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Nacimiento de amor

El Vientre del Mesías y la Lujuria del Ashura

El aire en la oficina privada del Dr. Hanafusa estaba cargado de un silencio clínico, roto únicamente por el zumbido constante de los monitores y el goteo de una solución salina en algún rincón. Kiryu Setsuna estaba sentado en la camilla metálica, con la camisa abierta y los vendajes retirados. Sus pechos, aún hinchados y goteando ocasionalmente ese fluido blanquecino, subían y bajaban al ritmo de una respiración agitada.

Hanafusa, con su habitual expresión de desapego científico, sostenía una serie de radiografías y análisis de sangre que parecían desafiar las leyes de la biología humana. A su lado, Tomoko tenía las manos sobre la boca, sus ojos saltando de los papeles a Setsuna con una mezcla de horror y fascinación.

—Kiryu, tengo que ser muy preciso contigo —comenzó Hanafusa, ajustándose las gafas—. El compuesto que Tiger Niko introdujo en tu torrente sanguíneo no era un simple veneno debilitante. Fue un catalizador genético de diseño. Alteró tu estructura celular a un nivel fundamental, creando una cavidad uterina funcional y forzando a tu sistema endocrino a comportarse como el de una mujer en su pico de fertilidad.

Setsuna parpadeó, procesando las palabras. La idea de ser un "recipiente" siempre había estado en su mente de forma metafórica, pero esto era algo físico, algo real.

—¿Entonces... lo que sentí anoche...? —la voz de Setsuna tembló, no de miedo, sino de una extraña anticipación.

—Lo que sentiste fue la concepción —dijo Hanafusa con una frialdad quirúrgica—. Y no es solo uno, Kiryu. Las imágenes térmicas y los niveles de HCG indican que estás esperando gemelos. Dos embriones que se están desarrollando a una velocidad alarmante debido al flujo de energía de tu Estilo Koei.

La puerta de la enfermería se abrió de golpe. Ohma Tokita entró, con el rostro endurecido por la preocupación. Había estado esperando afuera, pero su instinto le decía que algo trascendental estaba ocurriendo.

—¿Qué demonios significa esto, Hanafusa? —preguntó Ohma, acercándose a la camilla—. He oído "gemelos". ¿De qué estás hablando?

Hanafusa suspiró y le mostró la pantalla del ecógrafo.

—Felicidades, Ohma. Vas a ser padre. Kiryu está gestando dos hijos tuyos. El experimento de Tiger Niko ha tenido éxito: ha creado una forma de perpetuar el linaje del Ashura a través de la belleza del Estilo Koei.

Ohma se quedó petrificado. Sus manos, que habían derribado a gigantes y sobrevivido al "Avance", temblaron ligeramente. Miró a Setsuna, quien lo observaba con una devoción casi religiosa, con lágrimas resbalando por sus mejillas.

—¿Hijos...? —susurró Ohma. Se acercó a Setsuna y puso una mano sobre su vientre aún plano, pero que emanaba un calor antinatural—. ¿Están ahí dentro?

—Son tuyos, Ohma —dijo Setsuna, cubriendo la mano de Ohma con la suya—. Nuestro legado. La unión perfecta de nuestras almas y cuerpos.

—Esto es una locura —intervino Tomoko, recuperando el habla—. Doctor, ¿es seguro? Setsuna es un peleador, su cuerpo está bajo un estrés constante.

—Nada en Kiryu es "seguro" ahora mismo —respondió Hanafusa—. Su metabolismo está consumiendo calorías a un ritmo triple. Necesita descanso, alimentación especial y, sobre todo, controlar sus niveles hormonales. La lactancia masculina continuará y se intensificará para preparar su cuerpo.

Los días siguientes fueron una tortura de un tipo diferente para Ohma. Se mudó permanentemente a la habitación de Setsuna bajo las órdenes de Nogi y Shion, quienes veían en esta situación un desarrollo científico que debía ser protegido a toda costa. Ohma, sin embargo, solo sentía una ansiedad creciente.

Cada vez que miraba a Setsuna, veía la fragilidad detrás de su belleza letal. Tenía miedo. Por primera vez en su vida, el hombre que no temía a la muerte tenía miedo de romper algo. Evitaba tocar a Setsuna más de lo necesario, temiendo que un movimiento brusco, un exceso de fuerza, pudiera dañar a los bebés o al propio Kiryu, cuyo cuerpo parecía transformarse cada hora.

Una tarde, el calor en la isla de la Asociación Kengan era sofocante. Ohma regresaba de un entrenamiento ligero, tratando de quemar la energía nerviosa que lo consumía. Al entrar en la habitación, se detuvo en seco.

Setsuna estaba sentado en el futón, de espaldas a la puerta. Se había quitado la camisa debido al calor y la humedad. Su piel pálida brillaba con una fina capa de sudor. En sus manos sostenía el succionador de pechos que Hanafusa le había proporcionado.

El sonido rítmico del aparato —un pequeño *click-suction*— llenaba el silencio.

—Ah... mmm... —un gemido suave escapó de los labios de Setsuna.

