Volver al resumen

Murmullos

Entre el eco de las teclas y el silencio del agua

El sol de la tarde se filtraba por los altos ventanales de la biblioteca municipal, creando motas de polvo que bailaban en el aire como plancton suspendido en una corriente cálida. Era el lugar favorito de los tres cuando querían escapar del bullicio del instituto, especialmente ahora que los exámenes finales acechaban y el estrés ambiental hacía que la piel de Ricky se sintiera tres tallas más pequeña de lo habitual.

Zerpthyt estaba en su elemento. Tenía un libro de teoría musical abierto y, por una vez, era él quien llevaba la voz cantante en la conversación. Hablaba sobre la estructura de las fugas de Bach con una pasión contenida, sus manos pálidas trazando pentagramas invisibles en la mesa de madera pulida.

—Es una cuestión de arquitectura matemática, Esmeralda —explicaba Zerpthyt, con los ojos miel brillando tras sus mechones desordenados—. Cada voz entra en un momento preciso, imitando a la anterior pero en una tonalidad distinta. Es como si varios individuos hablaran a la vez, pero en lugar de ser un caos de ruido, crean una armonía perfecta. Es... es como nosotros, supongo.

Ricky escuchaba con una intensidad feroz. Aunque su hiperfijación principal era el mundo marino, amaba escuchar a Zerzy hablar de música porque la voz del más joven tenía una cadencia rítmica que lo relajaba. Ricky jugueteaba con un anillo de silicona azul en su dedo índice, moviéndolo de arriba abajo, una estimulación táctil que lo ayudaba a procesar la compleja información.

—Entonces, ¿Bach era como un director de orquesta de arrecife? —preguntó Ricky, con su voz chillona reducida a un susurro respetuoso por las reglas de la biblioteca—. ¿Donde cada pez sabe exactamente cuándo nadar para que el banco no choque?

Antonio, sentado al lado de Ricky, soltó una risita suave y cerró su libro de poemas. Estiró sus brazos, haciendo que sus anillos brillaran bajo la luz dorada.

—Es una analogía preciosa, Esmeralda —dijo Antonio, mirando a Ricky con esa calma que siempre lograba bajarle las revoluciones—. Zerzy es el arquitecto del sonido y tú eres el biólogo de nuestras emociones.

Zerpthyt se sonrojó, ajustándose el cuello de su camisa holgada.

—No seas tan cínico, Cuernitos —masculló Zerpthyt, aunque su mirada delataba que el halago le había gustado—. Solo intento explicar que la música no es solo ruido. Tiene reglas. Como el mar.

Ricky asintió con entusiasmo, pero de repente hizo una mueca. Se removió en su asiento, sintiendo una presión incómoda. Había bebido demasiado chocolate frío en la cafetería antes de venir y su cuerpo le estaba enviando señales claras. Además, la textura de la silla de madera empezaba a sentirse "demasiado sólida" contra sus muslos, un indicio de que necesitaba un cambio de escenario sensorial, aunque fuera breve.

—Tengo que ir al baño —anunció Ricky, levantándose con un saltito—. Mi vejiga se siente como un pez globo a punto de explotar. ¡No avancen sin mí! Quiero saber qué pasa cuando la tercera voz entra en la fuga.

Antonio le sonrió, notando el ligero aleteo de las manos de Ricky, señal de que estaba un poco sobreestimulado.

—Ve tranquilo, Esmeralda. Aquí te esperamos. No dejes que el agua te distraiga demasiado.

—¡Prometo no quedarme mirando las burbujas del grifo! —exclamó Ricky con una risita, antes de alejarse por el pasillo de las enciclopedias con su paso rítmico.

Zerpthyt y Antonio se quedaron solos. El silencio que siguió fue cómodo, el tipo de silencio que solo comparten las personas que se conocen hasta los huesos. Zerpthyt volvió a su libro, pero su mente seguía orbitando alrededor de la figura de Ricky desapareciendo tras la esquina.

—Está de buen humor hoy —comentó Zerpthyt, rompiendo el silencio—. No se ha quejado de las luces fluorescentes ni una sola vez.

—Ha tenido una buena semana —asintió Antonio, apoyando la barbilla en su mano—. El profesor de biología le dejó dar una charla de diez minutos sobre los tiburones de aguas profundas y eso le dio energía para todo el mes. Me alegra verlo así, Zyzy. Sin tener que esconderse de los comentarios de esos idiotas.

Pasaron cinco minutos. Luego diez.

Zerpthyt levantó la vista de su partitura, frunciendo el ceño. Consultó su reloj de pulsera, el mismo que su tío Universe le obligaba a usar para ser puntual en todo.

