My one and only
Entre el metal y el deseo
El silencio en el pasillo de la escuela secundaria era absoluto, o al menos lo habría sido si no fuera por el eco rítmico de los pasos de los guardias de seguridad que patrullaban el nivel inferior. Dentro del club de kendo, la oscuridad era casi total, rota únicamente por las rendijas de ventilación de los casilleros metálicos.
—¿Cómo hemos acabado aquí otra vez? —La voz de Na Hwa-jin sonó como un trueno contenido, una vibración profunda que resonó directamente en el pecho de la mujer que tenía pegada a él.
—¡Lo siento, señor! —susurró Im Han-rim, logrando la extraña hazaña de que un susurro sonara como un grito ahogado—. Lo que hice fue una estupidez. ¡No volverá a ocurrir, señor!
Hwa-jin cerró los ojos, intentando ignorar el hecho de que el espacio era tan reducido que podía sentir cada curva del cuerpo atlético de Han-rim contra el suyo. Estaban atrapados en un casillero de limpieza, rodeados de escobas y el olor a desinfectante, porque ella había decidido que "investigar de cerca" a los sospechosos de vandalismo implicaba seguirlos hasta un callejón sin salida donde la única opción de escape rápido era... bueno, esto.
—Eso no es lo que pregunté, Im Han-rim —replicó él, tratando de mantener su tono profesional a pesar de que su brazo derecho estaba atrapado entre la espalda de ella y la pared de metal, y su mano izquierda no tenía más remedio que descansar sobre la cadera de la mujer.
—Bueno... —Han-rim intentó moverse para ajustar su posición, pero solo logró presionar sus muslos más firmemente contra los de él—. Estábamos a punto de ser descubiertos. Mi instinto de supervivencia tomó el mando. Y usted me siguió, supervisor.
—Te seguí para evitar que te arrestaran por allanamiento antes de tiempo —dijo Hwa-jin, aunque ambos sabían que su capacidad para salir de situaciones legales era casi tan alta como su capacidad para romper huesos.
El silencio volvió a caer, pero esta vez fue diferente. Ya no era el silencio de la huida, sino uno cargado de una conciencia física abrumadora. Hwa-jin era un hombre de complexión imponente; sus hombros apenas cabían en el ancho del casillero, lo que obligaba a Han-rim a estar prácticamente fundida a su torso. Ella era más baja, lo que situaba su rostro justo a la altura de la clavícula de él.
Han-rim, a pesar de la situación precaria, no pudo evitar que su naturaleza curiosa y su fijación por el físico de su compañero tomaran el control. Podía sentir el calor que emanaba de él, un calor seco y potente. Sus antebrazos, esos que ella tanto admiraba, estaban tensos.
—Señor... —murmuró ella, moviendo la cabeza ligeramente. Su nariz rozó la piel del cuello de Hwa-jin—. Está muy tenso.
—Estamos en un casillero de un metro cuadrado, Han-rim. No es precisamente un spa —respondió él, aunque su voz flaqueó un poco cuando sintió el aliento cálido de ella contra su piel.
—No es solo eso. —Ella se atrevió a mover una mano, deslizándola por el brazo de él que tenía más cerca. La tela de la camisa de Hwa-jin era fina, y ella pudo sentir la dureza del músculo debajo—. Siempre está así. Como si fuera a estallar.
—Es disciplina —sentenció él, aunque su respiración se volvió más pesada.
—Es más que eso —insistió Han-rim. Se olvidó por un momento de los guardias y de la misión. Estar tan cerca de Na Hwa-jin era una tentación que llevaba meses cocinando a fuego lento. Se inclinó un poco más, dejando que sus labios rozaran casi imperceptiblemente el lóbulo de la oreja de él—. Es como si estuviera conteniendo algo todo el tiempo.
Hwa-jin sintió una descarga eléctrica recorrer su columna. No era un hombre que perdiera el control fácilmente, pero Han-rim tenía una forma de desmantelar sus defensas con una naturalidad aterradora. Su mano en la cadera de ella se cerró con un poco más de fuerza, hundiendo los dedos en la tela de su pantalón táctico.
—Han-rim, detente —advirtió él, aunque no hizo ningún movimiento por apartarla.
—¿Por qué? —preguntó ella, con una valentía que solo la oscuridad y el encierro podían otorgar—. No hay nadie aquí. Solo nosotros. Y este casillero es muy, muy estrecho.
Ella se movió de nuevo, esta vez de forma deliberada. Deslizó su cuerpo hacia arriba, buscando los labios de él, pero en el proceso, su pelvis rozó la de Hwa-jin. El contacto fue eléctrico. Hwa-jin soltó un gruñido ahogado, un sonido animal que nunca salía a la luz en las oficinas de la Autoridad.
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo —dijo él, su voz ahora era un rugido bajo, directo al oído de ella.
—Sé que me gusta cómo se siente —admitió ella con una honestidad brutal—. Sé que me gusta ver cómo pierde esa expresión de piedra cuando lo toco.
Han-rim no esperó respuesta. Acortó la distancia y presionó sus labios contra el cuello de Hwa-jin, justo en el lugar donde su pulso latía con fuerza. Comenzó a besarlo allí, besos pequeños, húmedos y constantes, mientras sus manos subían para aferrarse a sus hombros. Admiró, incluso en la penumbra, la forma en que sus músculos reaccionaban a su tacto, volviéndose aún más rígidos.
Hwa-jin finalmente cedió. La tensión de meses, las miradas compartidas sobre informes, los roces "accidentales" en el gimnasio... todo colapsó en ese espacio metálico. Dejó que su cabeza cayera hacia atrás contra la pared del casillero, exponiendo su cuello al hambre de ella.
