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Naruto la venganza

Inocencia Desgarrada y el Sello de la Desesperación

El silencio en la residencia Haruno era absoluto, una calma sepulcral que ocultaba la tormenta de depravación que estaba por desatarse. Naruto Uzumaki observó desde las sombras del pasillo cómo Mebuki, agotada y rota tras la extenuante sesión en su apartamento, caía finalmente en un sueño profundo, un "coma sexual" inducido por el agotamiento físico y la humillación psicológica. La mujer creía que sus sellos la protegerían, que al dormir a su familia mantendría el pecado lejos de sus ojos, pero no entendía que para Naruto, el control total significaba romper cada regla y cada barrera.

Naruto se enderezó, limpiándose un rastro de sudor de la frente. Sus ojos azules, ahora inyectados en un brillo malviano, se fijaron en la puerta de la habitación de Sakura. La "kunoichi de élite" en potencia, la chica que siempre lo llamó molesto, que lo golpeó por diversión y que lo despreció por no ser el Uchiha.

Caminó con pasos felinos, sin hacer el menor ruido sobre el suelo de madera. Al abrir la puerta, el suave aroma a flores y perfume juvenil de Sakura inundó sus fosas nasales. Allí estaba ella, tendida en su cama, sumida en un sueño artificialmente profundo gracias a los sellos que su propia madre había colocado para "protegerla". Irónicamente, Mebuki había facilitado el trabajo del depredador.

Naruto se acercó a la cama y observó el rostro de Sakura. Se veía tan tranquila, tan ajena al odio que él había acumulado durante doce años. Con un movimiento brusco, Naruto rasgó las sábanas y la pijama de la chica. No hubo sutileza, no hubo genjutsu para ella; quería que el acto fuera una profanación física pura, aprovechando que el sello de Mebuki la mantenía en un estado de parálisis consciente pero incapaz de despertar.

—Es hora de que pagues tu parte, Sakura-chan —susurró Naruto con una voz que era puro veneno.

Sin preámbulos, Naruto se posicionó. Su cuerpo, potenciado por el chakra del Kyuubi, era demasiado imponente para la contextura menuda de la pelirrosa. Cuando la penetró por primera vez, el cuerpo de Sakura se tensó violentamente. A pesar del sueño profundo, un gemido de dolor ahogado escapó de sus labios sellados. La estrechez de la chica era absoluta, un territorio virgen que Naruto decidió reclamar con una violencia demencial.

Cada embestida era un recordatorio de cada insulto. Naruto no buscaba placer mutuo; buscaba perforar, reclamar y destruir. La diferencia de tamaño era tal que la piel de Sakura comenzó a ceder, tiñendo las sábanas de un rojo que Naruto encontraba satisfactorio. La violaba con una furia rítmica, sus manos apretando los muslos de la chica con tanta fuerza que dejaba marcas moradas instantáneas. Sakura, atrapada en el limbo del sueño inducido, solo podía dejar que sus lágrimas fluyeran de forma inconsciente, humedeciendo la almohada mientras su cuerpo era utilizado como un objeto de desahogo.

Mientras tanto, en la habitación contigua, el cuerpo de Mebuki reaccionó. El instinto de una madre o quizás el rastro de chakra perturbado de su hija la sacó del letargo. Abrió los ojos de golpe, sintiendo un vacío gélido en el pecho. Al notar que Naruto no estaba a su lado, el pánico la golpeó como un mazo.

—No... por favor, no —gimió Mebuki, levantándose con dificultad. Sus piernas temblaban y sentía el escozor de la noche anterior, pero el miedo por su hija le dio fuerzas para correr.

Salió al pasillo y vio la puerta de Sakura entreabierta. Una luz tenue se filtraba desde el interior, junto con el sonido rítmico y carnal de los impactos y los jadeos pesados de Naruto. Mebuki empujó la puerta y la escena que encontró la hizo caer de rodillas.

Naruto estaba sobre Sakura, moviéndose con una ferocidad animal. La pequeña figura de su hija parecía desaparecer bajo la corpulencia del Uzumaki. El contraste entre la piel pálida de Sakura y la brutalidad del acto era desgarrador.

