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My angel

El Reflejo de lo Divino y el Pacto de las Almas

La tarde caía sobre la ciudad con una parsimonia dorada, tiñendo los edificios de la universidad con sombras alargadas y nostálgicas. Yeosang se encontraba en la biblioteca central, un lugar que amaba no solo por el conocimiento que albergaba, sino por el silencio reverente que los humanos mantenían allí, como si instintivamente supieran que las ideas eran algo sagrado.

Sin embargo, su concentración se vio interrumpida por una presencia. No fue un ruido, sino una frecuencia; una nota musical que resonaba en una octava que solo aquellos que habían caminado por las praderas de luz eterna podían reconocer. Levantó la vista de su libro de historia del arte y sus ojos se encontraron con los de Seonghwa.

El mayor estaba sentado a unas mesas de distancia, observándolo con una intensidad que no era humana. No había curiosidad en esa mirada, sino reconocimiento. Seonghwa cerró su cuaderno con un movimiento elegante y, con un gesto silencioso, señaló hacia la salida. Yeosang, con el corazón latiendo con una fuerza inusual, recogió sus cosas y lo siguió.

Caminaron en silencio hasta un rincón apartado del jardín botánico de la facultad, un lugar donde los sauces llorones creaban una cortina natural que los aislaba del resto del mundo. El aire allí se sentía más denso, cargado de una energía que hacía que el vello de los brazos de Yeosang se erizara.

—No eres de este plano, ¿verdad, Yeosang? —La voz de Seonghwa sonó como el roce de la seda, despojada de la inflexión común de los estudiantes.

Yeosang sintió un escalofrío. La marca en forma de corazón cerca de su ojo izquierdo comenzó a emitir un calor sutil, una pulsación que respondía a la presencia del otro.

—Lo supe desde que te vi en la cafetería —respondió Yeosang, su voz clara y firme—. Pero me costaba creerlo. Las probabilidades de que dos de nosotros coincidiéramos en el mismo rincón del mundo son casi inexistentes.

Seonghwa soltó un suspiro que pareció una exhalación de estrellas. Se apoyó contra el tronco de un árbol, y por un momento, la luz del sol filtrada por las hojas hizo que su piel pareciera emitir un brillo plateado, casi imperceptible pero innegable.

—Dios tiene un sentido del humor muy particular, o quizás una compasión que no alcanzamos a comprender —dijo Seonghwa, mirando sus propias manos como si todavía le resultara extraño tener cinco dedos—. Me reconozco en ti, Yeosang. Tienes el sello del Beso Divino en tu rostro.

—Es mi bendición —susurró Yeosang, tocando la pequeña marca—. Pero dime, Seonghwa... ¿qué hace un ser de luz como tú caminando entre mortales? ¿Qué fue lo que le pediste al Padre para terminar aquí?

Seonghwa guardó silencio durante un largo momento. Sus ojos se oscurecieron, no de maldad, sino de una melancolía profunda.

—Yo no vine por curiosidad, como sospecho que hiciste tú —comenzó Seonghwa, bajando la voz—. Yo vine por una misión que muchos considerarían una locura. Pedí permiso para descender porque mi alma no podía encontrar paz en el Reino Celestial mientras otra alma se perdía en las sombras.

Yeosang frunció el ceño, intrigado.

—¿De quién hablas?

—De Hongjoong —respondió Seonghwa, y el nombre sonó como una oración—. En el orden de las cosas, él es... o era, lo que nosotros llamaríamos un demonio. Una chispa de rebelión y oscuridad, un espíritu que se negaba a aceptar la luz. Pero yo vi algo en él que nadie más vio. Vi un dolor que podía transformarse en arte, una oscuridad que solo era luz que había olvidado cómo brillar.

Yeosang ahogó una exclamación. Sabía que Hongjoong era especial, su aura índigo era poderosa, pero nunca habría imaginado que su origen fuera tan turbulento.

—Le pedí a Dios poder acercarme a él —continuó Seonghwa—. Quería demostrar que incluso la criatura más alejada de la divinidad puede ser redimida si se le ama con la intensidad suficiente. Dios aceptó, pero con una condición innegociable: debía hacerlo como un humano. Sin poderes, sin la autoridad de los cielos, vulnerable a las mismas debilidades que él. Si quería salvarlo, debía caminar a su lado en el barro.

