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Naruto

La Jaula de Cristal de los Hyuga

El aire gélido de la noche de Konoha golpeó el rostro de Hanabi mientras corría, pero el frío exterior no era nada comparado con el hielo que sentía en sus venas. Sus pies se movían por instinto, saltando de tejado en tejado, alejándose de aquella casa que ahora le parecía un mausoleo. El Byakugan seguía activo, las venas hinchadas alrededor de sus ojos pulsaban con una intensidad dolorosa, pero su visión estaba borrosa por las lágrimas de pura impotencia.

Había visto a la muerte en el campo de batalla, había enfrentado a enemigos formidables, pero nada la había preparado para la mirada de Hinata. No era solo el miedo; era la ausencia total de esperanza. Era ver a la mujer que la había criado, a la guerrera que se enfrentó a Pain para proteger lo que amaba, reducida a un trozo de carne temblorosa que aceptaba su propia degradación como un designio divino.

— No puede ser verdad... no puede ser él —sollozó Hanabi, deteniéndose en lo alto del monumento a los Hokage, justo sobre la cabeza tallada de Minato Namikaze.

Miró hacia abajo, hacia las luces cálidas de la aldea. La gente dormía tranquila, confiando sus vidas al "Héroe de la Cuarta Gran Guerra Ninja". Nadie sospechaba que, tras los muros de esa residencia apartada, el sol de Konoha se había convertido en un eclipse de crueldad.

Hanabi recordó la risa de Naruto. Ya no era la risa escandalosa y sincera que solía llenar los pulmones de todos de alegría. Era un sonido gutural, cargado de una superioridad tóxica. Y sus manos... Hanabi se estremeció al recordar cómo esas manos, que una vez sostuvieron el destino del mundo, se hundían en la piel de su hermana como garras.

— Tengo que decírselo a padre —se dijo a sí misma, aunque una parte de ella temblaba ante la reacción de Hiashi Hyuga—. No, a padre no... él valoraba el linaje y el honor por encima de todo. Si se entera de que Hinata ha sido... "marcada" así, ¿la defenderá o la repudiará por su debilidad?

La duda la carcomía. En el clan Hyuga, la fuerza lo era todo. Pero esto no era una cuestión de fuerza ninja, era una violación sistemática del alma.

Mientras tanto, en la residencia Uzumaki, el silencio regresó, pero era un silencio denso, cargado de una tensión eléctrica. Naruto no había soltado a Hinata. La mantenía sujeta contra la encimera de la cocina, donde la había arrastrado después de que Hanabi huyera.

— Mira lo que has hecho, Hinata —susurró Naruto al oído de su esposa, su aliento caliente erizando el vello de la nuca de la mujer—. Has asustado a tu hermanita. Ahora tendré que encargarme de que no abra esa boquita tan linda que tiene.

Hinata cerró los ojos, dejando que una nueva lágrima resbalara por su mejilla golpeada. El dolor en su espalda baja era un recordatorio constante de la última vez que intentó decir "no". Los hematomas en sus brazos eran las medallas de su sumisión.

— Lo siento, Naruto-kun... —susurró ella, con la voz rota—. Yo no sabía que ella vendría. Por favor, no le hagas daño a Hanabi. Ella solo... ella no entiende.

Naruto la giró bruscamente, obligándola a mirarlo. Sus ojos azules, antes claros como el cielo, ahora parecían dos pozos de zafiro oscuro, turbios por un poder que no era del todo suyo, o quizás, por un ego que finalmente había devorado al hombre.

— Por supuesto que no entiende —dijo él, pasando el pulgar por el labio partido de Hinata, presionando hasta que ella gimió de dolor—. Nadie entiende lo que es ser un dios entre hormigas. Nadie entiende que yo merezco todo, Hinata. Y tú eres lo que más me gusta poseer, porque eres la prueba de que incluso la voluntad más pura de los Hyuga se dobla ante mí.

Él la besó de nuevo, un beso que sabía a hierro y a desesperación. Hinata no se movió. Había aprendido que cualquier movimiento, cualquier atisbo de resistencia, era interpretado por Naruto como un desafío que debía ser aplastado con violencia. Su mente se desconectó, refugiándose en un rincón oscuro de su conciencia mientras sentía las manos de su esposo recorrer su cuerpo con una familiaridad abusiva.

