Naruto el relampago.rojo
Ecos de Ceniza en la Torre del Reloj
El regreso a Konoha no fue el desfile de victoria que Naruto habría deseado. El viaje desde el País de la Lluvia se sintió inusualmente largo, con el peso del silencio de Kakashi-sensei actuando como un recordatorio constante de que, aunque sobrevivieron, no habían ganado. El bosque de la Hoja, habitualmente acogedor, parecía observarles con mil ojos ocultos tras el follaje mientras cruzaban las grandes puertas de madera.
—No digas nada todavía, Naruto —advirtió Kakashi mientras caminaban por las calles principales hacia el edificio del Hokage—. Deja que yo presente el informe técnico. Tsunade-sama no estará de buen humor cuando sepa que un desconocido neutralizó a dos de sus activos más fuertes con tanta facilidad.
—¡Pero Kakashi-sensei! —protestó el rubio, cruzando los brazos tras la nuca—. Ese tipo... absorbía el chakra. No era como los tipos de Akatsuki que hemos visto. Era diferente. Sentí que se reía de nosotros, no solo con su voz, sino con su propia presencia.
Kakashi no respondió. Sus pensamientos estaban enfocados en la máscara rota que Naruto había recogido del suelo de metal. La porcelana no era común; tenía rastros de una aleación de oro y chakra que solo se utilizaba en rituales de sellado antiguos, técnicas que se creían perdidas tras la caída de los clanes menores durante la Segunda Gran Guerra Ninja.
Al llegar a la oficina, el ambiente estaba cargado de humo de tabaco y el aroma a pergaminos viejos. Tsunade estaba de pie frente al ventanal, observando el Monumento Hokage. A su lado, Shizune sostenía un fajo de informes con una expresión de preocupación evidente.
—Hablen —ordenó la Quinta sin girarse.
Kakashi dio un paso al frente y relató cada detalle: la emboscada, el estilo de rayo desconocido, la barrera que absorbió el Rasengan y, lo más inquietante, la capacidad del enemigo para predecir movimientos antes de que el Sharingan pudiera procesarlos.
Tsunade se giró lentamente, sus ojos fijos en la máscara de porcelana que Naruto colocó sobre su escritorio. Al verla, sus pupilas se contrajeron ligeramente.
—¿Estás seguro de que dijo que vuestro chakra era "delicioso"? —preguntó Tsunade, su voz apenas un susurro.
—Sí, abuela Tsunade —asintió Naruto con seriedad—. Y no solo eso. Cuando el Rasenshuriken impactó, juraría que por un segundo el aire se volvió púrpura. No era una explosión normal.
Tsunade golpeó el escritorio con el puño, agrietando la madera.
—Shizune, convoca a los capitanes de escuadrón y a los líderes de los clanes Hyūga y Nara. Ahora mismo.
—¿Tan grave es, Lady Tsunade? —preguntó Shizune, palideciendo.
—Esa máscara... —Tsunade señaló los trozos de porcelana—. No pertenece a ninguna aldea. Es el símbolo de los *Devoradores de Almas*, una facción de mercenarios que servían a los señores feudales antes de la creación de las aldeas ocultas. Se supone que fueron exterminados por el Primer Hokage y Madara Uchiha cuando unificaron las tierras. Si han vuelto, no vienen por el poder político, vienen por el sustento.
Naruto frunció el ceño, confundido.
—¿Sustento? ¿Qué quiere decir con eso?
—Se alimentan de las reservas de chakra de los linajes más puros —explicó Kakashi, comprendiendo finalmente la gravedad—. Naruto, tú eres un Uzumaki y el Jinchūriki de las Nueve Colas. Yo poseo el Sharingan de los Uchiha. Para alguien como él, somos un banquete andante.
Antes de que Naruto pudiera replicar, una explosión sorda sacudió los cimientos del edificio. No venía de fuera, sino de los niveles inferiores, donde se guardaban los archivos secretos de la aldea.
—¡Están aquí! —gritó Naruto, sus instintos de combate disparándose al instante.
Sin esperar órdenes, el joven ninja saltó por la ventana, cayendo en picado hacia la plaza central mientras formaba un clon de sombra en el aire. Kakashi lo siguió de cerca, con el Chidori ya chisporroteando en su mano izquierda.
El centro de Konoha era un caos. Tres figuras vestidas con las mismas túnicas gris ceniza estaban de pie sobre el techo del hospital. No llevaban máscaras, pero sus rostros estaban cubiertos por vendajes rúnicos que brillaban con una luz mortecina.
—¡Eh, ustedes! —rugió Naruto, aterrizando con estrépito—. ¡Se equivocaron de aldea para venir a jugar!
