My one and only
El peso de la eternidad bajo la piel
Había una cualidad casi mística en la forma en que el tiempo se doblaba cuando Na Hwa-jin y Im Han-rim estaban solos. Fuera de las paredes reforzadas de la Autoridad de Protección de los Derechos Educativos, el mundo podía ser un caos de burocracia, delincuencia juvenil y dilemas morales, pero dentro de su hogar, el ritmo lo dictaba el latido pausado de Hwa-jin y la curiosidad insaciable de Han-rim.
Llevaban tiempo casados, y aunque muchos habrían esperado que la familiaridad mitigara la intensidad de su vínculo, para Han-rim, el paso de los años solo había refinado su obsesión. Hwa-jin, por su parte, había pasado de ser un hombre que apenas toleraba el contacto físico a uno que lo buscaba como si fuera el aire que respiraba, aunque siempre manteniendo esa fachada de estoicismo que tanto divertía a su esposa.
Esa noche, Hwa-jin estaba sentado en el sillón de lectura, con la camisa blanca desabrochada y las mangas remangadas hasta los codos. Estaba revisando unos expedientes, pero su concentración se vio interrumpida por el suave roce de unos labios en la parte posterior de su cuello.
—Estás forzando la vista de nuevo —murmuró Han-rim, rodeando sus hombros con los brazos.
Hwa-jin dejó escapar un suspiro que era mitad rendición y mitad alivio. Dejó los papeles sobre la mesa auxiliar y se recostó, permitiendo que ella tomara posesión de su espacio personal.
—Alguien tiene que asegurarse de que los nuevos supervisores no arruinen el trabajo de campo, Han-rim.
—Y alguien tiene que asegurarse de que el Supervisor Principal no se convierta en una estatua de mármol antes de los cuarenta —replicó ella, deslizándose para quedar sentada en el suelo, entre las piernas de él.
Hwa-jin la observó desde arriba. Han-rim no había cambiado mucho; seguía teniendo esa mirada chispeante y esa energía que parecía iluminar los rincones más oscuros de su mente. Pero había algo en la forma en que ella lo miraba ahora, una mezcla de devoción y posesividad, que siempre lograba acelerar su pulso.
Ella tomó el antebrazo derecho de Hwa-jin, colocándolo sobre su regazo con una delicadeza casi ritual. Con las yemas de los dedos, comenzó a delinear las venas que se marcaban bajo la piel bronceada, siguiendo el recorrido del músculo hasta el codo.
—Nunca me cansaré de esto —dijo ella, casi para sí misma—. Tienes un cuerpo que parece diseñado por un escultor con mal genio. Todo es tan sólido, tan... permanente.
—Es solo entrenamiento, Han-rim —respondió él, aunque sus dedos se enredaron en el cabello oscuro de ella de forma protectora.
—No, no lo es. Es disciplina hecha carne. —Ella se inclinó y plantó un beso húmedo y lento justo en la cara interna de su antebrazo, una zona donde la piel era sensible—. Me gusta cómo reaccionas cuando te toco aquí. Puedo sentir cómo tus músculos se tensan, como si estuvieras intentando no atraparme.
—A veces es difícil no hacerlo —admitió Hwa-jin con una voz que había bajado varios decibelios.
Han-rim subió la apuesta. Se puso de rodillas, quedando a la altura de su pecho. Sus manos subieron por los hombros de él, deshaciéndose de la camisa blanca hasta que esta cayó por sus brazos, revelando el torso imponente que tantas veces la había dejado sin aliento. Ella no perdió el tiempo; comenzó una procesión de besos que recorría sus clavículas, el nacimiento de su cuello y la línea de su mandíbula.
—Eres tan guapo que duele, Hwa-jin —susurró ella contra su piel—. A veces, en la oficina, te miro desde lejos y me pregunto cómo es posible que este hombre sea mío. Cómo es posible que este "Segador" me deje besarlo hasta que se olvida de su propio nombre.
Hwa-jin la tomó por la cintura, sus manos grandes y callosas abarcando casi todo el contorno de su torso. La atrajo hacia sí con una firmeza que no admitía réplica, obligándola a sentarse a horcajadas sobre su regazo.
