Naruto rico
La marca del dueño
La mansión Uzumaki se había convertido en el patio de recreo personal de Naruto. Durante horas, había sometido a Mebuki a un desfile de humillaciones que habrían quebrado a cualquier mujer con un ápice de orgullo restante. La había tomado sobre la mesa del comedor, en los pasillos de mármol y frente a los grandes ventanales que daban a los jardines, forzándola a mirar su propio reflejo mientras él la reclamaba como un objeto de su propiedad. Mebuki, perdida en una nebulosa de sudor, jadeos y la avaricia que alimentaba su resistencia, aceptaba cada embestida como el pago necesario por las sedas que ahora cubrían su cama y las joyas que adornaban su tocador.
Sin embargo, para Naruto, la sumisión en territorio neutral ya no era suficiente. Su naturaleza posesiva y manipuladora exigía un escenario más arriesgado, uno donde el poder de su linaje se burlara directamente de las instituciones más sagradas de la aldea: la familia y el matrimonio.
—Vístete, Mebuki —ordenó Naruto, observándola desde el borde de su cama mientras ella intentaba recuperar el aliento en el suelo—. No hemos terminado por hoy.
Mebuki levantó la vista, confundida. Sus labios estaban hinchados y su cuerpo temblaba por el esfuerzo.
—Pero... Naruto-kun, son casi las dos de la mañana —susurró ella, buscando su ropa interior—. Kizashi debe estar durmiendo. Si no llego pronto, empezará a hacer preguntas que no podré contestar.
Naruto se levantó con una lentitud depredadora y caminó hacia ella. La tomó del cabello, obligándola a mirarlo a los ojos. Esos ojos azules, que antes irradiaban calidez, ahora eran pozos de una ambición fría y calculadora.
—Precisamente por eso nos vamos ahora —dijo él con una sonrisa torcida—. Quiero ver cómo te comportas en tu propio terreno. Vamos a tu casa.
El corazón de Mebuki dio un vuelco. El pánico luchó contra su codicia por un breve instante.
—¿A mi casa? Naruto, eso es una locura. Sakura está en la habitación de al lado, y Kizashi... él es un ninja, podría despertarse.
—Entonces será mejor que seas muy silenciosa, ¿no crees? —Naruto soltó su cabello y le dio una palmada despectiva en la mejilla—. Muévete. Si me haces esperar, mañana cerraré el local y le diré a tu esposo exactamente de dónde salió ese anillo de zafiro.
El chantaje fue efectivo. Mebuki se vistió a toda prisa, con el pulso acelerado. La idea de ser descubierta la aterraba, pero la amenaza de volver a la mediocridad era, para ella, un destino mucho peor que la infamia.
Cruzaron la aldea bajo el manto de la oscuridad. Naruto se movía con la agilidad de un depredador, mientras Mebuki lo guiaba por las sombras hasta la residencia Haruno. Entraron por la ventana de la planta superior, deslizándose hacia la habitación principal donde el ronquido rítmico de Kizashi indicaba que el hombre estaba sumido en un sueño profundo.
El aire en la habitación era pesado, cargado con el olor a ropa limpia y la cotidianidad de un matrimonio aburrido. Naruto observó la figura de Kizashi, un hombre que no era más que un estorbo en su camino hacia el dominio total. Se acercó a la cama y, con una desfachatez absoluta, se sentó en el borde, justo al lado del hombre dormido.
—Mira esto, Mebuki —susurró Naruto, señalando al marido cornudo—. Duerme como un niño, confiando en que su esposa es una mujer decente. ¿No te excita saber que estoy aquí, a centímetros de él, a punto de usarte en la misma cama donde él te abraza?
Mebuki estaba pálida, sus manos apretadas contra su pecho. La adrenalina de lo prohibido empezaba a mezclarse con su miedo, creando un cóctel embriagador.
—Naruto, por favor... hagámoslo rápido —suplicó ella, acercándose a él.
Naruto la agarró de la cintura y la atrajo hacia sí, despojándola de su ropa con una brusquedad que hizo crujir la tela. La obligó a ponerse de espaldas a él, inclinada sobre el borde de la cama, justo al lado de los pies de Kizashi.
—Hoy quiero tu entrada más estrecha, Mebuki —sentenció él, posicionándose—. Quiero que sientas cada centímetro de mi poder mientras tu marido sueña con su vida mediocre.
—¡No! —ahogó ella un grito, girando la cabeza—. Naruto, eso duele demasiado... y por favor, usa un condón. Estoy en mis días fértiles, si quedo embarazada...
Naruto soltó una carcajada silenciosa que erizó los vellos de la nuca de la mujer. Sin previo aviso y sin ninguna preparación, empujó con fuerza, invadiendo el cuerpo de Mebuki por su retaguardia.
—¡Mmmph! —Mebuki enterró la cara en las sábanas para ahogar el alarido de dolor. Sus uñas se clavaron en el colchón, justo al lado de la mano de su esposo.
—No habrá condón —gruñó Naruto, comenzando un ritmo despiadado que hacía que la cama crujiera levemente—. Si quedas embarazada, ese idiota se hará responsable. Criará a mi hijo pensando que es suyo, y tú y yo compartiremos ese secreto mientras él trabaja como un esclavo para mantenerte.
