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My angel

El Crepúsculo de la Eternidad y el Temor del Tiempo

La habitación estaba sumida en una penumbra acogedora, apenas interrumpida por el suave resplandor de las luces de la ciudad que se filtraba por la ventana. Yeosang dormía profundamente, con la cabeza apoyada en el pecho de Jongho. El ritmo constante del corazón del humano era su canción de cuna favorita, el metrónomo que marcaba su nueva y frágil existencia. Sin embargo, esa noche, su conciencia no se quedó en el descanso reparador del cuerpo, sino que ascendió por un túnel de luz blanca y cegadora.

De repente, no había paredes, ni sábanas, ni el aroma a colonia de Jongho. Yeosang se encontraba de pie sobre un mar de cristal, bajo un firmamento donde las galaxias giraban con la lentitud de los siglos. Frente a él, no había una forma física, sino una presencia; un calor que lo conocía desde antes de que el primer sol fuera encendido.

—Mi pequeño observador —la voz no vibraba en el aire, sino directamente en su esencia—. Has crecido mucho en este breve parpadeo terrenal.

Yeosang cayó de rodillas, no por miedo, sino por una reverencia instintiva que su cuerpo humano aún recordaba. La marca en forma de corazón en su sien brilló con una intensidad dorada, respondiendo a la fuente de su origen.

—Padre —susurró Yeosang—. He visto cosas que las palabras celestiales no pueden describir. He sentido el peso del aire, el sabor del llanto y el incendio que provoca una mano entrelazada con otra.

—Lo he visto a través de tus ojos —respondió la presencia, envolviéndolo en una caricia de paz—. Has aprendido la lección más difícil: que la belleza humana reside en su imperfección y en su finitud. Has amado con un corazón que puede romperse, y eso, Yeosang, es la forma más alta de adoración.

Yeosang sonrió, pensando en la risa de Jongho y en las tardes compartidas con sus amigos. Pero la siguiente frase de la Divinidad hizo que ese corazón, ahora tan humano, se encogiera de terror.

—Tu curiosidad ha sido satisfecha y tu alma ha madurado. El experimento ha sido un éxito. Muy pronto, Yeosang, las puertas se abrirán para ti. Te espero de regreso en el Reino de la Luz, donde ya no habrá dolor, ni tiempo, ni finales. Tu lugar entre las estrellas te reclama.

El mar de cristal bajo sus pies pareció temblar.

—¿Regresar? —preguntó Yeosang, y su voz se quebró—. Pero... pero aún no he visto suficiente. Aún no he envejecido al lado de Jongho. Prometí que me quedaría hasta que mis pulmones olvidaran cómo respirar.

—La eternidad no conoce promesas temporales, hijo mío —dijo la voz con una compasión infinita—. Lo que es de la tierra, a la tierra vuelve; lo que es del espíritu, regresa a Mí. Prepárate, pues el ciclo está por cerrarse.

Yeosang despertó de golpe, incorporándose en la cama con la respiración entrecortada y el rostro bañado en un sudor frío. El silencio de la habitación, que antes le parecía protector, ahora se sentía como una cuenta atrás silenciosa.

—¿Yeo? ¿Qué pasa? —La voz de Jongho era ronca por el sueño. Se incorporó rápidamente, poniendo una mano preocupada en la espalda de Yeosang—. Estás temblando. ¿Tuviste una pesadilla?

Yeosang miró a Jongho. A la luz de la luna, el rostro del humano se veía tan real, tan sólido y, a la vez, tan dolorosamente efímero. Sus ojos oscuros estaban llenos de una preocupación genuina, una preocupación que solo alguien que teme perder lo que ama puede sentir.

—Solo fue... un sueño muy vívido —logró decir Yeosang, aunque su voz sonaba distante.

—Ven aquí —Jongho lo atrajo hacia sus brazos, envolviéndolo con esa fuerza que siempre hacía que Yeosang se sintiera invencible—. Solo fue un sueño. Estoy aquí. No voy a dejar que nada te pase.

Yeosang se aferró a la camiseta de Jongho con desesperación, hundiendo el rostro en su cuello. "No es a mí a quien le pasará algo", pensó con amargura, "es a nosotros". El beso de Dios, que antes era una bendición, ahora se sentía como una marca de propiedad que reclamaba su retorno al cielo.

Durante los días siguientes, una sombra se instaló en la mirada de Yeosang. Ya no observaba las flores con la misma alegría pura; ahora las miraba y pensaba en cuánto tiempo les quedaba antes de marchitarse. Cuando Jongho reía, Yeosang grababa el sonido en su memoria con una urgencia febril, como si estuviera acumulando provisiones para un largo invierno de silencio eterno.

En la universidad, sus amigos notaron el cambio. Incluso Seonghwa, quien compartía su secreto, lo observaba con una ceja levantada durante las comidas.