—Lo estás transformando —afirmó Yeosang, recordando la forma en que Hongjoong miraba a Seonghwa, con una mezcla de respeto y una ternura que parecía suavizar sus bordes afilados—. Su aura es fuerte, pero tiene una paz que no debería estar ahí si fuera puramente oscuridad.

—Lo intento cada día —sonrió Seonghwa, una sonrisa triste pero hermosa—. Ser humano es difícil, Yeosang. Sentir el miedo al rechazo, el cansancio físico... a veces olvido mi propósito porque el amor humano es tan abrumador que me nubla el juicio. Pero entonces él hace algo, escribe una canción o me mira de esa forma tan suya, y recuerdo por qué estoy aquí. ¿Y tú?

Yeosang se sentó en un banco de piedra, dejando que sus dedos jugaran con una hoja seca.

—Lo mío fue mucho más simple, y quizás más egoísta —confesó Yeosang—. Yo solo quería saber. Miraba hacia abajo y veía a los humanos llorar por una despedida o reír por un amanecer, y no lo entendía. ¿Cómo algo tan pequeño podía significar tanto? Le pedí a Dios vivir la experiencia completa. Quería sentir el latido de un corazón que puede romperse. Quería saber por qué prefieren un momento de felicidad real a una eternidad de paz estática.

—Y encontraste a Jongho —dijo Seonghwa.

—Encontré a Jongho —repitió Yeosang, y su rostro se iluminó de una manera que ninguna luz celestial podría imitar—. Él es mi ancla. Es curioso, ¿sabes? Él cree que yo soy el ángel que debe proteger, cuando en realidad es él quien me está enseñando a ser humano. Me enseña que el dolor es el precio que pagamos por el amor, y que es un precio que vale la pena pagar.

Seonghwa se acercó y se sentó a su lado. La conexión entre ambos era reconfortante, como dos viajeros que se encuentran en un país extranjero y descubren que hablan el mismo idioma natal.

—¿No extrañas la ausencia de peso? —preguntó Seonghwa—. ¿La claridad absoluta del pensamiento?

—A veces —admitió Yeosang—. Pero luego pruebo una fruta dulce, o siento el frío del viento en mis mejillas, o escucho la risa de Jongho... y todo ese silencio celestial me parece vacío. Prefiero este ruido. Prefiero esta confusión.

—Es irónico —reflexionó Seonghwa—. Yo estoy aquí para salvar a un demonio, y tú estás aquí para aprender de los mortales. Al final, ambos estamos atrapados por lo mismo. Por el amor. Es la fuerza más potente que Dios creó, más que la luz o el tiempo.

—¿Crees que Hongjoong sospecha quién eres? —preguntó Yeosang.

—Él siente que soy diferente —respondió Seonghwa—. A veces me mira como si buscara mis alas, pero luego me ve tropezar o cansarme, y se convence de que solo soy un humano más que lo ama. Y prefiero que sea así. La redención no cuenta si es por un milagro; tiene que ser por elección.

—Entiendo —asintió Yeosang—. Jongho también dice que soy diferente. Dice que esta marca cerca de mi ojo es donde alguien me amó antes de nacer. No sabe cuánta razón tiene.

Se quedaron en silencio un momento, escuchando el lejano bullicio de los estudiantes y el canto de los pájaros. Era un momento de comunión sagrada en medio de la cotidianidad universitaria.

—Yeosang —dijo Seonghwa después de un rato—, debemos tener cuidado. El mundo humano es frágil, y nuestras presencias aquí alteran el equilibrio. Si nos involucramos demasiado, si nuestras almas se vuelven completamente humanas, no habrá vuelta atrás.

—Yo no quiero volver —dijo Yeosang con una determinación que sorprendió incluso a Seonghwa—. Ya tomé mi decisión. Si el precio de amar a Jongho es perder mi eternidad, la entrego con gusto. Prefiero morir como un humano a su lado que vivir para siempre sin haberlo conocido.

Seonghwa lo miró con admiración.

—Eres más valiente que yo, pequeño ángel. Yo todavía temo lo que pasará cuando el tiempo de Hongjoong se agote. No sé si podré soportar la soledad de la inmortalidad después de haber conocido su calor.

