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My angel

El Eco de la Humanidad y el Sabor de las Pequeñas Cosas

La vida universitaria continuaba con su ritmo frenético, pero para Yeosang, cada día era una página nueva de un libro que nunca quería terminar de leer. Habían pasado varios meses desde aquella tarde bajo la lluvia en el quiosco, y su relación con Jongho se había asentado como una raíz profunda en la tierra fértil. Sin embargo, la curiosidad de Yeosang, esa chispa celestial que lo había traído al mundo mortal, no se había apagado; simplemente había cambiado de dirección. Ahora, su mayor objeto de estudio era la cotidianidad al lado de Jongho.

Era un sábado por la mañana. La luz del sol se filtraba perezosamente por las cortinas del pequeño apartamento de Jongho, pintando rayas doradas sobre el suelo de madera. Yeosang estaba sentado en la alfombra, observando con una intensidad casi científica cómo Jongho intentaba arreglar una vieja radio que pertenecía a su abuelo.

—¿Por qué frunces el ceño de esa manera? —preguntó Yeosang, ladeando la cabeza. Sus ojos marrón claro brillaban con esa luz especial que siempre descolocaba a Jongho—. Tu frente se llena de pequeñas líneas. Es fascinante.

Jongho soltó un bufido, dejando el destornillador a un lado para limpiarse el sudor de la frente con el dorso de la mano. Miró a Yeosang y su expresión severa se suavizó instantáneamente.

—Se llama frustración, Yeosang —respondió Jongho con una media sonrisa—. Este cable no quiere quedarse en su sitio y mis dedos son demasiado grandes para estas piezas tan pequeñas.

Yeosang se acercó gateando y se sentó frente a él. Estiró una mano y, con una delicadeza que parecía casi mágica, tocó el dorso de la mano de Jongho.

—Frustración... —repitió Yeosang, saboreando la palabra—. Es una sensación amarga, ¿verdad? Pero la haces ver hermosa. Te esfuerzas por algo que ya no funciona solo porque tiene un valor emocional. Eso es algo muy humano.

Jongho soltó una carcajada corta y profunda, ese sonido que siempre hacía que el corazón de Yeosang diera un vuelco.

—A veces dices unas cosas, Yeo... —Jongho negó con la cabeza y tomó la mano de Yeosang entre las suyas—. No es que sea hermoso, es que soy terco. Pero tienes razón, este radio me recuerda a cuando era niño. Mi abuelo escuchaba los partidos de béisbol en él. Arreglarlo es como... mantener vivo un pedazo de él.

Yeosang asintió, asimilando la lección. El concepto de la memoria y el duelo era algo que todavía estaba procesando. En el cielo, nada se perdía, nada moría. Aquí, la belleza residía precisamente en la fragilidad de las cosas.

—Jongho —dijo Yeosang de repente, su voz volviéndose un poco más seria—, ¿alguna vez tienes miedo de que me vaya?

La pregunta cayó en la habitación como una piedra en un estanque tranquilo. Jongho tensó los hombros y sus ojos se clavaron en los de Yeosang. La marca en forma de corazón cerca del ojo del pelirrubio parecía latir con una luz suave.

—Todos los días —confesó Jongho con una honestidad que le desgarró la garganta—. Siento que eres demasiado bueno para este mundo. A veces, cuando duermes y la luz te da de cierta forma, pareces... etéreo. Como si en cualquier momento fueras a disolverte en luz y volver a donde sea que pertenezcas.

Yeosang sintió una punzada de tristeza en el pecho. No era la tristeza fría del vacío, sino una calidez dolorosa. Se inclinó hacia adelante y apoyó su frente contra la de Jongho.

—Dios me dio un beso y me envió aquí para entender —susurró Yeosang—. Pero lo que no me dijo es que entender no sería suficiente. Necesitaba sentir. Y no hay lugar en el universo donde prefiera estar que no sea este suelo frío, escuchando el latido de tu corazón. Me quedaré, Jongho. Hasta que mis pulmones olviden cómo respirar.

Jongho cerró los ojos con fuerza, dejando que las palabras de Yeosang lo envolvieran. Lo rodeó con sus brazos, apretándolo contra su pecho musculoso como si quisiera fusionar sus almas. Yeosang se hundió en el abrazo, aspirando el aroma a detergente y madera que siempre acompañaba a Jongho. Era el olor de su hogar terrenal.

