Naruto la venganza
El Altar de la Carne y el Silencio
La mañana en Konoha siempre traía consigo el aroma a madera húmeda y el bullicio de los mercaderes, pero para las mujeres de la casa Haruno, el sol era un verdugo que iluminaba sus cicatrices. Mebuki se despertó antes que Kizashi, sintiendo el peso muerto del brazo de su esposo sobre su cintura. Cada vez que él la tocaba, incluso en sueños, ella sentía una repulsión visceral, no hacia él, sino hacia sí misma. El rastro de Naruto seguía allí, una quemazón interna que le recordaba que su cuerpo ya no le pertenecía.
Se levantó con movimientos mecánicos, vistiéndose con rapidez para ocultar los hematomas que adornaban sus muslos como flores de luto. Al bajar a la cocina, encontró a Sakura sentada a la mesa. La joven ninja miraba fijamente una taza de té humeante, sus ojos verdes, antes vibrantes, ahora parecían dos pozos de agua estancada.
—Tienes que comer algo, Sakura —susurró Mebuki, su voz apenas un hilo quebrado.
—No tengo hambre, mamá —respondió Sakura sin mirarla—. Siento que si como algo, voy a vomitar el alma.
Mebuki se acercó y puso una mano sobre el hombro de su hija, pero Sakura se tensó, apartándose instintivamente. El vínculo entre ambas se había transformado en un espejo de dolor; mirarse la una a la otra era recordar la imagen de la noche anterior, la imagen de ambas sometidas bajo el yugo del Uzumaki.
—Él volverá hoy —dijo Sakura, su voz plana, desprovista de toda emoción—. Lo siento en el aire. Ese chakra... es como si estuviera en todas partes.
—Lo sé —asintió Mebuki, cerrando los ojos con fuerza—. He preparado más sellos de sueño para tu padre. Es lo único que puedo hacer por él. Que siga viviendo en su mentira mientras nosotras... nosotras nos hundimos.
El sonido de la puerta principal abriéndose las hizo saltar a ambas. No era Kizashi; él ya se había ido a su oficina en el consejo civil. Era un paso rítmico, seguro, cargado de una arrogancia que solo una persona en la aldea poseía ahora.
Naruto entró en la cocina sin llamar, vistiendo su uniforme de jōnin recién obtenido, un ascenso que nadie cuestionaba debido a su "repentino" y asombroso aumento de poder. Se sentó en la cabecera de la mesa, en el lugar de Kizashi, y estiró las piernas con comodidad.
—Qué estampa tan familiar —dijo Naruto, esbozando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. La madre abnegada y la hija obediente. ¿Me han echado de menos?
Ninguna de las dos respondió. El silencio era su única forma de resistencia, una débil y patética, pero la única que les quedaba.
—He tenido una idea —continuó Naruto, ignorando su mutismo—. Me aburre este ambiente de funeral. Quiero que hoy hagamos algo diferente. Mebuki, ve a preparar el baño. Quiero que sea largo, caliente y... compartido.
Mebuki palideció, pero asintió y subió las escaleras. Naruto se quedó a solas con Sakura. Se levantó y caminó hacia ella, rodeando su silla como un depredador que evalúa a su presa. Se inclinó sobre ella, aspirando el aroma de su cabello.
—Hoy tienes entrenamiento con el Equipo 7, ¿verdad, Sakura-chan? —le susurró al oído—. Imagina lo que diría Sasuke si supiera que su preciosa compañera pasó la mañana siendo la alfombra de juegos del "perdedor".
—Cállate —mascó Sakura, apretando los puños debajo de la mesa—. Ya tienes lo que querías. Nos tienes a nosotras. ¿Por qué sigues mencionándolo a él?
—Porque tu amor por él es lo que más me divierte romper —rio Naruto, agarrándola del mentón y obligándola a mirarlo—. Ver cómo te desmoronas por dentro cada vez que piensas en él mientras yo te uso... es mejor que cualquier jutsu de rango S.
Naruto la levantó de la silla con un tirón brusco y la arrastró hacia el piso superior. En el baño, el vapor ya empañaba los espejos. Mebuki estaba allí, desvestida, esperando con la cabeza baja junto a la gran tina de madera.
—Entra, Sakura —ordenó Naruto, comenzando a despojarse de su ropa—. Y tú, Mebuki, asegúrate de que no quede ni un rastro de jabón en nuestras pieles. Quiero que usen sus lenguas para limpiarme.
La escena que siguió fue un descenso más profundo en el abismo. En la bañera, el agua se agitaba con el movimiento rítmico de los cuerpos. Naruto utilizaba a ambas mujeres simultáneamente, forzando a Mebuki a sostener a su propia hija mientras él la penetraba, convirtiendo un acto de cuidado maternal en una parodia perversa de apoyo.
—Dilo, Sakura —jadeó Naruto, mientras sus manos apretaban los pechos de la joven—. Di quién es tu verdadero dueño.
—Eres tú... Naruto-sama —repitió Sakura entre sollozos, su frente apoyada contra el hombro húmedo de su madre.
—¿Y tú, Mebuki? ¿Quién te llena el vientre de vida y de asco? —preguntó él, girándose hacia la mujer mayor.
—Tú... solo tú —respondió Mebuki, cerrando los ojos para no ver el reflejo de su propia degradación en el agua turbia.