—Eres un problema, Im Han-rim —susurró él, pero sus manos ya no estaban quietas. Bajaron desde su cintura hasta sus muslos, elevándola ligeramente para que ella quedara más encajada contra él.
La fricción era inevitable. Con cada movimiento de Han-rim para acomodarse, sus cuerpos se frotaban con una intensidad que hacía que el aire en el casillero se volviera irrespirable. Ella soltó un pequeño gemido cuando sintió la evidencia física del deseo de Hwa-jin presionando contra su propio vientre.
—Señor... Hwa-jin... —jadeó ella, usando su nombre de pila por primera vez en una situación que no era de vida o muerte, aunque para ella, esto se sentía como ambas cosas.
Hwa-jin no era de los que se quedaban atrás una vez que la batalla había comenzado. Se inclinó hacia adelante, capturando los labios de Han-rim en un beso que no tenía nada de la caballerosidad que a veces fingía. Era un beso hambriento, posesivo, que reclamaba cada centímetro de su boca. Sus lenguas se encontraron en una danza desesperada mientras el sonido del metal crujiendo bajo su peso se convertía en el único ruido en la habitación.
Él comenzó a moverse rítmicamente, un movimiento de cadera lento y deliberado que buscaba el contacto total a través de las capas de ropa. Han-rim envolvió sus piernas alrededor de la cintura de él como pudo en el espacio limitado, gimiendo contra sus labios mientras la fricción generaba un calor abrasador entre ellos.
—Dios, Han-rim... —gruñó Hwa-jin, enterrando su rostro en el hueco de su hombro, respirando su aroma a cítricos y adrenalina—. Si alguien abre esta puerta...
—Que la abran —respondió ella, arqueando la espalda, lo que solo sirvió para que el roce fuera más profundo—. No me importa. Solo quiero esto. Te quiero a ti.
Hwa-jin la apretó más contra él, sus manos grandes abarcando sus nalgas para dictar el ritmo del roce. Era un ejercicio de tortura y placer a partes iguales. Sus cuerpos se movían en una sincronía perfecta, una fricción seca que amenazaba con prender fuego a sus uniformes. Él podía sentir la humedad de ella a través de la tela, y la desesperación en sus movimientos le decía que ella estaba tan al límite como él.
—Mírame —ordenó él, apartándose lo justo para encontrar sus ojos en la penumbra.
Han-rim obedeció, sus ojos brillantes por la excitación y las mejillas encendidas.
—Dilo —exigió Hwa-jin, su mirada intensa evaluando cada reacción de ella.
—Me vuelves loca —soltó ella, sin aliento—. Me gusta tu fuerza, me gusta tu seriedad... me gusta cómo me haces sentir pequeña y protegida, pero también cómo tiemblas cuando te beso. Te quiero, Na Hwa-jin. No solo como mi superior.
Hwa-jin no respondió con palabras. En su lugar, aumentó la velocidad de sus movimientos, un vaivén constante y profundo que hizo que Han-rim apretara los dientes para no gritar de placer. Él era una fuerza de la naturaleza, una masa de músculo y determinación que ahora estaba enfocada enteramente en ella.
El clímax llegó para ambos en un estallido de sensaciones que los dejó temblando y aferrados el uno al otro como náufragos. Hwa-jin hundió el rostro en el cabello de ella, tratando de normalizar su respiración, mientras Han-rim escondía su cara en el pecho de él, escuchando el latido desbocado de su corazón.
Pasaron varios minutos antes de que el mundo exterior volviera a existir. El sonido de una puerta cerrándose a lo lejos les recordó dónde estaban.
—Creo que los guardias se han ido —susurró Han-rim, su voz todavía temblorosa.
Hwa-jin soltó un suspiro largo, su frente apoyada contra la de ella. La rigidez profesional había regresado a su rostro, pero sus ojos guardaban una suavidad que solo ella conocía.
—Tenemos que salir de aquí —dijo él, aunque sus manos seguían acariciando la espalda de ella con una ternura inesperada.
—¿Y qué pasará mañana? —preguntó ella, con un rastro de preocupación—. ¿Volveremos a ser el Supervisor Na y la Agente Im como si nada?
Hwa-jin la miró fijamente, luego se inclinó y le dio un beso corto pero firme en los labios.
—Mañana seguiremos con el trabajo —dijo él—. Pero ya no habrá más "como si nada". Has dejado muy claro lo que sientes, Han-rim. Y yo no soy un hombre que ignore los informes importantes.
Ella sonrió, esa sonrisa optimista que siempre lograba desarmarlo.
—¿Eso significa que puedo seguir admirando sus antebrazos en la oficina?
Hwa-jin abrió la puerta del casillero con cuidado, asegurándose de que el pasillo estuviera despejado. Antes de salir, se giró hacia ella con una media sonrisa que era casi un desafío.
—Puedes admirar lo que quieras, Han-rim. Siempre y cuando el próximo "mapeo" sea en mi casa y no en un armario de limpieza.
Han-rim soltó una risita y salió tras él, arreglándose el uniforme. Mientras caminaban sigilosamente hacia la salida de la escuela, ella no podía dejar de mirar la espalda ancha de Hwa-jin. Sabía que las cosas serían complicadas, que su relación tendría que ser un secreto por un tiempo, pero después de lo que había pasado entre esas paredes de metal, sabía que Na Hwa-jin era suyo. Y él, aunque no lo dijera en voz alta, sabía que finalmente había encontrado a la única persona capaz de enseñarle que, a veces, perder el control es la mejor forma de ganar.