Naruto
El Veneno en la Sangre de los Hyuga
El silencio en la biblioteca privada del clan Hyuga no era el tipo de silencio que invita a la paz, sino uno que pesaba como el plomo. Hanabi movía los pergaminos con una urgencia febril, sus ojos perla escaneando textos antiguos que hablaban de sellos prohibidos y de los límites del Byakugan. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de una rabia contenida que amenazaba con incinerar sus propios conductos de chakra.
La imagen de la visita de esa mañana no dejaba de martillear su cráneo. Hinata, con su cuello cubierto y su sonrisa de plástico, era un insulto a todo lo que los Hyuga representaban. Pero lo que más le dolía era la sumisión absoluta en su voz. Naruto no solo la había golpeado; le había robado la voluntad, la había convertido en una extensión de su propio ego retorcido.
— No puede ser... —susurró Hanabi, deteniéndose ante un pergamino de seda negra—. El Sello de la Parálisis del Alma.
Era una técnica diseñada para ser usada contra los Jinchuriki en caso de que perdieran el control, un último recurso que los Hyuga habían desarrollado en secreto hace generaciones. Si lograba golpear los puntos de presión exactos con una carga de chakra imbuida en este sello, podría, al menos teóricamente, cortar la conexión de Naruto con el Kyubi el tiempo suficiente para... ¿para qué?
— ¿Para matarlo? —se preguntó a sí misma en voz alta.
La idea la aterrorizó y la excitó al mismo tiempo. Matar al Séptimo Hokage. Matar al hombre que todos adoraban. Si lo hacía, sería ejecutada como una traidora. El clan Hyuga sería disuelto. Pero si no lo hacía, Hinata moriría lentamente, pedazo a pedazo, en esa casa que olía a sudor y desesperación.
— ¿Qué estás buscando tan tarde, Hanabi?
La voz de su padre, Hiashi, resonó desde las sombras de la entrada. Hanabi cerró el pergamino de golpe, su corazón martilleando contra sus costillas.
— Padre... —Hanabi se giró, tratando de mantener la compostura—. Solo... repasaba la historia del clan. No podía dormir.
Hiashi se acercó lentamente. Los años no habían suavizado su mirada, pero había una rigidez en sus hombros que denotaba una preocupación que rara vez expresaba. Se detuvo frente a ella y miró el pergamino negro.
— Ese registro no es para cualquiera —dijo Hiashi, su voz era un susurro grave—. Habla de métodos para someter a lo indomable. ¿Por qué te interesa el control de las bestias con cola, hija?
Hanabi apretó los dientes. Por un momento, estuvo a punto de soltarlo todo. De gritar que el héroe de la aldea era un violador y un maltratador, que su hermana mayor estaba siendo destruida sistemáticamente. Pero recordó la mirada de advertencia de Hinata. Recordó el poder absoluto de Naruto. Si Hiashi iba tras él sin un plan, Naruto lo mataría sin pestañear.
— Vi a Hinata hoy —dijo Hanabi, eligiendo sus palabras con cuidado—. No se veía bien, padre. Estaba... apagada. Y Naruto...
— Naruto es el Hokage —interrumpió Hiashi con una frialdad que heló la sangre de Hanabi—. Su carga es pesada. Hinata eligió ese camino. Ser la esposa del hombre más fuerte del mundo requiere sacrificios que tú, quizás, aún no comprendes.
— ¡No se trata de sacrificios, padre! —estalló Hanabi, incapaz de contenerse—. ¡Se trata de crueldad! Él la trata como...
— ¡Basta! —El grito de Hiashi hizo eco en las paredes—. No toleraré chismes sobre la familia del Hokage. Si Hinata tiene problemas, es su deber como mujer Hyuga resolverlos dentro de su hogar. El honor de nuestro clan depende de esa unión. No pongas en duda la paz que tanto nos costó conseguir.
Hanabi sintió que algo se rompía dentro de ella. Su padre lo sabía. O al menos, lo sospechaba y prefería mirar hacia otro lado para mantener el estatus político del clan. Estaba sola.