—Eres un monstruo... —jadeó ella, aunque sus caderas empezaron a responder involuntariamente al castigo.
—Soy tu dueño —corrigió él—. Y si sospecha algo, le lanzaré un genjutsu tan potente que creerá que los gritos que escucha son parte de un sueño erótico. No voy a permitir que vuelvas a estar con ese perdedor. Tu cuerpo es mi propiedad privada, y voy a marcarlo por dentro y por fuera.
El sonido de la carne chocando contra la carne era lo único que rompía el silencio de la habitación, aparte de los ronquidos de Kizashi y los sollozos ahogados de Mebuki. El riesgo era extremo; en la habitación contigua, Sakura dormía plácidamente, ajena a la degradación de su madre.
De repente, Kizashi se removió en sueños. Su brazo se extendió, buscando instintivamente el calor de su esposa. Mebuki se quedó petrificada, con el corazón martilleando contra sus costillas. Naruto, lejos de asustarse, sonrió con malicia.
—Se está despertando —susurró Mebuki, con los ojos desorbitados por el terror—. Naruto, saca tu verga de mí, ¡nos va a ver!
Naruto la sujetó con más fuerza, hundiéndose hasta el fondo, ignorando las súplicas.
—Si te mueves o si te separas de mí, se acaban los lujos, Mebuki —le advirtió al oído—. Se acaba el local, se acaban las joyas y te enviaré a las misiones más peligrosas de la frontera hasta que mueras. Quédate quieta.
En ese momento, Kizashi abrió los ojos a medias, parpadeando en la penumbra.
—¿Mebuki? —murmuró el hombre con voz pastosa—. ¿Qué es ese ruido? ¿Estás bien?
Mebuki sintió que el mundo se detenía. Naruto, con una velocidad sobrehumana, realizó un sello manual con una sola mano mientras mantenía su posición dentro de ella. Un clon de sombras apareció instantáneamente al otro lado de la cama, transformado en una copia exacta de Mebuki, recostada bajo las mantas.
—Solo es el viento, Kizashi —dijo el clon con la voz perfecta de la mujer—. Vuelve a dormir, cariño. He tenido una pesadilla y me he levantado a cerrar la ventana.
Kizashi, confundido por el sueño y bajo la sutil influencia del chakra de Naruto, asintió débilmente.
—Está bien... vuelve a la cama pronto —dijo el hombre, dándose la vuelta y cayendo de nuevo en la inconsciencia.
Mebuki dejó escapar un sollozo de alivio, pero Naruto no le dio tregua. Ahora que el peligro inmediato había pasado, aumentó la violencia de sus embestidas, usando el escritorio de la habitación como apoyo para sus manos.
—¿Viste eso? —le preguntó Naruto, su voz cargada de una superioridad absoluta—. Tu vida es una mentira que yo sostengo. Tu marido es un títere, y tú eres el escenario donde demuestro mi dominio.
Pasaron los minutos y el clímax de Naruto se volvió inminente. Mebuki estaba rota, física y mentalmente, pero algo en su interior se había quebrado definitivamente. La humillación se había convertido en su nueva forma de existencia.
—Voy a dejar mi semilla en ti, Mebuki —anunció Naruto, apretando sus dedos en los muslos de la mujer hasta dejar moretones—. Y cada vez que mires a Kizashi a los ojos, recordarás que llevas dentro el recordatorio de que eres mi puta personal.
Naruto se tensó y descargó toda su esencia dentro de ella, llenándola con una calidez que contrastaba con la frialdad de su alma. Mebuki cerró los ojos, sintiendo cómo el líquido se acumulaba en su interior, sabiendo que las probabilidades de concebir eran altísimas.
Cuando Naruto finalmente se retiró, Mebuki colapsó sobre la alfombra, temblando violentamente. El rubio se vistió con la elegancia de un príncipe, limpiándose con una de las camisas de Kizashi que colgaba de una silla, antes de lanzarla al suelo con desprecio.
—Límpiate, Mebuki —ordenó Naruto, caminando hacia la ventana—. Y asegúrate de que ese clon desaparezca antes de que salga el sol. Mañana quiero que pases por mi mansión a las seis. Trae a Sakura contigo; quiero que vea cómo su madre me atiende mientras ella entrena en el jardín.
Mebuki no respondió. Solo pudo asentir mientras veía la silueta del joven Uzumaki desaparecer en la noche. Se quedó allí, desnuda y humillada en su propia habitación, escuchando la respiración tranquila de su esposo. Se tocó el vientre, sintiendo el rastro de Naruto, y una sonrisa amarga y retorcida apareció en su rostro. Había perdido su dignidad, su honor y quizás su futuro, pero al mirar el anillo de zafiro que brillaba en la mesita de noche, supo que volvería a hacerlo una y mil veces.
Naruto Uzumaki ya no era el niño que buscaba reconocimiento. Era el amo de Konoha, y Mebuki Haruno era solo la primera de muchas que aprenderían que, bajo su mando, el precio de la ambición se pagaba con carne, sangre y una sumisión eterna. El rubio caminaba por las calles desiertas, sintiendo el poder fluir por sus venas. El mundo era suyo, y apenas estaba empezando a saborear el placer de poseerlo todo.