Ohma observó, hipnotizado, cómo el pecho de Setsuna, ahora notablemente más grande y pesado, era manipulado por el dispositivo. El líquido blanquecino fluía por el tubo transparente, pero no era eso lo que atrapaba la atención de Ohma. Era la expresión de Setsuna: sus ojos estaban entrecerrados, sus labios entreabiertos, y su espalda se arqueaba con cada succión, mostrando la musculatura definida de sus hombros contrastando con la nueva suavidad de su torso.

Setsuna notó su presencia y giró la cabeza, dedicándole una sonrisa lánguida y cargada de una sensualidad pecaminosa.

—Ohma... has vuelto —dijo Setsuna, sin dejar de usar el succionador—. Hanafusa dice que debo hacer esto cada pocas horas. La presión es... casi insoportable. Se siente como si mis pechos fueran a estallar.

Ohma tragó saliva, sintiendo que su sangre comenzaba a hervir. La imagen de Setsuna, tan vulnerable y a la vez tan provocador, estaba demoliendo sus muros de autocontrol.

—Deberías descansar, Setsuna —dijo Ohma, con la voz notablemente más ronca—. No deberías... esforzarte.

—No es un esfuerzo, mi Dios —Setsuna dejó el aparato a un lado, revelando sus pezones enrojecidos y erectos, aún húmedos—. Es un placer doloroso. Pero me siento tan lleno... tan necesitado. ¿No vas a ayudarme? Has estado tan distante estos días... ¿Acaso ya no me deseas porque llevo este peso en mi vientre?

Setsuna se puso de pie lentamente, dejando que la camisa cayera por completo al suelo. Se acercó a Ohma, caminando con esa elegancia felina que lo caracterizaba. Al estar frente a él, tomó las manos de Ohma y las colocó directamente sobre sus pechos calientes y palpitantes.

—Tócame, Ohma. Siente lo que has hecho en mí —susurró Setsuna al oído de Ohma, rozando su lóbulo con los labios—. Los bebés están bien. Son fuertes, como tú. No me romperé. Necesito sentirte... necesito que me reclames de nuevo.

Ohma cerró los ojos, luchando contra el impulso de lanzarlo contra la cama. El aroma de Setsuna, ahora mezclado con un olor dulce y lácteo, era como una droga.

—Setsuna, no puedo... si pierdo el control... —gruñó Ohma, sus dedos hundiéndose involuntariamente en la carne suave de los pechos de Kiryu.

—Pierde el control —suplicó Setsuna, bajando una mano para acariciar la creciente dureza en los pantalones de Ohma—. Úsame. Devórame. Hazme recordar por qué soy tuyo.

El último hilo de resistencia de Ohma se rompió. Agarró a Setsuna por la nuca y lo besó con una ferocidad que hizo que Setsuna soltara un grito ahogado de triunfo. Lo empujó hacia atrás, pero esta vez no hubo la brutalidad del combate, sino una urgencia desesperada y hambrienta.

Ohma lo arrojó sobre el futón y se deshizo de su propia ropa en segundos. Al posicionarse sobre Setsuna, se detuvo un momento, mirando el vientre del otro hombre.

—¿Estás seguro? —preguntó Ohma, sus ojos brillando con el inicio del "Avance", no por técnica, sino por pura excitación.

—Hazme tuyo, Ohma. Ahora —respondió Setsuna, abriendo las piernas y rodeando la cintura de Ohma con ellas.

Ohma entró en él con un solo movimiento fluido y potente. Setsuna gritó, un sonido que mezclaba el dolor de la plenitud con el éxtasis más puro. Ohma comenzó a moverse, pero sus manos no se apartaron de los pechos de Setsuna. Los apretaba, los amasaba, dejando que la leche manchara sus manos y el pecho de ambos, creando un lubricante natural y sagrado para su unión.

—¡Ohma! ¡Más fuerte! ¡No te detengas! —gritaba Setsuna, con las uñas enterradas en la espalda de Ohma, dejando marcas rojas.

Ohma, perdiendo la noción del tiempo y del espacio, se entregó al ritmo. Cada embestida era una promesa de protección y una declaración de propiedad. Sentía la calidez interna de Setsuna, intensificada por su estado, rodeándolo como un abrazo apretado y húmedo. El sonido de sus cuerpos chocando y el chapoteo de los fluidos llenaba la habitación, creando una atmósfera de una intimidad casi insoportable.

En el clímax, Ohma se inclinó y succionó con fuerza uno de los pechos de Setsuna mientras llegaba al orgasmo, llenando a Setsuna una vez más con su esencia. Setsuna se convulsionó bajo él, sus ojos en blanco, sus músculos tensándose en un paroxismo de placer que lo dejó temblando y sollozando.

Minutos después, ambos yacían abrazados, envueltos en el desorden de las sábanas y el aroma del sexo y la vida. Ohma mantenía una mano protectora sobre el vientre de Setsuna, sintiendo los latidos acelerados de su pareja.

