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Mutantes

Rojo carmesí y garras de acero

Wade Wilson no era el tipo de hombre que se hundía en la melancolía de forma silenciosa. Cuando Deadpool estaba deprimido, el mundo entero se enteraba. No era una tristeza poética; era una mezcla de chistes malos sobre la inexistencia de la cuarta pared, cajas vacías de pizza acumuladas en el suelo de su apartamento y una falta total de interés por decapitar a los malos.

Esa semana, ni siquiera el anuncio de una nueva película de Hello Kitty lo había animado. Estaba tirado en el sofá, con el traje a medio poner y la máscara arrugada sobre la mesa, suspirando con un dramatismo que pondría celosa a una reina de la tragedia.

Logan, que había tenido la mala suerte de estar en la ciudad, gruñó mientras apartaba una montaña de envoltorios de chimichangas con la bota.

—Levántate, Wade. Hueles a desesperación y a calcetines húmedos.

—Déjame morir, James —dramatizó Wade, cubriéndose los ojos con el brazo—. El mundo es un lugar gris. Spidey no me ha devuelto los mensajes de texto. Le envié diecisiete fotos de mis pies y ni siquiera un "bloqueado" recibí. El amor ha muerto.

En ese momento, la ventana se abrió con un chasquido familiar. Peter Parker, el asombroso Spider-Man, entró en la habitación con la agilidad que lo caracterizaba. Se quitó la máscara, revelando ese rostro de "chico bueno" que siempre hacía que el corazón de Wade diera un vuelco. Sus ojos color avellana, grandes y expresivos como los de un ciervo, estaban llenos de preocupación.

—Hola, chicos. Logan me llamó —dijo Peter, acercándose al sofá. Llevaba su ropa de civil, un jersey de lana color ocre y unos pantalones oscuros que ocultaban perfectamente el físico atlético y poderoso que desarrollaba como héroe—. Wade, ¿qué pasa? Nos tienes preocupados.

Wade se incorporó de golpe, sus ojos azules brillando por un segundo antes de volver a apagarse.

—¡Petey! Has venido a ver mi cadáver. Qué detallista. Logan quiere llevarme a un bar de mala muerte para ver si me peleo con alguien, pero mi corazón no está para trotes.

Peter miró a Logan. El mutante de las garras de adamantium tenía una expresión de absoluta derrota. Habían intentado todo: llevarlo a un campo de tiro, comprarle una edición limitada de figuras de acción, incluso dejar que ganara en una pelea de práctica. Nada funcionaba.

Logan agarró a Peter del hombro y lo llevó a la cocina, lejos del oído —supuestamente— de Wade.

—Escucha, chico —susurró Logan con su voz rasposa—. Ese idiota no va a salir de este agujero a menos que le demos algo que realmente desee. Y no hablo de comida.

Peter parpadeó, confundido.

—¿A qué te refieres? Ya le compramos esa espada nueva.

Logan soltó un suspiro pesado, rascándose la barba. Sus ojos afilados recorrieron a Peter de arriba abajo, evaluando la situación.

—Sabes perfectamente que está obsesionado contigo. Con tu... ya sabes, tu trasero y todo eso. Si queremos que vuelva a ser el mercenario bocazas de siempre, tenemos que darle un incentivo que no pueda rechazar.

Peter se sonrojó violentamente, el color subiendo por su cuello hasta las orejas.

—Logan, no estarás sugiriendo que...

—Estoy sugiriendo que lo saquemos de su miseria —interrumpió Logan—. Y yo también estoy harto de verlo así. Si tengo que participar para que esto termine rápido, lo haré. Pero tú eres el plato principal, Spidey.

Pasaron dos horas antes de que Wade regresara de su paseo melancólico a la tienda de cómics. Cuando abrió la puerta de su habitación, el ambiente había cambiado. El olor a pizza rancia había sido reemplazado por un aroma a sándalo y algo más... eléctrico.

—¿Logan? ¿Petey? Si esto es una intervención, espero que haya tarta —dijo Wade, entrando con desgana.

Se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, y por primera vez en días, el mercenario se quedó completamente mudo.

En su cama, Logan estaba sentado con una pose relajada pero imponente. El mutante vestía una pieza de lencería masculina de cuero negro que dejaba su pecho velludo y masivo al descubierto, junto con su máscara amarilla y negra. Sus músculos se tensaban con cada respiración, y sus garras estaban retraídas, pero su mirada era puro fuego.

Sin embargo, lo que realmente detuvo el corazón de Wade fue la figura que estaba al lado de Logan.

Spider-Man estaba allí, pero no como Wade lo había visto nunca. Llevaba su máscara puesta, pero el resto de su cuerpo estaba adornado con un conjunto de lencería carmesí de encaje fino. Era una pieza femenina, delicada y provocativa, que contrastaba de forma deliciosa con la musculatura definida pero esbelta del arácnido. Sus piernas largas y fuertes estaban a la vista, y Peter intentaba desesperadamente cubrirse el torso con las manos, temblando de pura vergüenza.

—Esto es... esto es un sueño. He muerto y estoy en el cielo de los pervertidos —susurró Wade, dejando caer sus llaves al suelo.

