Naruto la venganza
La Caída de la Dinastía Haruno: El Contrato de las Sombras
El aire en la casa de los Haruno era espeso, cargado con el olor del sexo rancio y la desesperación. Naruto Uzumaki, sentado en el borde de la cama matrimonial que alguna vez perteneció a Kizashi y Mebuki, sostenía una pequeña cámara de video que había obtenido en el mercado negro del Barrio Rojo. Frente a él, Mebuki, con la mirada perdida y el cuerpo marcado por las horas de abuso, realizaba actos degradantes por orden de su nuevo amo.
—Mírame a la cámara, Mebuki-san —ordenó Naruto con una frialdad que contrastaba con la agitación de sus movimientos—. Quiero que todos vean la cara de la honorable esposa del consejo mientras traga el veneno del demonio.
Mebuki obedeció mecánicamente. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, pero sus lágrimas se habían secado, dejando solo una costra de sal y humillación. Cada vez que Naruto la forzaba a posar, a gemir falsamente o a realizar actos que desafiaban su dignidad, ella solo pensaba en Sakura. Creía que su sacrificio mantendría a su hija a salvo, ignorando que el infierno ya se había desbordado hacia la habitación de al lado.
De repente, un jadeo ahogado provino de la puerta entreabierta.
Naruto no se inmutó. Sabía que ella estaba ahí. Había sentido su chakra despertando, perturbado por el ruido y la energía maligna que emanaba de la habitación.
Sakura Haruno estaba de pie en el umbral, temblando violentamente. Sus ojos verdes estaban desorbitados, fijos en la imagen de su madre, desnuda y sometida, siendo utilizada como un animal por el chico al que ella siempre había llamado "perdedor".
—¿Mamá...? —El susurro de Sakura fue apenas un soplo de aire, pero cortó el silencio como una cuchilla.
Mebuki se congeló. El horror que sintió en ese momento fue superior a cualquier dolor físico que Naruto le hubiera infligido. Intentó cubrirse, intentó gritarle a su hija que huyera, pero las palabras se atascaron en su garganta mientras Naruto soltaba una carcajada ronca y triunfal.
—¡Oh, Sakura-chan! —exclamó Naruto, sin dejar de grabar—. Llegas justo a tiempo para la mejor parte. Tu madre es una alumna muy aplicada, ¿no te parece?
—¡Eres un monstruo! —gritó Sakura, las lágrimas brotando de sus ojos—. ¡Voy a ir con mi padre! ¡Voy a decírselo a Tsunade-sama! ¡Te van a ejecutar, Naruto! ¡Te juro que te matarán por esto!
Sakura dio media vuelta para correr hacia la salida, pero Naruto fue más rápido. En un parpadeo, apareció frente a ella, bloqueando el pasillo. Su mano se cerró alrededor del cuello de la chica, estampándola contra la pared con una fuerza que le sacó el aire de los pulmones.
—Inténtalo —siseó Naruto, acercando su rostro al de ella—. Ve y cuéntales todo. Pero antes de que des el primer paso fuera de esta casa, enviaré una copia de esto a cada rincón de la aldea.
Naruto sacó un pequeño dispositivo de reproducción y lo encendió frente a los ojos de Sakura. La chica se quedó petrificada. En la pantalla, se vio a sí misma. Estaba inconsciente, con la pijama rasgada, mientras Naruto la penetraba con una violencia brutal, manchando las sábanas de sangre. Vio a su madre de rodillas, suplicando y humillándose para que él parara, solo para ser ignorada.
—No... eso no es cierto... —sollozó Sakura, negando con la cabeza—. Yo... yo sigo siendo...
—Ya no eres virgen, Sakura —la interrumpió Naruto con una sonrisa cruel—. Te tomé mientras dormías el sueño que tu propia madre te impuso. Te rompí por dentro mientras tú soñabas con tu preciado Sasuke. ¿Crees que el Uchiha querrá una mujer que ha sido usada y desechada por el "mocoso demonio"? ¿Crees que él podrá siquiera mirarte sin sentir asco?