—Lo siento —susurró Ohma, besando la frente sudorosa de Setsuna—. No debí ser tan brusco.

Setsuna soltó una risita débil, acurrucándose más cerca del calor de Ohma.

—Fue perfecto, mi Dios. Ellos lo sintieron. Sintieron tu fuerza.

Sin embargo, la paz fue interrumpida por un golpe seco en la puerta.

—¡Ohma! ¡Kiryu! —la voz de Yamashita Kazuo sonaba aterrorizada—. ¡Tienen que salir! ¡Nogi-san dice que hay intrusos en el sector norte! ¡Es la facción de Tiger Niko! ¡Vienen por el experimento!

Ohma se tensó, sus instintos de combate encendiéndose al instante. Miró a Setsuna, quien ya estaba tratando de incorporarse, a pesar de su debilidad post-coital.

—No te muevas —ordenó Ohma, poniéndose los pantalones rápidamente—. Quédate aquí. Hanafusa vendrá a escoltarte a los niveles inferiores.

—Ohma, puedo pelear —protestó Setsuna, sus ojos volviéndose oscuros—. Nadie tocará a mis hijos. Usaré la Palma de Rakshasa para convertirlos en polvo.

—¡He dicho que te quedes! —rugió Ohma, deteniéndose en la puerta—. Ahora no solo peleas por ti, ni por mí. Peleas por ellos. Deja que yo me encargue de la basura.

Ohma salió al pasillo, encontrándose con Yamashita, quien temblaba como una hoja.

—Yamashita-san, lleva a Setsuna con Hanafusa. Ahora mismo. Si alguien se acerca a él, mátalo si es necesario.

—¡P-pero Ohma! ¡Yo no sé pelear! —exclamó Yamashita.

—Entonces corre rápido —dijo Ohma antes de desaparecer en un estallido de velocidad hacia el sector norte.

Dentro de la habitación, Setsuna se vistió con dificultad. Sentía una presión extraña en su vientre, un pulso de energía que no era el suyo. Miró hacia la ventana, viendo las sombras moverse entre los árboles de la isla.

—Tiger Niko... —susurró Setsuna, y una sonrisa demoníaca cruzó su rostro—. Crees que me has convertido en una incubadora débil. Pero no sabes que has creado al monstruo más protector de la historia.

Setsuna salió al pasillo, encontrándose con un grupo de guardias de élite que no reconocía. No eran de la Asociación Kengan. Llevaban el emblema del "Gusano".

—El sujeto de prueba está aquí —dijo uno de los hombres, sacando un bastón eléctrico—. Llévenlo vivo. El Maestro lo quiere de vuelta en el laboratorio.

Setsuna no retrocedió. Sus manos comenzaron a girar, el aire a su alrededor pareció distorsionarse con el flujo del Estilo Koei. Sus pechos, aún adoloridos y pesados, le recordaban por qué no podía perder.

—Ustedes no son nada —dijo Setsuna, y su voz sonó como una legión—. Están ante el padre de los nuevos dioses. Y no permitiré que su suciedad toque este suelo.

La Palma de Rakshasa se desató con una furia nunca antes vista. Setsuna se movía como un torbellino de carne y sangre, retorciendo extremidades y destrozando órganos con una precisión quirúrgica. Cada movimiento le causaba una punzada de dolor en el vientre, pero ese dolor solo alimentaba su rabia.

Mientras tanto, en el sector norte, Ohma se enfrentaba a una horda de combatientes, abriéndose paso hacia donde sentía la presencia de Tiger Niko. La isla Kengan se había convertido en un campo de batalla por el futuro de una nueva especie.

Al final del pasillo, Setsuna se detuvo, jadeando, rodeado de cuerpos retorcidos. Se apoyó contra la pared, sintiendo una humedad cálida bajando por sus piernas. No era leche, ni era sudor. Era sangre.

—No... todavía no... —murmuró Setsuna, cayendo de rodillas mientras se sujetaba el vientre—. Ohma... ayúdame...

En ese momento, una figura alta y sombría emergió del final del corredor. Muteba Gizenga caminaba hacia él, pero esta vez no había burla en su rostro, sino una extraña seriedad. Detrás de él, Shion Soryuin y un grupo de guardias de Kengan aparecieron armados hasta los dientes.

—Parece que el mercenario tiene un nuevo contrato —dijo Muteba, extendiendo una mano hacia Setsuna—. Nogi me paga el triple por mantenerte a salvo que lo que el Gusano me ofrecía por entregarte. Vamos, belleza. El doctor te espera.

Shion se acercó rápidamente, sosteniendo a Setsuna antes de que colapsara.

—Resiste, Kiryu —dijo Shion con firmeza—. No dejaremos que ese bastardo de Niko gane esta partida.

La guerra por los hijos del Ashura había comenzado, y Setsuna, atrapado entre su naturaleza de guerrero y su nueva realidad como madre, estaba en el epicentro de un cataclismo que redefiniría el significado de la fuerza en el mundo Kengan. La sangre en el suelo era solo el comienzo; el verdadero precio del legado de Ohma estaba por cobrarse.

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