Naruto la venganza
El Santuario del Deshonor: La Caída de los Haruno
El aire en la residencia Haruno ya no olía a flores de cerezo ni a la pulcritud que Mebuki tanto se esmeraba en mantener. Ahora, el ambiente estaba permanentemente viciado por un rastro metálico de sudor, fluidos y el pesado chakra de Naruto Uzumaki, que reclamaba cada rincón de la casa como su territorio de caza. Para Naruto, la graduación no había sido el fin de su entrenamiento, sino el inicio de una maestría en la degradación humana.
Durante semanas, el joven Uzumaki había convertido el hogar de su compañera de equipo en un burdel privado. No había superficie que no hubiera sido profanada. Desde la mesa del comedor, donde obligaba a Mebuki a servirle mientras él la penetraba por detrás, hasta el mármol frío del baño, donde Sakura era forzada a mirar su propio reflejo mientras Naruto la reclamaba con una violencia que borraba cualquier rastro de la niña que solía ser.
Esa tarde, la tensión alcanzó un punto crítico. Naruto se encontraba en la habitación principal, la misma que Mebuki compartía con su esposo, Kizashi. El rubio estaba en medio de una sesión frenética, hundiendo su cuerpo en el de Mebuki con una cadencia animal. A pocos metros, sobre la misma alfombra, un clon de sombra de Naruto mantenía a Sakura sometida, forzándola en una posición humillante que le impedía siquiera cerrar los ojos.
—¡Ah...! ¡Naruto, por favor, más despacio! —gimió Mebuki, con las manos aferradas a las sábanas que alguna vez fueron sagradas para su matrimonio—. Siento que... que me vas a partir...
—Cállate, Mebuki —gruñó Naruto, golpeando su pelvis contra ella con un impacto seco que resonó en toda la habitación—. No estás aquí para pedir clemencia. Estás aquí para ser el recipiente de todo lo que tu aldea me negó.
Sakura, bajo el peso del clon, dejó escapar un sollozo ahogado. Su cuerpo estaba cubierto de marcas, un mapa de la posesión de Naruto.
—Mírame, Sakura-chan —ordenó el clon, sujetando a la pelirrosa del cabello para que viera cómo su madre era ultrajada—. Mira lo que le pasa a las mujeres que desprecian al "monstruo". Tu madre ya no es la esposa de un consejero. Es solo carne. Igual que tú.
De pronto, el sonido de una llave girando en la cerradura de la planta baja congeló la sangre de las dos mujeres. El corazón de Mebuki dio un vuelco violento.
—¡Es Kizashi! —susurró ella, el pánico reemplazando instantáneamente el trance del placer forzado—. ¡Naruto, detente! ¡Él no puede vernos así! ¡Vete, por favor!
Naruto no solo no se detuvo, sino que aumentó la fuerza de sus embestidas, disfrutando del terror que emanaba de la mujer.
—¿Y por qué debería irme? —preguntó Naruto con una sonrisa gélida—. Esta es mi casa ahora. Él es el intruso.
Los pasos de Kizashi Haruno resonaron en la escalera. El hombre venía silbando una melodía alegre, ajeno al hecho de que su mundo estaba a punto de ser incinerado.
—¿Mebuki? ¿Sakura? ¡He vuelto temprano! —gritó Kizashi desde el pasillo—. Traje unos dulces para celebrar el...
La voz de Kizashi se cortó cuando llegó frente a la puerta de su propia habitación. El pomo giró lentamente. Mebuki cerró los ojos, esperando el fin de su existencia social, mientras Sakura temblaba de tal manera que sus dientes castañeaban.
Justo cuando la puerta se abría apenas unos centímetros, un segundo clon de Naruto, que había estado oculto tras la puerta, se movió con la velocidad de un rayo. Antes de que Kizashi pudiera procesar la imagen de su esposa y su hija desnudas y sometidas, el clon le propinó un golpe preciso en la nuca. El hombre se desplomó como un fardo de ropa vieja, cayendo pesadamente en el umbral.
Mebuki soltó un grito ahogado e intentó zafarse de Naruto para correr hacia su esposo.
—¡Kizashi! ¡Oh, Dios mío! —chilló ella, las lágrimas fluyendo sin control—. ¡Déjame ver si está bien! ¡Naruto, lo has matado!
Naruto la sujetó con una fuerza sobrenatural, girándola bruscamente para que quedara en posición de perrito, con la vista dirigida exactamente hacia el cuerpo inconsciente de su marido.
