My angel
El Velo del Olvido y el Pacto del Renacimiento
Los tres meses que siguieron a la decisión de Yeosang fueron, sin duda alguna, los más hermosos de su existencia. Para cualquier humano, noventa días podrían parecer una fracción insignificante de tiempo, pero para alguien que había contemplado la eternidad, cada minuto al lado de Jongho era un tesoro invaluable. Habían compartido citas sencillas: paseos por el parque cuando las flores de cerezo comenzaban a asomar, tardes de estudio en bibliotecas silenciosas donde sus pies se buscaban bajo la mesa, y noches de películas en las que Yeosang terminaba más interesado en el perfil de Jongho que en la pantalla.
Los besos robados en los pasillos de la universidad y las cenas con sus amigos —ese grupo de almas tan diversas y brillantes— habían terminado por anclar a Yeosang a la realidad terrenal. Ya no se sentía como un observador. Ahora, cuando reía con Wooyoung o compartía miradas cómplices con Seonghwa, sentía que su corazón latía con la misma cadencia que el de ellos. La sombra del regreso al cielo parecía haberse disipado, o al menos, Yeosang había aprendido a ignorarla, confiando en que su voluntad sería suficiente para mantenerlo en la Tierra.
Aquella mañana de martes, el cielo estaba de un azul insultantemente claro. Yeosang caminaba hacia la facultad con una sonrisa ligera, tarareando una melodía que Jongho le había enseñado la noche anterior. Llevaba en la mano un café caliente y en su mente el plan de sorprender a su novio después de su práctica de canto.
Al llegar al cruce peatonal frente a la entrada principal, el semáforo cambió. Yeosang dio el primer paso sobre las franjas blancas, ajustando su mochila al hombro. No escuchó el rugido del motor, ni el chirrido desesperado de unos neumáticos que se negaban a obedecer al freno. Solo sintió un destello metálico por el rabillo del ojo y, de repente, el mundo se volvió un estallido de dolor sordo seguido de una oscuridad absoluta.
El impacto lanzó su cuerpo etéreo contra el asfalto, y mientras el café se derramaba como una mancha oscura sobre el suelo, la conciencia de Yeosang se desprendió de la carne.
Durante un mes, el cuerpo de Kang Yeosang permaneció inmóvil en una habitación de hospital, conectado a máquinas que emitían pitidos rítmicos y constantes. Jongho no se movió de su lado. Sus manos, antes fuertes y seguras, ahora temblaban mientras sostenían la mano pálida de Yeosang, rogando a cualquier deidad que lo escuchara que no se lo llevara todavía.
Mientras tanto, en un espacio donde el tiempo no tenía jurisdicción, Yeosang se encontraba de nuevo frente a la Luz. No había dolor allí, solo una paz que resultaba casi dolorosa por lo que significaba: la separación.
—Has vuelto antes de lo previsto —la voz de la Divinidad resonó en el vacío infinito, llena de una ternura que envolvía el alma de Yeosang como un manto.
—No fue mi elección —susurró Yeosang. Su forma allí era pura luz, pero su mente seguía gritando el nombre de Jongho—. Padre, te lo supliqué. No estoy listo. Él me está esperando. Puedo sentir su dolor desde aquí, es como un ancla que me desgarra.
—He escuchado cada uno de tus latidos, Yeosang —dijo Dios—. He visto cómo has rechazado tu naturaleza celestial por un puñado de años mortales. He visto cómo has preferido la fragilidad del amor humano a la perfección de Mi presencia.
Yeosang se arrodilló, aunque no tenía cuerpo.
—Si me obligas a quedarme aquí, seré un ángel incompleto. Mi corazón se quedó en esa habitación de hospital. Por favor, devuélveme a él. No me importa el dolor, no me importa la muerte. Solo quiero vivir mi vida con él.
Hubo un silencio cósmico, una pausa en la que las estrellas parecieron contener el aliento.
—Hay una forma —dijo finalmente la Voz—. Tendré compasión de ti y de ese joven que te ama con una devoción que roza lo sagrado. Te permitiré regresar. Te daré la vida humana que tanto ansías.
Yeosang sintió una oleada de esperanza, pero la Divinidad continuó.
—Sin embargo, el equilibrio debe mantenerse. Si regresas para ser un humano verdadero, deberás serlo en toda tu extensión. Al despertar, el velo caerá sobre tus ojos. Olvidarás que alguna vez fuiste un ángel. Olvidarás este lugar, olvidarás nuestras conversaciones y olvidarás tu origen divino. Serás Kang Yeosang, un hombre nacido de la tierra, sujeto al olvido y al destino. Tu alma reencarnará una y otra vez, como todas las almas humanas, hasta que el tiempo mismo se agote. ¿Aceptas perder tu eternidad consciente por una vida de incertidumbre?