—Bueno —dijo Jongho después de un rato, tratando de aligerar el ambiente aunque su voz todavía temblaba un poco—, si vas a quedarte, vas a tener que aprender a cocinar algo más que tostadas quemadas.

Yeosang se separó y le dio un suave golpe en el hombro, riendo.

—¡Oye! Las tostadas son un arte incomprendido. Además, me gusta ver cómo te las comes solo para no herir mis sentimientos. Eso también es amor, ¿no?

—Es sacrificio puro —bromeó Jongho, levantándose y ofreciéndole una mano para ayudarlo a ponerse en pie—. Vamos, el mercado de la facultad abre en media hora. Prometí a Wooyoung y San que nos encontraríamos con ellos.

Yeosang se iluminó. Le encantaba ver a los amigos de Jongho. Wooyoung era como un torbellino de energía y risas, y San tenía una forma de mirar el mundo casi tan intensa como la suya. A través de ellos, Yeosang estaba aprendiendo sobre la amistad, la lealtad y el caos de las relaciones humanas.

Caminaron de la mano por las calles del campus. El otoño estaba en su apogeo, y las hojas secas crujían bajo sus pies. Para Yeosang, ese sonido era una sinfonía. Se detenía cada pocos metros para observar una telaraña cubierta de rocío o la forma en que el reflejo del sol bailaba en un charco.

—Mira, Jongho —dijo Yeosang, señalando a una anciana que alimentaba a las palomas en un banco—. Sus manos están arrugadas, pero sus movimientos son tan suaves. Es como si estuviera bailando con las aves.

Jongho observó la escena. Antes de conocer a Yeosang, probablemente habría pasado de largo sin notar nada. Pero Yeosang le había enseñado a mirar, no solo a ver.

—Es la paciencia —explicó Jongho—. Cuando envejeces, el tiempo deja de ser un enemigo y se convierte en un compañero.

—Espero que envejezcamos juntos entonces —dijo Yeosang con naturalidad, como si hablara del clima—. Quiero ver cómo mis manos se vuelven como las de ella mientras sostengo las tuyas.

Jongho sintió un nudo en la garganta. La capacidad de Yeosang para decir las verdades más profundas con la sencillez de un niño era su mayor debilidad.

Al llegar al mercado, el ambiente era vibrante. Había puestos de fruta, flores y artesanías. Wooyoung los vio de lejos y agitó los brazos frenéticamente, casi tirando el café de San en el proceso.

—¡Por aquí, tortolitos! —gritó Wooyoung, atrayendo las miradas de varios estudiantes.

Jongho suspiró, fingiendo molestia, pero Yeosang corrió hacia ellos con una sonrisa radiante.

—¡Wooyoung! ¡San! —exclamó Yeosang—. Miren lo que encontré en el camino. —Extendió la mano para mostrar una piedra perfectamente redonda y lisa—. Es tan suave que parece que el agua tardó mil años en darle esta forma.

San tomó la piedra y la examinó con una sonrisa hoyuelada.

—Es hermosa, Yeo. Tienes un don para encontrar tesoros en la basura.

—No es basura —intervino Jongho, llegando a su lado y pasando un brazo protector por la cintura de Yeosang—. Es solo que él ve el valor que nosotros ignoramos.

—Uf, qué romántico te has vuelto, Choi Jongho —se burló Wooyoung, dándole un codazo—. ¿Dónde quedó el tipo duro que solo pensaba en romper manzanas con las manos y levantar pesas?

—Sigo siendo el mismo —gruñó Jongho, aunque sus orejas se pusieron rojas—. Solo que ahora tengo una razón para ser más cuidadoso.

Pasaron la tarde recorriendo los puestos. Yeosang estaba fascinado por todo: el sabor de una fresa demasiado madura, el tacto de una tela de lana áspera, el sonido de un músico callejero tocando el violín. Cada sensación era una confirmación de que su elección había sido la correcta.

En un momento dado, mientras Wooyoung y San discutían acaloradamente sobre qué tipo de flores comprar para su dormitorio, Yeosang se alejó un poco hacia un puesto de espejos antiguos. Se quedó mirando su propio reflejo. Sus ojos ya no eran celestes, pero en la profundidad de sus pupilas marrones, todavía podía ver un destello de eternidad. Tocó la marca de nacimiento en su sien.

—¿Te arrepientes? —La voz de Jongho estaba justo detrás de él, suave y cargada de una inseguridad latente.

