Naruto Uzumaki
Lazos de Sangre y Espinas de Poder
El sol de mediodía caía implacable sobre Konoha, pero dentro de la joyería "El Ojo del Remolino", el aire acondicionado y el aroma a lirios mantenían una atmósfera de lujo gélido. Mebuki Haruno se paseaba por el establecimiento con la autoridad de una reina. Su vientre, aunque todavía levemente perceptible, era para ella un escudo de armas. Cada paso que daba, cada orden que ladraba a las empleadas, estaba respaldado por el peso de la semilla de un dios en potencia.
—Ese collar de zafiros no está bien iluminado —espetó Mebuki a una joven dependienta que temblaba bajo su mirada—. Si Naruto-sama viene y ve que su mercancía no brilla como es debido, serás tú la que tenga que brillar en el barrio rojo para compensar las pérdidas.
La joven asintió frenéticamente y se apresuró a corregir el error. Mebuki sonrió con suficiencia. Había aprendido rápido que el miedo era una herramienta tan eficaz como el placer. Justo cuando se disponía a entrar en su oficina privada, la campanilla de la puerta sonó. No era Naruto, sino alguien que Mebuki había estado esperando con una mezcla de anticipación y malicia: su hija, Sakura.
—Mamá, ¿podemos hablar? —preguntó Sakura, entrando con paso vacilante. Sus ojos verdes estaban fijos en el suelo, evitando mirar las joyas que ahora representaban la "fortuna" de su familia.
—Pasa a mi oficina, Sakura —dijo Mebuki, cerrando la puerta tras ellas y echando el cerrojo—. Te he dicho que aquí no soy "mamá", soy la administradora. Y tú estás aquí para empezar tus lecciones.
Mebuki se sentó tras el escritorio de caoba y señaló un pequeño taburete frente a ella. Sakura se sentó, jugueteando con sus dedos.
—Papá está... extraño —susurró la pelirrosa—. Se pasa el día sonriendo a la nada, hablando del bebé. Dice que Naruto es el mejor amigo que la familia ha tenido. Pero yo los vi, mamá. Los vi en el sofá aquella noche. Sé que lo que hay en tu vientre no es de papá.
Mebuki no se inmutó. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—Tu padre es un hombre limitado, Sakura. Un ninja mediocre que nos habría condenado a la oscuridad de las deudas. Naruto-sama, en cambio, es el futuro. Lo que viste no fue una traición, fue un sacrificio sagrado para elevar nuestro apellido. Y pronto, tú harás lo mismo.
—¡No! —exclamó Sakura, levantándose—. ¡Yo amo a Sasuke-kun! Naruto es... es un monstruo.
Mebuki se levantó y, con una rapidez que delataba su propio entrenamiento bajo la tutela de Kurenai, abofeteó a su hija. El sonido del golpe resonó en las paredes insonorizadas.
—Sasuke Uchiha es un cadáver andante, un huérfano sin un centavo que te desprecia —siseó Mebuki, agarrando a Sakura del mentón—. Naruto-sama es el dueño de esta aldea. Él te ha elegido, Sakura. Y si crees que tienes opción, es que no has entendido nada.
En ese momento, la pared del fondo, que ocultaba un pasadizo secreto conectado directamente con la mansión Uzumaki, se deslizó sin ruido. Naruto entró, vistiendo una túnica de seda negra que dejaba al descubierto su pecho marcado. A su lado, Kurenai Yuhi caminaba con la elegancia de una pantera, sus ojos rojos fijos en la joven Haruno.
—Vaya, parece que la pequeña flor tiene espinas —dijo Naruto, caminando hacia Sakura con una sonrisa depredadora—. Mebuki, te dije que debías ser más suave con ella. Al menos hasta que yo decida arrancarle los pétalos.
—Naruto... —susurró Sakura, retrocediendo hasta chocar con el escritorio.
—Naruto-sama para ti, pequeña —corrigió Kurenai, colocándose detrás de Sakura y poniendo sus manos sobre los hombros de la chica—. He estado observando tu red de chakra, Sakura. Tienes un control excelente. Serás una adición magnífica al círculo interno de nuestro señor.
Naruto se detuvo a escasos centímetros de Sakura. El poder que emanaba de él era asfixiante, una mezcla de chakra de zorro y la autoridad de un monarca.
—Tu madre ha hecho un trato, Sakura —dijo Naruto, acariciando la mejilla de la chica con el dorso de su mano—. Ella tiene el dinero, la joyería y el heredero. Pero el contrato decía claramente que tú también me perteneces.
—No puedes obligarme... —intentó decir Sakura, pero su voz se quebró.
—No necesito obligarte —respondió Naruto, haciendo una seña a Kurenai—. Kurenai, muéstrale lo que le espera.
La maestra de genjutsu realizó un solo sello manual. De repente, la oficina desapareció. Sakura se encontró en un vacío blanco donde imágenes de su futuro desfilaban ante ella: se vio a sí misma vestida con sedas finas, rodeada de lujos, siendo adorada por Naruto mientras Sasuke moría en la miseria. Vio a su madre reinando sobre Konoha y a su padre viviendo en una ilusión de felicidad perpetua. Pero también vio el placer, un éxtasis físico tan intenso que su propio cuerpo en la realidad comenzó a temblar y a humedecerse.
Cuando el genjutsu se rompió, Sakura cayó de rodillas, jadeando. Sus ojos estaban nublados y su resistencia se había evaporado, sustituida por una curiosidad oscura y una sumisión implantada profundamente en su psique por Kurenai.
