Naruto
El estigma de la flor rota y el trono de carne
La calma matutina de Konoha era una fachada que Naruto Uzumaki despreciaba y disfrutaba a partes iguales. Mientras caminaba hacia la academia con las manos en los bolsillos, sentía el peso del poder absoluto. No era el poder de un Hokage, limitado por leyes y moralidad, sino el poder de un dios menor que había decidido que el mundo era su patio de recreo. Cada mujer que se cruzaba en su camino era, a sus ojos, una futura adquisición, un recipiente para su semilla y un juguete para su aburrimiento.
Esa tarde, Naruto decidió que era hora de visitar su "propiedad" en la torre del Hokage. Tsunade Senju, la mujer más poderosa de las naciones elementales, estaba sentada tras su escritorio, rodeada de informes que ya no le importaban. Desde que Naruto la ganó en aquella partida de cartas, su voluntad se había ido erosionando, sustituida por una dependencia carnal que la avergonzaba y la excitaba a niveles que nunca creyó posibles.
—Has llegado tarde, Naruto —dijo Tsunade, intentando mantener un tono de autoridad que se desmoronó en cuanto el rubio cerró la puerta con llave.
—Un rey nunca llega tarde, Tsunade. Solo hace esperar a sus súbditos —respondió Naruto, acercándose al escritorio con paso lento—. Quítate la ropa. Ahora.
Tsunade obedeció. El miedo inicial había dado paso a una sumisión absoluta. Mientras se desnudaba frente al ventanal que daba a la aldea, Naruto llamó a Shizune, quien esperaba en la antecámara, siempre lista para servir a su nuevo amo. La pelinegra entró, con la mirada baja y el rostro encendido en rojo. Desde que Naruto la tomó por la fuerza, su vida se había convertido en un ciclo de servicio y degradación.
—Shizune, ponte de rodillas junto a tu maestra —ordenó Naruto, sentándose en el sillón del Hokage.
Lo que siguió fue una exhibición de depravación que duró horas. Naruto utilizó a ambas mujeres con una crueldad metódica. Obligó a Tsunade a observar cómo penetraba a Shizune sobre el mapa de despliegue táctico de la aldea, desgarrando la poca dignidad que le quedaba a la asistente. Los gritos de Shizune eran sofocados por la mano de Tsunade, quien, por orden de Naruto, debía consolarla mientras él la reclamaba con embestidas brutales que hacían vibrar el pesado escritorio de madera.
—Dilo otra vez, Tsunade —gruñó Naruto, mientras cambiaba su atención a la Quinta Hokage, forzándola a inclinarse sobre el balcón, exponiéndola al aire frío de la tarde—. Di quién es tu dueño.
—Tú... tú eres mi dueño, Naruto —jadeó ella, sintiendo cómo el miembro del rubio la desgarraba con una fuerza inhumana—. Dan no era nada... él nunca pudo hacerme sentir así. Soy tu perra, tu semental... hazme lo que quieras.
Naruto la tomó con tal ferocidad que los cuadros de los antiguos Hokages parecían temblar en las paredes. No había amor, solo una conquista física total. La penetró una y otra vez, ignorando sus súplicas de clemencia cuando sus músculos empezaron a fallar. Al final, las dejó a ambas en el suelo, temblando y cubiertas de su rastro, mientras él se ajustaba la ropa con una sonrisa de suficiencia.
—Kurenai vendrá más tarde para llevarlas a la reunión del harén —sentenció él—. No quiero retrasos.
Al salir de la torre, Naruto se dirigió a la zona residencial, donde Anko Mitarashi lo esperaba cerca de un campo de entrenamiento. La Jonin, antes ruda y peligrosa, ahora lo miraba con una devoción enfermiza. Naruto la había manipulado para que viera su dolor como el de ella, y luego la había roto sexualmente hasta que su voluntad desapareció.
—Naruto-kun, te he echado de menos —dijo Anko, abrazándolo con desesperación.
—Tengo hambre, Anko. Y no de comida —respondió él, empujándola hacia la maleza espesa del bosque—. Kurenai me dijo que has estado practicando lo que te enseñé. Demuéstramelo.
La violación de Anko en el bosque fue un acto de dominación animal. Naruto la trató como un trozo de carne, forzándola contra los árboles, raspando su piel contra la corteza mientras la poseía con una furia que la dejaba sin aliento. Anko, lejos de resistirse, gemía con una mezcla de agonía y placer distorsionado, aceptando cada golpe y cada penetración como un regalo de su salvador. Naruto la obligó a usar sus propias serpientes para inmovilizarse mientras él la tomaba por todos los orificios posibles, disfrutando de la visión de la experimentada ninja reducida a una esclava suplicante.
—Eres tan fácil, Anko —se burló él, mientras se corría dentro de ella por tercera vez—. Una Jonin de élite, y aquí estás, rogando por más de un estudiante de academia.
—Soy tuya... hazme lo que quieras, Naruto —susurró ella, con los ojos en blanco, completamente perdida en la red de manipulación del rubio.
Después de dejar a Anko en un estado de semiinconsciencia, Naruto recordó que tenía una "cita" pendiente en la residencia Haruno. Al llegar, encontró a Mebuki en la cocina, preparando la cena con movimientos mecánicos. Su vientre ya empezaba a mostrar una ligera protuberancia, el fruto de la semilla de Naruto que crecía dentro de ella.
—¿Dónde está Kizashi? —preguntó Naruto, abrazándola por la espalda y apretando sus pechos con fuerza.
—Está en el trabajo... llegará tarde —respondió Mebuki, cerrando los ojos con resignación—. Por favor, Naruto, hoy no... me siento mal por el embarazo.
—Eso no es mi problema, Mebuki. De hecho, lo hace más excitante —dijo él, tirándola sobre la mesa de la cocina, apartando los platos y cubiertos con un estrépito.
La tomó allí mismo, sin preámbulos. La violación fue larga y humillante. Naruto se ensañó con ella, recordándole en cada embestida que su esposo nunca sabría que estaba criando al hijo del violador de su mujer. Mebuki lloraba en silencio, sintiendo el peso de Naruto sobre ella, una carga que sabía que nunca podría quitarse de encima.
—Vas a ser una buena madre, Mebuki —le susurró al oído mientras la penetraba analmente con