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Murmullos

Bajo techos de cristal y paredes de papel

La mansión de la familia de Zerpthyt siempre se sentía demasiado grande, demasiado fría y, sobre todo, demasiado silenciosa. Para un chico de catorce años, caminar por esos pasillos de mármol pulido era como avanzar por el vientre de una ballena blanca: majestuoso, pero sofocante.

Zerpthyt se encontraba sentado frente al piano de cola en el solárium. Sus dedos, pálidos y delgados, se movían mecánicamente sobre las teclas marfilinas. Estaba practicando una pieza de Chopin, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, específicamente en una cafetería con olor a grano tostado y en la risa chillona de un chico con puntas azules en el cabello.

—La postura, Zerpthyt —resonó una voz gélida a sus espaldas.

El chico se tensó, pero no falló ni una nota. Su tío Universe estaba de pie junto a la puerta acristalada, observando el jardín podado con precisión quirúrgica. Universe era un hombre que valoraba la simetría y el orden por encima de cualquier emoción humana.

—Lo lamento, tío —respondió Zerpthyt sin dejar de tocar, su voz manteniendo esa cortesía casi robótica que había perfeccionado para sobrevivir en casa—. Mi espalda estaba algo rígida por las horas de estudio previo.

—El rigor es lo único que separa a un hombre de la mediocridad —sentenció el hombre, girándose para clavar sus ojos en su sobrino—. Me han llegado rumores de que pasas demasiado tiempo en esa cafetería de mala muerte tras el colegio. Tus hermanos mayores nunca descuidaron sus tutorías de esa manera.

Zerpthyt cerró los ojos un instante, dejando que la música fluyera como un escudo.

—Considero que el estudio del comportamiento humano en entornos sociales diversos enriquece mi perspectiva para los debates de la próxima semana —mintió con una fluidez asombrosa—. Además, estoy ayudando a un compañero con... dificultades de aprendizaje. Es un acto de caridad intelectual.

Universe asintió levemente, satisfecho con la explicación lógica y fría.

—Bien. No permitas que la "caridad" se convierta en una distracción. Eres un activo de esta familia, Zerpthyt. No lo olvides.

Cuando su tío salió de la habitación, Zerpthyt dejó caer las manos sobre las teclas, produciendo un acorde disonante que retumbó en las paredes de cristal. Suspiró, sacó su teléfono a escondidas y vio una foto que Ricky le había enviado hacía diez minutos: un dibujo mal hecho de un tiburón con una corona de flores.

"Para mi Zerzy, ¡porque eres el rey del arrecife!", decía el mensaje.

Zerpthyt sintió que el frío de la mansión retrocedía un poco. Tecleó rápidamente con una pequeña sonrisa: "Es técnicamente incorrecto, Esmeralda, los tiburones no tienen monarquías, pero el gesto es... aceptable. Te extraño".

***

A varios kilómetros de allí, en un departamento mucho más pequeño pero infinitamente más cálido, Antonio se encontraba en la cocina. El sonido de la lluvia golpeando suavemente el cristal de la ventana era la melodía perfecta para su tarde. Llevaba puesto uno de sus suéteres más viejos y cómodos, y sus manos, adornadas con anillos de plata, se movían con destreza mientras preparaba café.

Su madre entró en la cocina, dejando las llaves sobre la mesa de madera. Observó a su hijo, notando la paz que emanaba de él.

—Estás muy callado hoy, Anto —comentó ella, dándole un beso en la coronilla—. Bueno, más de lo habitual.

—Solo pensaba, mamá —respondió Antonio con su tono pausado—. En el colegio las cosas están... agitadas. La gente no entiende lo que no puede etiquetar.

La mujer suspiró y se apoyó en la encimera, mirando las pecas que salpicaban el rostro de su hijo, iguales a las de ella.

—Tú siempre has sido directo, hijo. Si ellos no entienden tu relación con Ricky y ese otro chico... Zerpthyt, ¿verdad?, es porque sus mentes son muy estrechas. ¿Estás bien? ¿Te han hecho algo?

