Naruto
El Vientre de la Traición y el Culto a la Carne
El silencio en la residencia Hyuga era denso, cargado de una tensión que solo Hinata podía percibir tras su encuentro nocturno con Naruto. Caminaba por los pasillos con un dolor punzante en la parte baja de su espalda, cada paso recordándole la brutalidad con la que el Uzumaki la había reclamado. Sin embargo, en su rostro no había rastro de arrepentimiento; sus ojos, antes tímidos, ahora reflejaban una determinación fanática.
Mientras tanto, en la casa de los Haruno, la atmósfera era radicalmente distinta. Mebuki se encontraba en la cocina, preparando el desayuno con una mano sobre su vientre aún plano. La noticia de su embarazo había sido recibida por Kizashi con lágrimas de alegría, creyendo que era el milagro que tanto habían esperado. Mebuki sentía una punzada de culpa cada vez que su esposo la besaba, pero esa culpa se desvanecía cuando recordaba las manos de Naruto sobre ella, la forma en que él le prohibía usar cualquier protección porque quería "llenarla de su esencia".
—Mebuki, querida, te ves radiante hoy —dijo Kizashi, abrazándola por la cintura—. Este bebé es la bendición más grande que nos ha dado el destino.
—Sí, Kizashi... —respondió ella con la voz ligeramente temblorosa—, es todo lo que siempre quisimos.
Mebuki bajó la mirada. Sabía que si no seguía las órdenes de Naruto, él no solo la abandonaría, sino que dejaría de "proteger" a Sakura. Lo que ella ignoraba era que, en ese mismo instante, su hija estaba en su habitación, llorando en silencio mientras intentaba ocultar los moretones en sus muslos. Sakura se sentía sucia, pero se convencía a sí misma de que su sacrificio mantenía a su madre a salvo de los impulsos oscuros de Naruto. El engaño era perfecto: madre e hija, unidas por la misma mentira, servían al mismo amo sin saberlo.
Esa tarde, Naruto citó a Hinata en un campo de entrenamiento privado, un lugar rodeado de sellos de silencio que él mismo había colocado. Cuando ella llegó, lo encontró sentado sobre una roca, observándola con una mirada que la hacía sentirse desnuda.
—Has tardado, Hinata —dijo Naruto, su voz cargada de una autoridad fría—. Espero que hayas estado pensando en nuestra conversación sobre Hanabi y Natsu.
—Lo he hecho, Naruto-kun —respondió Hinata, arrodillándose ante él sin que él se lo pidiera—. Estoy dispuesta a todo. He empezado a hablar con Hanabi... ella me admira, hará lo que yo le diga. Y Natsu es leal a mí antes que al clan.
Naruto se levantó y caminó hacia ella, tomándola bruscamente del mentón para obligarla a mirarlo.
—No basta con palabras, Hinata. Te dije que quería una bomba sexual. Esas ropas de los Hyuga esconden demasiado. Quítatelas. Quiero ver si ya has empezado a entender cuál es tu función.
Con manos temblorosas pero decididas, Hinata se despojó de su chaqueta y su camisa, quedando solo en un sujetador que apenas contenía el volumen de sus pechos, los cuales Naruto exigía que fueran más grandes. Él la observó con desprecio y deseo mezclados.
—Aún te falta mucho, pero me servirá para desquitarme —gruñó Naruto.
Él la empujó hacia el suelo de tierra y hierba. Sin ninguna delicadeza, Naruto se deshizo de sus pantalones. No hubo juegos previos, no hubo ternura. El rubio la tomó por el cabello, forzándola a ponerse a cuatro patas.
—¿Recuerdas lo que te dije sobre tu virginidad, verdad? —susurró él al oído de la chica, mientras ella soltaba un gemido de anticipación y miedo—. Tu familia no verá nada en tu vagina, pero yo voy a destrozar tu retaguardia hasta que solo puedas pensar en mi nombre.
