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Naruto

La noche del silencio roto y el despertar de los colmillos

En la residencia Haruno, la oscuridad no traía paz, sino una vigilia de terror absoluto. Naruto Uzumaki se movía por los pasillos con la confianza de un espectro que es dueño de la casa. Kizashi Haruno dormía profundamente en su habitación, sumido en un sueño inducido por un somnífero que el rubio había deslizado en su té horas antes. Al lado del hombre, Mebuki yacía con los ojos abiertos, temblando al escuchar el crujido de la madera.

La puerta se abrió sin hacer ruido. Naruto entró, despojándose de su chaqueta naranja con una lentitud exasperante. Se subió a la cama matrimonial, posicionándose justo en medio de la pareja. Con una mano acarició el rostro de Mebuki y con la otra tocó el hombro del esposo dormido.

—Es hora de nuestra sesión nocturna, Mebuki —susurró Naruto, su voz cargada de una malicia que contrastaba con su rostro juvenil—. Vamos a ver cuánto puedes aguantar antes de despertar a tu querido esposo con tus gritos.

La mujer intentó suplicar, pero Naruto la tomó por el cuello, obligándola a darse la vuelta. La violación comenzó allí mismo, en el lecho conyugal. Naruto la penetró con una violencia ruda, golpeando su cuerpo contra el colchón una y otra vez. El sonido de la carne chocando resonaba en la habitación silenciosa. Mebuki mordía la almohada para ahogar sus gemidos de dolor y humillación, sintiendo cómo Naruto se ensañaba con ella, reclamando cada rincón de su anatomía mientras su esposo roncaba a escasos centímetros.

—Míralo —ordenó Naruto, obligándola a girar la cabeza hacia Kizashi—. No puede protegerte. Eres mía, y este hijo que llevas dentro será el recordatorio eterno de que tu marido es un fracasado.

Durante horas, Naruto la utilizó sin descanso, cambiando de posición sobre el cuerpo inerte de Kizashi, usándolo como apoyo para sus embestidas. Cuando terminó con la madre, dejándola exhausta y cubierta de su rastro, se dirigió a la habitación contigua.

Sakura estaba encadenada a su propia cama. Naruto había decidido que hoy sería el día en que su inocencia sería erradicada por completo. Lo que comenzó como una tortura física se convirtió en una jornada de veinticuatro horas de depravación absoluta. Naruto no tuvo piedad. La tomó una y otra vez, ignorando el sangrado inicial y el llanto desgarrador de la pelirrosa.

—¡Por favor, Naruto, detente! ¡Duele! —gritaba Sakura, con la voz ya rota por las horas de suplicio.

—El dolor es parte del aprendizaje, Sakura-chan —respondió él, mientras la forzaba a ponerse a cuatro patas—. Querías ser una gran ninja médico, ¿no? Aprende cómo se siente un cuerpo cuando es reclamado por su dueño.

La violación de Sakura fue un despliegue de sadismo. Naruto la penetró por todos sus orificios, obligándola a realizar actos que ella solo había leído en libros prohibidos. Cada vez que ella perdía el conocimiento, él la despertaba con jutsus de estimulación nerviosa para que sintiera cada segundo de la profanación. Al terminar el día, Sakura ya no era la niña que soñaba con Sasuke; era una cáscara vacía, una muñeca rota que solo sabía obedecer al ritmo de las embestidas del rubio.

Días después, el apetito de Naruto lo llevó hacia el clan Inuzuka. Tsume Inuzuka, la líder del clan y conocida por su ferocidad, fue el siguiente objetivo. Naruto utilizó su fachada de estudiante desvalido para entrar en la casa de los Inuzuka, alegando que necesitaba consejos sobre cómo tratar con "bestias".

Tsume, subestimando al chico, lo recibió en su sala de entrenamiento. No pasó mucho tiempo antes de que Naruto revelara su verdadera naturaleza. Utilizando sellos de parálisis que había perfeccionado bajo la tutela forzada de Tsunade, Naruto inmovilizó a la mujer alfa.

—¿Qué... qué es esto, mocoso? —rugió Tsume, intentando mover sus músculos sin éxito.

—Es el fin de tu liderazgo, Tsume —dijo Naruto, rompiendo su ropa con un kunai—. Vamos a ver si esa actitud de perra dominante se mantiene cuando te trate como a un animal de cría.

La tomó allí mismo, sobre el suelo frío de piedra de la sala de entrenamiento. La violación de Tsume fue una batalla de voluntades que Naruto ganó mediante la fuerza bruta y la humillación constante. Mientras la poseía, Naruto se burlaba de su linaje, recordándole que ahora él era el macho alfa de la manada.

Hana Inuzuka, la hija mayor y veterinaria de la aldea, entró en la sala buscando a su madre. Se quedó petrificada al ver la escena: su madre, la mujer más fuerte que conocía, siendo sometida por el rubio de la academia.

—¡Hana, huye! —gritó Tsume, pero Naruto fue más rápido.

Con un movimiento fluido, Naruto lanzó una cadena de chakra que atrapó a Hana por los tobillos, arrastrándola hacia el centro de la depravación.

—Qué suerte —comentó Naruto, con una sonrisa depredadora—. Madre e hija. Un festín completo.

Naruto obligó a Tsume a observar cómo tomaba a Hana sobre la mesa de disección de la clínica veterinaria que estaba conectada a la casa. Hana, siendo virgen y dedicada a la sanación, fue destrozada emocionalmente. Naruto la tomó con una ferocidad que buscaba marcarla de por vida. La penetró con tal fuerza que los gritos de la joven resonaron por todo el recinto Inuzuka, mientras sus perros, intimidados por el aura oscura de Naruto, aullaban en los patios.

—¡Mira a tu hija, Tsume! —exclamaba Naruto mientras se hundía profundamente en Hana—. Mira cómo disfruta de un verdadero Uzumaki.

La sesión duró toda la noche. Naruto alternaba entre ambas, usándolas en diferentes partes de la casa: en la cocina, sobre la mesa donde solían comer; en el baño, bajo el agua fría; y finalmente en el jardín privado, bajo la luz de la luna, para que la naturaleza misma fuera testigo de su dominio.

Al amanecer, las mujeres Inuzuka yacían en el suelo, despojadas de su orgullo y su fuerza. Naruto se vistió con calma, limpiándose la sangre y el sudor con una toalla de la familia.

—Volveré pronto —sentenció Naruto, mirando a las dos mujeres que apenas podían moverse—. Kurenai vendrá a darles las instrucciones de cómo deben comportarse en mi harén. Si alguna intenta hablar, recordad que tengo a la Hokage en mi bolsillo y a vuestros perros bajo mi control.

Naruto salió de la casa Inuzuka con la misma sonrisa despreocupada de siempre, saludando a los aldeanos que comenzaban su jornada. Nadie sospechaba que el "héroe" de la aldea acababa de quebrar a uno de los clanes más antiguos y fieros de Konoha, sumando a dos nuevas esclavas a su colección de carne y placer. La voluntad de fuego de la aldea se estaba consumiendo bajo el deseo insaciable de un depredador que no conocía límites.