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Naruto Uzumaki

El Despertar de la Flor Roja: La Capitulación de Kurenai

La noche en Konoha tenía un aroma distinto para aquellos que conocían los secretos que se ocultaban tras las puertas de la mansión Uzumaki. Naruto se encontraba en el balcón, observando cómo las luces de la aldea se encendían una a una, como pequeñas ofrendas a su creciente dominio. A su lado, Anko Mitarashi descansaba apoyada en el barandal, vistiendo apenas una bata de seda que Naruto le había comprado, con la mirada perdida en el horizonte.

—¿En qué piensas, Anko? —preguntó Naruto, pasando una mano por el cabello morado de la kunoichi—. ¿Extrañas tu libertad o ya te has acostumbrado al peso de mis cadenas?

Anko soltó un suspiro tembloroso, cerrando los ojos ante el contacto.

—La libertad es una ilusión para los ninjas, Naruto —respondió ella con voz ronca—. Pero mentiría si dijera que no disfruto de este... refugio. Aunque me preocupa mi amiga. Kurenai ha estado preguntando por mí. Cree que estoy en misiones secretas, pero empieza a sospechar.

Naruto sonrió, una expresión que irradiaba una confianza peligrosa.

—Kurenai Yuhi... la maestra del genjutsu. He oído que su belleza solo es igualada por su reserva. Tráela mañana. Dile que quieres presentarle al hombre que ha "cambiado" tu vida.

Al día siguiente, el encuentro se produjo en un reservado de uno de los restaurantes más exclusivos de la zona alta, un lugar donde solo los jefes de clan y los adinerados podían permitirse cenar. Kurenai llegó puntual, vistiendo su habitual traje de vendas rojas y blancas, con sus ojos color rubí escudriñando el lugar con cautela. Se sorprendió al ver a Anko sentada junto al joven Naruto Uzumaki, quien lucía un kimono de seda negra con el remolino de su clan bordado en oro.

—Anko, me alegra verte bien —dijo Kurenai, sentándose frente a ellos—. Debo admitir que me sorprendió tu invitación. No esperaba que estuvieras pasando tanto tiempo con el heredero Uzumaki.

—Naruto-kun ha sido muy... atento conmigo, Kurenai —respondió Anko, lanzando una mirada rápida al rubio, quien mantenía una mano posesiva sobre su muslo por debajo de la mesa—. Quería que lo conocieras formalmente.

Naruto tomó la palabra, su voz cargada de un carisma que parecía envolver la habitación.

—Es un honor, Kurenai-san. He admirado su habilidad desde lejos. Por favor, pida lo que desee. Esta noche corre por mi cuenta.

A medida que avanzaba la cena y el sake fluía, Kurenai comenzó a relajarse. Naruto no era el niño hiperactivo que recordaba de los informes de la academia; era un hombre joven con una presencia abrumadora. La conversación derivó hacia temas más personales, y Kurenai, bajo la influencia del alcohol y la mirada penetrante de Naruto, bajó la guardia.

—Dígame, Kurenai-san —dijo Naruto, inclinándose hacia ella—, una mujer tan hermosa y talentosa como usted... ¿cómo es que sigue soltera? Seguramente hay muchos ninjas en esta aldea que darían su vida por un momento de su atención.

Kurenai bajó la mirada, un leve rubor tiñendo sus mejillas.

—Mi vida siempre ha sido el deber y el entrenamiento, Naruto-kun. Nunca he tenido tiempo para... esas cosas. De hecho —confesó en un susurro, quizás revelando más de lo que pretendía—, nunca he tenido novio. Ni siquiera he dado mi primer beso.

Anko y Naruto intercambiaron una mirada cómplice. El rubio extendió su mano y tomó la de la maestra de genjutsu sobre la mesa.

—Eso es una tragedia que debe ser corregida —dijo él con suavidad—. Una flor como usted no debería marchitarse sin conocer el sol. Permítame mostrarle lo que se ha estado perdiendo.

