Navals
El Vals de las Sombras y los Hilos
El despertar en NAVAL nunca era un proceso natural. No había un amanecer que marcara el inicio del día, solo el cambio repentino de la iluminación de la carpa, pasando de un azul cobalto profundo a un ámbar artificial que picaba en los ojos. Lee Know se despertó con el cuerpo pesado, sintiendo como si sus extremidades estuvieran hechas de plomo. A su lado, el espacio en el colchón estaba frío.
Han no estaba.
El pánico, ese viejo conocido que habitaba en la base de su garganta, se activó al instante. Minho se incorporó bruscamente, con la respiración entrecortada. El miedo al abandono no era una idea abstracta para él; era una sensación física, un vacío que amenazaba con succionar sus órganos internos.
—¿Jisung? —llamó con voz ronca, usando el nombre que aún asociaba con la seguridad, a pesar de que cada rincón de este circo le gritaba que esa seguridad era una mentira.
Nadie respondió. Se levantó y caminó hacia el pequeño espejo del tocador. Su reflejo le devolvió una imagen que apenas reconocía: ojeras marcadas, labios resecos y una mirada que suplicaba por una dirección que seguir.
—Buscas algo que no está ahí, Minho.
La voz de Sunoo llegó desde la puerta, suave y melodiosa, como una canción de cuna que esconde una amenaza. El reflejista estaba apoyado en el marco, jugueteando con un pequeño prisma de cristal que descomponía la luz ámbar en colores fracturados.
—¿Dónde está Han? —preguntó Minho, ignorando el escalofrío que le recorrió la espalda.
—Han está ocupado con Jimin —respondió Sunoo, acercándose con pasos felinos—. Dijo que estaba cansado de tus despertares melodramáticos. ¿Sabes?, me comentó que a veces siente que eres más una carga que un compañero.
—Eso es mentira —susurró Minho, aunque su corazón se encogió.
—¿Lo es? —Sunoo se colocó detrás de él, obligándolo a mirar el espejo. Sus manos, frías como el mármol, se posaron sobre los hombros de Minho—. Mírate. Estás roto. Han es un artista, un creador. Y tú... tú solo eres el lienzo que él tuvo que pintar para que pareciera algo hermoso. Sin él, volverías a ser ese hombre invisible en el parque al que nadie miraba.
—Él me ama —insistió Minho, pero su voz temblaba.
—Él te necesita —corrigió Sunoo con una sonrisa dulce que no llegaba a sus ojos—. Hay una gran diferencia. Pero si sigues siendo tan... difícil, incluso esa necesidad desaparecerá. Deberías esforzarte más, Minho. Deberías demostrarle que vales el esfuerzo de mantenerte aquí.
Sunoo se inclinó y le susurró al oído:
—Hoy habrá una sesión especial. Seon te espera en la Sala de las Reflexiones. Si te portas bien, quizás convenza a Han de que te visite al final del día.
La promesa de ver a Han fue el cebo perfecto. Minho asintió, dejándose guiar por Sunoo fuera de la habitación. Caminaron por los pasillos que Yeonjun había reconfigurado durante la noche; las paredes parecían más estrechas, cubiertas de un papel tapiz que simulaba ojos cerrados que se abrían cuando ellos pasaban.
Al llegar a la Sala de las Reflexiones, Seon ya los esperaba. La habitación estaba llena de espejos de diferentes formas y tamaños, colocados de tal manera que era imposible no ver tu propio reflejo desde ángulos imposibles.
—Llegas tarde —dijo Seon con frialdad—. Tu mente está dispersa, Minho. Sigues aferrándote a la idea de Hyein, a la idea de escapar. Eso solo te causa dolor.
—Hyein es mi amiga —logró decir Minho, tratando de mantener un mínimo de voluntad.
—Hyein es una distracción —sentenció Seon, haciendo un gesto con la mano.
De repente, los espejos cambiaron. Ya no mostraban el rostro de Minho, sino escenas difusas. En uno de ellos, vio a Hyein llorando en una celda oscura. En otro, vio a Han riendo con Ningning y Soha, luciendo radiante, completamente ajeno al sufrimiento de Minho.
—Mira a Han —dijo Seon, rodeando a Minho—. Mira qué feliz es cuando no está contigo. Eres su ancla, Minho, pero de las que hunden. Él te trajo aquí para salvarte de ti mismo, y tú le pagas con sospechas y debilidad.
—No es verdad... —Minho se cubrió los ojos, pero las voces de Seon y Sunoo parecían resonar dentro de su propia cabeza.
—Si lo amas, debes dejar de ser una molestia —continuó Sunoo, acariciándole el brazo—. Debes aceptar lo que NAVAL tiene para ti. Si te entregas por completo, Han no tendrá motivos para alejarse. ¿No quieres que vuelva a abrazarte como en el parque? ¿No quieres que te diga que eres lo único que importa?