—¿Lo ves? —dijo Naruto, levantándola por el mentón—. El dolor es temporal, pero el poder que te ofrezco es eterno. Ahora, demuestra que eres una Haruno digna. Arrodíllate ante tu señor, junto a tu madre.
Mebuki, sin dudarlo, se deslizó del escritorio y se hincó en el suelo, abriendo sus piernas para mostrar que, bajo su falda de seda, no llevaba nada, lista para su dueño. Sakura, con movimientos mecánicos pero guiados por un deseo que ya no podía controlar, imitó a su madre.
—Así me gusta —gruñó Naruto, desabrochando su cinturón—. Kurenai, vigila la puerta. Mebuki, enséñale a tu hija cómo se agradece una inversión.
Lo que siguió en la oficina fue una sinfonía de degradación y poder. Mebuki, con la experiencia de semanas de sumisión, guio a Sakura en el arte de complacer al Uzumaki. La joven pelirrosa, aunque asustada, se encontró respondiendo al tacto de Naruto con una urgencia que la avergonzaba y la excitaba a partes iguales. Naruto no tuvo piedad; usó a ambas mujeres, madre e hija, alternando entre ellas con una voracidad que parecía no tener fin.
—Mírala, Mebuki —dijo Naruto, mientras penetraba a Sakura contra el escritorio—. Tu hija tiene el mismo fuego que tú, pero más puro. Va a ser una perra excelente.
—Es un honor, mi señor —respondió Mebuki, que en ese momento se encargaba de estimular a Naruto con su boca mientras él se ensañaba con Sakura—. Todo lo que tenemos es gracias a ti. Mi hija es solo otra ofrenda en tu altar.
Horas después, cuando Naruto y Kurenai se marcharon por el pasadizo secreto, Mebuki ayudó a Sakura a vestirse. La joven tenía la mirada perdida, pero ya no había rastro de rebeldía en ella.
—¿Lo entiendes ahora, Sakura? —preguntó Mebuki, limpiando una lágrima de la mejilla de su hija—. Sasuke nunca te habría hecho sentir así. Sasuke nunca te habría dado el mundo. Naruto-sama nos ha reclamado. Somos sus flores, y él es el sol que nos permite brillar.
—Sí... mamá —susurró Sakura, ajustándose la falda—. Él es... es todo lo que importa.
Esa noche, en la cena familiar, Kizashi notó que Sakura estaba inusualmente callada, pero sus ojos tenían un brillo nuevo.
—¿Qué tal el primer día en la joyería, Sakura? —preguntó el hombre, ajeno a que su hija acababa de ser reclamada por el mismo hombre que había preñado a su esposa.
—Fue... revelador, papá —respondió Sakura, mirando a su madre—. He aprendido mucho sobre el valor de las cosas. Y sobre lo que hay que hacer para mantener lo que tenemos.
Kizashi rió, palmeando la mesa.
—¡Esa es mi chica! Con dos mujeres tan inteligentes en la familia, los Haruno seremos la envidia de Konoha. ¡Gracias a Dios por Naruto!
Mebuki y Sakura intercambiaron una mirada de complicidad absoluta. Bajo la mesa, Mebuki apretó la mano de su hija, sellando un pacto de sangre y lujuria que Kizashi nunca podría comprender.
Mientras tanto, en la torre del Hokage, los informes sobre la creciente influencia económica de Naruto Uzumaki empezaban a preocupar a los consejeros. Pero lo que no sabían era que el poder de Naruto no solo estaba en sus bóvedas, sino en las camas de las mujeres más influyentes y prometedoras de la aldea.
Anko Mitarashi entró en la oficina de Naruto esa misma noche, encontrándolo revisando unos mapas de las propiedades fronterizas.
—Kurenai me ha contado lo de la pequeña Haruno —dijo Anko, sentándose en su regazo—. Estás formando un ejército muy interesante, Naruto.
—No es un ejército, Anko —respondió él, cerrando el mapa y hundiendo su mano en el escote de la kunoichi—. Es una dinastía. Mebuki ya lleva a mi heredero. Kurenai gestiona a las mujeres. Y Sakura... Sakura será el puente hacia la nueva generación de ninjas que solo me responderán a mí.
—¿Y qué hay de los demás? —preguntó Anko, gimiendo ante el contacto—. Hinata Hyuga, Ino Yamanaka...
—Todo a su tiempo —dijo Naruto con una sonrisa fría—. El clan Hyuga es una fruta madura que caerá pronto. Ino... su padre es ambicioso, igual que Mebuki. Solo necesito mostrarle el precio adecuado. Pero por ahora, quiero disfrutar de lo que he cosechado hoy. Llama a Kurenai. Quiero que las tres, tú, ella y la nueva Sakura, me demuestren por qué Konoha debería temerme.
La mansión Uzumaki se iluminó con una luz mortecina mientras las sombras de cuatro figuras se proyectaban contra los ventanales. El destino de Konoha ya no se decidía en el consejo, sino en los susurros de almohada y los contratos de sangre firmados con placer y ambición. Los Haruno habían sido los primeros, pero no serían los últimos en descubrir que el precio de la grandeza era la entrega total de su alma, su carne y su linaje al heredero del remolino.
Mebuki, desde su habitación en la casa Haruno, miraba hacia la mansión con una sonrisa de triunfo. Sentía el movimiento en su vientre, un recordatorio constante de que su apuesta había ganado. No le importaba ser una esclava sexual, no le importaba haber entregado a su hija; lo único que importaba era que, por primera vez en su vida, el nombre Haruno significaba algo. Y mientras Kizashi dormía el sueño de los necios a su lado, ella soñaba con el día en que su hijo Uzumaki se sentara en el trono de una aldea que ya le pertenecía por derecho de conquista carnal.