— Entiendo —dijo Hanabi, bajando la cabeza para ocultar el odio en sus ojos—. Entiendo perfectamente, padre.
Hiashi la observó un momento más antes de darse la vuelta y salir de la biblioteca. Hanabi esperó hasta que sus pasos se desvanecieron por completo. Luego, volvió a abrir el pergamino. Si el clan no la ayudaba, lo haría por su cuenta.
Mientras tanto, en la residencia Uzumaki, la cena había terminado. El ambiente era sofocante. Naruto estaba sentado en su sillón, con una copa de sake en la mano, observando a Hinata mientras ella recogía la mesa. Sus movimientos eran lentos, cada paso le causaba un dolor punzante en la pelvis, resultado de la brutalidad de la noche anterior.
— Ven aquí —ordenó Naruto.
Hinata dejó el plato en la mesa y se acercó a él con la cabeza gacha.
— Sí, Naruto-kun.
Él la agarró por la muñeca y la tiró hacia su regazo. Hinata soltó un pequeño gemido de dolor cuando sus nalgas golpeadas hicieron contacto con las piernas de él. Naruto sonrió, disfrutando de su malestar.
— ¿Qué te dijo Hanabi hoy? —preguntó él, pasando una mano por el cabello de Hinata, tirando ligeramente hacia atrás para obligarla a mirarlo—. Parecía muy convencida de que yo era el villano de la historia.
— Ella... ella solo estaba preocupada —susurró Hinata, sus ojos evitando los de él—. Le dije que todo estaba bien. Que somos felices.
— ¿Y nos cree? —Naruto apretó el agarre en su cabello, haciendo que Hinata arqueara la espalda—. Porque si no nos cree, tendré que invitarla a pasar unos días con nosotros. Estoy seguro de que a Boruto y Himawari les gustaría ver a su tía... aunque quizás sea mejor enviarlos con Sakura un tiempo para que nosotros podamos "entrenar" a Hanabi adecuadamente.
— ¡No! —exclamó Hinata, el pánico filtrándose en su voz—. Ella te cree, Naruto-kun. Te lo juro. Por favor, deja a Hanabi fuera de esto. Yo haré lo que quieras. Lo que sea.
Naruto soltó una carcajada oscura y dejó la copa de sake en el suelo. Con un movimiento brusco, le rasgó la parte superior del kimono, dejando sus hombros y pechos al descubierto, marcados por las huellas de sus dedos y sus dientes.
— Lo que sea, ¿eh? —dijo él, su voz volviéndose ronca—. Desnúdate. Quiero verte gatear hasta el dormitorio. Y esta vez, si cierras los ojos o dejas de gemir mi nombre, te prometo que mañana Hanabi despertará en mi cama.
Hinata sintió que el alma se le escapaba del cuerpo. Con dedos temblorosos, comenzó a desatar el obi de su kimono. Cada prenda que caía al suelo era una capa más de su dignidad que desaparecía. Se puso de rodillas, con las lágrimas rodando por sus mejillas, y comenzó a avanzar por el pasillo frío, bajo la mirada hambrienta y sádica del hombre que una vez llamó su héroe.
Pasaron tres días. Hanabi había pasado cada minuto libre practicando el sello prohibido en los bosques de entrenamiento más alejados. Sus dedos estaban ensangrentados de tanto golpear troncos de árboles imbuidores de chakra, tratando de perfeccionar la velocidad necesaria para sorprender a alguien con los reflejos de Naruto.
Sabía que no podía atacar a Naruto en la oficina del Hokage. Había demasiados ANBU, demasiados ojos. Tenía que ser en su casa. Tenía que ser cuando él estuviera distraído por su propia lujuria y crueldad.
Esa noche, Hanabi no usó la puerta principal. Se infiltró por el jardín trasero, ocultando su presencia al mínimo. El Byakugan estaba activo, permitiéndole ver a través de las paredes. Lo que vio la hizo detenerse en seco, con el estómago revuelto.