Yeosang no lo dudó ni un segundo. La imagen de Jongho sonriendo bajo el roble fue lo único que necesitó para decidir.
—Acepto —dijo con firmeza—. Prefiero no saber quién soy y estar a su lado, que recordarlo todo y estar lejos de él.
—Que así sea —sentenció la Voz.
Una luz cálida se aproximó a Yeosang. Sintió de nuevo ese contacto familiar en su frente, un beso divino que esta vez no era un sello de propiedad, sino una bendición de libertad. El calor se extendió por su ser, borrando las constelaciones, apagando la música de las esferas y sumergiéndolo de nuevo en la densidad de la materia.
En la habitación 402 del hospital, el monitor cardíaco comenzó a acelerarse.
Jongho, que se había quedado dormido con la cabeza apoyada en el borde de la cama, se despertó sobresaltado al sentir un movimiento bajo su mano. Los dedos de Yeosang se contrajeron.
—¿Yeo? —preguntó Jongho, con la voz rota y la esperanza estallando en su pecho—. ¿Yeosang?
Los párpados del joven pelirrubio temblaron antes de abrirse lentamente. Sus ojos, antes cargados de una sabiduría milenaria, ahora se veían nublados, confundidos, puramente humanos. Yeosang parpadeó varias veces, tratando de enfocar la figura que lloraba frente a él.
—¿Jongho...? —su voz era apenas un susurro rasposo, seca por la inactividad.
—¡Dios mío, despertaste! —Jongho sollozó, presionando su frente contra la mano de Yeosang—. Estás aquí, estás aquí conmigo. Pensé que te perdía, Yeo. Pensé que te ibas para siempre.
Yeosang intentó sonreír, aunque le dolía todo el cuerpo.
—Me duele la cabeza... —murmuró—. ¿Qué pasó? Recuerdo... el cruce, el coche... y luego nada. Solo oscuridad.
Jongho llamó a los médicos a gritos, y en cuestión de minutos, la habitación se llenó de gente. Fuera, en la sala de espera, el resto de los chicos aguardaban noticias. Cuando el médico salió para decirles que Yeosang había recuperado la conciencia y que sus funciones vitales eran estables, el estallido de alegría fue unánime.
Wooyoung abrazó a San con tanta fuerza que casi lo tira al suelo. Yunho y Mingi chocaron las palmas, riendo entre lágrimas de alivio. Hongjoong suspiró profundamente, cerrando los ojos mientras apoyaba la espalda contra la pared, visiblemente agotado por la tensión del mes pasado.
Sin embargo, Seonghwa se quedó quieto, observando la puerta de la habitación con una expresión indescifrable. Él podía sentirlo. La vibración en el aire había cambiado. La nota musical que siempre acompañaba a Yeosang, esa frecuencia celestial que solo él podía percibir, se había extinguido.
Poco después, les permitieron entrar de dos en dos. Cuando fue el turno de Seonghwa y Hongjoong, Yeosang estaba incorporado en la cama, bebiendo un poco de agua que Jongho le ofrecía con una devoción casi religiosa.
—¡Yeosang! —exclamó Hongjoong, acercándose para revolverle el cabello con cariño—. Nos diste el susto de nuestras vidas, mocoso. No vuelvas a cruzar la calle sin mirar a ambos lados, ¿entendido?
Yeosang rió débilmente, sus ojos brillando con una alegría sencilla.
—Lo siento, hyung. Prometo ser más cuidadoso. Es solo que... no sé, me distraje. Es como si hubiera estado en un sueño muy largo, pero ya no recuerdo de qué trataba.
Seonghwa se acercó lentamente. Sus ojos buscaron la marca de nacimiento en la sien de Yeosang. La mancha en forma de corazón seguía allí, pero ya no palpitaba con ese brillo dorado que él conocía. Era solo una marca en la piel, una cicatriz hermosa pero muda.
—¿Cómo te sientes, Yeosang? —preguntó Seonghwa, su voz suave y cargada de una tristeza que los demás no podían comprender.
Yeosang miró a Seonghwa y le dedicó una sonrisa radiante, una sonrisa llena de una humanidad absoluta.
—Me siento... bien, Seonghwa hyung. Un poco mareado, y me duele el cuerpo, pero me siento feliz de estar aquí. Es extraño, es como si hubiera vuelto de un viaje muy largo y por fin estuviera en casa.
Seonghwa sintió un nudo en la garganta. Escudriñó la mirada de Yeosang buscando cualquier destello de complicidad, cualquier señal de que el "ángel" seguía allí, recordándole su origen compartido. Pero no encontró nada. Solo encontró a un joven humano que amaba a sus amigos y que miraba a Jongho como si fuera el centro de su universo.
Yeosang ya no sabía quién era Seonghwa en realidad. Ya no sabía que ellos dos habían compartido la eternidad antes de compartir la universidad.
