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Nacimiento de amor

El Despertar de la Bestia y el Vientre del Pecado

El silencio en la habitación de Ohma era denso, cargado con el aroma del incienso barato que Yamashita solía comprar y el olor metálico del linimento. Kiryu Setsuna estaba sentado en el borde de la cama, con los hombros hundidos y la mirada perdida en sus propias manos. Los vendajes bajo su camisa todavía estaban ligeramente húmedos, un recordatorio constante de la humillación química que Tiger Niko le había infligido.

La puerta se abrió y Ohma entró. Su ropa estaba manchada de sangre seca y sus nudillos estaban hinchados, pero su expresión era de una calma gélida.

—Ya está —dijo Ohma, cerrando la puerta tras de sí—. Raian no podrá caminar durante una semana y Muteba ha entendido que su "información" ya no tiene valor en este sector. En cuanto a las grabaciones... Nogi las ha rastreado todas. No queda nada, Setsuna.

Setsuna levantó la vista, sus ojos nublados por una mezcla de adoración y culpa.

—Ohma... mi Dios... no merezco que te manches las manos por alguien tan impuro como yo.

—Cállate —respondió Ohma, caminando hacia él—. Te lo dije en la enfermería y te lo digo ahora. No me importa el pasado. Pero no puedes quedarte solo mientras Hanafusa termina de estabilizarte. Te quedarás aquí, conmigo.

El corazón de Setsuna dio un vuelco. Quedarse en la habitación de Ohma, compartir su espacio, su aire... era un sueño nacido de la locura, pero ahora se sentía como un bálsamo para su alma herida.

Esa noche, sin embargo, el dolor físico regresó con una intensidad renovada. Setsuna se retorcía en el pequeño futón adicional, intentando no despertar a Ohma, pero sus gemidos ahogados eran imposibles de ignorar. La hipertrofia en su pecho, exacerbada por el tratamiento de Hanafusa para purgar el veneno, causaba una presión insoportable.

—Setsuna —la voz de Ohma sonó cerca, profunda en la oscuridad—. Siéntate. Hanafusa me dio esto. Dijo que si la presión aumentaba, tenías que usarlo.

Ohma encendió una pequeña lámpara de mesa, revelando un succionador médico manual. Setsuna se sonrojó violentamente, cubriéndose el pecho con las manos temblorosas.

—No... no puedo pedirte que... es asqueroso...

—No es asqueroso, es una herida de guerra —dijo Ohma con una franqueza brutal—. Déjame ayudarte.

Setsuna se desabrochó la camisa con dedos torpes. La vista era impactante: sus pectorales estaban hinchados, tensos y las venas se marcaban bajo la piel pálida, dándole un aspecto extrañamente voluptuoso y dolorido. Ohma se arrodilló frente a él y colocó el dispositivo sobre el pezón derecho de Setsuna.

Al comenzar la succión, Setsuna soltó un grito que se transformó en un gemido largo y vibrante. El líquido blanquecino comenzó a llenar el recipiente, aliviando la presión, pero despertando una sensibilidad que Setsuna no estaba preparado para manejar. Sus ojos se pusieron en blanco y su espalda se arqueó.

—Ah... ¡Ohma! Duele... pero... ah...

Ohma observaba con una intensidad nueva. Las expresiones de Setsuna, esa mezcla de agonía y éxtasis, y el sonido de los fluidos corporales moviéndose bajo la presión del succionador, comenzaron a encender algo oscuro y hambriento en su propio vientre. La respiración de Ohma se volvió pesada.

—Setsuna... —murmuró Ohma, dejando a un lado el aparato cuando el pecho del otro hombre se relajó ligeramente—. ¿Puedo?

Setsuna, jadeando y con la piel encendida, asintió débilmente. Ohma se inclinó y tomó uno de los pezones hinchados entre sus labios. El contacto de la lengua caliente de Ohma contra la piel hipersensible hizo que Setsuna gritara el nombre de su "Dios" con una fuerza que probablemente se escuchó en todo el pasillo.

—¡Ohma! ¡Sí! ¡Más... por favor, más! —suplicó Setsuna, enterrando sus dedos en el cabello revuelto de Ohma.

La succión manual de Ohma era mucho más intensa y personal que la del aparato. Setsuna sentía que la electricidad recorría su columna vertebral, bajando directamente hacia su entrepierna. Ohma, sintiendo la dureza de Setsuna contra su muslo, no perdió el tiempo. Con una mano experta, bajó los pantalones del peleador de la belleza, liberando su miembro que ya goteaba de anticipación.

—Tú también... —susurró Setsuna, con la voz rota—. Ohma, yo también quiero darte placer. Déjame... déjame servirte.

Setsuna, impulsado por una devoción que rozaba el frenesí, se arrodilló entre las piernas de Ohma. Con manos reverentes, desabrochó el pantalón del Ashura. Cuando el miembro de Ohma saltó a la vista, Setsuna lo rodeó con sus labios, entregándose a la tarea con una pasión desesperada.

