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Naruto rico

La danza del poder y la sumisión

Mebuki Haruno salió de la residencia Uzumaki tambaleándose, sintiendo el aire fresco de la noche golpear su rostro encendido. El sabor metálico y salado de Naruto aún persistía en su garganta, una marca invisible pero constante de su nueva realidad. Mientras caminaba por las calles de Konoha, ajustándose la falda que ahora le parecía peligrosamente corta, una extraña mezcla de asco y triunfo burbujeaba en su pecho. Había vendido su alma, sí, pero el brillo de las llaves que apretaba en su mano derecha —las llaves de un establecimiento de suministros médicos en el sector más caro de la aldea— era el bálsamo que calmaba cualquier resto de conciencia.

Al llegar a su casa, la pequeña y modesta vivienda de los Haruno, encontró a Kizashi sentado en la mesa de la cocina, tarareando una melodía distraída mientras reparaba un kunai. Era un hombre simple, de sueños pequeños, y verlo allí, tan satisfecho con su mediocridad, solo reforzó en Mebuki la convicción de que había tomado la decisión correcta.

—¿Dónde estabas, Mebuki? —preguntó Kizashi sin levantar la vista—. Se hace tarde y Sakura ya se fue a dormir. Estaba preocupada por tu examen de las cuentas.

Mebuki forzó una sonrisa, ocultando las llaves en el bolsillo de su blusa traslúcida, agradeciendo que la luz de la cocina fuera tenue.

—Solo necesitaba aire, Kizashi. He estado hablando con algunos contactos —mintió con una fluidez asombrosa—. Mañana empezaré a administrar un nuevo negocio. Un inversor anónimo vio mi potencial. Por fin tendremos el dinero que necesitamos.

Kizashi la miró, parpadeando confundido, pero antes de que pudiera cuestionar la procedencia de tal oportunidad, ella subió las escaleras, dejándolo solo con sus herramientas.

A la mañana siguiente, Naruto Uzumaki se despertó con una sensación de control absoluto. Se miró en el espejo, acomodando su banda ninja de Konoha. El anuncio de su linaje no solo le había dado dinero; le había dado el derecho de mirar a todos por encima del hombro. Sabía que Mebuki no sería la última en caer ante sus pies, pero ella era un trofeo especial: la madre de la chica que siempre lo había despreciado.

Mientras caminaba hacia el centro de la aldea, notó cómo las miradas de los aldeanos habían cambiado. Ya no había odio ni temor al "niño zorro", sino una mezcla de reverencia forzada y envidia. Naruto sonrió para sus adentros. Era un juego de máscaras, y él era el mejor jugador.

Se detuvo frente al local que le había entregado a Mebuki. Era una tienda elegante, con vitrinas de cristal reforzado. A través del vidrio, vio a la mujer Haruno, vestida con un traje formal pero extremadamente ajustado, dando órdenes a dos empleados con una altanería que solo el dinero nuevo puede comprar.

Naruto entró, haciendo sonar la campana de la puerta. Los empleados se tensaron al reconocer al heredero del Cuarto Hokage, pero Mebuki se quedó petrificada. Sus ojos se encontraron con los azules de Naruto, y por un segundo, el terror de la noche anterior cruzó su rostro antes de ser reemplazado por una máscara de profesionalismo.

—¡Uzumaki-sama! Qué honor tenerlo aquí —dijo Mebuki, haciendo una reverencia profunda. Al inclinarse, se aseguró de que Naruto tuviera una vista privilegiada de su escote—. ¿En qué puedo ayudar al dueño de este lugar?

Naruto caminó hacia ella, ignorando a los empleados, y se detuvo a escasos centímetros de su rostro. El olor de su perfume caro inundó sus sentidos, pero él prefería el aroma del miedo que ella intentaba ocultar.

—Vengo a ver cómo progresa mi inversión —dijo Naruto en voz alta, para luego bajar el tono a un susurro que solo ella pudo escuchar—. Y para recordarte que el pago de hoy no será en facturas, Mebuki.

La mujer tragó saliva, sintiendo un escalofrío recorrer su columna.

