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Naruto

El Despertar del Loto Blanco y el Sabor de la Traición

La mañana en el distrito Hyuga era inusualmente fría, o al menos eso sentía Hanabi mientras se ajustaba el protector frontal. Su hermana mayor, Hinata, la observaba desde el umbral de la puerta con una expresión que Hanabi no lograba descifrar. Ya no era la mirada tímida y dubitativa de siempre; había algo afilado, casi eléctrico, en sus ojos perlados.

—¿Estás lista, Hanabi? —preguntó Hinata, su voz suave pero carente de su calidez habitual—. Naruto-kun no es un hombre que guste de esperar. Él ha accedido a supervisar tu entrenamiento personal debido a tu gran potencial.

—Sigo sin creerlo, hermana —respondió Hanabi con entusiasmo juvenil—. Que el héroe de la guerra se tome el tiempo de enseñarme... es un honor para nuestro clan. Padre estará muy orgulloso cuando vea mis avances.

Hinata desvió la mirada por un segundo, una sombra de culpa cruzando su rostro antes de ser reemplazada por una máscara de sumisión absoluta.

—Padre no debe saber los detalles de este entrenamiento, Hanabi. Naruto-kun dice que son técnicas secretas del Clan Uzumaki que requieren una conexión espiritual... profunda. Si alguien interrumpe, el flujo de chakra podría dañarte.

Hanabi asintió con seriedad, confiando plenamente en su hermana. No sospechaba que Hinata ya no era la heredera del clan, sino un peón que Naruto movía a su antojo, una mujer cuya voluntad había sido quebrada y reconstruida a través del dolor anal y la humillación constante.

Mientras tanto, en el centro de la aldea, Naruto caminaba con la arrogancia de un rey. Se detuvo frente a la floristería Yamanaka, pero no para comprar flores, sino para observar a Mebuki Haruno, quien caminaba apresurada hacia el hospital. El rubio sonrió al ver cómo ella se tocaba el vientre de manera protectora.

—Buenos días, Mebuki-san —dijo Naruto, interceptándola en un callejón lateral—. Te ves cansada. ¿El pequeño Uzumaki te está dando problemas?

Mebuki palideció y miró a su alrededor con desesperación.

—Naruto, por favor... no aquí —susurró ella, pegándose a la pared—. Kizashi está cerca, ha estado muy atento conmigo desde que supo lo del bebé. Cree que es suyo... si te ve hablándome así...

—Me importa poco lo que crea ese idiota —gruñó Naruto, acercándose tanto que Mebuki podía sentir su aliento—. Recuerda nuestro trato. Tú llevas mi semilla y me sirves cuando yo lo ordene. A cambio, mantengo a Sakura "a salvo". Por cierto, anoche estuvo conmigo. Es una chica muy obediente, aunque llora demasiado por tu culpa.

—¿Por mi culpa? —preguntó Mebuki, con los ojos llenos de lágrimas—. Yo lo hago por ella, para que no le pongas un dedo encima...

Naruto soltó una carcajada seca y cruel.

—Qué noble de tu parte. Ambas se sacrifican por la otra, y ambas terminan en mi cama. Son patéticas, Mebuki. Ahora vete al hospital. Y asegúrate de que ese médico no haga demasiadas preguntas sobre el tipo de sangre del feto. Si el engaño cae, tú caerás conmigo.

Mebuki asintió frenéticamente y huyó, con el corazón latiendo desbocado. Naruto la vio irse, disfrutando del poder absoluto que ejercía sobre la familia Haruno. Pero su plato principal del día lo esperaba en el bosque.

Al llegar al claro apartado, Hinata ya estaba allí, de pie junto a una Hanabi que realizaba estiramientos. La pequeña Hyuga se iluminó al ver al Uzumaki.

—¡Naruto-sama! —exclamó Hanabi, haciendo una reverencia—. Gracias por esta oportunidad.

