Nacimiento de amor
El Heredero del Ashura y la Belleza Renacida
El pasillo que conducía al quirófano subterráneo del Dr. Hanafusa nunca le había parecido tan largo a Ohma Tokita. Sus pulmones ardían, no por el esfuerzo físico de haber derrotado finalmente a Tiger Niko en una batalla que casi reduce a cenizas el sector norte de la isla, sino por el pánico puro que le oprimía el pecho. La sangre de su enemigo aún manchaba sus antebrazos, pero no le importaba. Lo único que resonaba en su mente eran las palabras de Yamashita a través del comunicador: «¡Ohma, es Setsuna! ¡El sangrado no para y Hanafusa dice que los bebés vienen ya!».
Cuando Ohma dobló la última esquina, derrapando sobre el suelo de linóleo, se encontró con una escena de tensa espera. Yamashita Kazuo caminaba de un lado a otro, retorciéndose las manos con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. Shion Soryuin estaba apoyada contra la pared, fumando un cigarrillo electrónico con una expresión de concentración gélida, aunque el temblor en su pierna delataba su ansiedad. Tomoko, la asistente de Hanafusa, entraba y salía de la sala con toallas limpias y recipientes metálicos, su rostro usualmente alegre estaba cubierto por una máscara de profesionalismo quirúrgico.
—¡Ohma! —gritó Yamashita al verlo—. ¡Gracias a Dios estás bien! Niko... ¿él...?
—Está acabado —respondió Ohma, deteniéndose frente a las puertas dobles. Su respiración era pesada—. ¿Cómo está Setsuna? ¿Qué está pasando ahí dentro?
—Hanafusa está haciendo lo que puede —dijo Shion, exhalando un vapor con aroma a menta—. La fisiología de Kiryu es un caos ahora mismo. El Estilo Koei está reaccionando a la pérdida de sangre y al trauma del parto. El doctor dice que es un milagro que haya aguantado tanto.
Un grito desgarrador, una mezcla de agonía y un nombre —«¡Ohma!»—, atravesó las puertas reforzadas. Ohma dio un paso adelante, con la intención de derribar la entrada, pero Tomoko lo detuvo, poniendo una mano firme en su pecho ensangrentado.
—No puede entrar todavía, Ohma-san —dijo Tomoko con firmeza—. El Dr. Hanafusa está estabilizando la hemorragia interna causada por la mutación uterina. Si entra ahora, solo aumentará el ritmo cardíaco de Setsuna y podría sufrir un shock. Por favor, espere.
Ohma apretó los puños, su aura de combate fluyendo de manera errática. El "Avance" amenazaba con activarse solo por la impotencia. Se dejó caer en uno de los bancos de metal, hundiendo la cabeza entre las manos. El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el sonido distante de las sirenas de la Asociación Kengan que limpiaban los restos de la invasión del Gusano.
Pasaron minutos que parecieron horas. De repente, un sonido nuevo y agudo cortó el aire. Era un llanto pequeño, vibrante y lleno de vida. Segundos después, un segundo llanto, más profundo y exigente, se unió al primero.
Yamashita soltó un suspiro que fue casi un sollozo. Shion cerró los ojos y dejó caer los hombros, aliviada. Ohma se puso en pie de un salto, con el corazón martilleándole en los oídos.
La puerta se abrió lentamente y el Dr. Hanafusa salió, quitándose los guantes de látex cubiertos de una mezcla de sangre y fluidos extraños. Tenía una sonrisa leve, casi humana, en su rostro de científico loco.
—Es fascinante —dijo Hanafusa, mirando a Ohma—. Realmente fascinante. La resistencia de Kiryu desafía cualquier tratado médico que haya escrito. Están vivos. Los tres.
—¿Puedo verlo? —preguntó Ohma, su voz apenas un susurro.
—Pasen —asintió el doctor—. Pero intenten no hacer demasiado ruido. Setsuna está agotado.
Entraron en la sala. El olor a antiséptico y sangre era fuerte, pero la imagen que los recibió borró cualquier incomodidad. Setsuna estaba recostado en la camilla, pálido como el mármol, con el cabello empapado en sudor pegado a su frente. Sin embargo, sus ojos, antes llenos de una locura destructiva, ahora brillaban con una paz sobrenatural. En sus brazos, envueltos en mantas blancas, sostenía a dos pequeñas criaturas.
Tomoko se acercó primero, ayudando a acomodar las mantas para que los recién llegados pudieran ver. Al asomarse, soltó un grito de asombro.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Tomoko, cubriéndose la boca—. Miren esto... es increíble.
El bebé que descansaba en el brazo derecho de Setsuna era una copia casi idéntica de él. Tenía una piel de una blancura etérea y unos rasgos finos y delicados, incluso en su recién nacida fragilidad. Cuando el pequeño abrió los ojos por un segundo, se vislumbró el mismo tono oscuro y profundo que caracterizaba a la "Estrella de la Belleza".
—Es igual a ti, Setsuna —murmuró Yamashita, acercándose con cautela—. Es... es hermoso.
Pero fue el segundo bebé el que dejó a Ohma sin aliento. El pequeño en el brazo izquierdo de Setsuna era robusto, con una tez ligeramente más bronceada y un cabello oscuro que ya empezaba a brotar en mechones rebeldes. Cuando el bebé se agitó, apretó su pequeño puño con una fuerza sorprendente, y al abrir sus ojos, Ohma se vio reflejado en ellos. Era la viva imagen del Ashura.
—Este... —dijo Ohma, extendiendo un dedo que el bebé sujetó al instante—, este es un peleador.