—Por supuesto. Si gusta pasar a la oficina de atrás para revisar los libros de contabilidad... —Sugirió ella, señalando una puerta de madera oscura al fondo del local.

—Vayan a almorzar —ordenó Naruto a los empleados, sin siquiera mirarlos.

Los trabajadores no dudaron y salieron rápidamente, dejando a los dos solos en el local. Naruto entró en la oficina y se sentó en el gran sillón de cuero que presidía el escritorio. Mebuki cerró la puerta con llave y se giró, apoyando la espalda contra la madera.

—Naruto, por favor... los empleados podrían sospechar si tardamos mucho —intentó decir ella, aunque su voz carecía de convicción.

—¿Ya te estás arrepintiendo, Mebuki? —Naruto arqueó una ceja, juguetando con un abrecartas de oro—. Pensé que querías esta vida. Las joyas que llevas puestas sugieren que te gusta mucho mi dinero.

Mebuki miró sus manos, donde lucía un anillo de zafiro que había comprado esa misma mañana con el adelanto que Naruto le había dejado.

—No me arrepiento —respondió ella, caminando hacia el escritorio y deshaciéndose de la chaqueta de su traje—. Solo... no esperaba que fueras tan insaciable.

—Soy un Uzumaki. Tenemos mucha energía —se burló él, desabrochándose el cinturón—. Ahora, demuéstrame cuánto valoras ese anillo. Al suelo.

Mebuki obedeció, sus rodillas golpeando la alfombra de felpa. Esta vez no hubo vacilación. Sabía que cualquier duda se traduciría en dolor o en la pérdida de sus privilegios. Se deshizo de la bragueta del joven con agilidad, pero antes de que pudiera empezar, Naruto la detuvo, agarrándola del mentón.

—Hoy quiero algo diferente —dijo Naruto con una sonrisa maliciosa—. Desnúdate por completo. Quiero verte en este despacho, rodeada de los lujos que yo te doy, sabiendo que no eres más que una perra de exhibición para mí.

Mebuki sintió una punzada de humillación. Ser utilizada era una cosa, pero ser despojada de toda dignidad en su lugar de trabajo era otro nivel de degradación. Sin embargo, la mirada gélida y posesiva de Naruto no admitía réplicas. Lentamente, se puso de pie y comenzó a desvestirse. La blusa cayó primero, revelando que, siguiendo las preferencias implícitas del rubio, no llevaba sujetador. Sus pezones se endurecieron ante el aire frío de la oficina y la mirada lasciva del chico.

Luego, bajó la falda y se desprendió de sus medias de seda. Quedó completamente desnuda frente a él, iluminada por la luz que se filtraba por las persianas.

—Hermosa —comentó Naruto, aunque su tono era más el de un coleccionista evaluando una pieza que el de un amante admirando a una mujer—. Ahora, ponte en cuatro sobre el escritorio. Quiero revisar esos "libros" desde un mejor ángulo.

Mebuki subió al escritorio, apartando los papeles y la pluma estilográfica. Se colocó en la posición indicada, sintiendo el frío contacto de la madera contra su piel. Naruto se levantó, posicionándose detrás de ella. No hubo preámbulos, no hubo caricias. Solo la cruda realidad de su contrato.

—¿Qué pensaría Sakura si viera a su madre así? —Susurró Naruto al oído de Mebuki mientras la penetraba con una fuerza que le sacó el aire—. ¿O Kizashi? ¿Crees que tu esposo se imagina que su esposa es la esclava personal del chico al que siempre llamó "huérfano problemático"?

—¡Ah! N-Naruto... no hables... solo... —Mebuki hundió el rostro en la alfombrilla del escritorio, gimiendo mientras el rubio la sujetaba de las caderas con una fuerza que dejaría marcas—. ¡Duele!

—El dolor es parte del precio, Mebuki —respondió él, aumentando el ritmo—. Cada vez que sientas este dolor, recuerda que es lo que paga tu ropa de seda y tu estatus en la aldea. Eres mía. Cada parte de este cuerpo me pertenece porque yo lo compré.

