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Naruto Uzumaki

El Trío de la Sumisión y el Heredero de la Codicia

La oficina de la administración de la joyería "El Ojo del Remolino" se había convertido en el santuario personal de Naruto Uzumaki, un lugar donde las finanzas de la aldea y la carne de sus mujeres se mezclaban bajo el aroma del incienso y el sexo. Mebuki Haruno, vestida con un conjunto de encaje negro que apenas lograba ocultar las marcas de mordiscos en sus hombros, revisaba unos documentos cuando la puerta se abrió de golpe.

No era un cliente, ni una de las empleadas que ya habían aprendido a bajar la cabeza y subir sus faldas ante la presencia del rubio. Era Naruto, y no venía solo. Detrás de él, caminando con una mezcla de desafío herido y resignación absoluta, estaba Anko Mitarashi. La kunoichi de las serpientes, conocida por su temperamento volátil, llevaba su gabardina abierta, revelando que debajo solo portaba su traje de malla corporal, ahora desgarrado en puntos estratégicos que dejaban ver su piel canela.

—Mebuki, deja de jugar a la empresaria —ordenó Naruto, sentándose en el gran sillón de cuero tras el escritorio—. He traído a alguien para que te enseñe lo que es la verdadera resistencia.

Mebuki se levantó, sintiendo una punzada de celos que rápidamente fue sofocada por el miedo y la excitación. Miró a Anko, cuyos ojos habitualmente salvajes estaban inyectados en sangre y fijos en el suelo.

—Vaya, la famosa examinadora de los exámenes Chunin —comentó Mebuki con una sonrisa venenosa—. Parece que el "niño demonio" te ha domesticado bastante bien.

—Cierra la boca, vieja —gruñó Anko, aunque su voz tembló cuando Naruto puso una mano sobre su cadera—. Solo estoy aquí porque este mocoso tiene trucos que... que no puedo romper.

Naruto soltó una carcajada y tiró de Anko, obligándola a arrodillarse junto a la silla.

—No son trucos, Anko. Es poder puro. Y hoy, ambas van a demostrarme cuánto valoran su posición —Naruto miró a Mebuki—. Desnúdate. Quiero ver cómo ese cuerpo que tanto dinero me cuesta se entrega a mi invitada.

Mebuki obedeció sin rechistar. Dejó caer su ropa con una elegancia practicada, quedando totalmente expuesta bajo la luz de las lámparas de cristal. Se acercó a Anko, quien la miraba con una mezcla de asco y deseo reprimido.

—Anko, dale la bienvenida a Mebuki a mi colección de forma apropiada —mandó Naruto—. Usa esa lengua que tanto presume de comer dango para algo más útil.

La oficina se llenó pronto de sonidos húmedos. Bajo la mirada depredadora de Naruto, Anko se vio obligada a explorar el cuerpo de la matriarca Haruno. Mebuki jadeaba, agarrándose al escritorio mientras la lengua experta de la kunoichi la recorría. Naruto disfrutaba del espectáculo, viendo cómo dos de las mujeres más orgullosas de Konoha se degradaban mutuamente por su simple capricho.

—¡Basta! —exclamó Naruto de repente, levantándose y desabrochando su pantalón—. Mebuki, ponte a cuatro patas sobre la mesa. Anko, tú ponte frente a ella. Quiero que me mires a los ojos mientras lleno a esta burguesa.

El encuentro fue brutal. Naruto penetraba a Mebuki con una fuerza que hacía vibrar los cristales de la joyería, mientras obligaba a Anko a besar a la mujer mayor, intercambiando gemidos y saliva. Era un caos de extremidades, sudor y el olor metálico del chakra Uzumaki que saturaba el aire. Anko, a pesar de su resistencia inicial, terminó sucumbiendo al ritmo frenético, ayudando a Naruto a someter a Mebuki, usando sus manos para abrir más a la mujer y facilitar la invasión del rubio.

En medio del clímax, cuando el despacho era un hervidero de lujuria desenfrenada, Mebuki se aferró al cuello de Naruto, susurrándole algo al oído que detuvo el movimiento del joven por un segundo.

—Naruto... tengo noticias —jadeó ella, con los ojos en blanco—. Lo que pediste... ha sucedido. Estoy embarazada.

Naruto se separó apenas unos centímetros, mirando el vientre aún plano de la mujer. Una sonrisa lenta y oscura se dibujó en su rostro.

—¿Estás segura? —preguntó él, ignorando a Anko que jadeaba en el suelo buscando aire.

—Sí —respondió Mebuki, con una mezcla de orgullo y sumisión—. El médico lo confirmó esta mañana. Es tuyo. El heredero de la fortuna Uzumaki está creciendo dentro de una Haruno.