—Entonces asegúrate de que su alma llegue a la luz —le animó Yeosang—. Ese fue tu deseo, ¿no? Si lo logras, quizás Dios sea clemente y les permita estar juntos de nuevo.

Seonghwa asintió, una chispa de esperanza renovada en sus ojos.

—Espero que tengas razón. Por ahora, sigamos con nuestro papel. Mañana tengo que ayudar a Hongjoong con su proyecto final, y él no tiene mucha paciencia con la teoría.

—Y yo tengo una cita con Jongho —rio Yeosang—. Me prometió que me enseñaría a jugar al fútbol. Dice que mi coordinación es "sospechosamente perfecta" y quiere ver si puedo fallar un tiro.

Ambos se levantaron, sintiendo que el peso de sus secretos se había aligerado al ser compartidos. Ya no estaban solos en su exilio voluntario.

—Yeosang —llamó Seonghwa antes de que se separaran.

—¿Sí?

—Cuida mucho esa marca. Es el recordatorio de que, aunque elijas ser humano, siempre serás amado por el Creador.

—Y tú cuida de Hongjoong —respondió Yeosang—. No dejes que su oscuridad apague tu luz, sino que tu luz le enseñe que no tiene nada que temer.

Se separaron con un breve apretón de manos que envió una onda de energía pura a través de sus cuerpos. Mientras Yeosang caminaba de regreso hacia el dormitorio, vio a Jongho esperándolo en la entrada habitual, apoyado contra una columna con los brazos cruzados y esa expresión seria que se derretía en cuanto lo veía.

—¡Yeo! —exclamó Jongho, agitando la mano—. Te tardaste. Empezaba a pensar que te habías quedado atrapado en algún libro de la biblioteca.

Yeosang corrió hacia él y lo abrazó con una fuerza que sorprendió al más alto. Se hundió en el pecho de Jongho, aspirando el aroma a sudor y colonia barata, el aroma de la vida misma.

—Solo hablaba con Seonghwa hyung —dijo Yeosang, separándose apenas para mirar a Jongho con adoración—. Estábamos comparando notas sobre la vida.

—¿Notas sobre la vida? —Jongho arqueó una ceja, divertido—. Ustedes dos son muy extraños, ¿lo sabías? A veces parecen señores mayores atrapados en cuerpos de modelos.

—Tal vez lo seamos —bromeó Yeosang, entrelazando sus dedos con los de Jongho—. Pero soy tu extraño, ¿verdad?

—Siempre —respondió Jongho, besando la punta de su nariz—. Vamos, tengo hambre y San dice que encontró un lugar de hamburguesas que es "religioso".

Yeosang rió mientras se dejaba guiar por Jongho. Al mirar hacia atrás, vio a Seonghwa encontrándose con Hongjoong a lo lejos. Vio cómo el aura índigo de Hongjoong se agitaba, como una llama al viento, y cómo la presencia plateada de Seonghwa lo envolvía, calmándolo instantáneamente.

Era una danza cósmica representada en un campus universitario. Ángeles, demonios y humanos, todos mezclados en el gran teatro de la existencia. Yeosang apretó la mano de Jongho, sintiendo el calor de su piel y la solidez de sus músculos. Dios le había dado la oportunidad de vivir la experiencia humana, y Yeosang había descubierto que el secreto no estaba en las grandes revelaciones celestiales, sino en estos pequeños momentos de conexión.

"Gracias, Padre", pensó Yeosang mientras miraba el primer lucero de la noche. "Ahora lo entiendo todo. No se trata de ser eterno, sino de hacer que un solo momento sea eterno a través del amor".

Y mientras caminaba hacia la cena, entre risas y planes mundanos, Yeosang sintió que su corazón humano latía con una plenitud que el cielo nunca pudo darle. La curiosidad había sido satisfecha, pero el amor... el amor apenas estaba comenzando su historia.

En algún lugar de las alturas, una presencia divina sonrió. Sus hijos estaban aprendiendo bien la lección más difícil de todas: que no hay mayor divinidad que la de entregarse por completo a otro, aceptando la fragilidad de un corazón que, aunque pueda romperse, es lo único que realmente nos hace estar vivos.

La noche cayó sobre la ciudad, cubriendo con su manto de sombras los secretos de los ángeles que caminaban sobre la tierra, felices de haber cambiado sus alas por la maravillosa incertidumbre de un mañana compartido.