My one and only
La medida de la fuerza
La cocina del apartamento de Na Hwa-jin era, al igual que él, un espacio de líneas limpias, superficies de granito oscuro y una funcionalidad casi quirúrgica. Sin embargo, esa mañana, la pulcritud del lugar se veía interrumpida por la presencia vibrante de Im Han-rim, quien, vestida únicamente con una de las camisas negras de Hwa-jin que le llegaba a mitad del muslo, intentaba desesperadamente alcanzar un frasco de especias en el estante superior.
Hwa-jin entró en la estancia en silencio, observando la escena con una mezcla de adoración y diversión contenida. Han-rim estaba de puntillas, estirando su brazo delgado mientras la seda de la camisa se tensaba sobre su espalda. La diferencia de tamaño entre ellos nunca era tan evidente como en momentos cotidianos como este; ella parecía una criatura menuda y delicada perdida en un mundo diseñado para gigantes.
—¿Necesitas apoyo logístico, agente Im? —La voz de Hwa-jin, profunda y cargada de ese matiz ronco de quien acaba de despertar, hizo que ella diera un pequeño salto.
Han-rim se giró, apoyando la espalda contra la encimera y bufando con una sonrisa juguetona.
—Este estante es una ofensa personal, Hwa-jin. Claramente lo diseñó alguien que mide dos metros y no tiene consideración por el resto de la humanidad.
Hwa-jin se acercó con paso lento, acortando la distancia hasta que su sombra envolvió por completo la figura de ella. No se detuvo hasta que su pecho estuvo a milímetros del rostro de Han-rim. Ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás, maravillándose una vez más de la envergadura de sus hombros y la solidez de su torso.
—El mundo está diseñado para los que pueden tomar lo que quieren —murmuró él, extendiendo su brazo derecho sin esfuerzo alguno.
Sus dedos largos y fuertes rodearon el frasco de cristal con una facilidad insultante. Han-rim no miró el frasco; miró la mano de él. Observó cómo los tendones de su antebrazo se marcaban bajo la piel bronceada y cómo sus dedos, de articulaciones marcadas y uñas perfectamente cuidadas, hacían que el objeto pareciera un juguete.
—Eres absurdamente grande —susurró ella, estirando sus propias manos para rodear la muñeca de él. Sus dedos ni siquiera llegaban a cerrarse por completo alrededor de la articulación de Hwa-jin—. A veces olvido que eres un hombre de verdad y no una montaña que aprendió a caminar.
—Soy muy real, Han-rim —respondió él, dejando el frasco sobre la encimera pero sin alejarse. Bajó la mano y permitió que ella la inspeccionara, como solía hacer.
Han-rim tomó la mano derecha de Hwa-jin entre las suyas. Comparadas con las de él, sus manos parecían las de una muñeca de porcelana. Comenzó a trazar la longitud de sus dedos, uno por uno, con una fascinación que rozaba lo obsesivo. Le encantaba la textura de su piel, la dureza de sus palmas y, sobre todo, la longitud de esos dedos que parecían diseñados para desmantelar armas... o para explorar los rincones más profundos de su ser.
—Tienes manos de pianista, pero con la fuerza de un verdugo —dijo ella, llevando el dedo índice de Hwa-jin a sus labios y mordisqueando la punta con suavidad—. Siempre me pregunto cómo algo tan grande puede ser tan preciso.
Hwa-jin sintió un tirón familiar en el vientre. La fijación de Han-rim con su tamaño y su fuerza siempre despertaba en él un instinto primitivo de posesión. La tomó por la cintura, levantándola del suelo como si no pesara nada, y la sentó sobre la encimera de granito frío.
—¿Te gusta que sea grande, Han-rim? —preguntó él, su mirada volviéndose oscura y depredadora.
—Me vuelve loca —admitió ella sin dudarlo, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de él, sintiendo la dureza de sus muslos—. Me gusta que puedas alcanzar lo que yo no puedo. Me gusta que tus manos cubran casi todo mi cuerpo. Me gusta sentirme pequeña cuando estoy contigo, porque sé que nadie más en el mundo puede hacerme sentir así.
Hwa-jin hundió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando el aroma a sueño y piel limpia. Sus manos bajaron de su cintura a sus muslos, apretando con una firmeza que dejó marcas temporales en la piel clara de ella.
