Nacimiento de amor
El Manantial del Pecado y la Lujuria del Guerrero
La mañana en la residencia privada de la Asociación Kengan había comenzado con un caos inusualmente doméstico. En el cuarto de baño principal, diseñado con mármol oscuro y una bañera lo suficientemente amplia como para que un peleador de la talla de Julius Reinhold se sintiera cómodo, Kiryu Setsuna libraba una batalla de un tipo muy diferente a las que solía enfrentar en la arena.
—¡Oh, no! ¡Eso es trampa, mis pequeños tesoros! —exclamó Setsuna entre risas, mientras intentaba mantener el control sobre los dos bebés.
Los gemelos, que ya mostraban una vitalidad física aterradora para su corta edad, chapoteaban con una energía desbordante. El pequeño que había heredado los rasgos de Ohma golpeaba la superficie del agua con sus puños cerrados, creando salpicaduras que alcanzaban el techo, mientras que su hermano, la viva imagen de Setsuna, se retorcía con una agilidad felina, lanzando agua en todas direcciones con sus pies.
Setsuna estaba completamente empapado. Su camisa blanca de seda, ahora transparente y pegada a su cuerpo como una segunda piel, revelaba cada detalle de su anatomía. El pantalón negro estaba oscuro por la humedad, ciñéndose a sus muslos fuertes. Bajo la tela translúcida de la camisa, sus pectorales hipertrofiados destacaban con una prominencia casi obscena; la piel estaba tensa por la acumulación de leche, y los pezones, estimulados por el agua tibia y el esfuerzo, se marcaban como dos puntos oscuros y erectos contra el tejido húmedo.
En ese momento, la puerta se deslizó silenciosamente. Ohma Tokita entró en la estancia, deteniéndose en seco ante la visión que lo recibió. El vapor del agua caliente, el sonido de las risas infantiles y, sobre todo, la figura de Setsuna arrodillado junto a la bañera, creaban una atmósfera cargada de una tensión que Ohma sintió golpear su vientre como un impacto directo.
Los ojos de Ohma se clavaron en el pecho de Setsuna. La camisa mojada no dejaba nada a la imaginación: el abdomen marcado, las líneas musculares de los serratos y, por encima de todo, la curva generosa y pesada de sus pechos lactantes.
—Vaya... —murmuró Ohma, su voz sonando más profunda de lo habitual—. Parece que te han ganado la pelea, Setsuna.
Setsuna giró la cabeza, apartando un mechón de cabello empapado de su rostro. Al ver la mirada depredadora de Ohma, una chispa de malicia y adoración brilló en sus ojos.
—Ohma, llegas justo para ver el desastre —dijo Setsuna, sin hacer el menor intento por cubrirse—. Estos dos tienen la fuerza de su padre. Me han dejado hecho un desastre. Pero tendrás que esperar, mi Dios. Primero debo terminar de bañarlos, secarlos y alimentarlos. Tienen un apetito que no conoce límites.
Ohma se apoyó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre su pecho. Sus ojos no se apartaron de los pezones de Setsuna, que parecían desafiar la tela de la camisa.
—Puedo esperar —respondió Ohma, aunque el ligero temblor en su mandíbula delataba su impaciencia—. Pero no tardes demasiado.
Setsuna continuó con la tarea con una paciencia maternal que contrastaba con su naturaleza letal. Sacó a los bebés de la bañera, envolviéndolos en toallas suaves. Con movimientos expertos y delicados, los secó y los vistió con pequeños conjuntos de algodón, ignorando deliberadamente cómo su propia ropa mojada se enfriaba sobre su piel caliente.
Una vez que estuvieron listos, Setsuna se sentó en el amplio sillón de la habitación contigua. Se desabrochó la camisa mojada, dejándola caer a sus costados, y liberó sus pechos. La piel estaba tan tensa que brillaba bajo la luz de la lámpara.
—Venid aquí, pequeños monstruos —susurró.