—Sí... —sollozó Minho, cayendo de rodillas. El suelo estaba frío, pero el dolor emocional era mucho más lacerante—. Quiero que me quiera.
—Entonces, cuando lo veas, no preguntes por Hyein —dijo Seon con autoridad—. No hables de escape. Solo sé lo que él quiere que seas. Un espejo vacío que solo refleje sus deseos.
La sesión duró horas. Fue un bombardeo constante de culpa y manipulación. Para cuando terminaron, Minho se sentía vacío, una cáscara de hombre cuya única brújula era la necesidad de aprobación de su captor.
Lo llevaron de regreso a la zona principal del circo. Allí, el espectáculo estaba en pleno apogeo. Ningning y Soha realizaban un número de acrobacias aéreas, envueltas en telas de seda roja que parecían venas extendiéndose por el techo de la carpa. La música era un vals distorsionado que aceleraba el pulso.
Bae, la payasa, se acercó a Minho saltando. Su maquillaje estaba corrido a propósito, dándole un aspecto de muñeca rota.
—¡El favorito ha vuelto! —exclamó Bae, rodeando a Minho con una pirueta—. ¿Has aprendido ya a sonreír para el amo, o todavía tienes esa cara de perro abandonado?
Minho no respondió. Sus ojos buscaban desesperadamente una figura entre la multitud de ayudantes y artistas.
—Está allá —dijo Soha, que acababa de descender de las telas con una gracia sobrenatural. Se acercó a Minho y le arregló el cuello de la camisa—. Jimin está de buen humor. Han ha hecho un gran trabajo hoy reclutando a una nueva familia de visitantes. Deberías estar orgulloso de él.
Minho sintió una punzada de celos y asco, pero la reprimió rápidamente. Seon tenía razón; sus sentimientos negativos solo alejarían a Han.
Finalmente, vio a Han. Estaba de pie junto a Jimin en el palco principal, observando el número de Bae con una sonrisa de suficiencia. Jimin le decía algo al oído y Han reía, una risa que Minho solía considerar música y que ahora sonaba como una sentencia.
Minho caminó hacia el palco, sintiendo la mirada de Yeonjun desde las sombras. El ayudante lo observaba con una expresión indescifrable, una mezcla de advertencia y lástima que Minho no pudo procesar.
Al llegar al palco, Minho se detuvo a unos pasos de Han, esperando ser notado.
Jimin fue el primero en hablar.
—Vaya, parece que el tratamiento de Seon ha surtido efecto. Te ves mucho más... manejable, Minho.
Han se giró lentamente. Sus ojos recorrieron a Minho de arriba abajo, evaluándolo como a un objeto que ha sido reparado.
—¿Has dejado de ser un niño llorón? —preguntó Han, su voz carente de la calidez fingida de antes.
—Lo siento, Jisung —dijo Minho, bajando la cabeza—. Tenías razón. He sido un desagradecido. Solo quiero estar a tu lado.
Han sonrió, pero no fue una sonrisa de amor. Fue la sonrisa de un coleccionista que ve que su pieza favorita ha vuelto a encajar en la vitrina. Extendió una mano y Minho se acercó de inmediato, permitiendo que Han le tomara la barbilla y lo obligara a mirarlo.
—Así me gustas más —dijo Han—. Sumiso. Silencioso. Si te portas así, quizás no tenga que pedirle a Jimin que te traslade a las celdas de aislamiento.
—Haré lo que quieras —susurró Minho, sintiendo una oleada de alivio enfermizo al ser tocado por él—. Solo no me dejes solo.
—Eso depende de ti —intervino Jimin, bebiendo de su copa—. Mañana, Han te llevará a ver la función de Hyein. Ella no se está adaptando tan bien como tú. Necesitamos que la convenzas de que resista. Si ella se rompe demasiado rápido, no será divertido.
Minho sintió un escalofrío. Sabía que "convencerla" significaba ayudar a Han a manipularla, a convertirla en lo que él era ahora.
—¿Lo harás, verdad, Minho? —preguntó Han, apretando un poco más su agarre en la barbilla—. Por nosotros. Para que podamos estar juntos sin distracciones.
Minho pensó en Hyein, en su mirada aterrada en la arena. Pero luego miró a Han, a los ojos del hombre por el que había renunciado a su libertad, al único que, en su mente distorsionada, podía salvarlo de la oscuridad total de NAVAL.
—Sí —respondió Minho, con las lágrimas asomando pero sin permiso para caer—. Lo haré.
Han lo soltó y le dio una palmadita en la mejilla, un gesto casi despectivo que Minho recibió como una bendición.
—Buen chico. Ahora, ve con Yeonjun. Tiene que prepararte para el acto de mañana. Necesitas un vestuario nuevo. Si vas a ser parte del espectáculo, al menos debes lucir bien.