Antonio apretó la taza de café entre sus manos, disfrutando del calor.

—No me preocupa lo que me digan a mí —dijo con un rastro de cinismo en la voz—. Pero no soporto que miren a Ricky como si fuera un bicho raro. Él es... es como la luz que se filtra bajo el agua, mamá. Si alguien intenta apagarla, no me quedaré de brazos cruzados.

—Lo sé —sonrió ella—. Tienes ese instinto protector desde que eras pequeño. Solo recuerda que tú también necesitas un lugar donde descansar la guardia.

Antonio asintió, mirando hacia la lluvia. Su hogar era ese refugio, pero sabía que para sus novios, la realidad era distinta. Ricky luchaba contra un mundo que era demasiado ruidoso, y Zerpthyt contra uno que era demasiado silencioso. Él era el puente, el equilibrio entre el estruendo y el vacío.

Dejó la taza en la mesa y sacó su cuaderno de bocetos. Empezó a dibujar una playa bajo la lluvia, con tres figuras sentadas en la arena. No eran perfectas, pero tenían una solidez que ninguna burla de pasillo podría romper.

***

En la habitación de Ricky, el concepto de "orden" no existía, o al menos no de la forma en que el resto del mundo lo entendía. Había carteles de biomas marinos pegados en el techo, peluches de orcas sobre la cama y una pecera que emitía un suave zumbido azulado en la esquina.

Ricky estaba sentado en el suelo, rodeado de libros y hojas de papel, agitando sus manos frente a su cara. Estaba teniendo una pequeña crisis sensorial; la etiqueta de su nueva camiseta le había estado rozando el cuello todo el día y el sonido del televisor en la sala, donde sus padres veían las noticias, se sentía como agujas en sus oídos.

—¡Demasiado fuerte, demasiado fuerte! —susurró para sí mismo, balanceándose de adelante hacia atrás—. Los tiburones no tienen orejas externas, ellos no sufren por esto. Ojalá tuviera un sistema de línea lateral para sentir las vibraciones en lugar de oír los gritos de los reporteros.

Se quitó la camiseta de un tirón, quedando en una venda de compresión que usaba para su pecho, y buscó desesperadamente su sudadera más vieja, esa que ya no tenía ninguna textura molesta. Una vez que se la puso, se lanzó sobre su cama y se cubrió con la manta pesada que Antonio le había regalado por su cumpleaños.

El peso de la manta lo ancló. Poco a poco, su respiración se volvió más lenta.

Su teléfono vibró en la mesita de noche. Con dedos temblorosos, lo tomó y vio el mensaje de Zerpthyt. Luego, otro de Antonio: "Esmeralda, está lloviendo aquí. El sonido es suave, como cuando me cuentas sobre las profundidades del mar. Espero que estés descansando".

Ricky sonrió, y por primera vez en una hora, sus manos dejaron de temblar para empezar a jugar rítmicamente con el borde de la manta.

—Galletita y Zerzy —murmuró, su voz volviendo a ese tono neutral forzado que tanto practicaba—. Mis dos anclas. Uno me da peso para no flotar a la deriva y el otro me da una estructura para no colapsar.

Se levantó y fue hacia su escritorio. Necesitaba hacer algo productivo para calmar su energía restante. Tomó un frasco de vidrio, agua, purpurina azul y un pequeño tiburón de plástico. Lo llenó todo y lo selló con pegamento fuerte.

—Para Zerzy —dijo, mirando cómo la purpurina flotaba lentamente—. Porque su casa es muy gris y necesita algo que brille sin hacer ruido.

Y para Antonio, preparó una pequeña colección de conchas que había recolectado hacía años, cada una con una nota pegada sobre el tipo de molusco que solía vivir allí.

—Para Galletita —añadió—, para que cuando lea en la lluvia, tenga algo sólido que tocar.