Kurenai sintió una descarga eléctrica recorrer su espina dorsal. La propuesta era clara, y aunque su mente lógica le decía que debía retirarse, su cuerpo, hambriento de afecto y curiosidad, la empujaba hacia adelante.

—Yo... no sé si sea lo correcto —balbuceó ella, pero no retiró la mano.

—Confía en mí, Kurenai —intervino Anko, su voz llena de una extraña sinceridad—. Naruto-kun puede darte cosas que ningún otro hombre en esta aldea podría siquiera soñar.

Poco después, los tres se encontraban en la mansión Uzumaki. Naruto guio a Kurenai hacia su habitación principal, un espacio de lujo asiático que intimidó a la kunoichi. Anko se despidió con una reverencia, dejando a su amiga a solas con el rubio.

—Estás temblando, Kurenai —observó Naruto, cerrando la puerta tras de sí.

—Es solo... que esto es nuevo para mí —admitió ella, mirando los ojos azules que parecían arder en la penumbra.

Naruto se acercó y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su pecho. Sin decir una palabra, inclinó la cabeza y capturó sus labios en un beso profundo y dominante. Kurenai soltó un pequeño gemido de sorpresa; el contacto era embriagador, una mezcla de sabor a sake y el poder bruto que emanaba del Uzumaki. Sus manos, inexpertas, se aferraron a los hombros de él mientras se dejaba llevar por la marea de sensaciones.

—Ese fue tu primer beso —susurró Naruto contra sus labios—. Ahora, déjame enseñarte el resto.

La noche se convirtió en un rito de iniciación. Naruto fue paciente al principio, despojándola de sus vendas con una lentitud tortuosa, admirando la piel pálida y perfecta de la mujer. Pero una vez que ambos estuvieron desnudos sobre las sábanas de seda, el vigor Uzumaki tomó el control.

Kurenai descubrió que el placer no era un genjutsu, sino una realidad física que la golpeaba con la fuerza de un huracán. Naruto la tomó en la posición del misionero, mirándola directamente a los ojos mientras reclamaba su virginidad. El grito de dolor de Kurenai pronto se transformó en jadeos de placer puro cuando él comenzó a moverse con un ritmo implacable.

—¡Ah! Naruto... ¡es demasiado! —exclamó ella, arqueando la espalda mientras sus uñas se enterraban en los brazos del rubio.

—Apenas estamos empezando, Kurenai —respondió él, dándole la vuelta con brusquedad.

La colocó en posición de "perrito", sujetando sus caderas con firmeza. Cada embestida la hacía avanzar sobre la cama, sintiendo cómo él la llenaba por completo. Kurenai nunca había imaginado que su cuerpo pudiera sentir tanta intensidad; era como si cada nervio estuviera siendo incendiado por el chakra de Naruto.

No satisfecho, Naruto la levantó y la puso en la posición Full Nelson, inmovilizando sus brazos mientras la penetraba con una fuerza bruta que la hacía ver estrellas. Kurenai estaba totalmente a su merced, su voluntad quebrada por el éxtasis y la dominación física del joven que ahora era su amo.

—Vas a ser mi primera esposa oficial, Kurenai —le dijo Naruto al oído, su aliento caliente haciéndola estremecer—. Te encargarás de administrar mi harem, de entrenar a las nuevas adquisiciones y de asegurar que mis "putitas", como Mebuki y Anko, cumplan siempre con su deber.

Kurenai, con el cerebro nublado por los orgasmos múltiples y la entrega total, solo pudo asentir frenéticamente.

—Sí... Naruto-sama... seré lo que tú quieras... seré tuya —sollozó ella, aceptando su nuevo destino con la misma devoción con la que antes servía a la aldea.

Mientras esto sucedía en la mansión, en la residencia Haruno se respiraba un aire de celebración hipócrita. Kizashi había organizado una pequeña cena para celebrar el embarazo de Mebuki. Había invitado a unos pocos amigos cercanos, presumiendo de su futura paternidad con una sonrisa que daba lástima.