Naruto se posicionó y, con un empuje violento y seco, volvió a invadir el esfínter de Hinata. Ella soltó un grito que fue ahogado por la mano de Naruto sobre su boca. El dolor era intenso, una sensación de desgarro que la hacía temblar, pero en su mente retorcida, ese dolor era la prueba de que Naruto la poseía.
—¡Mmmph! —gemía Hinata contra la palma del Uzumaki.
—Muévete para mí, perra Hyuga —ordenó Naruto, aumentando la velocidad de sus embestidas—. Demuéstrame que puedes ser mejor que Sakura. Ella llora demasiado, tú... tú vas a aprender a disfrutar de esto.
Naruto la golpeaba rítmicamente, sus cuerpos chocando con un sonido húmedo y carnal. Cada vez que él se hundía profundamente en su estrechez, Hinata sentía que su cordura se fragmentaba un poco más. La humillación de ser tratada como un receptáculo de desechos, en lugar de la heredera de un clan noble, le provocaba una excitación oscura que nunca imaginó poseer.
—Eso es... así es como me gusta —dijo Naruto, sintiendo cómo Hinata empezaba a contraerse alrededor de él—. Ahora, dime qué vas a hacer con Hanabi. Dímelo mientras te uso.
—Yo... ¡ah! —jadeó Hinata, con las lágrimas bañando su rostro—, yo la traeré... la prepararé para ti... le diré que es un entrenamiento secreto... que solo tú puedes ayudarla a despertar su verdadero potencial...
Naruto soltó una carcajada cruel mientras llegaba al clímax, descargándose con fuerza bruta dentro del ano de Hinata, ignorando el pequeño rastro de sangre que comenzaba a brotar por el esfuerzo excesivo. Se retiró con brusquedad, dejando que ella colapsara contra el suelo, jadeando y temblando.
—Límpiate —ordenó Naruto, vistiéndose con total indiferencia—. Mañana quiero que Natsu venga a mi casa. Dile que tiene que limpiar, o cualquier excusa estúpida. Si es virgen como dices, quiero ser el primero en marcarla. Y después, vendrá Hanabi.
Hinata, aún recuperando el aliento y sintiendo el ardor insoportable en su interior, se incorporó con dificultad.
—Sí, Naruto-kun. Natsu estará allí. Y Hanabi... Hanabi será tuya pronto.
Días después, la manipulación de Naruto sobre los Haruno alcanzó un nuevo nivel de perversión. Había citado a Sakura en un almacén abandonado en las afueras de la aldea, el mismo lugar donde solía llevarla para sus "sesiones de protección". Pero esta vez, Naruto tenía un plan más audaz.
—Sakura, acércate —dijo Naruto, sentado en una silla vieja, con las piernas abiertas—. Tu madre está muy feliz con su embarazo, ¿verdad?
Sakura asintió, con la mirada baja. Se sentía morir por dentro al saber que su madre estaba esperando un hijo de su esposo, mientras ella era violada por el "héroe" de la aldea.
—Sí... mi padre está muy emocionado —susurró Sakura.
—Es una pena que sea una mentira, ¿no crees? —soltó Naruto con una sonrisa cínica.
Sakura levantó la vista, confundida y aterrorizada.
—¿De qué... de qué hablas, Naruto?
—Ese bebé no es de Kizashi, Sakura. Es mío. Yo preñé a tu madre porque ella me lo suplicó. Me sirve tan bien como tú, aunque ella es mucho más... experimentada.
El mundo de Sakura se derrumbó. La revelación de que su madre también era una esclava sexual de Naruto, y que el hijo que esperaba era de él, la dejó paralizada.
—No... no puede ser... mamá no...
—Oh, sí puede ser —dijo Naruto, levantándose y caminando hacia ella—. Y si quieres que siga creyendo que el hijo es de su marido, y que yo no le cuente lo que tú y yo hacemos aquí, vas a tener que esforzarte el doble hoy.