—Lleva mucho tiempo fuera —observó Zerpthyt—. El baño está justo al final del pasillo.

Antonio miró hacia la dirección por la que se había ido Ricky. Un leve rastro de preocupación cruzó sus ojos claros, pero intentó restarle importancia.

—Ya sabes cómo es, Esmeralda. Quizás encontró un póster interesante en el camino o se quedó fascinado con la textura de alguna pared de mármol. A veces se pierde en los detalles.

—O quizás alguien le dijo algo —dijo Zerpthyt, y su voz se volvió fría como el hielo—. Había un grupo de chicos de último año en la entrada cuando llegamos. Los mismos que suelen murmurar cosas sobre su ropa y... sobre su transición.

Antonio se tensó. El cinismo protector que siempre llevaba como una armadura se activó al instante. Cerró su libro con un golpe seco.

—Espera aquí. Iré a ver si está bien.

—Voy contigo —sentenció Zerpthyt, levantándose con una determinación que contrastaba con su corta estatura—. Si alguien lo está molestando, necesitarás a alguien que sepa usar palabras hirientes mientras tú usas la fuerza bruta.

Ambos caminaron por el pasillo de la biblioteca. El lugar estaba inusualmente silencioso, solo interrumpido por el chirrido de sus zapatillas sobre el suelo pulido. Al llegar a la zona de los baños, Antonio se detuvo frente a la puerta de hombres.

—¿Ricky? —llamó Antonio, golpeando suavemente la madera—. ¿Esmeralda? ¿Estás ahí dentro?

No hubo respuesta.

Antonio intercambió una mirada nerviosa con Zerpthyt y entró. El baño estaba vacío. Los grifos estaban secos, las cabinas abiertas y no había rastro del chico de las puntas azules. Lo único que encontraron fue una pequeña ventana entreabierta en la parte superior, por la que entraba una brisa fresca de la tarde.

—No está aquí, Cuernitos —susurró Zerpthyt, y por primera vez en toda la tarde, su voz tembló ligeramente—. Él no se iría sin decirnos nada. Odia dejar las cosas a medias, especialmente tu explicación sobre Bach.

Antonio salió del baño, su corazón latiendo con una fuerza sorda contra sus costillas. Sus ojos recorrieron el pasillo, buscando cualquier pista. Fue entonces cuando vio algo en el suelo, cerca de una de las estanterías de historia antigua que daba a una salida de emergencia lateral.

Era el anillo de silicona azul de Ricky.

Antonio se agachó para recogerlo. Estaba un poco estirado, como si alguien lo hubiera arrancado con prisa.

—Esto no me gusta nada —dijo Antonio, y su voz ya no era serena. Era la voz de alguien que estaba a punto de entrar en combate—. Zerzy, ve a la entrada principal y pregunta al bibliotecario si vio salir a un chico con el pelo castaño y puntas azules. Yo revisaré la salida de emergencia.

—Ten cuidado —dijo Zerpthyt, apretando los puños—. Si encuentras a esos tipos... no dejes que Ricky vea si te pones violento. Sabes que odia los ruidos fuertes de los golpes.

Antonio asintió y empujó la puerta de emergencia. El aire exterior lo golpeó con el olor a lluvia reciente y asfalto. El callejón lateral de la biblioteca era un lugar estrecho, lleno de contenedores de reciclaje de papel y sombras alargadas.

—¿Ricky? —gritó Antonio, su voz proyectándose con una autoridad que rara vez usaba—. ¡Esmeralda, si estás ahí, respóndeme!

Al fondo del callejón, cerca de una valla metálica, escuchó un murmullo. No era la voz alegre de Ricky. Eran risas ásperas, del tipo que suenan a cristales rotos.

—Vaya, mira quién decidió salir a jugar —dijo una voz masculina, cargada de un desprecio que hizo que a Antonio se le helara la sangre—. El fenómeno que no sabe qué es. ¿Qué pasa, "Ricky"? ¿Te perdiste buscando el acuario?

Antonio corrió hacia el sonido. Al doblar la esquina de un contenedor, la escena lo golpeó como un impacto físico.

Había tres chicos de último año, los típicos matones que se sentían poderosos ocultos en las sombras. En medio de ellos, arrinconado contra la valla, estaba Ricky. Tenía la capucha de su sudadera puesta, sus manos cubriendo sus oídos con fuerza y los ojos cerrados con tal intensidad que su rostro parecía una máscara de dolor. Se estaba balanceando frenéticamente, soltando pequeños gemidos ahogados.