—Él está vivo, por ahora —siseó Naruto al oído de Mebuki, mientras retomaba el ritmo de su violación con una ferocidad renovada—. Pero quiero que lo mires. Quiero que lo mires mientras te lleno de mi semilla.
—¡No, por favor! ¡Es demasiado! —suplicó Mebuki, viendo el rostro pacífico de su esposo a pocos metros de su propia degradación.
—¡Pídele disculpas! —ordenó Naruto, dándole una bofetada sonora en la nalga que dejó una marca roja instantánea—. ¡Pídele disculpas por ser la perra de Naruto Uzumaki! ¡Dile que eres una mala madre por dejar que use a Sakura de la misma forma!
Mebuki sollozó, el quiebre emocional fue total. La humillación de ser poseída frente al cuerpo inerte de su esposo era el clavo final en el ataúd de su dignidad.
—Lo siento... Kizashi... —balbuceó Mebuki, su voz una mezcla de placer prohibido y agonía pura—. Perdóname... soy una puta... soy la perra de Naruto... no soy nada más que su juguete...
Sakura, viendo la escena desde el suelo mientras el clon seguía usándola sin piedad, sintió que algo dentro de ella se terminaba de romper. Ver a su madre aceptar su destino de esa manera, admitiendo su lugar como una esclava sexual, le quitó la última esperanza de resistencia.
—¡Eso es! —exclamó Naruto, llegando a su clímax y descargándose profundamente dentro de Mebuki—. Finalmente has encontrado tu verdadero lugar. No eres la señora Haruno. Eres una puta que solo se abre para su dueño.
Mebuki se derrumbó sobre la alfombra, jadeando, con la mirada fija en su esposo inconsciente. Naruto se retiró de ella, limpiándose con las sábanas con una indiferencia absoluta.
—Naruto... —susurró Mebuki después de unos momentos, con la voz rota—. Por favor... te lo ruego... déjame tomar una pastilla. Mis días fértiles están cerca... si quedo embarazada...
Naruto se detuvo y la miró con desprecio.
—Ya te lo dije, Mebuki. Con Sakura tengo un contrato; ella debe mantenerse "limpia" para su futuro con el Uchiha, porque su descendencia ya me pertenece por derecho. Pero tú... tú no tienes contrato.
—¡Pero Kizashi se dará cuenta! —exclamó ella, horrorizada ante la idea de cargar con el hijo del "demonio"—. ¡No puedo explicar un embarazo así!
—Se lo harás pasar por hijo suyo —respondió Naruto, vistiéndose con calma mientras sus clones se disipaban en nubes de humo—. Y si el niño nace con el pelo rubio o marcas en las mejillas, inventarás una excusa. O mejor aún, le dirás la verdad y verás cómo se quita la vida. Tú decides qué es más fácil.
Naruto se acercó a Sakura, quien permanecía ovillada en el suelo, con el rastro de la violación aún fresco en sus muslos. Le acarició la mejilla con una ternura que resultaba más aterradora que su violencia.
—¿Y tú, Sakura-chan? ¿Tienes algo que decir? ¿O vas a seguir el ejemplo de tu mami y aceptar que eres mi perrita?
Sakura levantó la vista. Sus ojos verdes, antes brillantes de determinación, ahora eran pozos de sombra. Miró a su padre inconsciente, miró a su madre rota, y luego miró a Naruto.
—No tengo nada que decir —susurró Sakura, con una voz desprovista de toda emoción—. Ya no soy Sakura. Soy lo que tú quieras que sea... amo.
Naruto soltó una carcajada que llenó la habitación, un sonido que marcó el fin definitivo de la familia Haruno tal como Konoha la conocía.
—Excelente. Mebuki, arrastra a ese idiota a la cama y hazle creer que se desmayó por el cansancio cuando despierte. Y asegúrate de que cuando te toque esta noche, sientas mi rastro dentro de ti.
Sin decir una palabra más, Naruto saltó por la ventana, perdiéndose en el atardecer de la aldea. Detrás de él quedaba un hogar en ruinas, donde una madre y una hija comenzarían a limpiar los restos de su propia destrucción, preparándose para la próxima vez que su dueño decidiera reclamar lo que, por derecho de odio, ahora le pertenecía. El secreto de los Haruno estaba sellado con semen y sangre, y la sombra del zorro se extendía, insaciable, sobre el futuro de la aldea.