Naruto la agarró por el cuello y la lanzó sobre una mesa llena de polvo. Sakura no luchó. El peso de la verdad la había quebrado por completo. Naruto le arrancó la ropa con violencia, exponiendo su cuerpo que ya mostraba las marcas de encuentros anteriores.
—Hoy no habrá piedad, Sakura —gruñó él, entrando en ella con una furia desatada—. Vas a aprender lo que significa ser una Haruno bajo mi mando.
Mientras Naruto abusaba de Sakura, su mente ya estaba en la siguiente fase. Hinata ya estaba bajo su control total, actuando como su proxeneta personal dentro del clan Hyuga. Mebuki estaba encadenada a él por el hijo que crecía en su vientre. Y Sakura... Sakura ahora estaba rota por la traición de su propia madre, aunque Mebuki aún no supiera que su hija compartía su destino.
Esa misma noche, tal como se había planeado, Natsu, la sirvienta de los Hyuga, llegó a la residencia de Naruto. Era una mujer joven, de aspecto sencillo y mirada inocente. Hinata la había enviado con la promesa de que Naruto necesitaba ayuda con unos pergaminos antiguos.
Cuando Natsu entró, Naruto la recibió con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Pasa, Natsu. Hinata me dijo que eres muy eficiente —dijo él, cerrando la puerta con llave tras ella.
—Es un honor ayudar al héroe de la guerra, Uzumaki-sama —dijo la joven, haciendo una reverencia.
Naruto no perdió el tiempo. Se acercó a ella y, antes de que pudiera reaccionar, la acorraló contra la pared.
—Hinata me dijo algo muy interesante sobre ti, Natsu. Me dijo que te has mantenido pura.
La joven se sonrojó violentamente, tratando de retroceder, pero no había escapatoria.
—Yo... yo no entiendo...
—Lo entenderás pronto —sentenció Naruto, desgarrando el kimono de la sirvienta de un solo tirón—. Hinata te ha entregado a mí. Ahora eres parte de mi propiedad.
Los gritos de Natsu fueron silenciados rápidamente cuando Naruto la tomó con la misma brutalidad que usaba con las demás. Para él, estas mujeres no eran más que trofeos, herramientas para cimentar su poder y satisfacer sus instintos más bajos. Mientras poseía a la sirvienta, Naruto pensaba en Hanabi. La pequeña Hyuga sería la joya de la corona, el golpe final al orgullo de aquel clan.
A la mañana siguiente, Hinata regresó a la casa de Naruto. Encontró a Natsu llorando en un rincón, envuelta en una sábana, con la mirada perdida. Hinata no sintió compasión. Se acercó a Naruto, quien estaba desayunando como si nada hubiera pasado.
—Natsu ya ha sido reclamada —dijo Hinata con voz monótona—. Esta tarde traeré a Hanabi al bosque. Le he dicho que vas a enseñarle una técnica secreta para mejorar su rotación de chakra.
Naruto dejó la taza de té y miró a Hinata.
—Bien hecho. Estás aprendiendo, Hinata. Si sigues así, quizás te permita llevar a mi próximo hijo, después de que Mebuki dé a luz.
Los ojos de Hinata brillaron con una luz enfermiza. El prospecto de llevar un hijo de Naruto era lo único que necesitaba para justificar cualquier atrocidad.
—Haré que Hanabi se entregue sin resistencia, Naruto-kun. Ella confía en mí.
Naruto sonrió, saboreando su victoria. Konoha seguía viéndolo como el salvador, el joven que trajo la paz al mundo ninja. Pero detrás de las puertas cerradas, en las sombras de los clanes más prestigiosos, él estaba tejiendo una red de lujuria, dolor y engaño que consumiría a todas las mujeres que alguna vez lo ignoraron o lo subestimaron. El destino de las flores de Konoha estaba sellado: todas terminarían marchitándose bajo el yugo del nuevo señor de la oscuridad.