El acto fue violento y dominante. Naruto no buscaba el placer de ella, sino su propia satisfacción y la confirmación de su poder. Mebuki, a pesar del dolor y la humillación, sentía una extraña adrenalina. Era el poder del dinero, el poder de estar vinculada al hombre más influyente de la nueva era de Konoha.

Cuando Naruto terminó, dejándola temblando y marcada sobre el escritorio, se vistió con una calma exasperante. Mebuki se quedó allí un momento, recuperando el aliento, sintiendo el rastro de su dueño sobre su piel.

—Límpiate y vuelve al trabajo —dijo Naruto, arrojándole un pañuelo de seda que estaba sobre la mesa—. Tienes un inventario que terminar. Y Mebuki...

Ella levantó la vista, con el cabello revuelto y los ojos empañados.

—¿Sí, Naruto-kun? —El sufijo salió de sus labios casi por instinto, una señal de su creciente subordinación.

—Esta noche habrá una cena en la mansión de los Hyuga. Quiero que convenzas a Kizashi de que tienes una reunión de negocios y vengas a mi casa a las diez. Trae ese conjunto de lencería negra que vi en el escaparate de la tienda de al lado. Yo lo pagaré, pero tú lo lucirás para mi entretenimiento antes de que te use de nuevo.

Mebuki asintió, bajando del escritorio con las piernas temblorosas.

—Como desees, Naruto. Estaré allí.

Naruto salió de la oficina con una sonrisa de suficiencia. Mientras caminaba por los pasillos del local, se cruzó con Sakura, quien acababa de llegar para buscar a su madre.

—¡Naruto! ¿Qué haces aquí? —Preguntó la pelirosa con su habitual tono mandón, aunque ahora con un toque de respeto involuntario por su nuevo estatus.

Naruto se detuvo y la miró de arriba abajo, comparándola mentalmente con la imagen de su madre desnuda y suplicante que acababa de dejar atrás. La ironía era deliciosa.

—Solo haciendo negocios, Sakura-chan —respondió él, acercándose un poco más de lo necesario—. Tu madre es una mujer muy... dedicada. Realmente sabe cómo cerrar un trato.

Sakura se sonrojó, confundida por la intensidad de la mirada de su compañero de equipo.

—Ah, sí... ella está muy emocionada con este nuevo trabajo. Gracias por darle la oportunidad, Naruto. No sabía que eras tan generoso.

Naruto soltó una carcajada que resultó inquietante para la joven ninja.

—No tienes idea de cuán generoso puedo ser, Sakura. Dile a tu madre que no olvide lo que discutimos. Nos vemos en el entrenamiento.

Naruto se alejó, dejando a Sakura con una sensación de extrañeza. Entró en la oficina de su madre y la encontró sentada tras el escritorio, luciendo impecable, aunque algo pálida.

—¿Mamá? ¿Estás bien? Naruto dijo que terminaron su reunión.

Mebuki miró a su hija, y por un instante, sintió una punzada de culpa. Pero luego, tocó el anillo de zafiro en su dedo y recordó la sensación de poder que el dinero le otorgaba.

—Estoy perfecta, Sakura —dijo Mebuki con una voz gélida y firme—. Tu amigo Naruto es un hombre de negocios muy exigente, pero los beneficios valen cualquier sacrificio. Ahora vete, tengo mucho que administrar.

Sakura salió, sintiendo que algo en el ambiente de esa oficina había cambiado para siempre. Mientras tanto, en su mente, Mebuki ya estaba planeando qué excusa le daría a Kizashi esa noche. Sabía que su vida anterior había muerto y que ahora, bajo el yugo dorado de Naruto Uzumaki, empezaba su verdadera ascensión, sin importar cuántas veces tuviera que arrodillarse para lograrlo.

Naruto, por su parte, caminaba hacia el complejo del clan Hyuga. Tenía planes, y Mebuki era solo la primera pieza de un tablero que pensaba conquistar por completo. En este nuevo mundo donde él tenía el oro y la sangre real, las reglas las ponía él, y la moral era un lujo que los débiles no podían permitirse. La aldea de la Hoja pronto entendería que el hijo del Cuarto Hokage no buscaba su amor, sino su absoluta obediencia.