Se sentó de nuevo en su cama, mirando el techo. A veces se sentía como un astronauta en un planeta que no hablaba su idioma. La gente en el colegio decía cosas horribles sobre su cuerpo, sobre sus preferencias, sobre su forma de mover las manos. Le llamaban "fenómeno", "confundido" o "anormal".

Pero luego recordaba la mirada de Antonio, que lo veía como si fuera el tesoro más grande del galeón hundido, y la de Zerpthyt, que lo trataba con una reverencia que nadie más en su vida le ofrecía.

—No soy un error —se dijo a sí mismo, repitiendo las palabras que Zerzy le había dicho en la cafetería—. Soy un ecosistema avanzado.

***

Esa noche, antes de dormir, los tres se conectaron en una llamada grupal. No era una llamada de video, porque Ricky estaba demasiado cansado para procesar imágenes, y Zerpthyt no quería que su tío lo escuchara hablar con tanta calidez.

—¿Cómo están mis tiburones favoritos? —preguntó Ricky, su voz sonando amortiguada por las sábanas.

—Sobreviviendo a la monotonía aristocrática, Esperada —respondió la voz de Zerpthyt, que sonaba inusualmente suave—. He soñado con fugas de piano que se convertían en bancos de peces. Creo que tu influencia está afectando mi subconsciente de manera irreversible.

—Eso es bueno, Zyzy —intervino Antonio, y se podía escuchar el sonido de la lluvia de fondo en su casa—. Significa que estás aprendiendo a nadar en aguas más profundas. Yo estoy aquí, terminando un dibujo para ustedes.

—¡Enséñanos luego! —exclamó Ricky, dando un saltito en la cama—. ¡Oh! ¡Casi lo olvido! ¿Sabían que el tiburón linterna enano puede brillar para camuflarse con la luz que viene de arriba? Se llama contrailuminación. Es como... como si usaran su propia luz para desaparecer cuando el mundo es demasiado peligroso.

Hubo un breve silencio en la línea, un silencio lleno de entendimiento.

—A veces nosotros hacemos lo mismo, ¿verdad? —dijo Antonio en un susurro—. Brillamos tanto entre nosotros que el resto del mundo deja de vernos.

—Prefiero que nos vean —replicó Zerpthyt con una firmeza repentina—. Que nos vean y que les duela la vista por no poder alcanzar lo que nosotros tenemos. No nos estamos escondiendo, Ricky. Solo estamos seleccionando quién es digno de entrar en nuestro arrecife.

Ricky sintió un calorcito en el pecho, ese que solo aparecía cuando se sentía completamente validado.

—Mañana en el receso —dijo Ricky, cerrando los ojos—, quiero contarles sobre las mantarrayas. Son como alfombras mágicas que vuelan bajo el agua. Y no tienen huesos, solo cartílago, por eso son tan flexibles.

—Estaremos allí para escucharte, Esmeralda —prometió Antonio.

—Llevaré mi libreta para tomar notas —añadió Zerpthyt—. No quiero perderme ningún detalle de tu "clase magistral".

—Buenas noches, Galletita. Buenas noches, Zerzy. Los quiero más que a todos los dientes de un tiburón blanco... ¡y eso son como tres mil!

—Buenas noches, Esmeralda —dijeron ambos al unísono.

Cuando colgaron, Ricky se quedó dormido casi al instante. En su sueño, no había pasillos de colegio llenos de gente hostil, ni tíos severos, ni etiquetas de ropa que pinchaban. Solo había un océano inmenso, azul y tranquilo, donde tres criaturas distintas nadaban juntas, sincronizadas por un latido que el resto del mundo, en su triste "normalidad", nunca podría llegar a comprender.

Afuera, la lluvia seguía cayendo, lavando las calles y el ruido, dejando solo el silencio necesario para que, en tres hogares diferentes, tres corazones latieran con la promesa de volverse a encontrar bajo la luz del sol del día siguiente. Porque al final, no importaba cuán turbias fueran las aguas, ellos siempre sabrían cómo encontrar el camino de regreso el uno al otro.