— Mañana —dijo Naruto, apartándose un poco para admirar su obra—, irás al complejo Hyuga. Hablarás con Hanabi. Le dirás que todo fue un juego, un malentendido. Le dirás que somos felices.

Hinata tembló.

— Naruto-kun... ella vio... ella vio las marcas. Vio el...

— ¡Le dirás lo que yo te ordene! —rugió él, golpeando la pared junto a la cabeza de Hinata. El impacto fue tan fuerte que el yeso se agrietó—. Si no lo haces, si dejas que una sola duda quede en su cabeza... iré a por ella. Y sabes que no necesito esforzarme mucho para traerla aquí y que te haga compañía en el sótano.

El miedo por su hermana fue el clavo final en el ataúd de la voluntad de Hinata.

— Lo haré —respondió ella, bajando la cabeza—. Lo haré, Naruto-kun. Por favor, no la toques.

— Buena chica —dijo él, recuperando esa sonrisa falsa y encantadora que usaba en las reuniones del consejo—. Ahora, límpiate. Hueles a miedo y a mi semilla. Quiero que la cena esté lista en diez minutos. Tengo hambre.

Naruto salió de la habitación, caminando con la arrogancia de quien se sabe intocable. Hinata se quedó sola, apoyada en la encimera, sus piernas flaqueando. Se miró las manos, las mismas manos que una vez dominaron el Puño Suave, y las vio manchadas de la evidencia de su humillación.

Al día siguiente, el sol salió sobre Konoha con una ironía cruel. Hanabi no había dormido. Había pasado la noche en vela, sentada en el dojo de la mansión Hyuga, observando las sombras. Cuando los primeros rayos de luz se filtraron por las ventanas, escuchó un alboroto en la entrada principal.

— ¡Hanabi-sama! —llamó un sirviente—. Su hermana, Hinata-sama, está aquí.

Hanabi se puso en pie de un salto, su corazón latiendo con fuerza. Corrió hacia la entrada, esperando encontrar a una Hinata decidida a escapar, a una mujer que buscara refugio. Pero lo que encontró la dejó helada.

Hinata estaba allí, vestida con un kimono de cuello alto que cubría cada centímetro de su piel. Llevaba maquillaje, una capa espesa que ocultaba la hinchazón de sus mejillas y el color violáceo de sus ojeras. Pero lo más aterrador era su sonrisa. Era una sonrisa perfecta, ensayada, la sonrisa de una muñeca de porcelana.

— Hanabi, hermana —dijo Hinata, extendiendo las manos—. Siento mucho lo de ayer. Debiste de asustarte mucho.

Hanabi retrocedió un paso, confundida.

— ¿De qué estás hablando, Hinata-nee-sama? Lo que vi... lo que él te estaba haciendo...

Hinata soltó una risita suave, un sonido que a Hanabi le pareció el cristal rompiéndose.

— Oh, eso... fue solo un juego de entrenamiento —mintió Hinata, sus ojos perla fijos en los de su hermana, suplicando en silencio que no preguntara más—. Ya sabes cómo es Naruto-kun, a veces se deja llevar por su energía. Estábamos probando una nueva técnica de resistencia. Siento que hayas tenido que ver algo tan... privado.

— ¡Mientes! —gritó Hanabi, atrayendo la atención de los guardias del complejo—. ¡Él te estaba pegando! ¡Estabas llorando, Hinata! ¡Había... había marcas por todas partes!

Hinata se acercó a ella y le tomó las manos. Sus dedos estaban helados.

— Hanabi, por favor. No hagas un escándalo de nada. Estoy bien. Naruto-kun es el hombre más maravilloso del mundo. Él me ama. Todo lo que hace, lo hace por nuestro bien.

Hanabi sintió náuseas. La presión en las manos de Hinata no era afecto; era una advertencia.

— Hinata, ven conmigo adentro. Hablemos con padre. Él puede protegerte. Si Naruto te está amenazando...

— ¡Nadie puede protegerme de él, Hanabi! —El susurro de Hinata fue tan rápido y cargado de terror que Hanabi casi no lo procesó—. Nadie. Él es el Hokage. Él es el héroe. Si intentas algo, él vendrá a por ti. Vete, olvida lo que viste. Por favor, si me quieres un poco, olvida que entraste en esa casa.