Yeosang se giró y vio la preocupación en los ojos del humano. Jongho siempre temía que el "brillo" de Yeosang se apagara, o que el cielo reclamara lo que era suyo.

—¿Arrepentirme de qué? —preguntó Yeosang.

—De haber dejado... lo que sea que dejaras para estar aquí —dijo Jongho, bajando la mirada—. Aquí hay dolor, hay enfermedad, hay finales. Allí arriba, supongo que todo es perfecto.

Yeosang tomó el rostro de Jongho entre sus manos, obligándolo a mirarlo.

—La perfección es aburrida, Jongho —dijo con convicción—. En el cielo no hay besos que te quiten el aliento, ni el sabor del café caliente en una mañana fría. No hay el miedo a perder a alguien, y por lo tanto, no hay la urgencia de amarlo con toda el alma. La perfección no tiene corazón porque no puede romperse. Yo prefiero mil veces un corazón roto que late, a una eternidad de silencio absoluto.

Jongho suspiró, apoyando sus manos sobre las de Yeosang.

—A veces olvido que, aunque parezcas un chico de universidad normal, tienes la sabiduría de algo mucho más antiguo.

—Solo soy un humano aprendiendo a serlo —rio Yeosang—. Y tengo al mejor maestro.

De regreso al apartamento, el cielo se tiñó de violeta y naranja. Caminaron en silencio, disfrutando de la compañía del otro. Yeosang se sentía cansado, una sensación física que todavía le resultaba extraña pero extrañamente satisfactoria. Su cuerpo humano necesitaba descanso, necesitaba alimento, necesitaba afecto. Era un sistema complejo y maravilloso.

Cuando entraron en el apartamento, Jongho se quitó los zapatos y dejó las llaves en la mesa. Yeosang fue directo al sofá y se dejó caer, soltando un suspiro largo.

—¿Cansado, ángel? —preguntó Jongho, usando el apodo que solo usaba cuando estaban a solas.

—Es un cansancio bueno —respondió Yeosang, cerrando los ojos—. Siento que hoy viví mucho.

Jongho se sentó a su lado y dejó que Yeosang apoyara la cabeza en sus piernas. Empezó a acariciar el cabello rubio de Yeosang con dedos torpes pero llenos de ternura.

—Sabes —dijo Jongho en voz baja—, hoy en el mercado, cuando te quedaste mirando ese espejo... por un momento pensé que ibas a desaparecer.

Yeosang abrió un ojo y lo miró.

—No me voy a ninguna parte, Jongho. El beso que Dios me dio no fue solo una bendición para nacer, fue un permiso para elegir. Y yo te elijo a ti, en esta vida y en cualquier otra que pueda venir después.

Jongho se inclinó y besó la marca de nacimiento en forma de corazón cerca del ojo de Yeosang. Fue un beso casto, lleno de una devoción que rozaba lo religioso.

—Entonces yo también te elijo —susurró Jongho—. Aunque no tenga marcas divinas, mi corazón te pertenece desde el momento en que me advertiste sobre aquella rama en el parque.

Yeosang sonrió y se acurrucó más contra él. Mientras el sueño empezaba a reclamarlo, pensó en su Padre en el Reino Celestial. Se preguntó si Él lo estaría observando en ese momento. Esperaba que sí, para que pudiera ver que su creación era mucho más hermosa de lo que cualquier ángel podría imaginar desde las alturas.

Los humanos no eran solo chispas fugaces; eran incendios de emociones, capaces de transformar el dolor en arte y el miedo en valentía. Y él, Kang Yeosang, ahora era parte de ese incendio.

—Buenas noches, Jongho —murmuró Yeosang, su voz ya pesada por el sueño.

—Buenas noches, Yeo —respondió Jongho, continuando con las caricias en su cabello hasta que la respiración del otro se volvió lenta y acompasada.

Afuera, el mundo seguía girando, con sus guerras y sus alegrías, su caos y su paz. Pero en ese pequeño apartamento, el tiempo parecía haberse detenido. Un ángel que quería ser humano y un humano que amaba como un dios habían encontrado su propio trozo de paraíso en la tierra. Y por ahora, eso era más que suficiente. La curiosidad de Yeosang había sido satisfecha, no con respuestas, sino con experiencias. Y la más grande de todas, la que justificaba cada lágrima y cada herida, era simplemente estar allí, amando y siendo amado, en la hermosa y bendita imperfección de la vida.