—Ambos lo son, Ohma —susurró Setsuna, su voz era débil pero cargada de orgullo—. Son nuestro equilibrio. La luz y la sombra, el Ashura y la Belleza.
Semanas después, la vida en la mansión asignada por la Asociación Kengan había cambiado drásticamente. La tormenta del Gusano había pasado, y Nogi, reconociendo el valor estratégico (y sentimental) de los nuevos herederos, les había proporcionado un refugio de máxima seguridad.
Setsuna se había recuperado con una velocidad que incluso a Hanafusa le resultaba inquietante. Su cuerpo, lejos de quedar debilitado por el traumático proceso, parecía haber renacido. Sus músculos seguían siendo largos y definidos, su agilidad no se había visto mermada y su control sobre el flujo de energía era más preciso que nunca. Sin embargo, la manipulación hormonal de Tiger Niko había dejado una marca permanente y evidente.
Sus pechos, hipertrofiados durante el embarazo, no habían regresado a su tamaño original. Permanecían grandes, firmes y llenos, una característica que Setsuna ahora portaba con una extraña mezcla de orgullo maternal y provocación sexual.
Era una tarde calurosa cuando Ohma entró en la habitación principal. Había estado entrenando en el bosque cercano y venía cubierto de sudor, con los músculos todavía tensos por el esfuerzo. Se detuvo en el umbral al ver la escena frente a él.
Setsuna estaba sentado en un amplio sillón de terciopelo, con la camisa abierta. Tenía a ambos bebés en su regazo. El pequeño que se parecía a Ohma estaba prendido de su pecho izquierdo, succionando con una energía voraz. El otro, la copia de Setsuna, dormía plácidamente tras haber sido alimentado.
La vista de Setsuna amamantando a sus hijos siempre provocaba una reacción violenta en Ohma. No era solo la ternura del momento, sino la carga erótica y de poder que Setsuna emanaba. La piel de sus pechos estaba tensa, las venas se marcaban ligeramente bajo la superficie pálida, y el contraste entre su figura de guerrero letal y esa función tan nutricia volvía loco a Ohma.
Setsuna levantó la vista y sonrió, una expresión que Ohma conocía bien: era la invitación del demonio.
—Llegas justo a tiempo, Ohma —dijo Setsuna, su voz ronca y melodiosa—. Tienen mucha hambre hoy. Parece que han heredado tu apetito insaciable.
Ohma se acercó lentamente, arrodillándose frente a ellos. Observó cómo el bebé soltaba el pezón, satisfecho, dejando una gota de leche deslizándose por la curva del pecho de Setsuna. Setsuna no se cubrió; al contrario, se acomodó mejor, dejando que su pecho, aún goteando, quedara a la vista de Ohma.
—Hanafusa dice que mi cuerpo produce más de lo que ellos pueden consumir —comentó Setsuna, pasando una mano por el cabello de Ohma—. Es una presión constante... muy excitante y a la vez dolorosa.
Ohma no pudo evitarlo. Estiró la mano y rodeó con sus dedos la masa firme del pecho de Setsuna. Estaba caliente, palpitando con vida. La excitación que había estado reprimiendo desde que entró en la habitación estalló.
—Setsuna... —gruñó Ohma, su mirada fija en el pecho húmedo.
—Sé lo que quieres, mi Dios —susurró Setsuna, echando la cabeza hacia atrás mientras Ohma comenzaba a lamer la leche sobrante de su piel—. Los bebés ya están satisfechos. Ahora es tu turno de recibir tu parte del legado.
Ohma no necesitó más invitación. Mientras Setsuna colocaba con cuidado a los bebés en su cuna cercana, Ohma lo reclamó allí mismo, en el sillón. La fuerza de Setsuna era igual a la suya ahora, sus cuerpos chocando con una potencia que habría destrozado a cualquier humano normal. Setsuna se arqueaba, sus pechos saltando y goteando con cada embestida de Ohma, creando una escena de lujuria y fertilidad que solo ellos dos podían protagonizar.
—¡Ohma! ¡Siente cómo mi cuerpo te responde! —gritaba Setsuna, sus uñas marcando los hombros del Ashura—. ¡He nacido para esto! ¡Para darte guerreros y para ser tu recipiente eterno!
—Eres mío, Setsuna —respondió Ohma, su voz resonando con una posesividad absoluta—. Tú, ellos... todo este mundo es nuestro.
Cuando el sol comenzó a ponerse, tiñendo la habitación de tonos anaranjados y rojos, el silencio regresó. Los bebés dormían, ajenos a la tormenta de pasión que acababa de ocurrir a pocos metros. Ohma y Setsuna descansaban entrelazados, dos depredadores en su nido.
Setsuna se miró las manos y luego a sus hijos. El pasado de los videos, el chantaje de Raian y Muteba, y la sombra de Tiger Niko se sentían como una vida anterior, una pesadilla que se había disuelto ante la realidad de su nueva existencia.
—¿Crees que serán como nosotros? —preguntó Setsuna en voz baja.
Ohma miró a los pequeños. El que se parecía a él ya estaba lanzando golpes al aire en sueños. El que se parecía a Setsuna tenía una sonrisa tranquila, pero sus manos estaban cerradas en ganchos perfectos.
—Serán peores —dijo Ohma con una sonrisa de suficiencia—. Serán los dueños de este infierno.
Setsuna rió, una risa clara y llena de una satisfacción oscura. Se acurrucó contra Ohma, sintiendo la plenitud de su cuerpo y la promesa de un futuro escrito con sangre y gloria. La Asociación Kengan no estaba preparada para lo que vendría, pero el Ashura y su Belleza estaban listos para ver el mundo arder a los pies de sus hijos.