Antes de que Hanabi pudiera responder, una figura apareció en la puerta del complejo. Era Naruto. Llevaba su capa de Hokage, ondeando majestuosamente al viento. Se veía imponente, el epítome de la justicia y la paz.

— ¡Hinata, amor! —exclamó Naruto con voz jovial—. Te dije que no tardaras. Tenemos esa reunión con los embajadores de la Arena.

Caminó hacia ellas y rodeó los hombros de Hinata con un brazo. Para cualquier observador externo, era un gesto de cariño. Para Hanabi, era la imagen de un depredador reclamando su presa.

— Hanabi —dijo Naruto, mirándola directamente a los ojos con una advertencia implícita en su sonrisa—. Espero que hayáis aclarado vuestro malentendido. Hinata es un poco dramática a veces cuando entrenamos, ¿verdad, cielo?

Hinata asintió mecánicamente.

— Sí, Naruto-kun. Todo está aclarado.

— Excelente —dijo él—. Deberías venir a cenar una noche de estas, Hanabi. A lo mejor puedo enseñarte a ti también algunas técnicas de... disciplina.

El tono en la palabra "disciplina" hizo que Hanabi sintiera un escalofrío de terror puro. Naruto no solo la estaba amenazando; se estaba burlando de ella en su propia casa.

— Me encantaría —logró decir Hanabi, forzando una voz firme a pesar de que sus rodillas temblaban. Sabía que, si mostraba debilidad ahora, Naruto ganaría por completo—. Pero estoy muy ocupada con los asuntos del clan.

— Una lástima —respondió Naruto, empezando a caminar hacia la salida, arrastrando a Hinata con él—. Nos vemos pronto, cuñada.

Hanabi se quedó allí, de pie en el patio, viendo cómo se alejaban. Vio cómo Hinata caminaba con la cabeza baja, siguiendo los pasos del hombre que la estaba destruyendo.

— No puedo dejarlo así —susurró Hanabi para sí misma, sus puños apretados hasta que los nudillos se pusieron blancos—. No importa quién sea. No importa si es el Hokage o el mismísimo Sabio de los Seis Caminos.

Entró en la mansión, dirigiéndose no a la habitación de su padre, sino a la biblioteca privada de los Hyuga. Sabía que había registros antiguos, técnicas prohibidas que el clan había guardado bajo llave durante siglos. Técnicas diseñadas para neutralizar incluso al enemigo más poderoso desde dentro.

Si Naruto Uzumaki se creía un dios, Hanabi Hyuga le recordaría que incluso los dioses pueden sangrar si se les golpea en el punto vital correcto.

Pero mientras buscaba entre los pergaminos, la imagen de Hinata desnuda, cubierta de hematomas y semen, rogando por su propia esclavitud, no dejaba de repetirse en su mente. La pregunta que la atormentaba no era si podía derrotar a Naruto, sino si quedaba algo de su hermana que valiera la pena salvar, o si el Séptimo Hokage ya había devorado el alma de Hinata por completo.

La noche volvió a caer sobre Konoha. En la torre del Hokage, Naruto firmaba documentos con una eficiencia aterradora. A su lado, Hinata permanecía de pie, silenciosa, como una estatua.

— ¿Sabes, Hinata? —dijo Naruto sin levantar la vista del papel—. Tu hermana tiene fuego. Me recuerda a ti cuando eras joven. Quizás, cuando me canse de romperte a ti, ella sea un reemplazo interesante.

Hinata no respondió. Solo cerró los ojos y rezó a unos dioses en los que ya no creía, pidiendo que Hanabi fuera lo suficientemente inteligente como para huir, o lo suficientemente fuerte como para matar al hombre que una vez fue el sol de su vida y que ahora era su más oscuro verdugo.

— Sí, Naruto-kun —susurró ella, su voz perdiéndose en las sombras de la oficina—. Como tú digas.

La oscuridad en Konoha nunca había sido tan profunda. Y bajo esa oscuridad, la heredera de los Hyuga comenzó a trazar un plan que teñiría de rojo las calles de la aldea oculta entre las hojas. La guerra no había terminado; solo se había trasladado a los dormitorios y a los secretos de alcoba, donde los monstruos no usaban máscaras, sino las caras de los héroes.

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