Uno de los atacantes, un hombre alto de hombros anchos, bajó la vista hacia Naruto. Sus ojos, visibles a través de los vendajes, eran pozos de oscuridad absoluta, sin rastro de iris o pupila.
—El contenedor está impaciente —dijo el hombre. Su voz no salía de su boca, sino que parecía vibrar directamente en los huesos de quienes lo escuchaban—. Todavía no es el momento de la cosecha principal, pero un aperitivo no vendría mal.
El atacante descendió como un halcón, extendiendo una mano que se transformó en una garra de obsidiana líquida. Naruto bloqueó el golpe con un kunai, pero sintió un pinchazo helado en su brazo. El chakra de Kurama reaccionó violentamente, hirviendo bajo su piel como si intentara defenderse de un parásito.
—¡Naruto, no dejes que te toque directamente! —advirtió Kakashi, interceptando a un segundo atacante que intentaba flanquear al chico—. ¡Su contacto drena el sistema circulatorio de chakra!
La batalla estalló en el corazón de la aldea. Los ninjas de Konoha comenzaron a emerger de todas partes, pero los atacantes se movían con una eficiencia aterradora. Cada vez que un ninja intentaba un jutsu elemental, los Devoradores simplemente extendían sus manos y "bebían" la técnica, fortaleciéndose con cada ataque fallido.
Naruto, frustrado por no poder usar sus ataques a distancia, entró en el Modo Sabio. Las marcas naranjas aparecieron alrededor de sus ojos, y su percepción se expandió. Ahora podía ver lo que Kakashi no: los enemigos no eran humanos, eran cáscaras vacías llenas de una energía que no pertenecía a este mundo.
—¡No son personas, Kakashi-sensei! —gritó Naruto—. ¡Son como marionetas hechas de puro hambre!
—Entendido —respondió Kakashi, desactivando su Chidori—. Si absorben el chakra, usaremos taijutsu puro y energía natural. ¡Naruto, ahora!
Naruto se lanzó hacia adelante con una velocidad cegadora. El primer atacante intentó absorber el golpe, pero el *Kata de los Sapos* permitió que Naruto golpeara el aire a centímetros de su rostro. La onda de choque de energía natural, que el enemigo no podía absorber de la misma forma que el chakra normal, impactó de lleno en su cabeza, destrozando los vendajes y revelando un cráneo de madera negra.
—¿Madera? —se extrañó Naruto.
—Son constructos —dijo una voz profunda desde las sombras de un callejón cercano.
De la oscuridad emergió una figura que hizo que Naruto se detuviera en seco. Era un hombre joven, de cabello oscuro y ojos que portaban el patrón del Rinnegan. Sasuke Uchiha caminaba hacia la luz con su capa ondeando al viento, su mano izquierda descansando sobre la empuñadura de su espada.
—Sasuke... —murmuró Naruto, con una mezcla de sorpresa y alivio.
—Llegas tarde —dijo Kakashi, aunque su tono era de alivio.
—Estaba siguiendo el rastro de estas cosas desde la frontera del País del Rayo —explicó Sasuke, sin desviar la mirada de los dos atacantes restantes—. Son reliquias de una era que debería haber quedado enterrada. No buscan a los Bijū por su poder destructivo, sino para usarlos como baterías para despertar a algo mucho peor.
Los atacantes retrocedieron, reconociendo la amenaza que representaba el Rinnegan. El líder de los tres levantó una mano y el espacio a su alrededor comenzó a distorsionarse, de forma similar a como lo había hecho el hombre de la máscara en la lluvia.
—El Uchiha —siseó la criatura—. Tu ojo es una pieza que mi señor desea fervientemente. Disfruta de tu vista mientras puedas, pues pronto todo será oscuridad.
Con una explosión de humo púrpura, los enemigos desaparecieron, dejando tras de sí solo el olor a ozono y madera quemada.
El silencio volvió a caer sobre Konoha, pero esta vez era un silencio tenso, preñado de preguntas. Los aldeanos empezaban a salir de sus refugios, mirando con temor las marcas de la batalla.
Naruto se acercó a Sasuke, quien mantenía su expresión impasible.
—¿Sabes quién está detrás de esto, Sasuke? Ese tipo en la lluvia... se sentía como alguien que conocemos.
Sasuke guardó su espada con un clic metálico que resonó en la plaza.
—He visto visiones en los santuarios antiguos —dijo Sasuke—. Hay alguien que se hace llamar "El Arquitecto". No es un ninja, ni un samurái. Es algo que existía antes de que el Sabio de los Seis Caminos repartiera el chakra por el mundo. Cree que el chakra fue un error que debe ser reclamado.