Después de horas de tormento en el baño, Naruto las llevó de regreso a la habitación principal. Las dejó caer sobre la cama, agotadas y emocionalmente deshechas. Pero Naruto no había terminado. Sacó de su equipo un pequeño pergamino y lo desenrolló sobre la mesita de noche.
—He estado investigando los sellos de tu familia, Mebuki —dijo Naruto, mientras trazaba unos símbolos en el aire con su chakra—. Son mediocres, pero tienen una base interesante. He creado algo nuevo. Un sello de vinculación de sangre.
Mebuki sintió un escalofrío. Sabía de teoría de sellos, y lo que Naruto sugería era una atrocidad prohibida.
—Si nos pones eso... —empezó Mebuki, pero Naruto la cortó con una mirada gélida.
—Si les pongo esto, sus cuerpos reaccionarán a mi chakra incluso cuando yo no esté presente. Sentirán un vacío, una necesidad física de ser reclamadas por mí. Si intentan rebelarse, o si intentan contarle a alguien nuestro "pequeño secreto", el sello les provocará un dolor que desearán estar muertas.
Sin esperar consentimiento, Naruto mordió su propio dedo y, con su sangre cargada del poder del Kyuubi, marcó el vientre de ambas mujeres. El sello ardió como hierro incandescente. Sakura gritó, arqueando la espalda, mientras el símbolo de un remolino negro se hundía en su piel, justo encima de su pelvis. Mebuki sufrió el mismo destino, sintiendo cómo el chakra extraño de Naruto se enredaba con el suyo, reclamando su sistema circulatorio.
—Ahora son mías por completo —sentenció Naruto, contemplando su obra con satisfacción—. Ya no necesito videos ni amenazas. Sus propios cuerpos son mis carceleros.
Se vistió con parsimonia, observando a las dos mujeres que yacían entrelazadas en la cama, buscando un consuelo que ya no existía.
—Sakura, vete a tu entrenamiento —ordenó Naruto—. Y asegúrate de ser amable con Sasuke. Recuerda que cada vez que él te toque la mano, el sello en tu vientre te recordará a quién le pertenece realmente ese cuerpo.
Sakura se levantó, temblando, y comenzó a vestirse con movimientos erráticos. Mebuki se quedó en la cama, mirando al techo, sintiendo el latido del sello en su interior. Era una presencia constante, un recordatorio de que su identidad como mujer, como madre y como esposa había sido borrada.
Cuando Naruto finalmente se marchó, el silencio que quedó en la casa era más pesado que antes. Sakura se detuvo en la puerta de la habitación, mirando a su madre una última vez.
—¿Crees que alguna vez termine, mamá? —preguntó Sakura, su voz sonando como la de una anciana.
—Solo terminará cuando él muera, o cuando nosotras lo hagamos —respondió Mebuki con una frialdad que la asustó a ella misma—. Y él es el jinchūriki del Kyuubi. No va a morir pronto.
Sakura salió de la casa, caminando hacia el campo de entrenamiento con una máscara de normalidad que le costaba cada gramo de su voluntad mantener. Al llegar, vio a Sasuke apoyado contra un poste, tan distante y perfecto como siempre. Por un momento, el viejo amor de Sakura intentó aflorar, pero el sello en su vientre emitió una punzada de calor abrasador, recordándole su lugar.
—Llegas tarde, Sakura —dijo Sasuke sin mirarla.
—Lo siento, Sasuke-kun —respondió ella, y por dentro, una parte de ella se rió con histeria—. No volverá a pasar.
Mientras tanto, en la oficina del consejo, Kizashi Haruno revisaba unos documentos, sintiéndose extrañamente cansado. No recordaba bien las últimas noches; siempre parecía quedarse dormido profundamente apenas llegaba a casa. Atribuyó su fatiga al trabajo, sin sospechar que en su propio hogar, su linaje estaba siendo sistemáticamente destruido por el niño que la aldea una vez llamó "héroe".
Naruto, por su parte, caminaba por las calles de Konoha con la cabeza en alto. Los aldeanos lo saludaban con respeto y temor, viendo en él al futuro líder de la aldea. Él les devolvía la sonrisa, una máscara perfecta que ocultaba al depredador. Había descubierto que la venganza no era un plato que se servía frío, sino un festín que se disfrutaba cada día, bocado a bocado, cuerpo a cuerpo.
Esa noche, cuando regresó a la residencia Haruno, no necesitó forzar la puerta. Mebuki lo esperaba en la entrada, con los ojos vacíos y el cuerpo ya preparado para el ritual de sometimiento. El sello había hecho su trabajo; la necesidad física de aplacar el ardor del chakra de Naruto superaba cualquier rastro de orgullo.
—Bienvenida a casa, amo —dijo Mebuki, arrodillándose ante él.
Naruto le acarició el cabello, mirando hacia las escaleras donde sabía que Sakura también esperaba su turno.
—Konoha es una aldea hermosa, ¿verdad, Mebuki? —preguntó Naruto, mirando hacia la luna—. Lástima que sus flores más bellas estén tan podridas por dentro.
La noche volvió a cubrir la casa de los Haruno, ocultando los gritos y los suspiros forzados, mientras el legado del zorro se cimentaba sobre las ruinas de una familia que alguna vez se creyó intocable. La venganza de Naruto Uzumaki no tenía fin, porque el odio que la había engendrado era eterno. Y en el corazón de la Hoja, el altar de la carne y el silencio seguía cobrando sus víctimas, una noche a la vez.