—Entonces deja de hablar —gruñó él contra su piel— y déjame recordarte exactamente por qué estas manos son tu mayor perdición.
Él la besó con una intensidad que siempre la dejaba sin aliento, un beso que reclamaba territorio y exigía rendición. Mientras sus bocas se exploraban con hambre, la mano derecha de Hwa-jin comenzó a deslizarse bajo la camisa negra. Sus dedos largos recorrieron la curva de su cadera, subiendo por sus costillas hasta alcanzar sus pechos. Han-rim soltó un gemido cuando sintió la palma de él cubriéndola por completo; su mano era tan grande que podía abarcar casi todo su torso frontal.
—Eres tan pequeña —susurró él, rompiendo el beso para observar cómo su mano se veía contra la piel de ella—. A veces temo que si aprieto demasiado, te romperé.
—No lo harás —respondió ella, jadeando—. Soy mucho más resistente de lo que parezco, Hwa-jin. Y tú eres mucho más cuidadoso de lo que admites.
Él bajó de nuevo, pero esta vez sus dedos buscaron el centro de su humedad. Han-rim arqueó la espalda, apoyando las manos en los hombros anchos de él para mantener el equilibrio. Cuando los dedos de Hwa-jin hicieron contacto con ella, la diferencia de tamaño se volvió una experiencia sensorial abrumadora.
Eran dedos largos, expertos, que se movían con una cadencia que él parecía haber memorizado de sus encuentros anteriores. Hwa-jin la observaba con una intensidad clínica, disfrutando de cada espasmo de sus músculos, de la forma en que sus ojos se ponían en blanco y cómo su respiración se volvía errática.
—Mira esto, Han-rim —ordenó él con voz autoritaria.
Ella bajó la vista, viendo cómo los dedos de él desaparecían dentro de ella. La imagen era erótica a un nivel casi insoportable: la mano masiva y poderosa de Na Hwa-jin reclamando su cuerpo menudo.
—Son tan largos... —susurró ella, su voz quebrándose—. Siento que llegan hasta mi alma.
—Llegan a donde yo quiero que lleguen —replicó él, aumentando el ritmo.
Hwa-jin no solo usaba su fuerza; usaba su conocimiento del cuerpo humano. Sabía exactamente dónde presionar, cómo girar sus dedos para que ella se retorciera bajo su toque. Disfrutaba de la vulnerabilidad de Han-rim, de cómo ella se entregaba por completo a su tamaño y a su poder.
—Más... por favor, Hwa-jin —suplicó ella, enterrando las uñas en los deltoides de él, maravillándose de la dureza del músculo que ni siquiera se inmutaba ante su presión.
—¿Quieres más? —Él introdujo un tercer dedo, estirando las paredes de ella, llenándola de una manera que solo él podía—. ¿Quieres sentir todo el peso de lo que soy?
—Sí... todo —jadeó ella.
Él la sacó de la encimera sin dejar de tocarla, llevándola hacia el dormitorio con una facilidad pasmosa. La lanzó sobre la cama y se deshizo de su propia ropa en movimientos rápidos y eficientes. Cuando se situó sobre ella, la disparidad física fue absoluta. Hwa-jin cubría casi todo el cuerpo de Han-rim; era como si ella estuviera protegida por una armadura de carne y hueso.
—Mírame, Han-rim —dijo él, sujetando sus manos por encima de su cabeza con una sola de las suyas. Sus dedos rodeaban ambas muñecas de ella con espacio de sobra—. Dime quién te posee.
—Tú... solo tú —respondió ella, con los ojos empañados por las lágrimas de placer—. Eres mi gigante, Hwa-jin. El único que puede llenarme así.
Él entró en ella con una estocada lenta y profunda, disfrutando del sonido que ella emitió, un grito que fue ahogado por el beso posesivo que él le dio a continuación. El acto fue una coreografía de poder y entrega. Hwa-jin se movía con una fuerza controlada, midiendo cada impulso para llevarla al límite sin sobrepasarlo, mientras ella se aferraba a él como si fuera el único punto sólido en un universo que se desmoronaba.
—Eres tan estrecha... —gruñó él cerca de su oído—, parece que fueras a estallar.
—Es porque eres... demasiado —respondió ella entre espasmos—. Pero no te detengas. No te atrevas a detenerte.
