My one and only
Mapas de piel y acero
Había pasado ya un tiempo considerable desde aquella noche en el gimnasio donde las barreras de Na Hwa-jin finalmente se desmoronaron. Lo que comenzó como una alianza de respeto mutuo y una chispa de vulnerabilidad compartida, se había transformado en una relación sólida, aunque mantenida bajo una discreción absoluta ante los ojos del mundo exterior. Sin embargo, en la intimidad de su apartamento, la dinámica era muy distinta a la rigidez que ambos proyectaban en la Autoridad de Protección de los Derechos Educativos.
Hwa-jin estaba sentado en el sofá de su sala, con los pies apoyados en una mesa baja y un informe sobre la mesa que, sinceramente, le estaba costando procesar. No era por la complejidad del caso, sino por la distracción táctica que tenía justo a su lado.
Lim Han-rim no estaba leyendo informes. Ella estaba ocupada en lo que se había convertido en su pasatiempo favorito: la contemplación y el "mapeo" detallado de su pareja.
—Hwa-jin, quédate quieto un segundo —murmuró ella, con una voz cargada de una fascinación casi infantil.
Él soltó un suspiro, pero no fue un suspiro de molestia. Era el sonido de un hombre que se sabía completamente derrotado por el afecto. Dejó los papeles a un lado y dejó caer la cabeza hacia atrás en el respaldo del sofá.
—Han-rim, ya me has mirado el brazo izquierdo durante diez minutos. ¿Ha cambiado algo desde la última vez?
—Mucho —respondió ella, sin apartar la vista. Estaba sentada en el suelo, entre las piernas de él, sosteniendo el antebrazo de Hwa-jin como si fuera una pieza de arte invaluable en un museo—. La luz de la lámpara hace que se marquen más los tendones cuando mueves los dedos. Es hipnótico.
Han-rim pasó las yemas de sus dedos por la piel del antebrazo de Hwa-jin. Siguió el recorrido de una vena que se bifurcaba cerca del codo y luego delineó el relieve de los músculos que él había forjado con años de entrenamiento militar y disciplina implacable. Para ella, Hwa-jin no era solo un hombre imponente; era una estructura perfecta de fuerza y resistencia.
—Tienes una fijación extraña —comentó Hwa-jin, aunque sus dedos se enredaron con suavidad en el cabello oscuro de ella.
—No es extraña, es apreciación estética —corrigió Han-rim. Se inclinó y plantó un beso suave justo en la cara interna de su muñeca, donde el pulso de Hwa-jin latía con una calma rítmica—. Y además, es una forma de recordarte que no eres una estatua. Estás vivo, Hwa-jin. Y eres mío.
Hwa-jin sintió un ligero escalofrío. No estaba acostumbrado a que lo tocaran con tanta reverencia. Durante la mayor parte de su vida, su cuerpo había sido una herramienta, un arma para ser usada y, a menudo, dañada en el cumplimiento del deber. Que alguien encontrara placer simplemente en la observación de su anatomía era algo que todavía le resultaba desconcertante, pero profundamente adictivo.
Han-rim subió el nivel de su inspección. Se puso de rodillas sobre el sofá, quedando a la altura de sus hombros. Hwa-jin vestía una camiseta negra de tirantes que dejaba poco a la imaginación sobre su condición física. Ella deslizó sus manos por sus deltoides, maravillándose de la dureza del músculo.
—A veces me pregunto si realmente estás hecho de carne y hueso o si eres algún tipo de aleación secreta del gobierno —bromeó ella, antes de presionar sus labios contra el nacimiento de su cuello.
—Si fuera de metal, no sentiría esto —respondió él, cerrando los ojos mientras el contacto de los labios de ella enviaba ondas de calor por todo su cuerpo.
—¿Y qué sientes? —preguntó Han-rim contra su piel, subiendo sus besos por la línea de la mandíbula hasta llegar a la oreja.
—Siento que estás intentando que no termine este informe —dijo él, aunque sus manos ya habían bajado a la cintura de ella para atraerla más cerca.
—El informe puede esperar a mañana. Los directores no se van a morir por un retraso de doce horas. En cambio, yo necesito mi dosis de vitamina Hwa-jin.
Ella comenzó una lenta y deliberada procesión de besos. No eran besos urgentes ni cargados de una lujuria desenfrenada; eran besos de reconocimiento. Besó la cicatriz casi invisible cerca de su sien, luego el puente de su nariz, y descendió hacia su pecho. Se detuvo en el pectoral izquierdo, justo encima del corazón, y dejó allí un beso largo y profundo.
Hwa-jin dejó escapar un gruñido bajo, una mezcla de satisfacción y rendición. Se dejó querer, permitiendo que la energía vibrante y optimista de Han-rim lo envolviera. Ella era el equilibrio perfecto para su oscuridad; donde él veía sombras y amenazas, ella encontraba luz y razones para sonreír.
—Eres demasiado inquieta —murmuró él, rodeándola con sus brazos y subiéndola a su regazo.
Han-rim se rió, una risa clara que llenó la habitación. Se apoyó contra él, disfrutando de la sensación de ser pequeña en comparación con su envergadura.
—Solo contigo. Con los demás soy una profesional ejemplar, lo sabes.
—Lo sé. He visto cómo intimidas a los delincuentes juveniles con solo una mirada —admitió Hwa-jin, permitiéndose una pequeña sonrisa—. Pero aquí... aquí pareces otra persona.