Anko levantó la vista, sorprendida por la revelación. Sabía lo que eso significaba: el control de Naruto sobre la familia Haruno era ahora absoluto y eterno.

—¡Ja! ¡Esto es motivo de celebración! —gritó Naruto, su chakra estallando en ráfagas de color naranja que hicieron retroceder a las sombras del despacho—. Si hay un cachorro en camino, significa que tu cuerpo es lo suficientemente fuerte para aguantar mucho más.

Sin previo aviso, Naruto volvió a embestir a Mebuki con una ferocidad renovada. No era un acto de amor, sino una reclamación de propiedad.

—¡Voy a follarte hasta que ese feto sepa quién es su dueño! —rugió Naruto—. Anko, no te quedes ahí mirando. ¡Ayúdame a celebrar! ¡Usa tus manos, usa tu boca, no quiero que Mebuki tenga un segundo de descanso!

La celebración duró horas. Naruto, impulsado por la noticia de su descendencia y su vitalidad sobrehumana, no dio tregua. Mebuki, a pesar del cansancio, sentía una euforia retorcida; llevaba en su vientre el boleto dorado hacia la inmortalidad social, el vínculo de sangre con el hombre más poderoso de la aldea. Se dejaba usar por Naruto y Anko simultáneamente, aceptando cada embestida, cada caricia degradante y cada chorro de semen como si fueran bendiciones.

Anko, por su parte, se encontró atrapada en el frenesí. La noticia del embarazo pareció romper la última barrera de su voluntad. Si Mebuki, una mujer civilizada y madre de familia, aceptaba esto, ¿quién era ella para luchar? Se entregó al trío con una desesperación animal, permitiendo que Naruto la usara como apoyo mientras él se ensañaba con el cuerpo de la futura madre de su hijo.

—Mírame, Mebuki —dijo Naruto, sujetándola de las mejillas mientras se corría profundamente dentro de ella por quinta vez esa noche—. Este hijo será el fin de los Haruno tal como los conoces. Kizashi criará a mi bastardo, y tú serás la reina de este imperio de sombras.

—Sí, mi señor... —susurró Mebuki, tragando saliva y aceptando el peso del rubio sobre ella—. Todo por ti... todo por nuestra riqueza.

Cuando el sol comenzó a asomar por el horizonte de Konoha, el despacho era un desastre. Mebuki estaba desparramada sobre la alfombra, cubierta de restos de la noche, con una expresión de paz absoluta. Anko dormía a su lado, con las marcas de las manos de Naruto grabadas en sus muslos.

Naruto se vestía frente al espejo, observando su reflejo. Ya no era el niño que buscaba reconocimiento. Era un hombre que lo tomaba todo.

—Mebuki —llamó él sin darse la vuelta.

—¿Sí, Naruto-kun? —respondió ella, incorporándose con dificultad.

—Dile a Kizashi que el negocio va tan bien que necesitas pasar más noches aquí para "hacer inventario". Y prepárate, porque ahora que estás encinta, quiero que Sakura empiece a visitarme más seguido. Necesita aprender de su madre cómo cuidar al hombre que mantiene a su familia.

Mebuki sintió un ligero escalofrío al pensar en su hija, pero miró los anillos de diamantes en sus dedos y el vientre donde latía la sangre Uzumaki.

—Se lo diré —asintió ella—. Sakura hará lo que sea necesario. Yo misma me encargaré de que sea tan sumisa como Anko y yo.

Naruto salió del despacho con paso firme. La aldea despertaba, ajena a que en el corazón del distrito comercial, el destino de una de sus familias más tradicionales había sido sellado con semen, sangre y la ambición desmedida de una madre que prefirió ser una esclava rica que una esposa honrada.

Esa tarde, cuando Mebuki regresó a casa, Kizashi la recibió con un beso en la mejilla, notando que su esposa irradiaba una belleza nueva, casi maternal.

—Te ves radiante, Mebuki —dijo el hombre, sirviéndole un té—. El trabajo en la joyería realmente te sienta bien.

—Es el éxito, querido —respondió ella, sentándose y acariciando su vientre con una sonrisa que Kizashi nunca entendería—. El éxito y la generosidad de Naruto-sama. Realmente nos ha bendecido a todos.

Kizashi sonrió, feliz de ver a su esposa tan satisfecha, sin sospechar que el "éxito" del que hablaba Mebuki estaba en ese momento bajando por sus piernas y que la "bendición" de Naruto era un parásito de poder que devoraría su linaje desde adentro. Mientras tanto, en la habitación de arriba, Sakura miraba por la ventana hacia la mansión Uzumaki, sintiendo una extraña inquietud, sin saber que su madre ya había puesto precio a su inocencia para asegurar que los lujos nunca terminaran.