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Murmullos

Ecos en la Distancia

—¿Otra vez vas a llegar tarde? —La voz de Zerpthyt sonó inusualmente quebradiza a través del altavoz del teléfono.

Ricky, sentado en el borde de su cama en el pequeño apartamento que ahora compartía con Antonio cerca del campus universitario, apretó el móvil contra su oreja. El silencio que siguió fue denso, cargado de una estática que no tenía nada que ver con la señal telefónica y mucho con el cansancio acumulado de los últimos meses.

—Zerzy, lo siento mucho, de verdad —respondió Ricky, jugueteando nerviosamente con el dobladillo de su sudadera. Ya no era la misma de hace dos años; esta era más sobria, aunque conservaba un pequeño pin de un tiburón de Groenlandia en la solapa—. Antonio tiene un examen de anatomía mañana y yo me quedé ayudándole con las fichas de repaso. Se nos pasó el tiempo volando.

—Se les pasa el tiempo volando todos los viernes, Ricky —replicó Zerpthyt. Ya no era el niño de catorce años que necesitaba protección; a sus dieciséis, su voz era más profunda y su tono, aunque educado, cortaba como un bisturí—. Llevo una hora sentado en la cafetería. Solo. He pedido tres tés diferentes y el bibliotecario ya me mira con lástima.

—No es por maldad, de verdad que no —insistió Ricky, sintiendo ese nudo familiar en el estómago que aparecía cuando las rutinas se rompían—. Es que la universidad es... es mucho más ruidosa de lo que pensaba. Hay tantas cosas que hacer, tantas lecturas... y Anto está muy estresado.

—Anto siempre está estresado —dijo Zerpthyt con un suspiro cansado—. Y tú siempre estás con él. Parece que se han olvidado de que el arrecife tenía tres pilares, no dos.

La llamada terminó con un clic seco. Ricky se quedó mirando la pantalla oscurecida, sintiendo que el aire del apartamento se volvía pesado, como si estuviera a cien metros bajo el nivel del mar.

—¿Era él? —preguntó Antonio desde la mesa del comedor, rodeado de libros de texto y tazas de café vacías. Sus pecas parecían más oscuras debido a las ojeras que marcaban su rostro.

—Está enfadado, Anto. Muy enfadado —Ricky se levantó y empezó a caminar en círculos por la habitación, agitando las manos rítmicamente para liberar la tensión—. Hemos vuelto a faltar a nuestra cita. Es la tercera vez este mes. Me siento fatal, siento que mis engranajes no están encajando bien.

Antonio soltó el bolígrafo y se frotó las sienes. El cinismo que antes usaba como escudo contra el mundo ahora parecía volverse hacia adentro, hacia su propia incapacidad de gestionar el tiempo.

—No es que no queramos verlo, Ricky. Es que la vida real no es como el instituto. Aquí, si no estudio diez horas al día, pierdo la beca. Y tú... tú también tienes tus propias entregas de diseño. No podemos simplemente desaparecer todos los viernes a las cuatro de la tarde para ir al otro lado de la ciudad.

—Pero él todavía está allí —Ricky se detuvo en seco, mirando a Antonio con sus grandes ojos verdes, que ahora reflejaban una angustia genuina—. Zerzy sigue en ese instituto, aguantando a su tío Universe, aguantando a la gente que nos mira mal cuando estamos juntos. Nosotros salimos, Anto. Nosotros respiramos. Él sigue bajo el agua, esperando a que bajemos a buscarlo.

Antonio se levantó y se acercó a Ricky. Quiso rodearlo con sus brazos, pero se detuvo al ver que Ricky estaba demasiado rígido, en medio de una sobrecarga sensorial por la culpa y el caos del día. En su lugar, simplemente puso una mano sobre la mesa, cerca de la de Ricky, ofreciendo su presencia sin invadir su espacio.

—Mañana iremos a buscarlo a la salida —prometió Antonio—. Pase lo que pase. Dejaremos los libros.

—Eso dijiste el martes —murmuró Ricky, bajando la cabeza—. Y el jueves pasado.

***

El sábado amaneció gris, con una de esas lluvias finas que a Antonio le encantaban pero que a Ricky le ponían los pelos de punta por la humedad en la piel. Condujeron hasta la mansión de la familia de Zerpthyt, el lugar donde el silencio siempre era demasiado perfecto.

Zerpthyt los esperaba en el portón, pero no llevaba su mochila de clase. Llevaba su estuche de violín y una expresión que Antonio reconoció de inmediato: era la cara de alguien que ha decidido que ya no quiere pelear por un espacio que no le dan.

—Hola —dijo Zerpthyt cuando subió al coche. No hubo apodos cariñosos. No hubo "Esmeralda" ni "Cuernitos".

—Zerzy, trajimos tus galletas favoritas —intentó Ricky, girándose desde el asiento del copiloto con una sonrisa forzada—. Las de la panadería que tiene el suelo de madera lisa.

—Gracias, Ricky —respondió Zerpthyt, mirando por la ventana—. Pero tengo ensayo de orquesta en veinte minutos. Mi tío dice que si voy a perder el tiempo los viernes, al menos debo ser productivo los sábados.