Mientras Setsuna trabajaba con su boca, Ohma no se quedó quieto. Sus manos regresaron a los pechos de Setsuna, apretándolos rítmicamente, disfrutando de cómo el líquido seguía brotando y manchando sus dedos. Al mismo tiempo, una de sus manos bajó, buscando el calor del cuerpo de Setsuna, introduciendo un dedo en su entrada, que ya estaba lubricada por la excitación y la reacción hormonal de su cuerpo.

—Ah... ¡Mghmm! —Setsuna intentó seguir succionando, pero la invasión en su retaguardia lo hizo estremecerse.

—Ponte encima —ordenó Ohma, su voz ahora era un gruñido animal—. Quiero verte la cara mientras lo hago.

Ohma se recostó en la cama y Setsuna, siguiendo la orden como si fuera una ley divina, se colocó en cuclillas sobre él. Mientras seguía estimulando a Ohma con su boca, Ohma se incorporó lo suficiente para lamer y succionar el ano de Setsuna, preparando el terreno con una ferocidad que hizo que Setsuna perdiera el equilibrio por un momento. La lengua de Ohma penetraba profundamente, explorando el interior de Kiryu con una urgencia que prometía una destrucción placentera.

Cuando Ohma decidió que Setsuna estaba lo suficientemente preparado, lo sujetó firmemente por las caderas.

—Ahora, Setsuna. Recibe todo —dijo Ohma.

El empuje fue violento y total. Setsuna echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta en un grito silencioso mientras era reclamado por el hombre al que había perseguido durante años. El dolor inicial fue rápidamente reemplazado por una plenitud abrumadora. Cada embestida de Ohma golpeaba el fondo de su ser, y debido a la condición hormonal de su cuerpo, cada impacto parecía resonar en sus pechos, que seguían goteando sobre el torso de Ohma.

El encuentro fue una danza de brutalidad y necesidad. Ohma no fue gentil; lo tomó como un guerrero toma una posición estratégica, con fuerza y determinación, mientras Setsuna se deshacía en sus brazos, adorando cada centímetro de piel, cada gota de sudor. En el clímax, Ohma rugió, liberando su simiente profundamente dentro de Setsuna, mientras este último llegaba al orgasmo sin siquiera tocarse, simplemente por la estimulación interna y el éxtasis de estar unido a su Dios.

Se quedaron así durante mucho tiempo, jadeando en la penumbra, unidos por el sudor y los fluidos que marcaban la cama.

—No te vayas —susurró Setsuna, quedándose dormido sobre el pecho de Ohma.

—No lo haré —respondió Ohma, cerrando los ojos.

Sin embargo, el destino en el mundo de Kengan nunca es simple. A la mañana siguiente, Setsuna se despertó con una sensación de náuseas que no tenía nada que ver con el veneno de Tiger Niko. Se levantó tambaleándose hacia el pequeño baño de la habitación, vaciando su estómago.

Al regresar a la enfermería horas después para su chequeo matutino, Hanafusa lo miró con una expresión que Setsuna nunca había visto en el doctor: una mezcla de desconcierto científico y absoluta incredulidad.

—Kiryu... —dijo Hanafusa, revisando los resultados de la muestra de sangre por tercera vez—. El cóctel químico que Tiger Niko te inyectó... no solo alteró tus hormonas para debilitarte.

—¿De qué habla, doctor? —preguntó Setsuna, sintiendo un frío repentino.

—Tiger Niko quería crear el recipiente perfecto, pero parece que sus experimentos con el flujo de energía y la manipulación genética llegaron más lejos de lo que él mismo previó —Hanafusa dejó el informe sobre la mesa—. Los niveles de gonadotropina coriónica en tu sangre son astronómicos.

Tomoko, que estaba al lado, dejó caer la bandeja de instrumentos.

—¿Está diciendo que...? —balbuceó la asistente.

—Kiryu, los cambios en tu cuerpo permitieron que la concepción fuera posible bajo las condiciones extremas de anoche —Hanafusa lo miró fijamente—. Estás embarazado. Y dado el ritmo de tu metabolismo y las sustancias en tu sistema, este no será un embarazo normal. Estás cargando algo que es mitad hombre, mitad... algo más.

Setsuna se llevó las manos al vientre, el mismo vientre que ahora albergaba la semilla de Ohma Tokita. El terror inicial fue rápidamente reemplazado por una sonrisa retorcida y eufórica.

—Un hijo... de mi Dios —susurró Setsuna, sus ojos brillando con una locura renovada—. Un nuevo mesías para este mundo de sangre.

Afuera, Ohma esperaba en el pasillo, sin saber que el combate más extraño y peligroso de su vida no ocurriría en la arena, sino dentro del cuerpo del hombre que juró proteger. El legado del Ashura y la locura del Estilo Koei se habían fusionado, y el resultado cambiaría la Asociación Kengan para siempre.

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