander los mantiene unidos porque todos le temen, no porque crean en algo.

—El miedo es un cimiento débil para un reino —sentenció la Reina Flama—. Yo aprendí que gobernar mediante el fuego y la furia solo deja cenizas. Estos "Siete"... son cenizas que aún no se han dado cuenta de que el viento está soplando.

La pantalla comenzó a mostrar un montaje más rápido: Queen Maeve bebiendo hasta perder el conocimiento para olvidar lo que permitía que sucediera; A-Train sufriendo un ataque al corazón por el abuso del Compuesto V; y finalmente, Homelander en el techo de la torre Vought, masturbándose frente a la ciudad mientras repetía para sí mismo: "Puedo hacer lo que quiera".

El silencio en la sala fue tan denso que se podía sentir físicamente. La Reina Flama se cubrió los ojos con una mano, sintiendo una náusea que su naturaleza de fuego rara vez experimentaba.

—¿Es esto lo que somos en otros mundos? —preguntó Spider-Man, con la voz rota—. ¿Solo un chiste de mal gusto?

—No —respondió Steve Rogers, levantándose y mirando a todos los presentes—. Esto es lo que seríamos si perdiéramos nuestra brújula moral. Homelander no es un espejo de nosotros, es una advertencia. Él tiene todo el poder del mundo, pero no tiene nada más. No tiene familia, no tiene amigos, no tiene un propósito que no sea su propio ego. Es la criatura más patética que he visto en mi vida.

—Y sin embargo —añadió Batman—, es el más peligroso. Porque un hombre que no tiene nada que perder y que se cree un dios, eventualmente decidirá que el mundo no es digno de su presencia.

La voz del Nexo volvió a llenar la estancia.

—Han visto la corrupción del espíritu. Han visto cómo el fuego de la justicia puede ser sofocado por la avaricia. Reina Flama, ¿qué dices tú, que has luchado contra tu propia naturaleza destructiva?

Phoebe miró la pantalla, donde ahora se veía el logo de Vought desvaneciéndose. Sus ojos brillaron con una determinación renovada.

—Digo que ese mundo necesita un incendio —declaró con firmeza—. No uno que destruya a las personas, sino uno que consuma las mentiras. Ese Homelander... él cree que es el sol, pero el sol da vida. Él solo es un incendio forestal que se cree un dios. Si alguna vez cruzara a mi mundo, le enseñaría que el verdadero fuego arde desde adentro, por los que amamos, no por los que nos adoran.

—Bien dicho, alteza —asintió Thor, golpeando suavemente el suelo con el Mjolnir—. Hay más nobleza en una sola de tus llamas que en toda esa corporación.

—La sesión ha concluido por ahora —anunció la voz—. Pero el multiverso es vasto, y las lecciones de "The Boys" apenas han comenzado. Prepárense, pues lo que sigue mostrará que incluso los que se oponen a los monstruos pueden convertirse en ellos si no tienen cuidado.

—Se refiere a Butcher —murmuró Tony Stark, mirando al hombre de la gabardina, quien ya se estaba desvaneciendo en las sombras con una sonrisa torcida.

Uno a uno, los héroes empezaron a desaparecer. La Reina Flama fue la última en irse. Antes de desvanecerse, miró el lugar donde había estado la imagen de Homelander y dejó escapar una pequeña chispa de su dedo, que flotó en el aire antes de extinguirse.

—El fuego siempre encuentra la verdad —susurró.

Cuando la sala quedó vacía, la pantalla mostró un último destello. Era una imagen de un carné de identidad de Vought, ensangrentado y tirado en el suelo de un callejón. Sobre él, una bota pesada se apoyaba con fuerza. La oscuridad volvió a reinar, pero la inquietud sembrada en los corazones de los protectores del multiverso ya no se apagaría tan fácilmente. Habían visto el abismo, y el abismo les había devuelto la mirada con ojos rojos cargados de odio y narcisismo. La lucha por el alma del heroísmo acababa de volverse personal para todos.