Uno de los chicos tenía el cuaderno de dibujos de Ricky y estaba arrancando las hojas una por una, dejando que los dibujos de tiburones y mantarrayas cayeran al suelo sucio.

—¡Déjalo en paz! —rugió Antonio.

Los tres chicos se giraron. Al ver a Antonio, con su espalda ancha y sus ojos marrones encendidos en una furia fría, dieron un paso atrás, pero el líder, un tipo alto con una cicatriz en la ceja, intentó mantener la fachada.

—Vaya, ha llegado el guardaespaldas —se burló el chico—. Solo le estábamos dando una lección de realidad a tu... lo que sea que sea esto. No debería estar en el baño de hombres si tiene esas caderas, ¿no crees? Es una cuestión de higiene pública.

Antonio no respondió con palabras. Se acercó con una lentitud aterradora. Su mente estaba calculando cada movimiento, pero su corazón solo gritaba el nombre de Ricky.

—Dame el cuaderno —dijo Antonio, su voz siendo un susurro que prometía violencia—. Ahora.

—¿O si no qué, pequitas? —provocó el chico, levantando el cuaderno para romperlo por la mitad.

Antes de que pudiera hacerlo, una figura pequeña pero veloz apareció desde el otro lado del callejón. Era Zerpthyt. No venía gritando, pero su expresión era la de un ángel exterminador.

—Martínez —dijo Zerpthyt, reconociendo al líder—. Tu padre trabaja para la firma de abogados que gestiona las propiedades de mi tío Universe. Si ese cuaderno sufre un solo rasguño más, te garantizo que mañana por la mañana tu familia estará buscando un nuevo apartamento en la parte más barata de la ciudad. Y yo me encargaré personalmente de que ninguna universidad acepte tu solicitud de ingreso.

El chico, Martínez, se quedó congelado. La influencia de la familia de Zerpthyt no era un mito en el instituto; era una realidad que dictaba destinos. Miró a Zerpthyt, luego a Antonio, que estaba a centímetros de su rostro, y finalmente al chico que temblaba contra la valla.

—No vale la pena —masculló Martínez, tirando el cuaderno al suelo y haciendo una señal a sus amigos—. Vámonos. Este lugar apesta a raritos.

Los tres se alejaron rápidamente, desapareciendo hacia la calle principal.

En cuanto se fueron, el silencio regresó al callejón, pero era un silencio roto por los sollozos entrecortados de Ricky. Antonio se acercó con extrema cautela, sabiendo que en ese estado, cualquier contacto físico no deseado podría empeorar la crisis sensorial de Ricky.

—Esmeralda... —susurró Antonio, arrodillándose a un metro de él—. Ya se fueron. Estamos aquí. Zerzy y yo estamos aquí.

Ricky no se movió. Seguía con las manos en los oídos, su respiración era rápida y superficial. Estaba en medio de un colapso. El ruido de las hojas arrancadas, los insultos y el contacto físico forzado cuando lo sacaron del pasillo habían sobrepasado su capacidad de procesamiento.

Zerpthyt se acercó también, recogiendo con cuidado las hojas esparcidas por el suelo. Sus manos temblaban de rabia, pero su voz fue un susurro melódico cuando habló.

—Esperada, escucha mi voz. Concéntrate en la frecuencia. ¿Recuerdas la fuga de Bach? La tercera voz está entrando ahora. Es una nota baja, constante. Como el latido de un tiburón ballena en el fondo del océano. Estás a salvo. El arrecife está tranquilo.

Poco a poco, Ricky empezó a bajar las manos. Sus ojos verdes, enrojecidos y llenos de lágrimas, buscaron a sus parejas. Evitó el contacto visual directo, como siempre, enfocándose en los anillos de Antonio.

—Mi... mi cuaderno —logró decir Ricky con una voz que sonaba rota—. Rompieron al tiburón de Groenlandia. Dijeron que... que yo era antinatural. Que el mar me escupiría.

Antonio sintió que se le partía el alma. Se quitó su propio suéter, el que Ricky siempre decía que olía a "lluvia y seguridad", y lo dejó suavemente sobre los hombros del castaño.

—El mar no escupe lo que es suyo, Esmeralda —dijo Antonio, permitiéndose finalmente rozar la mano de Ricky con un solo dedo, una señal de anclaje—. Y tú eres el corazón del océano. Esos tipos son solo espuma sucia que la marea se lleva.

Zerpthyt le tendió el cuaderno, con las hojas sueltas colocadas con cuidado en el interior.

—Podemos arreglarlo, Esperada —dijo Zerpthyt—. Usaremos cinta adhesiva transparente de la que te gusta, la que no tiene textura rugosa. Y yo escribiré las partituras de las fugas en los márgenes para que tus tiburones tengan música mientras nadan.

