Naruto Uzumaki
El Rugido del Alfa: La Marca de los Inuzuka
La mansión del clan Inuzuka, usualmente llena del bullicio de los ninken y el aroma a bosque, se había transformado en un monumento al silencio y la sumisión. El aire mismo parecía más pesado, saturado por el rastro de un depredador que no pertenecía a la jauría original, pero que la había reclamado por derecho de conquista. Naruto Uzumaki no solo había derrotado a Tsume Inuzuka en un duelo de fuerza y voluntad; la había quebrado en una batalla de resistencia carnal que dejó a la orgullosa matriarca reducida a una hembra anhelante de su aprobación.
En la habitación principal, el eco de los gemidos aún flotaba en las sombras. Tsume yacía sobre las sábanas revueltas, con el cuerpo temblando tras haber sido poseída por una legión de clones de sombra que la habían llevado al límite de su cordura. Cuando los clones se desvanecieron en nubes de humo, el Naruto original se posicionó sobre ella, reclamando su retaguardia con una fuerza bruta que le recordó a la mujer quién era el verdadero alfa.
—Sin mí, Tsume, no eres más que una perra callejera sin dueño —susurró Naruto al oído de la mujer, mientras se corría profundamente dentro de su ano—. Tu clan, tu orgullo y tu cuerpo me pertenecen.
—Sí... Naruto-sama... —jadeó ella, hundiendo el rostro en la almohada, aceptando la humillación como si fuera un bálsamo—. Soy tuya.
Naruto se levantó, ajustándose la ropa con una parsimonia gélida. Tsume, recuperando un poco el aliento, intentó detenerlo con una mano temblorosa.
—¿A dónde vas? Quédate... —suplicó ella, con los ojos inyectados en deseo.
—Escucha bien, Tsume —dijo él, mirándola con desprecio—. Pase lo que pase esta noche, no saldrás de esta habitación. Si desobedeces, te abandonaré y dejaré que tu clan se pudra en la miseria. Pero si eres una buena perrita y te quedas aquí, te daré un hijo de verdad. No un fracaso como Kiba.
Tsume palideció al oír el nombre de su hijo. Nadie sabía que Naruto había manipulado las órdenes para enviar a Kiba a una misión suicida de la que no regresaría, pero la promesa de un heredero con la sangre del Uzumaki fue suficiente para silenciar cualquier instinto maternal que le quedara.
—Me quedaré —prometió ella, sollozando—. Lo prometo.
Naruto salió de la habitación y cruzó el pasillo con paso firme hacia el cuarto de Hana Inuzuka. Al entrar, la visión lo hizo sonreír con malicia. La hija de Tsume dormía plácidamente, vistiendo solo una tanga azul y una camiseta ajustada que apenas contenía la curva de sus pechos. Naruto no perdió tiempo; se acercó a la cama y comenzó a manosearla con brusquedad.
Hana despertó sobresaltada, pero antes de que pudiera emitir un sonido, la mano de Naruto cubrió su boca.
—Si te portas bien, no te dolerá tanto, Hana —le advirtió él con una voz que no admitía réplica.
En cuanto él retiró la mano, Hana cometió el error de gritar.
—¡Mamá! ¡Ayúdame! ¡Mamá!
Al otro lado del pasillo, Tsume escuchó los gritos de su hija. Se tapó los oídos con las manos, llorando en silencio mientras cumplía la orden de su amo. Sabía lo que estaba ocurriendo, pero el miedo a perder a su alfa era mayor que su amor por Hana.
Naruto, enfurecido por la desobediencia, procedió a violar a Hana con una ferocidad implacable. Arrebató su virginidad vaginal y anal en una sesión de una hora que dejó a la joven destrozada. Los gemidos de dolor de Hana se filtraban por las paredes, llegando a los oídos de una madre que solo podía morder las sábanas para no intervenir. Cuando Naruto terminó, se acomodó el pantalón y salió de la habitación, dejando a Hana cubierta de semen y sangre, con la mirada perdida en el techo.
A la mañana siguiente, el comedor de la residencia Inuzuka era el escenario de una tensión insoportable. Naruto estaba sentado a la cabecera, manoseando a Tsume por debajo de su ropa frente a los restos del desayuno. Sus dedos se movían con libertad dentro del short de la matriarca, quien mantenía la cabeza baja, gimiendo suavemente.
Hana bajó las escaleras cojeando, cada paso era un recordatorio del desgarro de la noche anterior. Al intentar sentarse, soltó un quejido de dolor y buscó la mirada de su madre.
—Mamá... —intentó decir, con la voz rota.
Tsume no pudo sostenerle la mirada. Sentía la mano de Naruto dentro de ella y sabía que su lealtad ya no pertenecía a su sangre, sino a su dueño.
—Tsume —dijo Naruto con frialdad—, ve a hacer la despensa. Ahora.
—Pero... Naruto-sama, ¿no puede ir alguien más? —preguntó ella tímidamente.
La mirada que Naruto le lanzó fue suficiente para que Tsume recordara el castigo que recibió la última vez que cuestionó una orden: una sesión de sodomía en seco que la dejó sin poder caminar durante dos días.
—Voy de inmediato —dijo ella, levantándose rápidamente y saliendo de la casa sin mirar atrás.
En cuanto la puerta se cerró, Hana intentó levantarse de la mesa para huir a su habitación, pero Naruto fue más rápido. La alcanzó y la dobló sobre la mesa del comedor con un movimiento brusco.
—¿A dónde crees que vas, cachorra? —gruñó él, bajándole los calzones—. Aún no he terminado de entrenarte.
Hana sollozó mientras sentía la embestida dura de Naruto en su sexo aún lastimado. Pensó que, tras correrse dentro de ella, él la dejaría en paz, pero su horror creció cuando sintió que Naruto buscaba su otro orificio sin intención de detenerse.
Los meses pasaron y la vida en el clan Inuzuka se estabilizó en una rutina de servidumbre carnal. Naruto se turnaba entre madre e hija, a veces incluso obligándolas a participar juntas en actos que Hana nunca habría imaginado. La joven veterinaria se resignó a su destino; aprendió que las órdenes del alfa eran absolutas y que cualquier resistencia solo traía más dolor.
Una noche, Naruto las reunió a ambas en la sala principal.
—Hoy quiero que me demuestren cuánto se aman —dijo él, recostándose en el sofá—. Tsume, usa tu lengua con tu hija. Hana, quiero que gimas para tu madre.
Bajo la mirada de Naruto, madre e hija tuvieron sexo lésbico, una humillación final que terminó de quebrar el espíritu de Hana. Cuando Naruto se unió a ellas, poniéndolas en posiciones que desafiaban la decencia, Hana finalmente comprendió lo que significaba ser