Los gemelos no perdieron tiempo. Se prendieron de sus pezones con una fuerza asombrosa, succionando con una urgencia que hizo que Setsuna soltara un gemido ahogado de dolor y placer mezclados.
—Ah... se nota que son hijos tuyos, Ohma —dijo Setsuna, jadeando levemente mientras sentía cómo los bebés extraían el líquido—. Tienen tu fuerza, tu voluntad... incluso al comer son guerreros.
Ohma se acercó y se sentó en el borde de la cama, observando la escena. El ver a Setsuna así, entregado a la crianza de su linaje, despertaba en él un instinto de posesión que rozaba la locura. Cuando los bebés finalmente se quedaron dormidos, satisfechos y con las mejillas sonrosadas, Setsuna los colocó con cuidado en sus cunas.
Sin embargo, el trabajo no había terminado. Setsuna sacó el succionador de pecho mecánico, una herramienta que se había vuelto indispensable.
—Todavía estoy demasiado lleno —explicó Setsuna, mirando a Ohma de reojo—. Si no vacío el resto, me dolerá toda la noche.
El sonido rítmico del aparato llenó la habitación. Ohma observó cómo Setsuna llenaba envase tras envase con la leche blanquecina y espesa, guardándolos metódicamente en el pequeño refrigerador de la habitación. Era una visión de fertilidad que hacía que la sangre de Ohma hirviera.
Cuando Setsuna terminó y cerró la puerta del refrigerador, se giró hacia Ohma. No se puso una camisa seca; se quedó así, con el torso desnudo y la piel brillante por el esfuerzo.
—Ya está —dijo Setsuna con una sonrisa pecaminosa—. Los niños duermen. El deber está cumplido.
Ohma no respondió con palabras. Se levantó y, en un movimiento rápido, agarró a Setsuna por la cintura, levantándolo como si no pesara nada y llevándolo hacia la cama matrimonial. Lo lanzó sobre las sábanas de seda y se colocó sobre él, con sus ojos brillando con una intensidad animal.
Setsuna, riendo con una mezcla de locura y deseo, bajó las manos hacia el pantalón de Ohma. Con dedos ágiles, desabrochó la prenda y liberó el miembro de su "Dios", que ya estaba pulsando de anticipación.
—Déjame adorarte primero —susurró Setsuna.
Setsuna tomó el pene de Ohma y lo colocó justo en el centro de su pecho, entre sus grandes y pesados pectorales. Comenzó a moverlos, presionando la carne suave y firme contra el glande de Ohma, masturbándolo con sus pechos. El contacto de la piel sensible de Setsuna, todavía caliente por la lactancia, contra el miembro de Ohma provocó que este soltara un gruñido de puro éxtasis.
—¡Maldición, Setsuna! —exclamó Ohma, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía el calor de los pectorales de Kiryu envolviéndolo.
Setsuna no se detuvo ahí. Después de unos momentos de esa tortura deliciosa, bajó la cabeza y comenzó a lamer la longitud de Ohma con una devoción religiosa. Luego, lo tomó por completo en su boca, succionando con una técnica que buscaba la rendición total de su Dios.
Ohma sintió que perdía el control. Agarró a Setsuna por los hombros y lo obligó a darse la vuelta, poniéndolo a cuatro patas sobre la cama. La vista de la espalda arqueada de Setsuna y sus nalgas firmes era demasiado. Ohma se inclinó y comenzó a lamer el ano de Setsuna, usando su lengua para explorar y dilatar la entrada con una urgencia feroz. Mientras lo hacía, sus manos no dejaron de jugar con los pechos de Setsuna, apretándolos desde abajo, sintiendo cómo la leche volvía a acumularse por la excitación.
Setsuna gemía descontroladamente, enterrando su rostro en las almohadas.
—¡Ohma! ¡Sí... ah... penetra a tu demonio! —suplicó Setsuna.