El clímax los alcanzó como una tormenta. Han-rim se contrajo alrededor de él, gritando su nombre mientras las ondas de placer la sacudían. Hwa-jin la siguió poco después, enterrando el rostro en su almohada y dejando escapar un rugido bajo mientras su cuerpo, esa máquina perfecta de guerra, se rendía finalmente al éxtasis.
Minutos después, el silencio regresó a la habitación, solo interrumpido por sus respiraciones acompasadas. Hwa-jin seguía sobre ella, aunque apoyando su peso en los codos para no aplastarla. Han-rim le acariciaba el cabello, sus dedos pequeños perdiéndose en las hebras negras.
—¿Estás bien? —preguntó él, su voz volviendo a su tono habitual, aunque con una suavidad que solo ella conocía.
—Estoy perfecta —respondió ella, sonriendo—. Aunque creo que mis muñecas van a tener marcas de tus dedos mañana.
Hwa-jin levantó las manos de ella y besó las marcas rojizas con una devoción casi solemne.
—Lo siento. A veces olvido mi propia fuerza cuando estoy contigo.
—No lo sientas —dijo ella, tirando de él para que volviera a besarla—. Me encanta saber que eres capaz de esto. Me encanta que utilices toda esa fuerza para mantenerme a salvo... y para hacerme sentir que soy lo único que importa en tu mundo.
Hwa-jin la estrechó contra su pecho. Ella se sentía tan pequeña contra él, su cabeza apenas llegando a la mitad de su esternón. Era una sensación de protección absoluta.
—Lo eres, Han-rim. Eres lo único que importa.
Se quedaron así durante un rato, disfrutando de la calma tras la tempestad. Han-rim, incapaz de estarse quieta, comenzó a jugar de nuevo con la mano de Hwa-jin, entrelazando sus dedos cortos con los largos de él.
—Hwa-jin... —murmuró ella con un tono travieso.
—¿Mmm?
—¿Sabes qué más no alcanzo en la cocina?
Hwa-jin soltó una carcajada seca, un sonido que siempre calentaba el corazón de Han-rim. Se incorporó un poco y la miró con una ceja arqueada.
—¿El juego de té que guardé en el armario sobre la nevera?
—Exactamente —dijo ella, guiñándole un ojo—. Así que vas a tener que levantarte y usar esos músculos tan útiles para prepararme algo.
Hwa-jin suspiró, pero se levantó de la cama con una agilidad que desmentía su tamaño. Se puso los pantalones y se giró para mirarla, su figura recortada contra la luz que entraba por la ventana.
—Eres una manipuladora, agente Im. Usas mi tamaño para tus propios fines egoístas.
—Uso los recursos disponibles para maximizar la eficiencia de la misión —replicó ella con una sonrisa profesional—. Y mi misión actual es tomar el té con el hombre más guapo y fuerte de la Autoridad.
Hwa-jin negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír mientras salía de la habitación. Han-rim se quedó en la cama, envuelta en las sábanas, escuchando el sonido de sus pasos pesados y seguros en el pasillo.
Sabía que fuera de esas paredes, Na Hwa-jin era el Segador, el hombre de hierro que no conocía el miedo y que imponía respeto con solo su presencia. Pero allí, en la intimidad de su hogar, era el hombre que bajaba frascos de especias, el hombre que la sostenía como si fuera el cristal más valioso del mundo, y el hombre cuyos dedos largos y fuertes habían escrito un mapa de placer sobre su piel que ella nunca querría borrar.
—¡Hwa-jin! —gritó ella desde la cama.
—¿Qué pasa ahora? —respondió él desde la cocina.
—¡No te olvides de las galletas! ¡También están en el estante de arriba!
Hubo un breve silencio, seguido del sonido de un armario cerrándose y una risa baja que resonó por todo el apartamento.
—A veces —murmuró Hwa-jin para sí mismo mientras alcanzaba la caja de galletas con un solo movimiento—, creo que ella es la que tiene el verdadero poder aquí.
Y mientras preparaba el té, observando sus propias manos, esas manos que habían hecho tanto daño en el pasado, Hwa-jin se dio cuenta de que Han-rim tenía razón. Su tamaño y su fuerza no eran solo herramientas para la guerra; eran el lenguaje con el que podía amar a la única mujer que no le temía a su sombra, sino que encontraba en ella el refugio más cálido de todos.