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Naruto

El Altar de la Sumisión y el Quebranto del Byakugan

El bosque de Konoha, siempre testigo de heroísmos y sacrificios, se convertía esa tarde en el escenario de una profanación que marcaría el linaje de los Hyuga para siempre. Hanabi, la joven promesa del clan, sentía cómo su mundo se fragmentaba bajo el agarre de hierro de Naruto. El ídolo, el héroe, el sol de la aldea, se revelaba ante ella como un eclipse de oscuridad absoluta.

—¡Mmmph! —gemía Hanabi, con los ojos anegados en lágrimas mientras Naruto la obligaba a arrodillarse frente a él. La sumisión forzada era una medicina amarga que su garganta se negaba a pasar, pero la fuerza del rubio no admitía réplicas.

—Traga tu orgullo, Hanabi —gruñó Naruto, tirando de su cabello hacia atrás para que ella pudiera ver su rostro cargado de una lascivia gélida—. Eres la heredera de un clan de ojos blancos, pero ahora mismo no eres más que un juguete que tu propia hermana me ha regalado. ¿No es poético?

La mención de Hinata fue como un puñal en el pecho de la menor. El dolor físico de la invasión bucal que Naruto le imponía era secundario comparado con la traición. Su hermana, la dulce y protectora Hinata, la había conducido a esta trampa con mentiras de entrenamiento y superación.

Naruto se retiró con un movimiento brusco, dejando a Hanabi tosiendo y jadeando en el suelo de tierra. Ella intentó cubrirse, pero él la pateó suavemente en el costado, no para herirla de gravedad, sino para recordarle su posición.

—Levántate —ordenó él, desabrochando su cinturón por completo—. Aún no hemos empezado con la verdadera lección. Hinata me dijo que eras más fuerte que ella. Vamos a comprobarlo.

—¿Por qué...? —logró articular Hanabi entre sollozos, con el labio temblando—. ¿Por qué nos haces esto? Mi familia te respetaba... ¡Hinata te amaba!

Naruto soltó una carcajada que erizó el vello de la nuca de la joven.

—Precisamente por eso, pequeña —respondió él, tomándola por los brazos y lanzándola sobre un tronco caído—. Porque su amor me dio el poder de destruirlas desde adentro. Hinata no solo me ama, me pertenece. Ella es mi cómplice. Y tú... tú serás mi mayor trofeo.

Sin más preámbulos, Naruto la giró, obligándola a apoyar el pecho contra la madera rugosa del tronco. Hanabi sintió el frío de la corteza contra su piel desnuda, un contraste violento con el calor sofocante que emanaba del cuerpo de Naruto tras ella.

—¡No, por favor! —suplicó Hanabi, intentando forcejear—. ¡Soy virgen