En el dormitorio principal, Naruto tenía a Hinata encadenada a los postes de la cama por las muñecas. Ella estaba boca abajo, y él estaba detrás de ella, azotándola con un cinturón de cuero mientras reía. Cada golpe dejaba una roncha roja y sangrienta en la espalda de Hinata.
— ¡Dilo! —gritaba Naruto—. ¡Di de quién eres!
— Soy... soy tuya... Naruto-kun... —la voz de Hinata era apenas un susurro quebrado—. Soy tu propiedad... por favor... detente...
— ¡Más fuerte! —rugió él, volviendo a descargar el cinturón.
Hanabi no pudo aguantar más. La prudencia voló por la ventana. Rompió el cristal de la ventana con una patada imbuida en chakra y entró en la habitación como un torbellino blanco.
— ¡Suéltala, maldito animal! —gritó Hanabi, lanzándose directamente hacia Naruto.
Naruto reaccionó con una velocidad sobrehumana. Soltó el cinturón y bloqueó el golpe de Hanabi con el antebrazo, pero la fuerza del impacto lo obligó a retroceder un paso. Se giró hacia ella, y por un momento, el rostro de Naruto se transformó. Sus bigotes se volvieron más gruesos, sus colmillos crecieron y sus ojos brillaron con el rojo carmesí del Kyubi.
— ¡Otra vez tú! —rugió Naruto—. ¡Te di una oportunidad de vivir, niña estúpida!
— ¡Hanabi, huye! —gritó Hinata desde la cama, tirando desesperadamente de las cadenas—. ¡Te va a matar!
— ¡No me voy a ir sin ti! —respondió Hanabi, adoptando la postura del Puño Suave—. ¡Hoy se acaba tu reinado de terror, Naruto!
Naruto se lanzó hacia ella. No usó ninjutsu, solo fuerza bruta y velocidad. Hanabi esquivó un puñetazo que habría pulverizado sus costillas y contraatacó con una serie de golpes rápidos. Pero era como golpear una pared de acero. El chakra del Kyubi actuaba como una armadura invisible.
— ¿Crees que tus golpecitos de Hyuga pueden hacerme algo? —se burló Naruto, agarrando a Hanabi por el cuello y levantándola del suelo con una sola mano—. Soy el Séptimo Hokage. Soy el Dios de los Shinobi. Tú no eres nada.
Hanabi luchaba por respirar, sus pies pateando el aire. Pero su mano derecha estaba oculta detrás de su espalda, cargando el sello prohibido.
— Tal vez... yo no sea nada... —logró decir Hanabi, con una sonrisa sangrienta—, pero este sello... fue hecho para monstruos como tú.
Con un movimiento desesperado, Hanabi golpeó el pecho de Naruto, justo sobre su corazón, con la palma extendida. Una luz negra y azul estalló en el punto de contacto. Naruto abrió los ojos de par en par, una expresión de pura sorpresa cruzando su rostro mientras el chakra del Kyubi comenzaba a retroceder violentamente, succionado hacia adentro por el sello.
— ¿Qué... qué has hecho? —gruñó Naruto, soltándola mientras caía de rodillas, agarrándose el pecho.
— He cortado tu conexión —dijo Hanabi, jadeando por aire—. Tienes diez minutos antes de que tu chakra se estabilice. Diez minutos donde eres solo un hombre.
Hanabi corrió hacia la cama. Con dos golpes precisos de Puño Suave, rompió los anclajes de las cadenas. Hinata cayó hacia adelante, sollozando, y Hanabi la cubrió rápidamente con una sábana.
— ¡Vámonos, Hinata! ¡Ahora! —urgió Hanabi, tratando de levantarla.
Pero Hinata no se movía. Miraba a Naruto, que seguía en el suelo, retorciéndose de dolor.
— Él... él me matará... —susurró Hinata—. Si me voy... él nos cazará a todos...