Ricky tomó el cuaderno, abrazándolo contra su pecho. El peso del suéter de Antonio y la voz rítmica de Zerpthyt empezaron a sacarlo de la oscuridad. Se limpió las lágrimas con la manga, dejando escapar un suspiro tembloroso.

—Me... me sacaron por la puerta de atrás —explicó Ricky, su voz recuperando un poco de su tono habitual—. No pude gritar. Había demasiado ruido en mi cabeza. Lo siento, Galletita. Lo siento, Zerzy. Arruiné la tarde de estudio.

—No digas estupideces —dijo Antonio, ayudándolo a levantarse con cuidado—. Lo único que importa es que estás bien.

—Y que Martínez va a tener un año escolar muy interesante —añadió Zerpthyt con una sonrisa gélida que prometía represalias futuras a través de su influencia familiar.

Caminaron de regreso hacia el coche de Antonio, evitando entrar de nuevo en la biblioteca. Ricky iba en medio, todavía envuelto en el suéter de Antonio, aferrado a su cuaderno como si fuera un tesoro rescatado de un naufragio.

Cuando llegaron al coche, Ricky se sentó en el asiento trasero, donde siempre se sentía más protegido. Antonio y Zerpthyt se quedaron un momento fuera, compartiendo una mirada de determinación compartida. No necesitaban palabras para saber que el mundo seguiría intentando golpearlos, pero que ellos serían la muralla que protegería a su chico de las puntas azules.

—¿Esmeralda? —llamó Antonio, asomándose a la ventanilla—. ¿Quieres ir a casa o prefieres que vayamos a ver el muelle? La marea está subiendo y el sonido de las olas suele ayudarte.

Ricky lo pensó un momento. Miró sus dibujos dañados y luego a sus dos novios.

—Al muelle —dijo finalmente, con una pequeña sonrisa asomando en sus labios—. Quiero ver si hay medusas. Zerzy dice que la música tiene arquitectura, pero las medusas son como música líquida, ¿verdad?

Zerpthyt se subió al asiento del copiloto y se giró hacia él.

—Es una descripción teóricamente perfecta, Esperada. Vamos a ver esa música líquida.

Mientras Antonio conducía hacia la costa, el ambiente en el coche se fue llenando de nuevo con la voz de Ricky. Empezó a hablar sobre la bioluminiscencia y cómo algunos seres crean su propia luz cuando la oscuridad es demasiado profunda.

Antonio y Zerpthyt escuchaban con atención, sabiendo que esa charla incesante era la forma en que Ricky se curaba. Era su manera de decirles que volvía a estar con ellos, que el tiburón de Groenlandia seguía nadando a pesar de las cicatrices.

Al llegar al muelle, el sol ya se estaba ocultando, tiñendo el agua de un color púrpura y naranja. Los tres se sentaron al final de la pasarela de madera, con los pies colgando sobre el vacío. Antonio puso su mano sobre la de Ricky, y Zerpthyt se apoyó en el hombro del mayor.

—Miren —susurró Ricky, señalando hacia el agua oscura—. Ahí abajo no hay etiquetas. No hay gente gritando. Solo hay corriente y vida.

—Y nosotros —añadió Antonio.

—Y nosotros —repitió Zerpthyt.

Ricky cerró los ojos, dejando que la brisa marina le acariciara el rostro. Por un momento, el dolor del callejón desapareció, reemplazado por la salitre y el amor de las dos personas que lo aceptaban exactamente como era: un chico trans, autista, apasionado y maravilloso que no necesitaba ser "natural" para nadie, porque él era su propio universo.

—Galletita... Zerzy... —dijo Ricky, sin abrir los ojos—. Gracias por encontrarme. A veces siento que si me pierdo, me disolveré en el agua.

—Nunca dejaremos que te disuelvas, Esmeralda —prometió Antonio, apretando su mano con suavidad—. Eres el arrecife que nos mantiene a salvo a nosotros también.

Zerpthyt no dijo nada, pero empezó a tararear la fuga de Bach que estaba explicando antes. La melodía se mezcló con el sonido de las olas, creando esa armonía perfecta de la que tanto hablaba.

Y allí, bajo las primeras estrellas, los tres comprendieron que no importaba cuántas hojas arrancara el mundo de su libro, ellos siempre tendrían tinta suficiente para escribir una nueva historia. Una historia donde el silencio del agua era más fuerte que el eco de los insultos, y donde tres voces distintas siempre encontrarían la forma de sonar como una sola canción.