—No soy yo quien olvida su nombre, Han-rim —dijo él, su mirada fija en los labios de ella—. Eres tú la que tiene el poder de desmantelar todo lo que he construido.
—Entonces déjame terminar el trabajo —desafió ella, desabrochando el primer botón del pantalón de él.
El ambiente en la habitación cambió de inmediato. La ternura del momento cotidiano se transformó en una tensión eléctrica, cargada de un deseo que, lejos de apagarse con el matrimonio, se había vuelto más profundo y complejo. Hwa-jin la levantó sin esfuerzo, llevándola hacia el dormitorio con esa zancada segura que siempre hacía que las rodillas de Han-rim flaquearan.
La dejó sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con el fuego que ardía en sus ojos. Él se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos, revelando un físico que era el testimonio de años de sacrificio y combate. Para Han-rim, ver a Hwa-jin desnudo era como observar una fuerza de la naturaleza contenida en un molde humano.
Él se situó sobre ella, cubriéndola por completo con su envergadura. Han-rim estiró los brazos, rodeando su espalda, maravillándose de la amplitud de sus hombros y la dureza de sus dorsales.
—Mírame —ordenó Hwa-jin, su voz resonando en el pecho de ella.
Han-rim obedeció, encontrando esos ojos oscuros que solían ser tan fríos, pero que ahora desbordaban una pasión posesiva.
—Eres la única persona a la que permito entrar aquí —dijo él, señalando su pecho, justo encima del corazón—. No lo olvides nunca.
—Nunca —respondió ella, atrayéndolo hacia abajo para un beso que sabía a promesa y a hambre antigua.
El encuentro fue una sinfonía de contrastes. Hwa-jin era la fuerza, el ancla sólida que dictaba el ritmo con estocadas profundas y deliberadas que hacían que Han-rim se arqueara bajo él, buscando más contacto, más de ese peso que la hacía sentir completa. Ella era el movimiento, la respuesta vibrante que envolvía a Hwa-jin, llevándolo más allá de su control habitual.
En el calor del acto, Han-rim buscó de nuevo sus brazos. Mientras él se movía dentro de ella, ella besaba sus bíceps, sus hombros, incluso sus manos cuando estas se cerraban sobre las suyas contra el colchón. Tenía una fijación con su fuerza, con la idea de que ese hombre, capaz de derribar puertas y enfrentarse a ejércitos, se volviera vulnerable bajo su tacto.
—Hwa-jin... —jadeó ella, sus uñas marcando la espalda de él—. No te detengas... por favor.
—No me voy a detener —gruñó él, aumentando la velocidad, sus músculos trabajando en perfecta sincronía—. Eres mía, Han-rim. Hasta la última gota.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión silenciosa que los dejó temblando y aferrados el uno al otro. Hwa-jin hundió el rostro en el cuello de ella, respirando agitado, mientras Han-rim le acariciaba el cabello, sintiendo el sudor que cubría su piel.
Pasaron los minutos y la respiración de ambos se normalizó. Hwa-jin se rodó hacia un lado, pero no se alejó; atrajo a Han-rim hacia su pecho, envolviéndola en sus brazos anchos. Ella apoyó la cabeza en su hombro, trazando círculos perezosos en su pectoral.
—¿Sabes en qué estaba pensando hace un momento? —preguntó ella en un susurro.
—Si era en comida, te decepcionará saber que no he cocinado nada —respondió él con un rastro de humor seco.
Han-rim soltó una risita y le dio un pequeño golpe en el brazo.
—No, tonto. Estaba pensando en la primera vez que te vi en el gimnasio. Parecías tan... inalcanzable. Como si estuvieras hecho de acero y hielo.
Hwa-jin guardó silencio por un momento, observando el techo.
—Ese día estaba intentando no volverme loco —admitió él—. El trabajo, la soledad... sentía que me estaba convirtiendo en una herramienta. Y luego llegaste tú, con esa sonrisa y esa forma de cuestionarlo todo.
—Y te curé las manos —recordó ella, tomando la mano derecha de él y besando los nudillos—. Ese fue el principio del fin para el Supervisor Na.
—Fue el principio de todo para Na Hwa-jin —corrigió él, besando la coronilla de su esposa.