— ¡No si lo matamos ahora! —dijo Hanabi, sacando un kunai de su equipo—. Hinata, ayúdame. Si atacamos las dos juntas, podemos terminar con esto.
Hinata miró el kunai, luego miró a Naruto. El hombre que la había violado, golpeado y humillado estaba allí, vulnerable por primera vez en años. Pero el miedo estaba tan arraigado en sus huesos que no podía ni siquiera ponerse en pie.
— No puedo... —lloró Hinata—. Hanabi, vete tú... sálvate tú...
Naruto comenzó a reírse, una risa débil pero cargada de veneno.
— Mírala... —dijo él, levantando la vista, sus ojos volviendo a ser azules pero llenos de una malicia infinita—. La he roto tan bien que ni siquiera puede intentar salvarse. ¿Ves, Hanabi? Ella me pertenece. Aunque me mates, su mente siempre estará en esta habitación, de rodillas ante mí.
Hanabi sintió una náusea profunda. Miró a su hermana y vio la verdad en las palabras de Naruto. El daño psicológico era tan vasto que Hinata ya no era una persona, era un eco de los deseos de su captor.
— Entonces te llevaré a rastras —dijo Hanabi, agarrando a Hinata por la cintura.
Pero antes de que pudiera moverse, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Un escuadrón de ANBU, alertado por el estallido de chakra del sello, irrumpió en la estancia.
— ¡Hokage-sama! —gritó el líder del escuadrón, viendo a Naruto en el suelo y a Hanabi armada.
— ¡Detenedla! —ordenó Naruto, recuperando su voz de mando—. ¡Hanabi Hyuga ha intentado asesinarme! ¡Y se está llevando a mi esposa por la fuerza!
Hanabi se vio rodeada en segundos. Sabía que no podía luchar contra todo un escuadrón de élite mientras cargaba con una Hinata en estado de shock. Miró a su hermana una última vez, buscando un destello de la antigua Hinata, una señal de que lucharía. Pero Hinata solo cerró los ojos y se dejó caer al suelo, volviendo a su posición de sumisión.
— Lo siento, Hanabi —susurró Hinata tan bajo que solo ella pudo oírlo.
Hanabi tuvo que tomar una decisión en una fracción de segundo. Si se quedaba, ambas estarían perdidas. Si huía, podría buscar ayuda, podría contar la verdad, aunque nadie la creyera al principio.
— ¡Esto no ha terminado, Naruto! —gritó Hanabi, lanzando una bomba de humo y usando una técnica de sustitución para atravesar la ventana rota.
Mientras caía hacia el jardín y se perdía en las sombras de la noche, escuchó la voz de Naruto resonando desde la habitación, una voz que ya no tenía rastro de dolor, solo de una furia fría y calculadora.
— ¡Traedme su cabeza! ¡Y que nadie sepa lo que pasó aquí!
Hanabi corrió como nunca antes en su vida. Ya no buscaba la mansión Hyuga; sabía que su padre no la protegería. Se dirigía hacia las afueras, hacia los antiguos escondites de los ninjas renegados. Tenía el pergamino prohibido, tenía la verdad y tenía un odio que le daría fuerzas para quemar el mundo entero si era necesario.
En la habitación, Naruto se puso en pie, su chakra volviendo a fluir con una intensidad renovada. Se acercó a Hinata, que seguía en el suelo, y la agarró del pelo con una brutalidad renovada, obligándola a mirarlo.
— Parece que tu hermanita necesita una lección más severa —dijo él, su rostro a centímetros del de ella—. Y tú vas a ayudarme a darle caza. Y cuando la tengamos... bueno, siempre he pensado que dos Hyuga serían mejor que una.
Hinata no dijo nada. El brillo en sus ojos se había apagado por completo, dejando solo un vacío blanco y desolado. La jaula de cristal se había cerrado de nuevo, y esta vez, las llaves habían sido arrojadas al fuego de la ambición de un hombre que jugaba a ser dios en una aldea de ciegos.