—Me alegra mucho que estés de vuelta —dijo Seonghwa.
—Gracias, hyung —respondió Yeosang—. Por cierto, ¿por qué me miras así? ¿Tengo algo en la cara?
Seonghwa no pudo evitar que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. Se apresuró a limpiarla con una risa nerviosa.
—No, nada —mintió Seonghwa—. Es solo el alivio. Estábamos muy preocupados por ti.
Hongjoong le puso una mano en el hombro a Seonghwa, notando su emoción.
—Ya pasó, Hwa. Está a salvo.
—Sí —susurró Seonghwa, mirando a Yeosang, quien en ese momento bromeaba con Jongho sobre la comida del hospital—. Está a salvo.
Seonghwa se dio cuenta de la magnitud del sacrificio de Yeosang. Había renunciado a su identidad divina, a sus recuerdos y a su conexión con lo eterno solo para poder amar a Jongho sin el peso de la corona celestial. Había elegido la mortalidad absoluta. Yeosang ya no era su cómplice celestial; ahora era simplemente su amigo humano, alguien que envejecería, que olvidaría y que algún día moriría, para luego volver a nacer sin saber que alguna vez fue luz.
Esa noche, cuando las visitas terminaron y Jongho se quedó a solas con Yeosang en la habitación, el silencio era diferente.
—Jongho —dijo Yeosang, rompiendo la calma.
—¿Dime, amor?
—Es raro... siento que antes de este accidente, siempre estaba buscando algo. Como si tuviera una pregunta en la punta de la lengua que no podía pronunciar. Siempre sentía una curiosidad inmensa por todo, como si lo viera por primera vez.
Jongho le acarició la mano, escuchando con atención.
—¿Y ahora?
Yeosang miró por la ventana hacia las luces de la ciudad, y luego volvió a mirar a Jongho. Sus ojos estaban llenos de una paz que Jongho nunca había visto antes.
—Ahora ya no tengo preguntas —dijo Yeosang—. Siento que ya encontré todas las respuestas aquí mismo, contigo. No sé por qué, pero siento que pertenezco a este lugar. A esta tierra, a esta vida... a ti. Es como si por fin hubiera dejado de ser un invitado y me hubiera convertido en el dueño de mi propio destino.
Jongho se inclinó y besó la frente de Yeosang, justo sobre la marca del corazón.
—Siempre has pertenecido aquí, Yeo. No importa lo que haya pasado en ese mes de coma, o lo que hayas soñado. Estás en casa.
—Sí —asintió Yeosang, cerrando los ojos mientras se acomodaba contra las almohadas—. Estoy en casa.
Al otro lado de la ciudad, Seonghwa caminaba bajo las estrellas junto a Hongjoong. El aire nocturno era fresco, y el silencio entre ellos era cómodo, cargado de esa energía índigo y plata que los unía.
—Pareces triste, Seonghwa —comentó Hongjoong, deteniéndose para mirarlo—. Yeosang despertó, todo está bien. ¿Por qué siento que estás de luto?
Seonghwa miró hacia el cielo, buscando aquella presencia que Yeosang ya no podía percibir.
—No es luto, Joong —respondió Seonghwa con una sonrisa melancólica—. Es admiración. He visto a alguien renunciar a todo lo que era por amor. He visto el milagro más grande que existe: la elección de ser humano.
Hongjoong lo miró con curiosidad, sin entender del todo sus palabras, pero sintiendo la profundidad de su emoción. Le tomó la mano y la apretó con fuerza.
—A veces dices cosas muy extrañas, pero supongo que tienes razón. El amor nos hace hacer locuras.
Seonghwa asintió, dejando que una última lágrima cayera por su rostro. Yeosang había olvidado, pero él recordaría por ambos. Recordaría al ángel que bajó del cielo por curiosidad y se quedó por amor.
Yeosang ahora viviría una vida plena, llena de los altibajos de la mortalidad. Reencarnaría una y otra vez, buscando siempre el alma de Jongho en cada vida, tal como Dios le había prometido. Ya no sería una misión divina ni un experimento celestial. Sería simplemente la historia de un hombre llamado Kang Yeosang, cuya alma era tan grande que el cielo no pudo retenerla.
En el hospital, Yeosang se quedó dormido con una sonrisa en los labios, soñando con mañanas de sol y tardes de lluvia, con el sabor del café y el calor de un abrazo. Ya no soñaba con mares de cristal ni con coros de ángeles. Sus sueños ahora eran terrenales, finitos y, por eso mismo, infinitamente más hermosos.
El velo había caído, el pacto se había sellado. El ángel había muerto para que el hombre pudiera vivir, y en ese sacrificio, Yeosang había encontrado la verdadera divinidad: la capacidad de amar hasta el olvido absoluto de uno mismo.