Antonio apretó el volante. El ambiente en el coche era asfixiante.

—Zerpthyt, sabemos que hemos estado ausentes —empezó Antonio, tratando de mantener su tono sereno—. La universidad es un caos. Estamos intentando equilibrar todo, pero a veces las horas no alcanzan.

—No es una cuestión de horas, Antonio —Zerpthyt se giró, y sus ojos miel estaban encendidos por una rabia fría—. Es una cuestión de prioridad. Entiendo que ustedes vivan juntos ahora. Entiendo que compartan cenas, desayunos y noches de estudio. Pero yo sigo viviendo en una casa donde tengo que pedir permiso para respirar. Ustedes eran mi salida de emergencia. Ahora, cuando llego a la salida, la puerta está cerrada con llave porque "tienen un examen".

—¡Eso no es justo! —exclamó Ricky, agitando las manos con violencia—. ¡Yo también te extraño! ¡A veces veo algo en el canal de naturaleza y busco mi teléfono para escribirte, pero luego recuerdo que tienes clase de piano o que yo tengo que entregar un proyecto y me bloqueo! Mi cerebro no sabe cómo gestionar tanta distancia.

—Pues aprende, Ricky —soltó Zerpthyt, y el uso de su nombre real dolió más que cualquier insulto de los pasillos—. Porque me estoy cansando de ser el único que nada contra la corriente para mantenernos unidos.

El silencio que siguió fue cortante. Antonio detuvo el coche frente al conservatorio. Zerpthyt abrió la puerta sin mirar atrás.

—Espera —dijo Antonio, saliendo del coche rápidamente. Rodeó el vehículo y tomó a Zerpthyt por el hombro.

Zerpthyt se zafó con un movimiento brusco.

—No me toques como si todo estuviera bien, Antonio. No eres el protector de nadie si ni siquiera puedes proteger un viernes por la tarde.

—¡Estoy cansado de que me culpes de crecer! —estalló Antonio, perdiendo finalmente la compostura—. Estoy intentando construir un futuro para nosotros. Para que cuando tú salgas de ese instituto, tengamos un lugar donde puedas venir y no tengas que volver a esa maldita mansión. Pero para eso necesito estudiar, necesito trabajar. ¡No puedo ser el "Galletita" de dieciséis años para siempre!

Ricky bajó del coche, tapándose los oídos. Los gritos eran demasiado. El conflicto era una textura rugosa que le desgarraba la calma.

—¡Basta! —gritó Ricky, con su voz chillona rompiéndose—. ¡Parecen dos tiburones toro peleando por territorio! ¡Se supone que somos un arrecife!

Ambos se detuvieron y miraron a Ricky. Él estaba temblando, con las mejillas encendidas y los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer.

—No somos un arrecife ahora mismo —dijo Ricky, bajando las manos lentamente—. Somos tres islas separadas. Anto está en su isla de libros, Zerzy está en su isla de música y yo... yo estoy en el agua, en medio de los dos, intentando que nadie se hunda. Y me estoy cansando, chicos. Me estoy cansando mucho de sentir que tengo que elegir entre el futuro de Anto y el presente de Zerzy.

Zerpthyt suavizó su expresión, la culpa reemplazando la rabia en un instante. Dio un paso hacia Ricky, pero se detuvo, respetando su espacio.

—Lo siento, Esmeralda —susurró Zerpthyt, usando finalmente el apodo—. No quería que te sintieras así.

Antonio suspiró, dejando caer los hombros. Se pasó una mano por el cabello desordenado, sintiéndose repentinamente muy viejo.

—Yo también lo siento. He estado tan concentrado en llegar a la meta que me olvidé de disfrutar el camino con ustedes.

Ricky se limpió la nariz con la manga de su sudadera. Se acercó a ellos, quedando en medio, formando ese triángulo que solía ser su zona de seguridad.

—No quiero que las cosas vuelvan a ser como antes —dijo Ricky con una madurez que sorprendió a ambos—. Porque no podemos volver atrás. Anto tiene que estudiar y Zerzy tiene que terminar el instituto. Pero tenemos que crear nuevas reglas. Nuevas corrientes.

—¿Cómo cuáles? —preguntó Zerpthyt, todavía un poco escéptico.

—Regla número uno —Ricky levantó un dedo—: si alguien no puede ir el viernes, tiene que avisar con tres horas de antelación. Nada de mensajes de último minuto. Regla número dos: una vez al mes, Zerzy se queda a dormir en el apartamento, aunque tengamos que mentirle a Universe y decirle que es un seminario de música. Y regla número tres...

Ricky miró a Antonio y luego a Zerpthyt.

—...tenemos que dejar de tratarnos como si fuéramos de cristal. Podemos enfadarnos, podemos estar cansados, pero no podemos dejar de hablarnos. El silencio es lo que mata a los tiburones, ¿recuerdan? Tienen que seguir nadando para respirar.

Antonio sonrió, una sonrisa pequeña y genuina que hizo que sus pecas se iluminaran de nuevo.