—Cierra la boca, Wade —gruñó Logan, aunque su voz tenía un tono inusualmente bajo y seductor—. Te veías tan mal que decidimos que necesitabas una motivación real para levantarte mañana.

Peter soltó un pequeño gemido de angustia tras la máscara.

—Logan, esto es humillante —dijo Peter, su voz vibrando con timidez—. ¿Por qué el mío tiene que ser de encaje? El tuyo es... es de cuero, es más varonil.

—Porque a él le gusta el rojo, chico —respondió Logan, extendiendo una mano para acariciar la curva de la cadera de Peter.

El arácnido dio un respingo. Lo que Wade no sabía, pero que pronto descubriría, era que Peter no solo llevaba la lencería. Para prepararlo, Logan había insistido en que Peter usara un tapón anal de silicona, algo que el chico había aceptado a regañadientes bajo la premisa de "ayudar a un amigo". Ahora, el objeto estaba cumpliendo su función, dilatando su anillo y haciendo que Peter se sintiera extrañamente lleno y sensible, obligándolo a arquear la espalda de una manera que resaltaba su famoso trasero.

Wade dio un paso hacia la cama, su respiración volviéndose pesada. Sus ojos estaban clavados en la forma en que el encaje rojo se hundía en la piel de Peter.

—¿Esto es real? —preguntó Wade, acercándose al borde del colchón—. ¿Mi Spidey está realmente aquí, vestido como mi fantasía número cuatro, sección B?

Logan agarró a Peter por la cintura y lo atrajo hacia él, obligando al trepamuros a sentarse en su regazo. La diferencia de tamaño era evidente; Peter parecía pequeño y delicado comparado con la masa bruta de Logan.

—Es real, Wade —dijo Logan, pasando una mano por el abdomen marcado de Peter, bajando peligrosamente hacia el borde de la lencería—. Pero hay una condición. Si quieres tocarlo, si quieres tener a tu hermoso Spidey debajo de ti... vas a tener que compartir.

Wade se relamió los labios. El brillo de la depresión había desaparecido por completo, reemplazado por una lujuria salvaje.

—Oh, Jimmy... compartir es vivir. Sabes que me encanta el trabajo en equipo.

Peter escondió la cara entre las manos, sus orejas rojas eran visibles incluso bajo la tela de la máscara.

—No puedo creer que esté haciendo esto —murmuró Peter—. Wade, por favor, deja de mirar así... me siento como si fuera a explotar.

—Es que no tienes idea de cómo te ves, dulzura —dijo Wade, arrodillándose en la cama frente a ellos—. Ese rojo... resalta tanto tu piel. Y la forma en que Logan te sujeta... Dios, voy a necesitar un momento, o tal vez diez horas.

Logan soltó una risa ronca, una que Peter nunca le había oído antes. El mutante comenzó a dejar besos húmedos en el cuello de Peter, justo donde la máscara terminaba y la piel comenzaba.

—Mira cómo tiembla, Wade —provocó Logan, su mano bajando para apretar una de las nalgas de Peter, sintiendo la resistencia del juguete que llevaba dentro—. Está tan apretado. ¿Sabes lo que le puse para que esté listo para nosotros?

Wade soltó un gemido ahogado, gateando sobre la cama hasta quedar a centímetros del rostro enmascarado de Peter.

—¿Un juguete? ¿Mi pequeño y casto Spidey tiene algo ahí dentro ahora mismo? —Wade alargó la mano y, con una delicadeza inusual, tomó las muñecas de Peter para apartarlas de su cara—. Déjame verte, Petey. Deja que vea cuánto te avergüenzas mientras te adoramos.

Peter finalmente cedió, dejando que Wade le quitara las manos de la cara. Sus grandes lentes blancos de la máscara se veían dilatados, reflejando la intensidad de los dos hombres que lo rodeaban.

—Solo... solo hazlo ya —susurró Peter, su voz quebrada—. Si esto va a hacer que dejes de estar triste, Wade... lo haré. Pero Logan tiene que prometerme que no se lo contará a los Vengadores.

—Chico, si Tony Stark se entera de esto, se muere de envidia —dijo Logan, mordisqueando el hombro de Peter—. Ahora, Wade, deja de babear y ayúdame a quitarle este encaje. Quiero ver qué tan grande lo ha dejado ese tapón.

Wade no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con una agilidad que solo un mercenario enamorado podría tener, se lanzó hacia adelante, rodeando a sus dos amigos.

—Prepárate, Spidey —susurró Wade al oído de Peter, mientras sus manos se perdían bajo la tela roja—. Porque después de esto, no vas a poder caminar hasta el semestre que viene. Y Logan... gracias por el regalo de cumpleaños adelantado.

—No es tu cumpleaños, idiota —gruñó Logan, aunque había una sonrisa en sus labios.

—Con esto, todos los días son mi cumpleaños —respondió Wade, antes de silenciar cualquier otra queja de Peter con un beso hambriento sobre la tela de la máscara, mientras las manos de Logan trabajaban en liberar al arácnido de su última barrera de modestia.

La depresión de Deadpool no solo se había ido; había sido incinerada por el calor de la habitación, el roce del cuero y el encaje, y la promesa de una noche donde el héroe más puro de Nueva York sería el centro del mundo de los dos hombres más peligrosos del planeta.

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