Ohma creyó que ya había sido suficiente preludio. Se posicionó y, con un empuje violento y decidido, lo penetró de una sola vez.
Setsuna soltó un grito que fue puro éxtasis. Ohma comenzó a moverse con una fuerza bruta, rápido y profundo, cada impacto haciendo que el cuerpo de Setsuna se sacudiera. Los gemidos de Setsuna se volvieron incoherentes, una letanía de placer que alimentaba la rabia erótica de Ohma.
Después de unos minutos de embestidas salvajes, Ohma cambió la posición. Se acostó de espaldas y tiró de Setsuna para que se sentara sobre él. Setsuna, con los ojos en blanco y la respiración rota, comenzó a subir y bajar sobre el pene de Ohma, controlando la profundidad.
Ohma estiró las manos y agarró los pechos de Setsuna con fuerza, casi con violencia. Sus dedos apretaron los pezones erectos y, debido a la estimulación y la presión del acto sexual, la leche comenzó a brotar en chorros finos y constantes.
—¡Mira esto! —gruñó Ohma, incorporándose un poco para alcanzar uno de los pezones con su boca.
Ohma comenzó a succionar con fuerza, engullendo la leche que brotaba mientras seguía penetrando a Setsuna desde abajo con empujes rápidos y secos. El sabor dulce y metálico de la leche mezclado con el sudor de la batalla sexual era el afrodisíaco definitivo.
Setsuna gritaba, arqueando la espalda, mientras el exceso de leche que Ohma no alcanzaba a tragar caía sobre su propio pecho y resbalaba por su abdomen marcado, manchando la unión de sus cuerpos. La visión de Setsuna cubierto de su propia esencia, siendo poseído por el Ashura, hizo que Ohma perdiera los estribos.
—¡Eres mío! ¡Todo lo que sale de ti me pertenece! —rugió Ohma.
Cambiaron de posición varias veces más: de lado, con Setsuna contra la pared, y finalmente de nuevo en la cama, con Ohma embistiendo desde atrás con una potencia que hacía vibrar los muebles de la habitación. Setsuna no dejaba de pedir más, su cuerpo respondiendo a cada golpe con una elasticidad sobrenatural.
—¡Más... Ohma... dame todo tu poder! —gritaba Setsuna, con la voz rota por el esfuerzo.
En el clímax final, Ohma sujetó a Setsuna por las caderas con una fuerza que dejaría marcas de dedos al día siguiente. Con una serie de estocadas finales y profundas, ambos llegaron al orgasmo simultáneamente. Ohma se liberó profundamente dentro de Setsuna, mientras que este último se convulsionó, con sus pechos soltando una última y generosa descarga de leche que bañó las sábanas.
Se quedaron así por mucho tiempo, jadeando, con los cuerpos entrelazados y cubiertos de sudor, leche y semen. El silencio de la noche solo era roto por sus respiraciones agitadas.
Setsuna se giró lentamente, apoyando su cabeza en el pecho de Ohma. Sus pechos, ahora más relajados pero aún sensibles, subían y bajaban rítmicamente.
—Mi Dios... —susurró Setsuna, besando la piel sudorosa de Ohma—. Cada vez que me tocas, siento que nazco de nuevo.
Ohma pasó una mano por el cabello de Setsuna, mirando hacia las cunas donde sus hijos dormían, ajenos a la tempestad.
—Mañana será otro día de entrenamiento —dijo Ohma, su voz volviendo a su calma habitual, aunque con un matiz de satisfacción—. Pero esta noche... esta noche el Ashura ha reclamado lo que es suyo.
Setsuna cerró los ojos, sonriendo con una paz que solo Ohma podía darle. En la oscuridad de la habitación, el aroma de la leche y el sexo permanecía como un recordatorio de que, incluso en un mundo de monstruos y violencia, ellos habían creado algo único, una estirpe de guerreros nacida de la lujuria y la devoción más absoluta.