Sakura cayó al suelo cuando Naruto la soltó. Se abrazó a sí misma, sintiendo de repente el escozor y el dolor entre sus piernas que su mente había intentado ignorar hasta ese momento. El mundo que ella conocía, su futuro brillante como ninja y su fantasía de casarse con Sasuke, se desmoronaba en pedazos irreparables.
—Mi vida... se acabó —susurró ella, con la mirada vacía—. Sasuke-kun nunca me querrá así...
—No necesariamente —dijo Naruto, agachándose para quedar a su altura—. Sasuke no tiene por qué enterarse. Si juegas bien tus cartas, puedes seguir fingiendo ser la perfecta kunoichi. Puedes casarte con él, tener tu pequeña familia feliz... siempre y cuando aceptes mis condiciones.
Mebuki, que se había acercado gateando, intentó intervenir.
—¡No la escuches, Sakura! ¡Huye! —gritó la madre, desesperada—. ¡No dejes que te destruya el alma como lo hizo conmigo!
—¡Cállate, perra! —Naruto le propinó una patada en el estómago a Mebuki, enviándola contra el armario—. Tu turno ya pasó. Ahora estoy hablando con la nueva generación.
Naruto volvió su atención a Sakura, quien lo miraba con una mezcla de odio y terror absoluto.
—¿Qué... qué quieres? —preguntó Sakura con voz quebrada.
—Quiero que seas mi vertedero de semen personal —respondió Naruto sin rodeos—. Cada vez que tenga ganas, cada vez que el odio me queme por dentro, vendré por ti. O por tu madre. O por las dos. Serás mi juguete privado, la perra que me servirá en las sombras mientras en el día finges ser la esposa de un Uchiha.
Sakura sollozó, tapándose la cara con las manos.
—¿Por qué nos haces esto? ¿Por qué a nosotras?
—Porque ustedes me hicieron esto a mí —rugió Naruto, su chakra filtrándose y volviendo el aire pesado y asfixiante—. Ustedes me trataron como basura cuando no era nadie. Ahora, yo soy el que tiene el poder. Y no solo se trata de ti, Sakura. Tengo una condición más.
Naruto la tomó del cabello, obligándola a mirar a la cámara que ahora apuntaba directamente hacia ellas.
—Si algún día logras casarte con Sasuke y tienes una hija... esa niña también me pertenecerá —sentenció Naruto—. El linaje de las Haruno será mi propiedad generacional. Tu hija será la tercera puta de mi colección.
—¡No! ¡Eso nunca! —gritó Sakura, intentando zafarse.
—Entonces difundiré el video —amenazó Naruto, su dedo rozando el botón de transmisión inalámbrica—. Mañana mismo, todo el mundo verá cómo el gran orgullo de los Haruno fue ultrajada y cómo su madre disfrutó de la humillación. Tu padre se suicidará por la vergüenza, y tú serás expulsada de la aldea como una paria. ¿Es eso lo que quieres?
Sakura miró a su madre, que lloraba desconsoladamente en el suelo, y luego miró la pantalla donde su propia degradación estaba grabada para la eternidad. El miedo a la soledad, al rechazo de Sasuke y al escarnio público fue más fuerte que su propia dignidad.
—Acepto... —susurró Sakura, cerrando los ojos—. Acepto... solo no le digas a nadie... por favor...
Naruto sonrió, una expresión de triunfo diabólico.
—Muy bien. Entonces, vamos a sellar el contrato. Mebuki, ven aquí. Ponte al lado de tu hija.
Las dos mujeres, madre e hija, quedaron frente a la cámara. Naruto se posicionó entre ellas, obligándolas a arrodillarse.
—Ahora, Sakura, repite conmigo —ordenó Naruto, ajustando el enfoque de la cámara—. Di: "Yo, Sakura Haruno, me entrego voluntariamente a Naruto Uzumaki".
—Yo... Sakura Haruno... me entrego voluntariamente a Naruto Uzumaki —repitió ella, con la voz temblando por la vergüenza.