—¡Naruto, detente! —gritó Mebuki, con la voz rota por el llanto—. ¡Te lo suplico! ¡Dijiste que si yo cooperaba la dejarías en paz! ¡Mírame, estoy aquí! ¡Haz conmigo lo que quieras, pero déjala a ella!

Naruto no se detuvo. Ni siquiera la miró al principio. Continuó perforando el cuerpo de Sakura, quien emitía espasmos involuntarios ante la invasión constante y dolorosa. El pene de Naruto, demasiado grande para la joven Haruno, parecía estar desgarrándola por dentro, una violación que no conocía límites de piedad.

—¡Por favor! —Mebuki se arrastró por el suelo hasta llegar a los pies de la cama, sujetando la pierna de Naruto—. Seré tu esclava, haré todo lo que me pidas, me dejaré humillar frente a toda la aldea si quieres, ¡pero no le hagas esto a mi pequeña! Ella no puede soportarlo... ¡La vas a romper!

Naruto finalmente giró la cabeza. Sus ojos no tenían rastro de humanidad, solo una frialdad azul que helaba la sangre.

—¿Tu pequeña? —preguntó Naruto, aumentando la velocidad de sus embestidas, haciendo que la cabeza de Sakura golpeara rítmicamente contra el respaldo de la cama—. Ella me llamó monstruo. Ella se rió cuando no tenía qué comer. Ella me pidió que me muriera para que Sasuke se fijara en ella. Ahora, ella es solo un recipiente para mi odio.

—¡Yo pagaré por ella! —chilló Mebuki, golpeando el suelo con sus puños—. ¡Mátame si quieres, pero para!

—No quiero tu muerte, Mebuki —dijo Naruto, soltando un gruñido mientras llegaba al clímax de su violencia—. Quiero tu alma. Y para tener tu alma, primero debo recordarte quién manda en esta casa.

Con un último empuje brutal que hizo que Sakura arqueara la espalda en un espasmo de agonía silenciosa, Naruto se corrió profundamente dentro de ella. El calor de su simiente llenó a la chica, marcándola de una manera que ningún sello ninja podría borrar jamás. Naruto se mantuvo unido a ella por unos segundos, disfrutando del sollozo ahogado que Mebuki emitió al ver la profanación final.

Naruto se retiró lentamente, dejando a una Sakura inconsciente y ensangrentada sobre las sábanas revueltas. Se giró hacia Mebuki, quien seguía de rodillas, temblando como una hoja al viento.

—¿Por qué? —susurró Mebuki, con los ojos vacíos—. ¿Por qué le has hecho esto si yo ya me había rendido ante ti?

Naruto se acercó a ella y la tomó del mentón, obligándola a mirarlo. Su rostro estaba salpicado con una gota de sangre de la joven, lo que le daba un aspecto demoníaco bajo la luz de la luna.

—Para reafirmar mi autoridad —respondió él con una calma aterradora—. Pusiste sellos para ocultarme. Pensaste que podías negociar los términos de mi venganza. Pensaste que podías salvar algo de esta familia.

Naruto le dio una bofetada suave, casi juguetona, pero cargada de desprecio.

—Entiéndelo bien, Mebuki. A partir de hoy, tú no eres una madre protegiendo a su hija. Tú y Sakura son de mi propiedad. Las dos me pertenecen. Si vuelves a intentar ocultarme algo, o si intentas ponerme límites, la próxima vez no seré tan "gentil" con ella. La próxima vez, me aseguraré de que despierte y sienta cada segundo de su destrucción.

Mebuki bajó la cabeza, derrotada. El peso de la realidad la aplastó. No había escapatoria. El niño que la aldea despreció se había convertido en el dueño de su linaje.

—Sí... Naruto-sama —susurró ella, aceptando finalmente su cadena.

Naruto sonrió, una expresión de triunfo que iluminó la habitación sumida en el pecado.

—Límpiala —ordenó Naruto, señalando el cuerpo inerte de Sakura—. Y luego ven a mi habitación. Aún no he terminado contigo.

Mebuki, con movimientos mecánicos y el corazón muerto, comenzó a gatear hacia su hija, mientras Naruto salía de la habitación, dejando tras de sí el rastro de una inocencia que nunca volvería a existir en la casa de los Haruno. La venganza del Uzumaki apenas estaba comenzando, y el precio se pagaría con la carne y el espíritu de quienes alguna vez se creyeron superiores.