—Aquí soy solo Han-rim —dijo ella, acariciándole la mejilla—. Y tú eres solo Hwa-jin. No el Supervisor Na, no el Segador de la Autoridad. Solo el hombre que se olvida de ponerle sal al arroz y que entrena hasta que le tiemblan las manos.
Hwa-jin arqueó una ceja.
—¿Me estás llamando descuidado?
—Te estoy llamando humano —respondió ella con ternura. Luego, su mirada volvió a bajar a sus brazos—. Pero un humano muy, muy bien construido. En serio, Hwa-jin, estos tríceps deberían ser ilegales.
Él soltó una carcajada seca, un sonido raro pero que con ella se volvía cada vez más frecuente.
—¿Vas a seguir admirándome como si fuera un coche nuevo o vas a prestarme atención de verdad?
Han-rim enmarcó el rostro de él con sus manos. Sus ojos brillaban con una mezcla de picardía y afecto genuino.
—Hwa-jin, te estoy prestando toda la atención del mundo. Cada centímetro de ti me parece fascinante. Me gusta cómo se tensa tu espalda cuando estás concentrado, me gusta la fuerza de tus manos, pero sobre todo, me gusta que me dejes ver este lado que nadie más conoce.
—No se lo digas a nadie —dijo él en tono de advertencia fingida—. Arruinarías mi reputación de hombre de hierro.
—Tu secreto está a salvo conmigo —prometió ella, sellando el pacto con un beso en sus labios, esta vez más firme y demandante.
Hwa-jin respondió con una intensidad que siempre sorprendía a Han-rim. A pesar de su apariencia reservada, cuando se trataba de ella, él no guardaba nada. Sus manos, que podían romper huesos con facilidad, la sostenían con una delicadeza protectora, como si temiera que pudiera romperse si aplicaba demasiada presión.
Se separaron después de un momento, ambos con la respiración ligeramente alterada. Han-rim apoyó la frente contra la de él, respirando su aroma —una mezcla de jabón neutro, cuero y ese olor masculino tan particular de Hwa-jin que ella podría reconocer en cualquier lugar—.
—A veces me asustas un poco —confesó ella en un susurro.
Hwa-jin se tensó imperceptiblemente.
—¿Por qué?
—Porque me pregunto cómo he tenido tanta suerte —dijo ella, sonriendo de nuevo—. De que este hombre tan increíblemente fuerte y serio me mire como si fuera lo más importante de su día.
Hwa-jin no era un hombre de palabras elocuentes. Nunca lo había sido y probablemente nunca lo sería. Pero en ese momento, no las necesitaba. Tomó la mano de Han-rim, la llevó a sus labios y besó cada uno de sus nudillos con una solemnidad que valía más que cualquier declaración de amor.
—Tú eres la que me mantiene cuerdo, Han-rim —dijo él, su voz vibrando profundamente en el pecho de ella—. En este trabajo, es fácil volverse un monstruo. Tú me recuerdas por qué vale la pena no serlo.
Han-rim se conmovió, pero fiel a su naturaleza, decidió romper la solemnidad con un poco de su energía habitual. Se deslizó de su regazo y volvió a sentarse frente a él, señalando sus antebrazos de nuevo.
—Está bien, momento sentimental terminado. Ahora, haz fuerza con el brazo derecho, quiero ver si esa vena que descubrí el martes sigue ahí.
Hwa-jin puso los ojos en blanco, pero una sonrisa de resignación se instaló en su rostro. Flexionó el brazo según las instrucciones, permitiendo que ella continuara con su "estudio anatómico".
—Eres imposible —murmuró él.
—Y tú eres perfecto para mis estudios —replicó ella, volviendo a besar la piel bronceada y firme de su brazo—. Quédate así. No te muevas.
Hwa-jin volvió a recostarse, observando a la mujer que amaba con una mirada que rebosaba una devoción que jamás habría creído posible. El mundo exterior podía ser un caos de corrupción, violencia y deberes interminables, pero en ese pequeño rincón, bajo la luz tenue de la lámpara, Na Hwa-jin no tenía que ser el protector de nadie más que de la mujer que, con besos y caricias, le había enseñado que dejarse querer era la victoria más grande de todas.
—Han-rim —dijo él después de un rato de silencio, mientras ella seguía concentrada en su tarea.
—¿Mmm?
—Mañana... mañana podemos ir a ese sitio de montaña que querías visitar.
Han-rim levantó la vista de golpe, con los ojos iluminados.
—¿En serio? ¿Incluso con todo el trabajo que tienes?
—El trabajo puede esperar —dijo Hwa-jin, repitiendo las palabras de ella—. Y supongo que caminar por la montaña será un buen ejercicio para mis piernas. Así tendrás algo nuevo que analizar el domingo.
Han-rim soltó un grito de alegría y se lanzó a sus brazos, derribándolo casi sobre el sofá.
—¡Eres el mejor, Supervisor Na! ¡Prometo que el análisis será exhaustivo!
Hwa-jin la abrazó con fuerza, riendo entre dientes mientras ella lo llenaba de besos rápidos por toda la cara. Sí, definitivamente, dejarse querer por Lim Han-rim era el mejor castigo que la vida le había impuesto. Y no tenía ninguna intención de apelar la sentencia.