—¿Reclamado? —Naruto apretó los puños—. ¡Ese chakra es lo que nos permite protegernos unos a otros! ¡Es lo que nos une!
—Para él, es solo comida robada —replicó Sasuke—. Y ha empezado a cazar.
Tsunade llegó a la escena, seguida por un escuadrón médico. Miró a los tres ninjas del Equipo 7 original, reunidos de nuevo bajo las circunstancias más extrañas.
—Sasuke Uchiha —dijo la Hokage con autoridad—. Tu presencia aquí es irregular, pero dada la situación, considero que tu información es vital. Acompáñennos a la oficina. Tenemos mucho que planear.
Mientras caminaban de regreso, Naruto miró hacia el cielo. Las nubes se estaban disipando, pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que el peligro no venía de una aldea enemiga o de un grupo de renegados con un plan de dominación mundial. Esto era algo más primario, un hambre antigua que no entendía de paz o guerra.
—Oye, Sasuke —dijo Naruto en voz baja mientras subían las escaleras.
—¿Qué quieres, Naruto?
—Me alegra que estés aquí. No creo que pudiera haberle dado un puñetazo a ese tipo de madera yo solo.
Sasuke esbozó una sonrisa casi imperceptible, tan fugaz que Naruto dudó si la había visto.
—No te acostumbres. Solo estoy aquí porque si se comen tu chakra, no podré derrotarte en nuestra próxima pelea.
—¡Ja! ¡Sigue soñando! —exclamó Naruto, recuperando un poco de su energía habitual.
Sin embargo, al entrar en la oficina del Hokage, la diversión se evaporó. Sobre la mesa de Tsunade, un pergamino que Sasuke había traído estaba extendido. Mostraba un mapa del mundo ninja, pero con puntos rojos marcados en lugares que no correspondían a ninguna aldea conocida.
—Estos son los puntos de presión de las venas de chakra de la tierra —explicó Sasuke, señalando el mapa—. El Arquitecto está instalando torres de drenaje en cada uno de ellos. Si logra activarlas todas a la vez, el chakra de cada ser vivo en este planeta será succionado hacia el centro, creando un nuevo Fruto del Chakra.
—Como el que comió Kaguya... —susurró Kakashi.
—Peor —dijo Sasuke—. Este fruto no es para obtener poder. Es para borrar la existencia del chakra por completo. Volveríamos a ser simples humanos, vulnerables y sin la capacidad de usar jutsus.
Naruto miró sus manos. Imaginó un mundo sin el Rasengan, sin la conexión que sentía con Kurama, sin la forma en que el chakra le permitía sentir el corazón de los demás.
—No permitiré que eso pase —dijo Naruto, y su voz no era la de un niño, sino la de un hombre que había cargado con el destino del mundo sobre sus hombros—. Si ese Arquitecto quiere nuestro chakra, tendrá que venir a buscarlo. Y le aseguro que le va a dar una indigestión.
Tsunade asintió, satisfecha con la determinación de su ninja más impredecible.
—Muy bien. Kakashi, Sasuke, Naruto. Ustedes formarán la unidad de vanguardia. Su misión es localizar la primera de estas torres en el País de los Bosques y destruirla antes de que se active. Shizune está preparando los suministros. Parten al amanecer.
—¡Entendido! —exclamaron los tres al unísono.
Esa noche, Naruto se sentó en el techo de su casa, observando la aldea iluminada. Kurama, en su interior, estaba inusualmente callado.
—¿Tú también lo sientes, no? —preguntó Naruto mentalmente.
—*Es un olor que no sentía desde hace milenios, cachorro* —respondió la voz profunda del Kyūbi—. *Es el olor del vacío. Ten cuidado. Ese hombre de la máscara... no estaba usando todo su poder. Solo estaba jugando con ustedes para ver qué sabor tenía su miedo.*
Naruto apretó su protector de frente, sintiendo el metal frío contra su piel.
—Que juegue todo lo que quiera —murmuró para sí mismo mientras una estrella fugaz cruzaba el firmamento—. Porque cuando nosotros jugamos en serio, no hay nadie que pueda detenernos.
El viento de la noche sopló con fuerza, llevando consigo el eco de una batalla que apenas comenzaba. En algún lugar, lejos de la luz de Konoha, el hombre de la máscara de porcelana observaba el mismo cielo, sosteniendo un fragmento de la capa naranja de Naruto entre sus dedos, mientras una sonrisa invisible se ensanchaba tras la oscuridad de su refugio. El tablero estaba listo, las piezas en posición, y el primer movimiento ya había dejado una marca imborrable en el destino del mundo ninja.