—Estás vibrando en una frecuencia muy baja, Yeosang —le dijo Seonghwa en voz baja una tarde, mientras los demás discutían sobre un partido de baloncesto—. Tu luz se siente... ansiosa.

Yeosang miró a su alrededor para asegurarse de que Jongho estaba distraído hablando con Yunho.

—Él me habló, Seonghwa —confesó en un susurro—. En sueños. Dijo que mi tiempo aquí está terminando. Que debo prepararme para volver.

Seonghwa palideció, y por un momento, su aura plateada flaqueó.

—¿Tan pronto? —preguntó Seonghwa—. Pero apenas estamos empezando a entender lo que significa estar aquí.

—Dijo que ya aprendí lo suficiente —Yeosang apretó los puños sobre la mesa—. Pero no es cierto. No se trata de aprender, se trata de ser. No quiero volver a un lugar donde el tiempo no existe. Quiero el tiempo, Seonghwa. Quiero cada segundo doloroso, cada minuto de cansancio, cada año de vejez. Quiero todo lo que los humanos tienen y que nosotros despreciábamos desde las alturas.

—¿Se lo vas a decir a Jongho? —preguntó Seonghwa, mirando hacia donde el joven musculoso reía con ganas.

—¿Cómo puedo decirle que el ángel del que se enamoró tiene que volver al cielo? —Yeosang sintió que las lágrimas, esa invención humana tan amarga y necesaria, acudían a sus ojos—. Rompería su corazón. Y lo peor es que él se quedaría aquí, solo, pensando que no fue suficiente para hacerme quedar.

Esa noche, Jongho llevó a Yeosang a la azotea de su edificio de apartamentos. Había preparado una pequeña cena improvisada con mantas y comida para llevar. Era una noche clara, y las luces de Seúl se extendían bajo ellos como un manto de joyas eléctricas.

—Has estado muy callado últimamente, Yeo —dijo Jongho mientras se sentaban—. Sé que no soy el tipo más inteligente del mundo, pero puedo ver cuando algo te preocupa. ¿Es por los exámenes? ¿O es algo más?

Yeosang miró las estrellas. Se veían tan frías desde aquí.

—Jongho —comenzó Yeosang, su voz apenas un hilo—, si tuvieras que irte a un lugar muy lejano, un lugar donde no pudieras llevarme... ¿qué me dirías?

Jongho dejó de comer y lo miró fijamente. Su expresión se volvió seria, esa seriedad protectora que siempre usaba cuando las cosas se ponían difíciles.

—No me iría —respondió Jongho con firmeza—. No hay ningún lugar en este mundo ni en el otro que valga la pena si tú no estás allí.

—Pero a veces no podemos elegir —insistió Yeosang, sintiendo que el nudo en su garganta crecía—. A veces hay fuerzas... superiores. Destinos que fueron escritos antes de que naciéramos.

Jongho dejó el plato a un lado y se acercó a Yeosang, tomando sus manos entre las suyas. Sus palmas estaban calientes, llenas de vida.

—Escúchame bien, Kang Yeosang —dijo Jongho, su voz vibrando con una intensidad que hizo que el alma de Yeosang temblara—. No sé qué clase de miedos tienes en esa cabeza tuya tan hermosa. A veces hablas como si fueras un invitado en este mundo, como si estuvieras de paso. Pero para mí, tú eres el mundo. Si el destino quiere llevarte, tendrá que pelear conmigo primero. Y ya sabes que soy muy terco cuando se trata de lo que quiero.

Yeosang soltó un sollozo ahogado y se refugió en el pecho de Jongho.

—Tengo miedo, Jongho. Tengo tanto miedo de que un día abras los ojos y yo ya no esté aquí.

—Entonces no cerraré los ojos —susurró Jongho, besando la coronilla de su cabeza—. Te sostendré tan fuerte que ni el mismísimo cielo podrá arrebatarte de mis brazos.

Pasaron las horas en silencio, abrazados bajo el vasto firmamento. Yeosang intentaba convencerse de que su voluntad era suficiente para desafiar la llamada de la Divinidad. Pero en el fondo de su ser, la nota musical de su origen seguía sonando, recordándole que su cuerpo humano era solo un préstamo.

A la mañana siguiente, Yeosang decidió visitar una pequeña iglesia antigua en las afueras de la ciudad. No buscaba religión, buscaba un lugar de paz donde pudiera hablar sin ser interrumpido por el ruido del mundo. Seonghwa lo acompañó, caminando a su lado en un silencio solidario.

Dentro del recinto, el aroma a incienso y madera vieja envolvía el ambiente. Yeosang se sentó en el último banco y cerró los ojos.

—Padre —llamó en su mente—. No me lleves todavía. No es justo darme un corazón solo para que sienta el dolor de ser arrancado de su lugar. Si me amas, déjame ser mortal. Déjame sangrar, déjame enfermar, déjame morir de viejo. Pero déjame ser suyo.