—"Para convertirme en su vertedero de semen y en cualquier cosa que él desee" —continuó Naruto.
—Para convertirme en su vertedero de semen... y en cualquier cosa que él desee...
—"Y si llego a tener una hija, le pertenecerá a Naruto como la tercera puta Haruno" —finalizó él, con un brillo de pura maldad en los ojos.
Sakura tardó en responder. Sus labios temblaban, y el alma se le escapaba en cada respiración. Pero al ver la mirada impasible de Naruto, finalmente cedió.
—Y si llego a tener una hija... le pertenecerá a Naruto... como la tercera puta Haruno...
—Perfecto —dijo Naruto, dejando la cámara sobre una mesa cercana para que captara todo el ángulo de la habitación—. Ahora, demuéstrenme cuánto valoran su secreto.
Lo que siguió fue una orgía de odio y sometimiento. Naruto no perdió tiempo en sutilezas. Tomó a Sakura allí mismo, frente a los ojos de su madre, forzándola a realizar actos que la chica nunca imaginó que existirían. La penetró con una furia renovada, disfrutando de cada grito de dolor y de cada lágrima que caía sobre el suelo de la habitación.
Mebuki, obligada por Naruto, tuvo que participar en la degradación de su propia hija, lamiendo la piel de Sakura mientras Naruto la usaba, uniendo a ambas mujeres en un vínculo de pecado y asco que nunca podría romperse. El Uzumaki las utilizaba alternativamente, saltando de la madre a la hija, llenando sus cuerpos con su esencia, marcándolas no solo físicamente, sino destruyendo cualquier rastro de moralidad que les quedara.
—Mírate, Sakura —jadeó Naruto mientras la embestía por detrás, sujetándola de los hombros con fuerza—. Eres igual que tu madre. Una perra que solo sirve para ser llenada. ¿Dónde está tu orgullo ahora? ¿Dónde está tu Sasuke-kun?
Sakura no respondió. Solo emitía sonidos guturales de agonía y placer forzado mientras sus sentidos se nublaban. El video seguía grabando, captando cada detalle de la caída de las mujeres Haruno: la forma en que sus cuerpos se entrelazaban bajo el mando de Naruto, la mirada de derrota absoluta en sus rostros y la manera en que el Uzumaki reclamaba cada centímetro de su carne.
Horas más tarde, cuando el sol comenzaba a asomar por el horizonte, Naruto se vistió con calma. Las dos mujeres yacían en el suelo, una maraña de extremidades pálidas, fluidos y hematomas. La habitación olía a la destrucción de una familia.
—Volveré la próxima semana —dijo Naruto, guardando la cámara en su equipo ninja—. Mantengan la casa limpia. Y Sakura... asegúrate de practicar tu mejor sonrisa para la academia. No querríamos que nadie sospechara que la pequeña flor de Konoha es en realidad el juguete de un demonio.
Naruto salió por la ventana, desapareciendo en las sombras de la mañana.
En la habitación, el silencio fue roto solo por el llanto silencioso de Sakura. Mebuki se arrastró hacia ella y la abrazó, pero Sakura la rechazó con un empujón violento.
—No me toques —siseó Sakura, su voz ahora llena de un odio gélido—. Todo esto es tu culpa. Si no hubieras sido tan débil, si no hubieras dejado que nos atrapara...
Mebuki no respondió. Sabía que su hija tenía razón. Pero también sabía que a partir de ese momento, ya no eran madre e hija. Eran compañeras de celda en una prisión de carne y secretos, esclavas de un niño al que la aldea había convertido en un monstruo, y que ahora se alimentaba de la misma oscuridad que ellos mismos habían sembrado.
La dinastía Haruno había caído, y en su lugar, Naruto Uzumaki había erigido un monumento de carne y video a su propia venganza. El contrato estaba sellado, y el futuro de Sakura, y el de cualquier descendencia que pudiera tener, ahora pertenecía irrevocablemente a las sombras.