Naruto la recorrió con la mirada. Hanabi era más joven que Sakura y Hinata, con una energía vibrante y un cuerpo que empezaba a florecer. Sus ojos Byakugan brillaban con una inocencia que Naruto estaba ansioso por corromper.

—Hinata, retírate a los límites del sello —ordenó Naruto sin apartar la vista de la menor—. Vigila que nadie se acerque. Hanabi y yo necesitamos privacidad absoluta para la "apertura de canales".

—Sí, Naruto-kun —respondió Hinata, haciendo una reverencia profunda. Antes de irse, miró a su hermana pequeña—. Haz todo lo que él te pida, Hanabi. No te resistas. Es por tu bien.

Hanabi se quedó a solas con Naruto. El silencio del bosque solo era roto por el susurro del viento.

—Bien, Hanabi —dijo Naruto, caminando en círculos alrededor de ella—. El secreto para dominar el chakra de un Uzumaki no está en los sellos manuales, sino en la entrega total del cuerpo. Tu Byakugan ve los puntos de presión, pero yo voy a enseñarte a sentirlos.

—¿Cómo empezamos? —preguntó ella, un poco nerviosa por la intensidad de su mirada.

—Quítate la túnica —sentenció Naruto—. El flujo de energía se bloquea con la ropa gruesa. Necesito ver tus canales de chakra directamente.

Hanabi dudó. La petición era extraña, incluso para un entrenamiento ninja. Pero las palabras de su hermana resonaban en su cabeza: "Haz todo lo que él te pida". Con manos temblorosas, se despojó de su ropa exterior, quedando solo en una fina prenda interior. El frío del bosque erizó su piel, pero el calor que emanaba de Naruto era más abrumador.

—Más —dijo él—. Todo. Si tienes vergüenza, nunca serás una verdadera guerrera.

Hanabi, con el rostro encendido de rojo, terminó de desvestirse. Se sentía vulnerable, expuesta ante el hombre que toda la aldea admiraba. Naruto se acercó y puso una mano en su hombro; su tacto era rudo, posesivo.

—Eres hermosa, Hanabi. Mucho más que tu hermana —susurró él, bajando la mano hacia su pecho—. Pero estás muy tensa. Vamos a relajar esos canales.

Sin previo aviso, Naruto la empujó contra un tronco cubierto de musgo. Hanabi soltó un jadeo de sorpresa, pero antes de que pudiera preguntar qué sucedía, Naruto la besó con una violencia que le robó el aliento. No era un beso de amor; era una invasión. Sus manos se movían con destreza, explorando el cuerpo de la joven con una familiaridad insultante.

—¡Naruto-sama! —logró decir Hanabi cuando él se separó para bajar a su cuello—. Esto... ¿esto es parte del entrenamiento?

—Esto es el entrenamiento, pequeña —gruñó Naruto, sus ojos azules brillando con una oscuridad depredadora—. Vas a ser mi nueva joya. Hinata ya me pertenece, y ahora tú también.

Naruto la obligó a arrodillarse. Hanabi intentó activar su Byakugan por instinto, pero Naruto le propinó un golpe rápido en el cuello que interrumpió su flujo de chakra, dejándola aturdida.

—Nada de ojos, Hanabi. Solo sensaciones —dijo él, desabrochando sus pantalones—. Si quieres que tu clan siga siendo respetado, vas a aprender a servirme. Hinata ya lo hace. Ella me entregó a Natsu, y ahora te entrega a ti.

La revelación golpeó a Hanabi más fuerte que cualquier golpe físico. ¿Su hermana la había traicionado? ¿La mujer que más admiraba la había llevado al matadero? Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos perlados mientras Naruto la forzaba a realizar el mismo acto degradante que le había impuesto a Hinata días atrás.

—¡Mmmph! —Hanabi intentó retroceder, pero Naruto la sujetó del cabello con fuerza, obligándola a aceptar su dominio.

—Traga tu orgullo, Hyuga —decía él mientras la usaba—. Eres una perra de clase alta, pero aquí