—Tienes razón, Esmeralda. Hemos dejado de nadar.

Zerpthyt suspiró, ajustando la correa de su violín.

—Supongo que puedo aceptar esas condiciones. Aunque sigo pensando que el examen de anatomía de Antonio es una excusa pobre para faltar a un té de jazmín.

—Es un examen de trescientas páginas, Zyzy —se quejó Antonio, aunque ya no había veneno en su voz—. Pero te prometo que la próxima vez, traeré mis apuntes a la cafetería y tú podrás corregir mi gramática mientras Ricky nos explica por qué los calamares gigantes tienen ojos del tamaño de platos.

Ricky soltó una carcajada, un sonido vibrante que rompió la tensión de la calle lluviosa.

—¡Son del tamaño de pelotas de baloncesto, en realidad! —corrigió Ricky, agitando las manos con entusiasmo—. Pero acepto la oferta.

Zerpthyt miró el edificio del conservatorio y luego a sus novios. Por primera vez en semanas, el vacío en su pecho no se sentía tan grande.

—Tengo que entrar —dijo Zerpthyt—. Pero... ¿pueden esperarme? El ensayo termina en dos horas. Podríamos ir a cenar algo. Sin libros. Sin partituras.

Antonio miró a Ricky, quien asintió con energía.

—Te esperaremos aquí mismo —confirmó Antonio—. No nos moveremos ni un centímetro.

Zerpthyt asintió, se acercó y rozó rápidamente los nudillos de ambos con los suyos, ese saludo secreto que Ricky tanto apreciaba. Luego, caminó hacia la entrada con un paso mucho más ligero.

Antonio y Ricky regresaron al coche. Se quedaron sentados en silencio un momento, escuchando el rítmico golpeteo de la lluvia sobre el techo de metal.

—Gracias por ponernos en nuestro lugar, Esmeralda —dijo Antonio en voz baja, mirando a Ricky con una devoción renovada—. A veces me olvido de que eres el que mejor ve bajo el agua turbia.

—Es que si no hablo, siento que me asfixio —respondió Ricky, apoyando la cabeza en el asiento—. No quiero perderlo, Anto. No quiero que el mundo nos separe solo porque estamos creciendo.

—No lo hará —Antonio tomó la mano de Ricky y la apretó con suavidad—. Somos un ecosistema, ¿recuerdas? Y los ecosistemas se adaptan. Cambian las temperaturas, cambian las especies, pero la estructura permanece.

Ricky cerró los ojos, disfrutando del calor del coche y de la presencia de Antonio. Sabía que los conflictos no desaparecerían del todo; la universidad seguiría siendo dura, Zerpthyt seguiría sintiéndose solo a veces y las presiones externas no les darían tregua. Pero mientras mantuvieran esa comunicación, mientras siguieran creando nuevas reglas para su amor trilateral, podrían sobrevivir a cualquier tormenta.

—Oye, Anto —dijo Ricky de repente, abriendo un ojo—. ¿Sabías que hay tiburones que pueden vivir en volcanes submarinos? Literalmente nadan en agua hirviendo y ácida.

Antonio soltó una carcajada y puso en marcha la calefacción del coche.

—Claro que sí. Y supongo que nosotros somos esos tiburones, ¿verdad?

—Exactamente —sonrió Ricky—. Somos los tiburones del volcán. Nada puede quemarnos si estamos juntos.

Pasaron las siguientes dos horas en el coche, pero esta vez no hubo libros de anatomía ni silencios tensos. Antonio escuchó a Ricky hablar sobre la bioluminiscencia en las fosas marianas, y Ricky escuchó a Antonio recitar poemas que había memorizado para calmar su propio estrés.

Cuando Zerpthyt salió del conservatorio, con su violín al hombro y una expresión mucho más relajada, encontró a sus dos novios esperándolo exactamente donde prometieron. Al subir al coche, el aire ya no estaba cargado de estática, sino de ese olor a lluvia y seguridad que definía su relación.

—¿Y bien? —preguntó Zerpthyt mientras se abrochaba el cinturón—. ¿A dónde vamos, Cuernitos?

—A donde la Esmeralda diga —respondió Antonio, poniendo el coche en marcha.

—¡Al puerto! —exclamó Ricky—. ¡Hay una exposición nocturna sobre monstruos marinos y dicen que tienen una réplica a escala real de un Megalodón!

—Megalodones y pizza —murmuró Zerpthyt con una sonrisa—. Supongo que es un plan aceptable para un sábado.

Mientras el coche se alejaba bajo las luces de la ciudad, los tres comprendieron que crecer no significaba alejarse, sino aprender a nadar juntos en aguas desconocidas. El arrecife no se estaba rompiendo; se estaba expandiendo, volviéndose más profundo, más complejo y, sobre todo, más fuerte. Porque en la inmensidad del océano de la vida, ellos siempre serían el ancla, la brújula y la luz del otro. Y eso, sin importar cuántos exámenes o ensayos se interpusieran, era algo que ninguna marea podría cambiar.