No hubo respuesta inmediata, solo el eco del viento en las vigas del techo.

—Yeosang —dijo Seonghwa suavemente—, ¿qué harás si la llamada se vuelve inevitable?

—Lucharé —respondió Yeosang, abriendo los ojos, que ahora brillaban con una determinación que no era celestial, sino puramente humana—. Si Dios quiere que vuelva, tendrá que venir a buscarme. No iré por mi propia voluntad. He aprendido que la mayor divinidad no está en la obediencia, sino en el sacrificio por amor.

Al salir de la iglesia, se encontraron con el resto del grupo. Hongjoong, San, Wooyoung, Yunho y Mingi estaban esperándolos en una plaza cercana. Habían planeado una excursión al río Han para celebrar que habían terminado una semana difícil.

—¡Eh, ustedes dos! —gritó Wooyoung, agitando una cesta de picnic—. ¡Dejen de ser tan espirituales y vengan a comer! ¡Mingi compró demasiada fruta y no podemos con ella!

Yeosang miró a sus amigos. Vio la alegría de Yunho, la intensidad de San, la complicidad entre Hongjoong y Seonghwa. Vio la vida en todo su esplendor caótico. Y allí, en medio de todos, estaba Jongho, esperándolo con una sonrisa pequeña pero llena de un amor que desafiaba a las estrellas.

Esa tarde, mientras estaban sentados en el césped junto al río, Yeosang se sintió extrañamente en paz. Jongho estaba recostado con la cabeza en el regazo de Yeosang, mientras este le acariciaba el cabello.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de estar aquí? —preguntó Jongho, cerrando los ojos bajo el sol de la tarde.

—¿Qué? —preguntó Yeosang.

—Que no tenemos que ser perfectos —respondió Jongho—. Podemos cometer errores, podemos estar cansados, podemos simplemente ser. Contigo, Yeosang, siento que no necesito alas para volar. Siento que caminar sobre la tierra es el mayor milagro de todos.

Yeosang sintió que una lágrima solitaria rodaba por su mejilla y caía sobre la frente de Jongho. El más joven abrió los ojos y, al ver la expresión de Yeosang, se incorporó de inmediato.

—Estás llorando otra vez —dijo Jongho, limpiando la lágrima con su pulgar—. ¿Es por el sueño?

Yeosang negó con la cabeza y sonrió, una sonrisa que contenía toda la melancolía del universo pero también toda su luz.

—No —dijo Yeosang—. Es porque por fin entiendo por qué los humanos se aferran tanto a la vida. No es porque tengan miedo a la muerte, es porque aman demasiado lo que tienen aquí. Y yo te amo tanto, Jongho, que incluso la eternidad me parece un castigo si no estás en ella.

Jongho lo besó, un beso que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo. En ese momento, Yeosang tomó una decisión. Si el cielo lo reclamaba, él se aferraría a la tierra con cada fibra de su ser. Si el tiempo era corto, lo haría tan ancho y profundo que un solo día valdría por mil años.

Esa noche, mientras Jongho dormía, Yeosang se levantó y se acercó a la ventana. Miró hacia arriba, hacia el vacío infinito.

—Puedes quitarme mi luz —susurró hacia la oscuridad—. Puedes quitarme mi lugar en el coro celestial. Puedes borrar mi nombre de los libros de la eternidad. Pero no puedes quitarme lo que he sentido. Soy Kang Yeosang, soy humano, y pertenezco a este suelo.

La marca en forma de corazón en su sien dejó de brillar con luz dorada. En su lugar, adquirió un tono rojizo, cálido, el color de la sangre y del sacrificio. El beso de Dios se había transformado en el pacto del hombre.

Yeosang volvió a la cama y se acurrucó contra Jongho. Por primera vez en días, el miedo se había disipado, dejando lugar a una resolución inquebrantable. No sabía cuándo vendría el final, ni cómo sería la llamada definitiva. Pero sabía una cosa: mientras tuviera un latido, ese latido pronunciaría el nombre de Jongho.

En las alturas, el río del tiempo siguió fluyendo, pero una de sus corrientes se había desviado para siempre. Un ángel había decidido que el paraíso no era un lugar, sino una persona. Y en la imperfección de su nueva vida, Yeosang encontró una gloria que ningún trono celestial podría igualar jamás.

—Quédate conmigo —murmuró Jongho entre sueños, abrazándolo más fuerte.

—Siempre —respondió Yeosang, cerrando los ojos—. Hasta el último aliento, y un segundo más.

El tiempo seguía corriendo, implacable, pero esa noche, en una pequeña habitación de Seúl, el amor era lo único que realmente importaba. Yeosang ya no era un ángel temeroso; era un hombre dispuesto a luchar por su derecho a ser mortal, a ser amado y, finalmente, a ser libre.