Minho obedeció sin cuestionar. Mientras se alejaba con Yeonjun, escuchó a Jimin comentar:
—Es fascinante, Han. Realmente cree que tiene elección.
—Nunca la tuvo —respondió Han con frialdad—. Desde el momento en que me senté a su lado en aquel parque, su vida dejó de pertenecerle.
Yeonjun condujo a Minho por un pasillo que olía a incienso y humedad. El ayudante se detuvo frente a una puerta de metal pesado.
—Entra ahí —dijo Yeonjun—. Soha te ayudará con el traje.
Antes de que Minho entrara, Yeonjun le puso una mano en el hombro. Por un momento, el ayudante pareció querer decir algo, algo que no estaba en el guion de Jimin.
—¿Vale la pena? —preguntó Yeonjun en un susurro apenas audible.
Minho lo miró, confundido.
—¿El qué?
—Él. Han. ¿Vale la pena perderte a ti mismo por alguien que solo te ve como un trofeo?
Minho guardó silencio. La pregunta de Yeonjun era una grieta en la realidad que intentaba construir. Pero el miedo era más fuerte. La necesidad de no ser abandonado era un hambre que no se saciaba con lógica.
—Él es todo lo que tengo —respondió Minho, y entró en la habitación.
Dentro, Soha lo esperaba con un traje de terciopelo negro y detalles en plata que brillaban como cuchillas. Durante las siguientes horas, ella y Ningning lo transformaron. Le pintaron el rostro con una base pálida, resaltando sus ojos con sombras oscuras que le daban un aspecto fantasmal.
—Eres hermoso, Minho —dijo Ningning, ajustándole una máscara de plata que solo cubría la mitad superior de su rostro—. Jimin estará encantado. Pareces una extensión de las sombras de este lugar.
—¿Crees que a Han le gustará? —fue lo único que Minho preguntó.
Ningning y Soha intercambiaron una mirada.
—A Han le encantará lo que representas —dijo Soha con una sonrisa enigmática—. Representas su éxito absoluto.
Cuando finalmente lo dejaron salir, el circo estaba en silencio. Los visitantes habían sido conducidos a sus alojamientos, y solo quedaba el personal de NAVAL moviéndose como espectros.
Minho caminaba por la arena vacía, sintiendo el peso del traje y de la máscara. Se sentía como un extraño en su propio cuerpo. De repente, una figura bloqueó su camino.
Era Bae. Sin su peluca de payasa, se veía extrañamente normal, aunque sus ojos seguían manteniendo esa chispa de locura controlada.
—¿Sabes qué pasa con los espejos que Seon te muestra? —preguntó ella, sin preámbulos.
—Muestran la verdad —dijo Minho mecánicamente.
—No —Bae soltó una carcajada seca—. Muestran lo que Jimin quiere que creas que es la verdad. Mañana, cuando veas a Hyein, no verás a tu amiga. Verás lo que ellos han construido de ella. Si quieres salvarla, tendrás que ver a través de la máscara. Pero no puedes, ¿verdad? Estás demasiado ocupado mirando a Han.
—No sabes nada —dijo Minho, tratando de pasar de largo.
—Sé que en NAVAL, el amor es la cadena más corta —dijo Bae a sus espaldas—. Y la tuya, Minho, está apretando tanto que pronto dejarás de respirar.
Minho regresó a su habitación, donde Han lo esperaba sentado en la cama. Al verlo entrar con el traje, Han se puso de pie, sus ojos brillando con una mezcla de posesividad y triunfo.
—Mírate —dijo Han, acercándose y trazando el contorno de la máscara de plata—. Eres perfecto. Mi creación perfecta.
Han lo atrajo hacia sí, abrazándolo con una fuerza que a Minho le resultó reconfortante a pesar del dolor.
—Dilo —ordenó Han.
—Soy tuyo —susurró Minho, cerrando los ojos y aferrándose a la chaqueta de Han—. Soy lo que tú quieras que sea. Solo no me dejes en la oscuridad.
—Mientras seas así de obediente, nunca estarás solo —prometió Han, aunque sus ojos miraban hacia la puerta, ya pensando en el siguiente movimiento, en la siguiente fase del experimento de Jimin.
Esa noche, Minho durmió en los brazos de su reclutador, convencido de que había encontrado el amor, ignorando que cada caricia era un nudo más en la red que lo asfixiaba. En NAVAL, el telón nunca se cerraba del todo, y para Lee Know, la función de su propia destrucción estaba a punto de alcanzar su clímax. Al día siguiente, tendría que enfrentar a Hyein, y en el fondo de su alma, una parte de él sabía que para conservar a Han, tendría que traicionar lo último que quedaba del Minho que alguna vez fue libre.
Pero mientras Han lo sostuviera, nada más importaba. O al menos, eso era lo que se repetía hasta que el sueño lo reclamó, en un circo donde los sueños eran solo otra forma de tortura.