El silencio volvió a reinar, pero era un silencio cálido, lleno de la seguridad que solo años de confianza mutua pueden construir. Hwa-jin, a pesar de su naturaleza reservada, se sentía en paz. Con Han-rim no necesitaba máscaras ni escudos. Ella conocía sus miedos, sus cicatrices y esa parte de él que todavía temía no ser suficiente para protegerla.
—Hwa-jin —dijo ella después de un rato, su voz volviéndose seria—. ¿Crees que algún día nos cansaremos de esto? ¿De la adrenalina, del secreto, de nosotros?
Él se incorporó un poco para mirarla a los ojos. Su expresión era de una solemnidad absoluta.
—He pasado la mitad de mi vida buscando algo por lo que valiera la pena luchar, Han-rim. Y la otra mitad, intentando protegerlo. —Le acarició la mejilla con el pulgar—. No me canso de respirar, así que no veo cómo podría cansarme de ti.
Han-rim sintió que sus ojos se humedecían. Hwa-jin no era un hombre de grandes discursos, pero cuando hablaba, cada palabra tenía el peso de una verdad inamovible.
—Eres un cursi —dijo ella, intentando ocultar su emoción con una broma.
—Soy tu esposo —replicó él, volviendo a tumbarse y atrayéndola más cerca—. Y ahora, duerme. Mañana tienes esa inspección en la escuela técnica y no quiero que te quedes dormida en medio de un informe.
—¿Me vas a llevar tú? —preguntó ella, cerrando los ojos.
—Siempre —fue la respuesta de él.
A la mañana siguiente, la rutina de la Autoridad regresó. Los uniformes estaban impecables, las expresiones eran serias y el trato era estrictamente profesional. Na Hwa-jin caminaba por los pasillos con su habitual presencia imponente, infundiendo respeto y un poco de temor a su paso.
Sin embargo, cuando se cruzó con Im Han-rim en el pasillo principal, hubo un breve segundo en el que sus miradas se encontraron. No hubo sonrisas, no hubo gestos obvios. Solo un ligero asentimiento de cabeza por parte de él y un brillo travieso en los ojos de ella.
—Buenos días, Supervisor Na —dijo ella al pasar, su tono perfectamente formal.
—Buenos días, Agente Im —respondió él, su voz tan profunda y autoritaria como siempre.
Pero mientras ella se alejaba, Hwa-jin no pudo evitar seguirla con la mirada un momento más de lo necesario. Sus ojos se posaron en la forma en que el uniforme se ajustaba a su espalda, y recordó el calor de su piel y la suavidad de sus besos de la noche anterior.
Un supervisor joven, que caminaba junto a él, notó la distracción.
—¿Pasa algo malo con la Agente Im, señor? —preguntó el joven, preocupado por si había alguna falla en el protocolo.
Hwa-jin se volvió hacia el joven, recuperando su máscara de hierro de inmediato.
—Nada malo —dijo Hwa-jin, su voz volviendo a ser el eco de la disciplina—. Simplemente me aseguraba de que su equipo esté en orden. Continúe con su informe.
El joven asintió, intimidado, y se apresuró a seguir su camino. Hwa-jin, por su parte, permitió que una sombra de sonrisa cruzara sus labios por una fracción de segundo.
Nadie en esa oficina sabía que el hombre más temido de la Autoridad tenía una debilidad por los besos en sus antebrazos. Nadie sabía que, debajo de ese uniforme, llevaba las marcas invisibles de una mujer que lo amaba sin miedo. Y nadie sabía que, para Na Hwa-jin, el título de Supervisor Principal no significaba nada comparado con el título de esposo de Im Han-rim.
Porque al final del día, después de las peleas, los informes y la presión del deber, Hwa-jin sabía que regresaría a casa. Regresaría a los besos, a las caricias y a la mirada de una mujer que veía al hombre detrás del monstruo, al corazón detrás del acero.
Y mientras caminaba hacia su despacho, con el peso del deber sobre sus hombros, Na Hwa-jin se sintió más ligero que nunca. Porque sabía que, sin importar lo que el mundo le lanzara, él ya había ganado la batalla más importante de todas: la batalla por su propia humanidad, librada y ganada en los brazos de la mujer que le enseñó que dejarse querer era, en realidad, la forma más pura de fortaleza.