—¡Un brindis por mi esposa! —exclamó Kizashi, levantando su copa—. Por el nuevo integrante de la familia Haruno. ¡Quién diría que a nuestra edad la suerte nos sonreiría así!

Mebuki sonrió, aceptando las felicitaciones, mientras su mano acariciaba su vientre. Por dentro, se reía de la estupidez de su marido. Sabía perfectamente que la semilla que crecía en su interior no pertenecía al débil Kizashi, sino al semental Uzumaki que la usaba como su juguete personal. Cada vez que miraba a su esposo, sentía un desprecio profundo; su incapacidad para proveer los lujos que ella deseaba la había llevado a los brazos de Naruto, y no se arrepentía ni un segundo.

Sakura, sentada a la mesa, observaba a su madre con una mezcla de sospecha y envidia silenciosa. Había notado cómo Mebuki ahora vestía ropas más caras, cómo su piel brillaba y cómo su actitud se había vuelto más arrogante. También había notado las visitas frecuentes de Naruto y la forma en que su madre lo miraba.

—Mamá, ¿Naruto vendrá mañana a la joyería? —preguntó Sakura, tratando de sonar casual.

—Por supuesto, Sakura —respondió Mebuki con una mirada cargada de significado—. De hecho, Naruto-sama ha mencionado que quiere que empieces a ayudarme más en la administración. Dice que es hora de que aprendas el valor de nuestro linaje y cómo mantenerlo.

Sakura bajó la mirada, sintiendo un nudo en el estómago. No era tonta; sabía que el precio de la nueva riqueza de su familia no era solo el trabajo de su madre. Pero la idea de estar cerca de Naruto, del chico que ahora emanaba un poder tan oscuro y atrayente, la hacía humedecerse a pesar de su miedo.

Mebuki observó a su hija y sonrió para sus adentros. "Pronto, mi pequeña Sakura", pensó la mujer, "tú también sabrás lo que es ser llenada por un verdadero hombre. Serás la siguiente joya en la corona de Naruto, y juntas gobernaremos esta aldea desde las sombras de su cama".

De vuelta en la mansión Uzumaki, la madrugada encontró a Naruto descansando con Kurenai y Anko a sus costados. El rubio se sentía invencible. Tenía a la administración de los Haruno bajo su pulgar, a la examinadora de los Chunin como su guardaespaldas sexual, y ahora a la maestra de genjutsu más poderosa de la aldea como su mano derecha para gestionar su creciente harén.

—Kurenai —llamó Naruto suavemente.

La mujer abrió sus ojos rojos, ahora llenos de una devoción absoluta.

—¿Sí, mi señor?

—Mañana empezaremos tu entrenamiento oficial como la matrona de esta casa. Quiero que revises la lista de las empleadas de la joyería. Mebuki dice que algunas necesitan una "motivación" extra para entender su papel. Tú usarás tus genjutsus para romper cualquier resistencia que les quede.

Kurenai se incorporó, dejando que las sábanas cayeran y revelaran su cuerpo marcado por la noche de pasión.

—Se hará como desees, Naruto-sama. Nadie se resistirá a tu voluntad. Yo misma me encargaré de que cada mujer en esta aldea entienda que su único propósito es servirte.

Naruto cerró los ojos, satisfecho. El plan avanzaba a la perfección. Konoha seguía creyendo que él era su héroe, su arma definitiva. No sabían que el "niño demonio" ya había comenzado a devorar la aldea desde adentro, empezando por sus mujeres, sus familias y su futuro. Con Mebuki esperando a su heredero y Sakura siendo preparada para su turno, el nombre Uzumaki pronto sería el único que importara, y los Haruno no serían más que un pie de página en su historia de dominación absoluta.

La oscuridad de la noche se desvanecía, dando paso a un nuevo día donde el sol de Konoha brillaría, irónicamente, sobre un imperio construido con la ambición de una madre, la caída de una maestra y la sumisión de una aldea que nunca debió subestimar al heredero del remolino.